viernes, 10 de mayo de 2013

La séptima manzana


Caminaba bajo los tilos la joven hija de los Guzmán. De su brazo colgaba una cesta con media docena de manzanas protegidas del sol por un paño de encaje de alegres motivos. La frondosidad era un alivio en aquel agosto. Por esa razón y por niña, en cada claro, sus delgadas piernas se apresuraban hasta alcanzar la siguiente sombra convirtiendo en un juego de metas cada nuevo refugio de frescor.
Así, con ese andar a saltitos, donde un pie repite pisada antes de ceder el turno al otro, donde cada novedad en el entorno distrae la prisa, donde hablar con las hadas o cruzar una rama en una formación de hormigas, o enroscar con un hierbajo una procesión de orugas llena de normalidad el mundo fantástico de una niña, con esa veleidad la pequeña de los Guzmán se iba acercando a la aldea vecina. Debía cumplir con el siguiente encargo: llevar una muestra a los mercaderes para que conocieran la existencia de los mejores frutales de la comarca. Un simple bocado y quedarían convencidos.
—Cuídalas bien —le advirtió su padre depositando la pesada mano en el nacimiento del remolino que estiraba sus trenzas—. Si gustan puede que nos traigan algo de fortuna —añadió.
Todavía lejos de la fuente más cercana una piedra con faldas de musgo sirvió de asiento a la niña. La sed se avivó entre la quietud y la mirada puesta en el último tramo del sendero que, visible entre el enramado, serpenteaba su polvo muy cerca de las estribaciones del pueblo.
No dudó en elegir una de las manzanas para aplacarla. Jugosas como un melón maduro pero tiernas como la chicha del calabacín, su sabor erizaba la piel y un rubor fresco se instalaba definitivo al crujir su carnosidad entre los dientes. No cayeron ni una ni dos sino tres, y apenas quedaron restos para el festín de un hormiguero que esperaba impaciente por ver alejarse a la gigante pizpireta.
Ajustado el paño de nuevo, esta vez para evitar el baile de las restantes, una milla después la joven alcanzaba las calles de la aldea donde los comercios se agrupaban por gremios en cada cantón. Sin embargo era día de mercado y los estantes se multiplicaban estrechando las ya de por sí angostas callejuelas. Las voces sobre la dudosa excelencia del muestrario se confundían a cada nuevo paso, y el ajetreo de los circulantes, atentos a texturas y aromas, y no al suelo, obligaron a la niña a abrazar la cesta como a su mejor muñeca y a buscar refugio en algún recodo. Pero el gentío la empujaba lejos de cualquier cobijo y no tardó en caer. Sus manos buscaron el firme y al encontrarlo vio rodar cesta, manzanas y sueños que se convirtieron, bajo los pies de la muchedumbre, en sidra cenicienta.
Sus gemidos fueron advertidos de inmediato y un corro de adultos rodeó su lástima. Una robusta mujer asumió su protección y ante el llanto revisó manos y rodillas de la pequeña, pero al no encontrar rasguño que justificara aquellas lágrimas le sacudió la polvareda y la dejó sobre un cajón junto a un puesto de verduras. Luego, metiendo codos, regresó a su hueco en un barullo de mujeres que pujaban por su turno quedando la niña con dos velas bajo la nariz y una cesta llena de vacío.
Y allí se mantuvo media hora de pie y otra media más vencida por la desilusión, hasta que el dueño de su improvisada atalaya la conminó a bajar impelido por la necesidad de recoger los restos de su tenderete. Y se vio obligada a pisar la realidad. Para entonces el campanario señalaba la pausa del almuerzo y apenas quedaban compradores por la calles. De haber dispuesto de las manzanas podría haber recorrido en un santiamén las tiendas convenidas, pero ya nada ocupaba su cabeza salvo encontrar las fuerzas suficientes para arrastrar su fracaso de regreso a casa.
—¿Todavía sigues aquí? —preguntó arrugando su mentón la horonda rescatadora que cargaba unas alforjas repletas de víveres.
La niña se encogió de hombros. Pero ante la insistencia de la mujerona, que la miraba directamente al lacrimal a sabiendas que a punto estaba de desbordarse, la chiquilla confesó su desgracia.
Tras escuchar la fatalidad la mujer depositó sus alforjas en el suelo y extrajo de una de ellas una manzana que ofreció a la niña. Ésta negó con la cabeza y un suspiro acompañó al gesto. La mujer sonrió y se apresuró a explicarle sus razones.
—Pruébala y dime si es mejor que las perdidas.
La manzana lucía entre el verde y el amarillo, y más refulgió cuando su piel fue lustrada con un par de repasos en el regazo. Sin embargo, su sabor, arenisco, se alejaba del edén de los lagares.
Ante el gesto de desagrado, la sonrisa de la mujer aumentó de tamaño y esa alegría confundió a la pequeña Guzmán. No entendía cuál podía ser el propósito de aquella bondadosa mujer que ahora la asía por los hombros y se inclinaba hasta igualarla en estatura.
Le propuso rondar los puestos, detenerse frente al cesto de pomas y curiosear hasta que su inocencia fuera percibida por los fruteros. Con más dudas que lágrimas aceptó la idea y dirigió su paso remolón hacia la calle donde se concentraban los mejores aromas de la fruta fresca.
Todos la atendieron y ofrecieron su género, pero a todos rechazó con gratitud. Extrañados la interrogaron y su respuesta fue idéntica: desde que probó las manzanas de los Guzmán, la finca de puertas rojas al otro lado de la colina, nunca encontró otro fruto que mereciera la pena. Ante la rotundidad de su aseveración insistieron en que las probara. Aceptado el envite su gesto de desagrado no fue fingido y con la misma parsimonia que rondó los muestrarios se alejó dejando un poso de curiosidad en todos y cada uno de aquellos mercaderes que, con una mano sujetaban la manzana mordida y con la otra acariciaban su calva mientras veían perderse por el declive del callejón un par de trenzas saltarinas.
Mintió a su regreso y la esperanza de negocio se dibujó en el rostro de su padre con el vistazo de complacencia que pudo regalarle sacado de entre las mil tareas que le ocupaban de sol a sol y le desplomaban tras la cena.

