viernes, 31 de enero de 2014

La casa de las Marcelianas


        

Alejada de los cruces, de las ventas y de las postas, el forastero que llegaba a tocar la aldaba de la casa de las Marcelianas venía atraído por una leyenda que los viajeros no dudaban en transmitir a cuantos quisieran escuchar sobre las excelencias de aquellas solteras que, en plena posguerra, habían decidido dar sustento a todo aquel que llamara a su puerta. Si ya era extraño dar alimento en aquella época de miserias, aún mayor era la sorpresa cuando el bocado que se entregaba producía las lágrimas más sinceras que un comensal agradecido pudo jamás corresponder a quien le regalaba la más exquisita de las delicias y saciaba su hambruna.

Primor podría decirse, también disciplina o, mejor todavía, rigurosidad. Sin escudo labrado que adornara el atrio de su portalón, bien podían ser éstas las divisas de la casa. Tres plantas de piedra y adobe, tejado a dos aguas; cuadra, pajar, silos y un huerto con pozo propio en la parte trasera. Acostadas sus vigas entre otras semejantes, la vivienda iniciaba la hilera irregular de casonas que serpenteaban por la única calle de la aldea, cuyo empedrado partía desde la plaza donde fuente, pilón, lavadero y escuela distaban a veinte pasos de la única cuesta donde terminaba su linde.

La mayor de las hermanas representaba el carácter y a la vez el talento entre los fogones. Codiciada por la aristocracia barcelonesa donde sirvió durante los bombardeos, en su viaje de regreso, con la bandera blanca y el hedor de una cal insuficiente en las cunetas, retornó a sus orígenes serranos con una maleta llena de delantales y mangas pasteleras. Allí se reencontró con el resto de la familia que también deshacía maletas tras su dispersión al otro lado del Ebro, la gran frontera de la contienda. Tres mujeres y un varón retomaron la hacienda. Cuatro hermanos. Él, codiciado por sus anchos huesos, mirada azulada y por su entrega a la labor, sufrió con dulzura el secuestro de sus hermanas necesitadas de un hombre que esgrimiera músculo y escopeta cuando las noches acercaban a los lobos que la guerra había parido. Así, aquellas que le pretendieron, a la manera sutil que la época estimó como decente, tuvieron que asumir la infranqueable barrera de delantales y conformarse con otros mozos de manos grandes pero de mirada terrera.

Marcelina fue la madre y por algo que se pierde en la memoria de los tiempos superó en fama a su marido. Razón por la cual su descendencia fue recordada en su nombre. Gran proeza podría decirse dado el machismo de la época, pero todo apunta que si uno de los placeres de la vida, como era y es el buen yantar, fue la causa, nada perdura en la memoria con más deleite que las sensaciones del paladar; las cuales, si acaso, compiten de tú a tú con un beso añorado o con aquel aroma concreto de un singular paraje que nos acompaña cada vez que respiramos fragancias parecidas.

No es que el resto de hermanas fueran gregarias por las virtudes de la mayor, pero en la casa se respetaba la edad y no se cuestionaba el altruismo decidido por ella, a pesar de que, cuando las nieves se retiraban de los caminos, aumentaba la peregrinación y la despensa dejaba espacio a la costura de las arañas. Sin embargo, nunca faltó una rebanada de pan y un casco de chorizo para el hambriento, y lumbre si sus dientes sonaban más que su estómago.

La naturaleza quiso que por el mismo orden de nacimiento se fueran marchando al camposanto. Pero mientras las cruces del apellido esperaban a erguirse junto a la tumba de Marcelina, la puerta siguió abriéndose a cada golpe de aldaba y una u otra de aquellas mujeres de moños horquillados, canosos como la harina de sus uñas; encorvadas por los años de acarreos, continuó atendiendo a la cada vez menor afluencia de famélicos, pues el país iba estabilizando su hambre y las ciudades habían barrido sus escombros para elevar chimeneas.

Con los años otro tipo de gente comenzó a llamar a la puerta. Parientes lejanos llegaron en sus automóviles tapizados de prosperidad y se sentaron a la mesa de igual manera que aquellos de ropas almidonadas por el polvo de los caminos lo hicieron antaño. Vinieron para quedarse los veranos y ocupar aquellas habitaciones que la casa iba vaciando con los lutos. Otra luz invadió las estancias. Nuevas risas, de niños, retumbaron entre las artesas. Por primera vez en mucho tiempo fueron ellas quienes llenaron sus estómagos de aleteos de mariposas.