Durante dos semanas la niña estuvo interrumpiendo sus quehaceres cada vez que sentía que alguien franqueaba la verja. Tras el chirrido turbador comparecían peregrinos pidiendo agua, forasteros asegurándose la buena dirección de su camino, vecinos devolviendo herramienta… Ningún frutero o mercader tuvo interés en abrir la roja cancela de los Guzmán, al menos, de momento.
La última noche fue tema de conversación en la cena. Padre se extrañaba pues nunca sus frutales dieron mejor cosecha. Ya en la cama la pequeña pensó en aventurarse por su cuenta con una nueva cesta, pero la mentira ataba su decisión y la vergüenza esa mentira. Y así dio vueltas a su laberinto de engaños hasta que el sueño la venció. Jamás unas sábanas aprisionaron tanto una inquietud, y esa fue la primera vez que tuvo una pesadilla.
Pero al día siguiente, una señora con los andares de una regenta, bajo el amparo de una sombrilla de volantes, giró los goznes y deslizó su enlutada figura hasta detenerse en el recibidor. No hicieron falta ni campanillas ni carraspeos para que la puerta se abriera a su presencia y fuera atendida por la señora Guzmán quien, presurosa, extendiendo la mano hacia el interior, le ofreció acomodo mientras reparaba en los pegotes de harina que cercaban sus uñas y en los lamparones de su delantal. La dama reprimió el primer vistazo hacia la apariencia de la anfitriona y declinó el asiento ofrecido, pero aceptó un vaso de agua que al instante la pequeña de los Guzmán acercó en una bandeja.
—¡Por fin te encontré! —observó la dama al verla.
La extrañeza y el horror se repartieron por ese orden en los rostros de madre e hija. Esta última apenas acertó a dejar medio trago dentro del cristal.
—Le pido disculpas —se apresuró a abogar la señora Guzmán aún desconociendo la razón de tan distinguida visita pero oliendo el miedo de su pequeña en el oleaje derramado.
La dama de negro depositó su sombrilla sobre una mesa antes de hablar.
—¿Disculpas? Perdóneme a mí por la intromisión y por no haber podido reprimirme al reconocer a su hija. Me la describieron con tal profusión que en mi cabeza vive su retrato como un óleo de Velázquez. Mi nombre no le dirá nada pero soy la presidenta de la sociedad Las Pirámides. Somos un grupo de mujeres amantes del buen gusto y de los refinados modales. Gracias a su pequeña el azar con las manzanas quiso que supiéramos de su existencia.
En ese instante entró el hombre de la casa dispuesto a refrescar su esfuerzo en la tina y a llenar su estómago de pan duro y casquería antes de proseguir con la faena. Su mujer hizo las presentaciones que no interrumpieron la inercia tosca y habitual de Guzmán con su aseo. Cara y brazos se precipitaron en la pila y, tras unos instantes, de ella emergió el rostro empapado de quien parece haber dejado entre las aguas parte de su batalla diaria con la tierra, parte de su derrota. Las tres mujeres miraron al hombre mientras secaba su piel con una toalla que vista en sus manos parecía un alzacuello.
—¿Viene por las manzanas?  —mencionó Guzmán buscando un tenedor para su bocado.
El lenguaje directo del varón sorprendió a la visita pero no arredró el tono de su réplica.
—Lo cierto es que no —precisó—. Lamentablemente no pude probarlas, pero a tenor de los esfuerzos de su encantadora hija por divulgar su excelente cosecha nos encantaría que una cesta llegara a nuestra sede, siempre y cuando su mujer tenga a bien acompañarnos.
La señora Guzmán buscó los ojos de su marido y éste abandonó sus pesquisas con la cubertería para corresponderle la mirada ante la sorprendente propuesta. La pequeña, al tanto, mantenía su boca prieta para evitar que sus dientes delataran el castañeo y cruzaba sus dedos tras el vestido confiando en que aquella mujer tuviera un ataque repentino de aires glamurosos y se fuera por donde había venido.
—Mi mujer, ¿acompañarla? No termino de comprenderla.
La dama hizo una pausa y puso su mirada en la temblorosa figura de la niña y pudo advertir su juego de manos. Luego, antes de responder, la dirigió al rincón donde un sofá junto a la ventana acumulaba en su asiento retales de una afición laboriosa.
—Su hija tuvo un percance en el mercado y extravió parte de su cesta… —aclaró.
En ese momento todas las miradas confluyeron hacia la jovencita, que sentía la piel de su cara encarnarse como un ascua al viento y la mentira se le enroscaba en el estómago tal que una serpiente a la presa que asfixia.
—… y gracias a su tropiezo —prosiguió la dama—, y a una serie de casualidades propias de una localidad pequeña, supimos de la gran virtud que atesoran en esta finca.
Por primera vez en su esforzada vida Guzmán tuvo un cosquilleo de vanidad que le erizó el vello de la nuca. Sensación de ingravidez que desapareció tan rápida como vino cuando la ilustre visita sacó de su bocamanga una tela blanca que extendió junto al paraguas. El paño con el que había cubierto sus manzanas ahora mostraba sus excelentes bordados sobre la mesa y era librado de toda arruga con el primor de unas manos acostumbradas a la delicadeza.
—¡La di por perdida! —exclamó la costurera mientras repasaba sus manos por el delantal indecisa por recogerla.
—Nos gustaría ver más —intervino la visitante—. Fíjese nuestro asombro que mis asociadas y yo ya queremos que dirija un taller escuela. Tiene usted un don único para la costura, querida, y la pagaríamos muy bien si comparte sus enseñanzas. El aburrimiento se ha instalado en la villa y salvo los días de cuestación para la beneficencia, cuando el sol traspasa nuestros polvos de tocador, el resto del año el bingo, el club de lectura de los jueves y las pastas de té de los sábados nos reúnen tras las cortinas del hastío.
Sin una confirmación pero con la certeza de ser centro de una tertulia en cuanto cerraran la puerta, la dama abandonó la propiedad.
No se celebraría reunión alguna en la finca de las puertas rojas hasta que llegara la hora de la cena. La labor del campo es esclava y las interrupciones obligan a acelerar las tareas con las bestias antes de que la marcha del sol convierta en sombras sus pelajes. Durante esa tarde la costurera suspiró varias veces mientras terminaba de amasar la harina. También se le agitaba el pecho cada vez que pasaba por el rincón donde muchas noches se dejaba la vista enhebrando a la luz de una vela. Mientras tanto, la niña, sobre su cama, se había abrazado a su muñeca de trapo y sorbía su sollozo dispuesta a desplegarlo en cuanto con la primera cucharada de sopa comenzara el interrogatorio sobre su percance.
Sin embargo, llegadas las diez y ya recogidas las gallinas, los fondos de los platos mostraron su brillo acuoso y se pasó a la carne, y después al melón, y cuando el café de puchero humeaba sobre la taza, entonces, Guzmán habló a las dos mujeres de su vida con una sinceridad nunca sospechada. Confesó que esa tarde buscó una sombra y durante un buen rato masticó una hierba de lado a lado de la boca al tiempo que su cabeza asumía las novedades que dejó la enlutada visita. Mencionó al padre de su padre, quien siempre tuvo tiempo y un lugar en sus rodillas para enseñarle esos atajos de la vida que permiten afrontarla con menos daños de los que un mozo bravo siempre se causa a sí mismo. Su abuelo le describió que los golpes enseñan a caer, que las letras a meditar, que las mujeres a serenar el corazón y que las mentiras crecían como las malas hierbas que, de lejos, aparentan el mismo verdor al campo pero que arruinan cosechas sino se retiraban a tiempo.
Madre e hija escuchaban al hombre de sus vidas con el mismo brillo en sus miradas. La pequeña escondía ahora una emoción bien distinta a la que trajo a la mesa pues de ninguna de las maneras quería interrumpir la otra versión de su padre a quien, hasta entonces, siempre lo consideró un esforzado labriego de fuertes manos y ancho pecho que deshacía su vigor por darles cobijo, comida y vestimenta mientras miraba al cielo para que el granizo no arruinara su trabajo.
—Sabré componérmelas los días que el taller te reclame. He visto cómo la alegría encendía de rubor tus mejillas al escuchar la propuesta. Además, nuestra hija podrá acompañarme en tu ausencia. Me apetece que mis rodillas se doblen como asiento y enseñarla aquello que me dio paz cuando creía que el mundo era un botín en el que todo valía por conseguir mi pellizco y ocultar, para negar, mis carencias.
Dicho esto alejó el café, puso sus manos sobre la mesa y miró a su pequeña.
—Hija, hace dos semanas te envié con seis manzanas para que la fortuna diera un codazo a nuestra suerte. El azar quiso que así fuera y hoy deberíamos celebrar con vino que alguien haya reconocido el talento de tu madre, ese que nunca supe considerar y taché como un entretenimiento que evitaba turbar mi descanso. Pero mientras brindamos por nuestra bella costurera debes saber que en aquel encargo viajaba junto a las demás otra manzana. Aquella que mordiste para que nunca supiéramos el destino del resto. Es cierto que el sabor de la mentira embriaga y que con un buen discurso es sencillo de mantener. Nos protege de los temores pero nos disfraza con una seguridad tan débil que antes de sentirnos descubiertos nos obligamos a seguir mintiendo. Los mentirosos se rodean de iguales y es de tal artificio su discurso que al final dudan de hasta sus orígenes.
Tras un breve sorbo al vino, prosiguió.
—Mañana acompañarás a tu madre al pueblo y llevarás una nueva cesta de manzanas contigo. Estoy convencido de que sabrás darlas un destino adecuado.
Aquella noche los hombros de Guzmán se libraron del peso de su agotadora jornada y durmió pensando en el reciente abrazo de sus mujeres.

domingo, 21 de abril de 2013

Aquella noche de charcos


      Sara eligió ese noche porque la lluvia arreciaba y confiaba en que la inclemencia tiñera las calles de soledad. Aún así tuvo que esperar en un soportal a que otras como ella, pero más decididas, terminaran de abandonar a sus tesoros recién paridos. Durante la espera la niña gimió, gimió de amor al saberse apretada contra el pecho que reconocería entre un millón aún sumida en el jolgorio del último carnaval; cuando fue concebida bajo la influencia de los vapores del vino y de la perseverancia de un canalla sin rostro, que por aquel desahogo tan sólo se llevó el rasguño de la primera bofetada. La que le propinó la adolescente antes del desmayo.
            Cierto convento veneciano ideó un buzón como forma de entrega ante la avalancha de niñas indeseadas que eran abandonadas a la intemperie de sus muros. La mayoría eran fruto del desenfreno anterior a la cuaresma, pero fue tal la fama de cuidados y el nivel de docencia de la congregación, sobre todo musical, que algunos pudientes también entregaron a su descendencia sabedores de que nunca recibirían mejor instrucción sin perder en el empeño unos buenos reales.
            Aquella reputación llevó a la peregrinación de doncellas todavía preñadas hasta las puertas de la abadía, y, también, a oídos de Roma. Por ello el Papa ordenó grabar sobre el muro que ceñía el buzón, una orden de excomulgación sobre toda alma que abandonara el fruto de su vientre en aquella rendija de la vergüenza como se apresuró a nombrar.
De nada sirvió la amenaza pues, si acaso el llanto, la cobardía o la nocturnidad ya cegaban la desesperación de aquella madres, el detalle que tildaba de inútil aquel bando era no haber considerado el analfabetismo reinante en los fondos de la húmeda Venecia.
Desde que resoplara el último esfuerzo y escuchara el primer llanto a la vida, Sara no quiso mirarla. Durante la semana que amamantó a su hija y mientras recuperaba fuerzas, se desenvolvió a tientas bajo una venda que solo se retiraba cuando, al tacto, estaba segura de no poder ver ni un asomo de piel de aquella criatura que pronto despediría.
Por eso eligió la noche, por eso esperó a la lluvia, por eso aguardó a la soledad, sin otra mujer detrás que la apresurara, por eso también pudo escuchar el gemido de aquella tierna vida gozando del abrigo de los mejores brazos. Y con aquella condolencia bajo su manto, su caminar entre los charcos se volvió errático hasta que llegó frente al buzón, donde con su negra boca la esperaba insaciable. La lluvia resbalaba por el muro y se reunía en gruesas gotas antes de perderse en la comisura. Un simple gesto y el fruto de una desgracia, la losa sobre su espalda se perdería en un tobogán definitivo hacia una vida sin penurias.
—Enfermarás si te demoras —pudo escuchar de una voz a su lado.
El enrejado de la mirilla mostraba una sombra tremolar tras la luz de los cirios. Una sombra que volvió a hablar.
—Aquí, salvo que sea frágil de salud vivirá entre algodones, aprenderá un oficio y si su voz es virtuosa tendrá su sitio en la coral. Conocerá la música, aprenderá del maestro Vivaldi y crecerá entregada a Cristo. Jamás su rostro se mostrará en el coro pues una celosía confunde facciones para evitar que la iglesia sea un centro de visitas de madres arrepentidas o curiosas.
El agua había empapado hombros y coronilla, y a la luz de la candela se distinguía el oscuro brillo de un manto que iba ganando peso y perdiendo su función. Sara acababa de escuchar de aquella monja lo que ya conocían todos los hijos de Venecia y aún así sus brazos seguían aferrando aquel latido que trepidaba como barruntando el adiós del marino que se hunde en la galerna.
—Pasará frío y hambre —repuso Sara entre sollozos—, y otras muchas penas que la miseria atrae. Y quizá no prospere. Es posible que nunca llegue a peinar sus cabellos. Creí que era amor darle lo mejor posible, creí que entregándola recibiría lo que nunca jamás podría llegar a darle, y pensé que por pobre carecía de ello. Pero ahora sé que me equivoqué. Tendrá una madre, me tendrá hasta que me consuma. Como yo la tuve. Y es el recuerdo de su enorme cariño el que ante la adversidad de haber nacido plebeya consigue que apriete los dientes y me gane cada mendrugo de pan todos los días. Ahora sé que la oportunidad está en este lado del muro. Debo obrar el milagro de aumentar mis pechos cada mañana para entregarme al ser al que debo amar por encima de todas las cosas y al que nunca abandonaré. Espero que algún día me perdone este paseo y la flaqueza con que me dejé guiar hasta aquí.
La mirilla se cerró y la luz de las rendijas dejó de filtrarse hasta la extinción. La boca del buzón parecía ahora más pequeña. La lluvia aumentó su castigo, los charcos se unieron y nunca más rindieron su nivel convirtiendo ciertas calles de la ciudad en navegables.
El aguacero de aquella noche no pudo con los huesos de una joven que salió asustada con una niña oculta en su regazo y regresó a su miseria con la fortaleza y la salud de la que se sabe irremplazable.
Diecisiete años después la abnegada Sara residía en el Palacio Contarini del Bovolo. Un regalo de su hija tras las nupcias. Desde lo alto de su escalera de caracol contemplaba el ajetreo de las calles de Venecia. Sonreía como cada vez que un espejo reflejaba las ropas que siempre pensó propias de la realeza. Su hija insistió en que debía vestirlas porque aunque no frecuentara la vida de palacio ni los circuitos nobles siempre podría recibir una visita inesperada de la familia Contarini y confundirla con el servicio. No dejó de sonreír cuando advirtió desde su atalaya a un par de mozas perseguidas en la distancia por una legión de jóvenes que, entre grescas y empujones, competían por encontrar el momento adecuado para presentar sus respetos.
Mucho florete reflejó las calles inundadas de Venecia batirse por las escasas damas de la ciudad. El convento aglutinó durante tanto tiempo los nacimientos de niñas que la proporción descomunal de varones puso a los pies de aquella minoría a los mejores herederos, aún siendo los orígenes de aquellas mozas muy alejados de las hidalgas procedencias de sus pretendientes.
Así fue como la hija de Sara en cuanto sus cabellos se dejaron peinar por el viento que avivan las esquinas, captaron la mirada del primogénito de los Contarini, quien sintió la necesidad de dejarse enredar por ellos como el abrazo definitivo de una madre. Como el de Sara en aquella noche de charcos.