Muchos años pasan desde que el horno de la casa de las Marcelianas acumula cenizas. En cada pueblo hay un par de ancianos, un trío a lo sumo, que ocupa un banco al cobijo de sus aleros. Son de lágrima perenne en sus pupilas y de silencio frente a la contemplación de la nada que sucede frente a sus balcones. Sus manos surcadas de arrugas se apoyan en sus cayados y sobre éstos, sus mentones. Se asoman al sol como lagartos y se retiran con las gallinas. Al lado, perros sin collar que tumban su desgana atentos al primer movimiento de sus amos, fingen dormitar.

Si alguna vez tus pies te llevan a una pequeña aldea de la Sierra de los Cameros y descubres a uno de esos ancianos, alégrale la tarde preguntándole por la casa de las Marcelianas. Pero si acaso toparas con una mujer de ajada faltriquera ten por seguro que un suspiro de añoranza inundará su pecho al formularle la pregunta, pues no quedó moza en la comarca que no quedara prendada del hombre inalcanzable de la mirada azul.

jueves, 23 de enero de 2014

Agua


        Un jueves más Julián ha venido a visitarme. Esperaba encontrarme como siempre, en mi rincón, con la mirada ausente, y, en cierto modo, no le defraudé, al menos los cinco primeros minutos. Esa fue mi sensación escuchando sus zapatos italianos deslizarse por mis alfombras. 
      Comenzó su charla habitual aventurándose en el lenguaje de las nubes, las que vino descifrando por el camino.
—Amenaza tormenta —afirmó, imitando la dirección de mi mirada hacia los parterres o hacia los setos o hacia los árboles o hacia los tejados, o hacia donde quiera que pensaba que yo había depositado el desenfoque de mis pensamientos. Luego, al descubrir mi leve sonrisa esbozarse se animó a recordarme un aguacero que le sorprendió uno de los primeros domingos que paseó con mi hija por El Retiro.
—Gracias a la lluvia la besé por primera vez. Fue la excusa perfecta para arrimarme. Vosotros no podíais verme desde el balcón —acentuó burlesco y se tomó un instante antes de continuar—. Sí, sí que ha llovido desde entonces —añadió, refiriendo con una sonrisa, queriendo enfatizar la ocurrencia, repetir el logro anterior, pero no encontró la misma mueca risueña en mi rostro iluminado por la claridad del ventanal, donde mi enclenque figura parecía ganar salud bajo el engaño de la luz de la mañana.
Mi demostrado desinterés por su charla no le arredró e inició su ritual de costumbre para acomodarme: extendió la manta a cuadros sobre mis piernas, me acercó una jarra de agua, rechacé el vaso que me brindaba y, acto seguido, retiró la bandeja con las migas de la media madalena que Clarisa, mi asistenta, me había dejado antes de marcharse. Cuando se sentó a mi lado y cruzó las piernas dispuesto a leerme los titulares del día se detuvo, enarcó las cejas y me preguntó por Cascabel, extrañado de no verlo ocupando el sitio en el sofá donde ahora él se dejaba caer.
—Es un gato —objeté.
La respuesta debió satisfacerle pues arrugó el morro para después mirar a las molduras del techo y recorrerlas de esquina a esquina. A continuación, desdobló el diario pero nuevamente se detuvo.
—¿Antes me has sonreído, no? No solo eso, incluso ahora me has contestado de inmediato cuando he preguntado por esa vieja bola de pelo —añadió orientando sus hombros hacia mi posición, esperando una respuesta, merecerla al fin después de tantas visitas.
La mecedora a pesar de los años no crujía y aunque era casi imperceptible su vaivén la detuve. Necesitaba concentrar todas las fuerzas en mis manos si quería apoyarme en uno de sus brazos y deslizar mi plan bajo la manta. Mientras tanto, Julián, ante mi silencio, volvió al periódico y comenzó a leer en voz alta los titulares, pero, como de costumbre, perdió el tono y extinguió su volumen a medida que la noticia le iba interesando. Se sumió en su lectura embobado, se olvidó de mí y no regresó su voz hasta el comienzo del siguiente titular. Cuando terminó el repaso me miró de reojo, sacó su teléfono y llamó a mi hija. Presumió de sus atenciones para conmigo, escuchó los ineludibles encargos que ella le había deparado para el día, suspiró mirando de nuevo hacia las molduras y se despidió con un beso deletreado. Dejó el periódico entre los cojines, se estiró el traje, me retiró la jarra, antes me ofreció de nuevo el vaso, que una vez más rechacé, en esta ocasión alejando mi rostro, palmeó mi hombro y se dirigió a la cocina. Yo retomé mi vaivén esperando a que mi yerno regresara. Sin duda me recordaría su predicción meteorológica y se regodearía con su acierto, pues la lluvia había comenzado a arreciar mientras los truenos se empujaban en las alturas. Volví a sonreír.