domingo, 7 de abril de 2013

La capital de los arbustos


         Mi cuaderno de viaje, sujeto por una goma de pollo, parecía sacado de un retrete y puesto a secar de tanto retal arrugado que ceñía entre sus hojas pegadas. Así, billetes de tren, de barco; postales; servilletas repletas de garabatos, señas, teléfonos, mapas y, cómo no, con manchas del menú de aquel día lejano que almorcé en alguna parte y que, las noches de insomnio, a la luz de una linterna escasa de pilas pero harta de estacazos, extraía del pellizco de sus páginas y trataba de descifrar los ingredientes y, si acaso, recordar la tasca donde los engullí. Era mi caja negra de una vida aventurera azucarada con la sonrisa de los desprotegidos y que guardaba en mi zurrón hasta que llegado a mi siguiente destino, sobre lo más parecido a un escritorio reinaba como el más hermoso misal de la catedral de Santiago.
Y de este modo lo dispuse en una mesita en el poblado de Kinzazhi, donde a cambio de mi trabajo de maestro me cedieron por un año una habitación con su cama y su lámpara en uno de los barracones prefabricados que habían sustituido a las viejas chozas de ramas y barro. Todo gracias a la generosidad de una desconocida ONG francesa, que, aparte de las construcciones, también dejó a su paso a un misionero jesuita, algo débil de salud, empeñado en cristianizar al más sumido en los trances que dan los humos de la adormidera: el hechicero. El anciano predicador pensó que evangelizando al brujo le resultaría más sencillo que el resto del rebaño admitiera a Cristo. Ignoraba que aquel hombre vestido con abalorios de huesos de cabra disfrutaba del mismo liderazgo que un leproso invitando a cañas.
Kinzazhi era una localidad del África central con dos centenares de habitantes creada en torno a un pozo y con una extensión infinita de arbustos que basaba su subsistencia en la recolección de una preciada baya destinada a los alambiques de la capital. También se prodigaba en la caza de todo bicho que pretendiera comérsela y en un rudimentario sistema de agricultura, casi siempre en barbecho, pues dependía de que una nube de invierno descargara su negrura con precisión sobre un barranco próximo que cumplía las veces de embalse.
Para mi asombro disponíamos de fluido eléctrico gracias a un grupo electrógeno que una destilería facultó junto a unas cámaras frigoríficas a cambio del dominio sobre la recolección y su cuidado. Cuando un avión de la compañía licorera vestía con el polvo y el rugido de sus motores las cuatro calles del pueblo, antes de llenar su bodega con la cosecha dejaba suficiente combustible para abastecernos de voltaje hasta su siguiente visita. Era el trueque torticero entre el proveedor de una magia interesada a cambio de un producto singular de esa tierra perdida.
Ajeno a esas zarandajas, en mi recorrido por las escuelas más extraviadas del mundo nunca encontré un poblado tan extravagante como aquel. Olvidado en medio del África negra, desprovisto de todo lo elemental y, sin embargo, con un enchufe en cada barracón de paredes blancas, techos azules y, por supuesto, suelos rojos. Firma tan inconfundible como imborrable del ingeniero francés que las entregó.
Mi horario de trabajo, bueno, no tenía horario. Si bien disponía de mi aula con su pizarra, pupitres y una mesa, la escuela solo servía para que los adultos se quedaran fuera, al menos, esa era la idea. Llegada la hora de salir, los niños desaparecían poseídos por ese ánimo desatado, revuelto en risas, que supone cualquier juego de reglas por inventar. Pero, entonces, eran sus padres, abuelos o vecinos los que me rodeaban en un constante asalto de preguntas sobre artilugios de los que habían oído hablar o de aquellos que figuraban en un viejo catálogo que se había convertido en la biblia de la curiosidad de todo un pueblo y que guardaba un supuesto alcalde como un incunable.
Al principio me dejé atrapar por el ansia de conocimiento que demandaban los pobladores, pero cuando vi que el concepto de intimidad dependía de la robustez del pestillo del baño tuve que reglar por las tardes nuevas clases y ordenar horarios. De este modo, todos, incluido el hechicero y su católica escolta, después del almuerzo, se aglomeraban en mi aula como si se decidiera el éxodo a otros parajes, en un abigarrado y continuo interrogatorio de porqués y para qué servían ciertos instrumentos que iban desde un sacacorchos hasta un transbordador espacial.
No desaproveché la oportunidad y dos vuelos más tarde, además de un buen soborno al piloto, mi pedido llegó perfectamente embalado. Desde la desbrozada pista hasta mi barracón un séquito de detectives con taparrabos iba describiendo la caja: composición de la madera, dirección de las betas; diferencias entre clavos y tornillos, entre adhesivos y franqueos, como quien diserta sobre un hallazgo inaudito. Todo un parlamento de vagos pues ninguno dispuso una mano para el acarreo y tuve que detenerme tres veces a descansar antes de ponerme a salvo en el dormitorio con mi codiciada valija.
Desde mi encierro aquella tarde hasta la mañana siguiente, como si mi barracón se hubiera convertido en un meteorito incandescente tan indescifrable como inquietante, niños y mayores aguardaron en el umbral para conocer el contenido de mi envío. Al abrir la puerta me encontré una turba semiinconsciente por el desvelo tratando de recomponerse al verme aparecer. Ignoré el coro de bostezos y demandé al más próximo una escalera y, una vez afirmada, me subí al tejado llevando conmigo una parte del artilugio. Los murmullos a mis pies sobre mi enigmático cometido se propalaron como en una platea antes de abrirse el telón. Una vez asegurada esa parte en el techo desatendí todo comentario y obvié responder hasta que no finalizara por completo la instalación. Me resultaba más fácil con una demostración final darme a entender que explicar cada paso que iba dando, ya que, conociendo al personal como lo conocía, por cada respuesta dada, media docena de nuevas preguntas surgirían, y no había suficiente azúcar en la comarca para que mi cerebro no muriese por una indigestión de reflexiones.
Una hora más tarde, con las últimas pruebas, sentí al otro lado de las paredes como aquellas almas coreaban el lema «queremos saber». En grupos de quince los hice pasar y tuve que pintarles una marca en la espalda para que no repitieran y echarlos a empujones para que entraran los siguientes. Finalizada la demostración los convoqué en el aula no sin antes condicionarles a que tomaran algo de alimento y se refrescaran.
Nunca vi tanta gente con los carrillos llenos tratando de hablar a la vez. Parecía una emulsión multitudinaria de palomitas sin urna que las confine. Era increíble la voracidad por indagar de aquellas mujeres y hombres, y no respetaban ni el atragantamiento con tal de saciar su inquietud. Ante tanto ánimo ininteligible utilicé la pizarra como la mejor vía para darles a entender el funcionamiento de un televisor y la parabólica a la que se unía. Terminados los trazos y las flechas. Di paso a los contenidos que aquel aparato podía mostrar con imágenes en movimiento. Todos coincidieron en la misma pregunta, en la misma necesidad: cómo volar.
Nueve horas más tarde regresé a casa. Por el camino que la separa de la escuela, apenas cien metros, mis decaídos hombros fueron palmeados tantas veces como pasos mientras escuchaba la frase «una última pregunta»…
No sé si dormí días o semanas, tampoco recuerdo cómo llegué hasta la cama de aquel hospital ni, mucho menos, en qué modo llegué a partirme una pierna. Buscando respuestas en mi despertar recorrí mi reposo y descubrí que compartía habitación con el piloto del avión, que por bigotes lucía una cánula de oxígeno y por barba un collarín.
—Nunca se acercaban demasiado… Temían mis rugidos —balbuceaba una y otra vez.
Junto a él, en una silla, un policía de uniforme roncaba su tedio con una revista de chicas ligeras sobre su abdomen, que parecían aumentar sus pechos a cada golpe de respiración.
Presioné el botón y una enfermera compareció al momento con cara de llegar tarde. Su expresión era de urgencia y se convirtió en reproche cuando descubrió mi sonrisa. Comprobados los niveles de mis goteros y la tensión de mi riego se dejó someter a mis preguntas a las que respondió con lo que sabía por referencias después de llevar un mes postrado. ¡Un mes!
Casi ese mismo tiempo tardé en recibir el alta y hasta entonces sólo supe que el ejército tuvo que intervenir en Kinzazhi para sofocar la revuelta que, al parecer, una televisión por satélite avivó.
El resto de la historia traté de recomponerla con hemerotecas y en una entrevista con el director comercial de la compañía de licores, que me despachó con la celeridad de un funcionario dado que nunca habían trabajado en la zona ni destinado recurso alguno en aquel poblado. Pero fue con mi consulta a la Compañía de Jesús donde mi extrañeza se duplicó cuando me reconocieron no tener ni haber tenido destacado miembro alguno en misiones por esa zona del África Central.
Volví al hospital y aproveché el flirteo del polizonte con las enfermeras para colarme en mi antigua habitación. Mi compañero de convalecencia no me reconoció por la fiebre y me sorprendió con sus temores. Me confundió con un sicario y en sus súplicas intercaló las suficientes respuestas para que saliera de la estancia con una idea vaga de lo que realmente me ocurrió en Kinzazhi.
Sin duda el avión se estrelló conmigo dentro, además de con unos cuantos vecinos del poblado que trataron de hacerse a la fuerza con los mandos en pleno despegue. Al principio pensé que quizá se envalentonaron producto del visionado de algún documental sobre la historia de la aviación, pero mi memoria desde el día del montaje del televisor se había quedado en blanco y no recordaba ni esa proyección ni mi razón para encontrarme en el interior de la aeronave.
Esa laguna era importante pero no tan relevante como la sublevación de Kinzazhi, el misterio del falso jesuita, la empresa de licores fantasma y la razón de la custodia policial del piloto. Todo se concentraba en un mismo motivo que mi presencia, más bien mi docencia, descompuso.
Al igual que todos los vecinos del pueblo también fui utilizado. La apariencia de normalidad en un lugar tan remoto debía seguir manteniéndose y nada mejor que colocar un maestro trotamundos para que si alguna organización humanitaria se entrometía, la supuesta empresa licorera, en voz del falso jesuita, se pronunciara como mecenas y veladora de su bienestar, y procuradora de su progreso facultando docentes y medicinas cuando urgiera. De esta forma espantaban a curiosos o naturalistas para seguir recolectando la cosecha en exclusiva. Una cosecha abundante, regular y de extraordinaria calidad que crecía natural sin siembra ni cuidados por el singular microclima y la riqueza de su suelo. Por desgracia, su fruto capsular era tan codiciado como prohibido: el opio.
Regresé al poblado en busca de mi cuaderno. El ejército, al tiempo que había construido un puesto a las afueras, había arrasado con toda la plantación de adormideras y pulverizado herbicidas para evitar su regeneración. En mi parabólica había anidado una pareja de cigüeñas. El hechicero volvía a ser una eminencia y era consultado sobre esa nube negra que esperaban descargara durante el invierno toda su amenaza sobre el barranco. De este modo se pasaba el día lanzando tabas y augurando chubascos a discreción a cambio de cigarrillos condimentados.
Mi paso no despertó ninguna inquietud, ni siquiera la de los niños. Parece que los sables hablaron con sus filos y enmudecieron la alegría del saber.
 Encontré  mi cuaderno en el cajón donde lo dejé. Su aspecto era tan deplorable como siempre y era su garantía para ser despreciado. Aproveché la visita para dar un repaso final a la que fuera mi residencia con el fin de rescatar un recuerdo de mi paso. Descubrí el televisor en una esquina hecho añicos y atravesado por una especie de lanza. De ella prendían plumas de ganso hiladas con piel curtida de roedor. Las deseché pero no así un par de astillas con restos del franqueo de la caja que trajo todos los truenos.
En el viaje de vuelta, pensando en el nuevo destino donde enseñar los avances de este mundo imperfecto y sopesando censurar ciertos descubrimientos, inútiles según la latitud, di abrigo en mi maltrecho cuaderno de viaje a los restos de madera tintada bajo el título de La capital de los arbustos.

domingo, 24 de marzo de 2013

Seis


         Desde la muerte de su padre, cada segundo miércoles del mes, Maicon Salazar De Orantes, brillante abogado y nuevo socio del prestigioso bufete Brits & Churruca, llamaba a la puerta de la vetusta mansión del número quince de la avenida de Los Parques. Enfundada en su bata de ositos tuertos, Noelia Reverte, su anciana tía, le recibía dándole la espalda para no perder tiempo en regresar al sofá. Por el pasillo excusaba sus modales cavernarios argumentando el calor que perdía su acomodo si se demoraba.
          —¿Qué serán esta vez, diez minutos? —preguntó con la desgana habitual mientras se ajustaba la manta alrededor de las piernas—. Al menos, apagarás ese teléfono tuyo del demonio —añadió con un amago de tos.
         Maicon sonreía al tiempo que miraba el reloj. Tomó asiento en el tresillo que presidía la estancia, desabrochó su chaqueta, que estiró por los faldones, aflojó el nudo de su corbata y cruzó una pierna sobre la otra como un violinista. Tenía una reunión dentro de una hora y casi la mitad la emplearía en desplazarse. En quince minutos debía estar arrancando su coche.
Dispuesto a que el tiempo transcurriera representando ser una mera compañía, sus dedos tamborilearon sobre el apoyabrazos mientras escudriñaba, una vez más, un salón que seguía teniendo, en el mismo sitio y con la misma cantidad de polvo que cuatro décadas atrás, una rancia colección de reliquias. Así: jarrones, candelabros, tres relojes de pared, mil libros, media docena de retratos y un par de cortinas componían la escena. Nada había cambiado en su mísera quietud salvo las sombras que la luz del mirador proyectaba. Tribuna desde donde la octogenaria pasaba las horas fiscalizando toda vida que husmeara en sus umbrales salvo que el sueño le venciera a cabezadas.
Ambos reconocían que esas visitas eran parte de una serie de promesas que obligó a jurar el difunto Serafín Salazar a su hijo, y, como todo acto social forzado en la desgana, el silencio predominaba hasta el punto de que los presentes temían que sus pensamientos llegaran a ser audibles.
Quizá esa fuera la razón por la que Noelia decidió contar su paseo de la mañana y que tanto la había atribulado.
—Estuve en su tumba. No es que fuera mi intención, pero me pillaba de paso y la eché un vistazo. Quién sabe, puede que algún día me anime y le ceda algunas de las flores que llevo a tu abuelo. Y eso que tu padre no las merece porque siempre fue un golfo, aunque nadie en casa lo supiera; bien se encargó tu abuela de…Pero, en fin, parece que alguien más, aparte de ti, le estimaba ¿Quién sino le habría puesto una corona de magnolias?
—¿Una corona?
—Sí, con la forma de un seis y un dibujo de un asterisco o algo parecido. Sin dedicatoria.
Maicon detuvo su traqueteo al tiempo que su boca se abría como un apopléjico.
 —¿Sabes quién ha podido ser? —continuó indagando la anciana—. Pero para qué te pregunto nada. Seguro que alguna lagarta chocha, de esas que mantuvo a promesas y todavía le llora… ¿Cómo se llamaba aquella? La peluquera… Pero… ¿Maicon?
El socio de Brits & Churruca, el azote de los fiscales, el nuevo soltero de oro de la ciudad tuvo que caminar deprisa hasta ganar la esquina y vomitar sin que Noelia Reverte le viera.
Mientras las arcadas se sucedían y el sudor perlaba su rostro macilento, rememoró sus días de universitario. Recordó la tarde en que una carta filtrada entre sus notas le citaba de madrugada en la profundidad del bosque. Al poco, comenzaron los ritos de iniciación, nuevas reuniones, el compromiso, el juramento y, finalmente, la revelación de la identidad de los otros cinco miembros de la sociedad secreta en la que acababa de ser aceptado y a la que pertenecería hasta el final de sus días. Pero si algo recordaba de ese proceso era la prueba de admisión, la que desnudaría el alcance de su entrega. Cautivado por el ofrecimiento, por pertenecer a la élite intelectual del país, aún desconociendo el reto, no tuvo dudas y aceptó a ciegas la propuesta.
No había día en el que lamentara haber participado en lo que, ahora estaba convencido, nunca fue un accidente, ni siquiera una prueba, sino un crimen premeditado.
La sociedad secreta de la Puerta Giratoria fue conocida por sus metas imposibles. Se supo de su existencia por los desajustes propios de los comienzos, en los que el sigilo claudicaba ante la presunción, ante la necesidad de contar la intervención sobre actos que para el resto parecían casuales a pesar del asombro que producía su acontecimiento. Solventadas aquellas primeras filtraciones con la expulsión del díscolo y establecida una mayor severidad en la futura aceptación de miembros, se decidió que como única área de influencia en los propósitos de la sociedad se determinaba el campus en su geografía y el rigor académico en su alcance.
Sin embargo, cuando todos sus componentes se licenciaron decidieron ampliar su imperio por donde quiera que sus avatares profesionales les llevaran, con el único afán de repercutir con sus donaciones en la cultura y formación de los jóvenes. Con una salvedad, convinieron que, al menos, uno de ellos debía continuar vinculado a la universidad, para, por un lado, asegurarse la sustitución de los miembros ya fallecidos con savia de idéntica calidad, y, por otra parte, que su doctrina, el lema fundacional, perviviera en las generaciones venideras.
Con la muerte de uno de sus integrantes, Maicon fue admitido cuando la sociedad acababa de cumplir treinta años desde su institución. Y aunque por estatutos nadie representaba el papel de maestre, la voz cavernosa del albacea, la seguridad de sus indicaciones y la personalización de su discurso recogía, por los gestos de los restantes, la admiración y el respeto innegable de un líder, y llevó al joven Maicon a considerarle como el guía necesario que orientara su iniciación.
Secado el sudor con la corbata; moteados los zapatos con restos del desayuno, Maicon, tratando de recomponerse, había descubierto hasta la nausea que nunca había pertenecido a La Puerta Giratoria.
Anuló la reunión y se dirigió a la universidad.
Con los mismos modales de su tía, irrumpió en el despacho del decano. A un gesto con el mentón de su titular, secretario y claustro abandonaron la estancia y trasladaron la reunión a otra sala. Decano y abogado quedaron solos, pero antes de que este último soltara sus razones, el académico descolgó el auricular, marcó un número y dijo un lacónico «lo sabe» con su característica voz cavernosa.
Esa misma noche, Maicon acudió el primero a la convocatoria extraordinaria de La Puerta Giratoria en el lugar de costumbre: una cabaña del servicio forestal que el Ministerio desconocía de su existencia por el carácter privado de los terrenos, pero que se disfrazó con esa argucia para que la propiedad creyera de su legítima ubicación ignorando que la normativa les excluía. Ni unos ni otros conocían la superchería de aquel emplazamiento.
La puntualidad era una premisa y a pesar de los compromisos y las altas responsabilidades de todos los miembros, la sociedad secreta estaba por encima de toda deuda. Sin embargo, llegada la hora, las luces de un sedán se apagaron y mostraron la silueta de un solo tripulante: el decano.
La cabaña disponía en su interior de una mesa y seis sillas de madera tan simples como los dibujos de un niño; un par de catalíticas para el invierno y el mismo número de ventanas para que en el verano se colara el frescor del hayedo que la rodeaba. Maicon había retirado la suya pero prefirió esperar de pie.
Cuando la puerta se abrió Maicon reconoció el brillo sucio del acero pavonado de una pistola. En sus inicios como penalista otras réplicas numeradas con carteles encordados figuraban como pruebas contra sus clientes. Examinarlas era una parte fundamental para buscar vías de exculpación. Reconocería una auténtica por muy tenue que fuera la luz, pero a pesar de la penumbra lo preocupante era que quien la blandía proyectaba la mirada de alguien acostumbrado a su manejo y a solventar esos asuntos sin pestañear.
—Me utilizaste, y viendo que acudes solo supongo que también al resto.
—Mi querido Maicon. Te sobreestimé, pensé que lo averiguarías antes, pero en cuanto a los demás, nunca me preocuparon. Sólo tú eras familia de un auténtico miembro de La Puerta Giratoria. Condición que, como bien sabes, solo se averigua cuando en su tumba se deposita una corona de magnolias con el símbolo de la sociedad secreta y con la forma del dígito que representa el número de quienes la integran.
—No lo entiendo, entonces ¿por qué me aceptaste si conocías mi parentesco, por qué creaste una sociedad paralela con idéntico nombre? Podría, podrían haberte descubierto.
—Eras perfecto, muchacho. Una lumbrera en derecho penal que conocía las consecuencias carcelarias de su crimen y que en su día a día, en los juzgados, reforzaría su idea de olvidar que siendo un estudiante participó en el supuesto accidente que se llevó la vida del anterior decano. Además, eras el hijo de quien me expulsó, de mi enemigo. Lástima que tu padre muriera antes de lo previsto, tenía otros planes para consumar mi venganza y tú eras el resorte que me facilitaría su desesperación. Con respecto a suplantar esta sociedad, era lo más sencillo para mí después de haber formado parte en sus inicios. Su carácter de secreta y su reconocido prestigio me ahorraban muchos esfuerzos. Nadie se preocupa en proteger una identidad que considera a salvo porque, sencillamente, no existe, y lo que menos espera es que pueda ser suplantada. Fue muy fácil enredaros.
—¿Y todo esto para ser el decano? Desde que esta tarde descubriera la farsa supe que la sinrazón nos dominaba, pero ahora que confiesas tu despecho, ciertamente, eres un loco y un idiota.
El académico se mantuvo en el umbral a media sombra y a media luz, y a media docena de metros del abogado.
—No te malgastes buscando alterarme. Estimo tus esfuerzos y tengo en buena consideración tu inteligencia, y espero de ella que te haga comprender el motivo de este encuentro. Muerto tu padre ya no es necesario mantenerte en la ignorancia. No obstante, me decepciona que todavía creas que mi puesto en la universidad es la razón y no el medio. En cuanto al arma no es más que un freno a tu ira, para evitar que tu frustración te incline a golpearme. Ahora bien, no tengo ningún inconveniente en llenarte el cuerpo de plomo. Me eres útil pero prescindible.
Maicon reconocía que incluso en ese preciso instante, a pesar de sus ganas por arrojarse al cuello del decano, seguía siendo un pelele, una marioneta manejada al antojo de un hombre que en una mano tensaba su equilibrio y en la otra, escondía unas tijeras.
—Y ahora, ¿qué?
—Sigue con tu vida como hasta ahora. No dejes de asistir a nuestras reuniones, cumple con el lema fundacional e interpreta a ese joven abogado íntegro que ocupa portadas, pero no olvides que tu carrera siempre puede derrumbarse si la verdad sobre la suerte de mi predecesor se descubriera. Tengo documentos que lo prueban. Los fiscales se frotarían las manos de saber que ocupas una plaza en el banquillo de los acusados.
Dicho esto dio un paso atrás y las sombras de la noche engulleron la amenaza, y por todo rastro de su visita quedó el ruido de un motor alejándose y un abogado sumido en las penumbras del incierto porvenir.

A la mañana siguiente la policía aporreaba la puerta de un lujoso ático, leía los derechos a su somnoliento inquilino, le mostraba una orden de entrada y registro, y en compañía de la secretaria del juzgado y de dos testigos procedía a incautarse de todo documento que pudiera servir como prueba de un delito contra el patrimonio y el orden socioeconómico.
Un poco más tarde y en el juzgado de guardia, el fiscal jefe se sorprendió al encontrar a Maicon Salazar De Orantes en el lado contrario de la mesa escoltado por dos inspectores de policía. Sus ojos chispearon ante la novedad y quiso conocer de primera mano las razones.
—¿Problemas con la justicia? —interrumpió el fiscal.
—Más bien con las injusticias, yo soy el agraviado —matizó Maicon.
El fiscal giró su cabeza ante los documentos que la mesa ofrecía. Leyó parte de las diligencias y de nuevo se enfrentó al abogado.
—Te deseo mucha suerte. ¿Te representará tu bufete?
—No, es cosa mía. Voy por mi cuenta.

Al año se celebró el juicio y quedó demostrada la culpabilidad del imputado. La acusación particular demostró, gracias a los testimonios de los cinco perjudicados y a la documentación habida en el domicilio del detenido, que una gran parte de las donaciones destinadas a la universidad, y aportadas por cinco ciudadanos de reconocido prestigio, como así los definió el tribunal, habían sido desviadas por el decano a unas cuentas a su nombre en un paraíso fiscal. La sentencia le condenó a cinco años de prisión y a la inhabilitación para ejercer la docencia o cualquier cargo relacionado con esa profesión.
Pero fue al mes siguiente de la detención del decano, mientras éste permanecía en prisión preventiva, cuando, cumpliendo con su promesa, Maicon Salazar De Orantes visitó a su tía Noelia en el número quince de la avenida de Los Parques. Previamente, gracias a la libre circulación por los juzgados, que su condición de reputado letrado le otorgaba, se había deshecho de una agenda del decano que le comprometía con cierto pasaje luctuoso de su juventud y que nadie echaría en falta en relación con los hechos que se juzgaban, salvo el reo.
La anciana le recibió con el mismo destemple de costumbre, sin embargo, algo había cambiado en el escenario desde su última visita y no acertaba a adivinar el qué. La bata seguía siendo de ositos tuertos; el sillón, el mirador, el tresillo, los jarrones, los libros, los candelabros, los retratos… Todo parecía igual y lo cierto es que seguía dispuesto del mismo modo, con el mismo velo de polvo, salvo que lo único que había cambiado era su forma de observarlo. Y entonces se dio cuenta, y su tía, también.
Maicon volvió a sonreír, esta vez sin consultar su reloj. Luego, habló.
—Gracias por la corona.
La anciana asintió y con la calma de un lama se giró para, por primera vez, mirarle a la profundidad de sus ojos.
—Ya es hora de que tomes el relevo de tu padre —dijo mirando ahora al retrato del difunto Serafín, enmarcado junto al suyo y a otros cuatro más.
—Leticia…
—¿Cómo?
—El nombre de la peluquera: Leticia…

sábado, 16 de marzo de 2013

Fermín, el loco


                 Con la misma prisa de un devoto ante el último repique, así subía la cuesta de la iglesia Fermín el loco. Si no fuera por las cabriolas para evitar las hierbas del empedrado, Fermín aparentaba ser un feligrés más de a los que la pendiente y la demora apuraba el aliento. Y aquel esfuerzo exigía siempre un alto en la fuente de los siete caños.

Junto a la fuente, los chavales dibujábamos una portería de tiza en la casona de Rufo hasta que, a cuenta de los balonazos, asomaba el viudo vara en mano. Formaba parte del juego correr en busca de refugio cuando el silbido del azote amenazador cortaba el aura de nuestra fuga; y qué mejor cobijo, a cuenta de lo sagrado, que el pórtico de la iglesia, el cual ganábamos con la risa de los pilluelos y ocupábamos sus rincones como los monos los templos de oriente. Desde allí nos sabíamos a salvo y contemplábamos el desaire de Rufo acarreando cubos que arrojaba contra su pared hasta que la última lágrima de blanca arcilla se perdía en el brillo del desagüe.

Si la tarde era de trinos y pipas nos quedábamos en el horuelo a contemplar el trasiego de parroquianos, antes de que los televisores dieran vida a las cortinas, antes de que nuestras madres nos reclamaran a la cena y el eco de las trancas y contraventanas anunciara el final del día; dejando una postal de silencio, con permiso de grillos y patrullas de perros sin collar olfateando el insomnio de los gatos.

Los urbanitas nunca nos preguntamos si alguna vez esas gentes llegaron y decidieron que aquella localidad era un buen lugar para establecerse, o si jamás salieron de allí o si, por el contrario, husmearon otras lindes y reconocieron las suyas inmejorables. La libertad que regalaba el entorno despreciaba perderse en esos dilemas. Asimismo, obvié, por el simple candor de la moza edad, que esos venerables también fueron niños. Los conocí adultos, enjutos, curtidos en la era; con la mirada profunda, la de los que sienten crecer la siembra y lo que el cielo advierte, y así quise y quiero recordarlos. Fermín era la excepción, él era un crío encerrado en la apariencia de un hombre, pero era nuestro Fermín.

Así como Carmelo, todas las madrugadas, propagaba los matices de la harina tostada por los aledaños del obrador, Fermín, minutos antes del mediodía, se introducía en la fuente dispuesto a soltar un alegato sobre la gran amenaza sísmica que se cernía sobre nosotros. En cuanto descubrías sus absurdos giros al caminar, y comprendías que era flojo de chavetas, reparabas más allá de su anómalo vagar y te sorprendías de la rara costumbre que tenía de sumergir la mano izquierda en el bolsillo contrario. Cualquier foráneo arrugaría el mentón ante quien, aproximándose como un caballo de ajedrez, y con esa mirada que tendía a depositar en la invisible parte posterior de las cosas, voceaba la noticia de un hecho insólito que había descubierto y del que nos quería librar.  Para Fermín, la pequeña localidad que le había acogido con el cariño de quienes toleran las disonancias si no alteran mojones, era el lugar exacto donde la tierra pretendía expiar sus tensiones con un gran terremoto. Así, a las doce en punto, sumergía con un violento pisotón media pierna en la fuente y proclamaba que ese era el epicentro de lo que nos avecinaba. Luego, sin variar su discurso, repetía datos de los grandes cataclismos acontecidos en la historia de la humanidad mezclando la churra Pompeya con la merina Atlántida. 

Finalizado el acto, cuando Fermín procedía a escurrir los restos de su teatro, siempre le ofrecíamos el balón. Antes de rechazar la invitación miraba hacia la puerta de Rufo e, invariable, demostraba que de loco lucía una espléndida melena, pero de tonto ni las canas. Luego, se perdía calle abajo para seguir con su rutina. Esta consistía en cosechar hojas de parra y dejarlas bajo las aldabas de cada puerta, a modo de sereno diurno que anuncia su ronda. Era su forma de saludar a los vecinos a pesar de que sólo algunos rendían pan o abrigo a su loco.

Con el paso de los años, muchos dejamos de ir al pueblo. Pero ciertas nostalgias persiguen y perduran más que una efeméride. Así, organicé un reencuentro de quintos en el que quise también implicar a nuestras respectivas familias.

Los recuerdos conmueven a quien los alberga y por mucha intensidad que vuelque en su relato, por mucho que mire a cada rincón como si una ventana en el tiempo se abriera, resulta imposible transferir con fidelidad la vivencia. El obrador de Carmelo cerró; la vieja cosechadora, que gripó engranajes en los trigales, y fue nuestra nave del imperio, ahora es pecio de espinos y moras. Corrales y casonas, como la del Rufo, muestran los costillares de su ruina. Nos dijeron que el viudo acabó en la residencia de mayores de la nacional. La fuente seguía firme con sus siete caños, pero de uno solo manaba un hilo de agua. Sonaron las doce y Fermín no acudió al chapoteo. «De atar», refirió el camarero a las preguntas por la suerte del loco. «Quiso mover la fuente de sitio y se dejó los huesos empujándola día tras día. Acordaron internarlo». Dicen que se escapó. Nadie volvió a verle.

Animados por el vino del brindis, decidimos enviar una carta a Rufo como promotores interesados en la construcción de un campo de fútbol, junto a la residencia.  Reconoció nuestra chanza y al mes me llegó una carta suya con una asombrosa aclaración:

La madrugada del colapso de la casona, alguien llamó con insistencia a la puerta; luego, la emprendió a balonazos. Vara en mano salí y tropecé en el umbral con un caldero a rebosar. En ese instante, la edificación se vino abajo. Cuando el polvo se disipó, pude distinguir sobre la maltrecha puerta una hoja de parra y a la sombra saltarina de mi suerte advertida perderse calle abajo.

jueves, 7 de marzo de 2013

La inutilidad indispensable


         Hay quien viaja azorado a nuevos mundos a causa de aquellas primeras lecturas caídas en la mágica edad del asombro constante. Hay quien abandona la seguridad de un entorno favorecedor por tratar de encontrarle sentido a una vida demasiado evidente. Algunos miran al firmamento, reconocen la brevedad de su paso y se cuestionan las razones del universo por dotar de inteligencia a quienes nunca podrían influir en las fuerzas que equilibran esa inmensidad.
Pongamos que somos planetas aquiescentes a los influjos de nuestra cercanía. Que rotamos en torno a ese planetario convenido y desplazamos nuestra órbita cuando la energía fundida bajo nuestra corteza protesta por cambiar esa aburrida elipse que describe la rutina que nos desplaza.
Digamos que los satélites son prójimos de suerte esquiva, como formas abruptas alejadas de la armonía; personas que nos engrandecen si los consideramos parte inseparable de nuestra constelación. Sin embargo, son despreciadas porque la liga de la normalidad decidió señalarlas con el dedo del temor.
La alcanzable luna, una masa yerma, expuesta, inhabitable; que fuera meta de potencias por clavar su bandera, que es reina de las mareas, nostalgia de lobos, cuna menguante de promesas, adalid del poemario, raíz de lunáticos, anticipo de la mañana; rostro creciente, oculto o pleno; la que maquilla de gris las noches y se esconde como buen espejo cuando el fulgor excede la reflexión. Es la luna el mejor ejemplo de esa inutilidad indispensable.
Luca de Tena acertó a referirlos como «Los renglones torcidos de Dios». Recurso inhabitual acudir a la literatura novelada para comprender su existencia, pero inmejorable retrato el que narra el desaparecido escritor. Por el contrario, es quizá más frecuente que, de crío,  un comportamiento impropio de un adulto sea cuestión de sobremesa y llevé a que los cubiertos caigan o la bebida atragante si la inquietud apela sobre el mundo de los disminuidos mentales. La incómoda respuesta navegará entre la delicadeza y la ilustración, con el reparo del mentor por no producir un escalofrío a su curioso tutelado si éste entiende que ese fracaso ajeno se reduce a la simple lotería del nacimiento.  
Nombrarlos como mentes encerradas en cuerpos de una talla inapropiada es un resumen demasiado transversal, reconducido como por alivio hacia un asunto de desproporciones. Y aún asumida esa definición de urgencia como una contrariedad de la naturaleza, a quien sea sensible a las aflicciones ajenas el desasosiego le cerrará el estómago ante el matiz de lo incurable.
Pero pongámonos en esa etapa de la infancia donde se vadean las dudas entre soluciones alcanzadas por la introspección o por el tino en las respuestas si es ilustre el interpelado. Algunas, como la abordada, a pesar de la buena disposición del culto por aclararlas, quedarán alojadas en un limbo de pesadumbre a cuenta de la injusta esencia por ser diferente. Quizá a esa edad se es demasiado joven para comprender que no todo en la vida es merecido, ni siquiera la buena estrella. Por esa razón siempre se agradece que, de vez en cuando, surja un talento que deje en su arte un recuerdo imborrable y llene de esperanza, y de dudas, a cuenta de la semántica, sobre quién recae, en verdad, la desgracia. ¿Será en el señalado o acaso el infortunio se detiene en quien le observa? Porque ¿qué esconde esa mirada perdida, la de ese errante de mente entre nebulosas que la casualidad ha querido cruzarnos?
En esa coincidencia, una vez a nuestra altura, las sombras se confundirían, nadie encontraría la diferencia. Puede que ni siquiera existamos para él, o puede que se esté compadeciendo de nosotros y de nuestra capacidad en el empeño de querer comprender todo, incluso lo deficiente.
Compadecerse. Sufrir por quien sufre.
Se me antoja que ese artista, que antes mencioné, supiera por confesiones celestiales que nuestra suerte campea sobre un error ancestral. Como espectador de la historia que tararea, como narrador de la desgracia, como trovador de la vida, nos recuerda que a pesar de nuestra abundante fortuna los renglones torcidos no rivalizan, no envidian y ni lo pretenden.
«No puede haber nadie en este mundo tan feliz», afirma convencido el cantautor, y da rotundidad a su mensaje, nos llama la atención, con un: ¡Hey!, todo se reduce a que «Sólo pienso en ti».
Quizá bajo esta simple consideración, no estaría de más maldecirse cuando la indignación por meros contratiempos se magnifica hasta el absurdo como si de afrentas al honor se trataran. Pues bajo el Infinito, ante ese sol que nos ciega, ante esa luna que se cuela por los poros de nuestras persianas, nada nos separa de esas otras vidas salvo la estupidez de nuestros egos y el largo de nuestras  sombras.
Quien tiene la capacidad de enamorarse, nada más necesita, ninguna facultad le falta, todo es soportable cuando la mirada se detiene en la persona que nos colma.