Con las gotas resbalando por el cristal me concentré en no matarle con el primer disparo, en todo caso, de lograrlo, que fuera muy lentamente, como una infección, algo que era probable dado mi pulso, mi cansada vista, mi postura y la orientación de los cañones. Y mientras esperaba su regreso acuné la escopeta, ahuequé la mano para asegurarme de que el percutor en su caída no pellizcara la manta y dediqué mi fingida distracción a contar mis respiraciones. Había apoyado la culata en el brazo de la mecedora y los cañones descansaban en mis muslos. Cuando los zapatos italianos volvieron a escucharse y cruzaron la trayectoria que estimé acertada, cerré los ojos y la escopeta ladró su disparo.
El fogonazo quemó la manta y dejó incandescencias en el cerco del enorme agujero que las postas ocasionaron. El retroceso casi quebró mi muñeca pero desatendí el dolor apremiado por comprobar el resultado. Con el olor a pólvora invadiendo mi posición, aturdido por el estruendo que instaló un pitido infatigable en mis oídos (un inconveniente bien recibido pues me impedía escuchar los alaridos de mi víctima), descubrí a Julián tirado en el suelo. Parecía ahogarse en su lamento ante la visión de sus destrozadas rodillas que trataba de recomponer aprisionándolas con sus manos, como quien sujeta el desmoronamiento de su castillo de arena que la marea azota.
No hay mayor angustia que el dolor sobrevenido, desconocido, aquel del cual se ignora el plazo de su remisión. No cabe lugar para nuevas atenciones, salvo que una amenaza mayor se cierna, aunque ésta sea la de un anciano incorporándose, liberándose de una manta como si de una red se tratara, apoyándose en una escopeta de caza, humeante, con la mirada del cazador, la de quien ha abatido a su presa y corre a cobrarla.
Julián, a pesar de las lágrimas, vio arrastrar mis zapatillas de felpa junto a su cara. El horror inicial, el de la sorpresa, había pasado y, aunque seguía dirigiéndome su desgarro, ahora parecía pedirme ayuda estirando uno de sus brazos hacia mi paso. Sabía que estábamos solos, que la lluvia, la tormenta, habían acorchado la detonación. Su móvil había quedado tendido entre los cojines de Cascabel. Dependía de mi misericordia si quería seguir viviendo. Ambos los sabíamos. Me costó zafarme de su presa cuando pasé junto a él para llegar hasta el armario en el otro extremo del salón. Allí saqué una bolsa de una de sus portezuelas y regresé. Cuando llegue a su altura la arrojé hacia su pecho con el escaso ímpetu de mis noventa años, pero con todo el desprecio de un jovenzuelo.
—Puedes abrirla. En ella encontrarás la razón de esa cojera que te acompañará el resto de tu vida.
Mi voz retumbó ahogada dentro de mi cabeza. Desconocía si acaso resultaba ni tan siquiera audible, pero al ver que Julián dudaba entre mantener sus manos en sus rodillas y dirigirlas a la bolsa supe que la curiosidad del saber aún se elevaba por encima de su dolor y mi voz por encima de la tormenta.
La mecedora volvió a acomodarme, la escopeta, con su último cartucho, apuntaba de nuevo su negra boca al bulto que formaba mi yerno sobre la alfombra de su propia sangre. Había imaginado la situación tres jueves atrás. Cuando él abriera la bolsa. Supuse su espanto, imaginé sus reacciones. Medité durante esos días previos pedirle el paseo hasta el armario y que me la acercara antes de dispararle, esa fue mi única duda en mi plan. Por lo demás, mi convencimiento se sustentaba en el macizo pilar de la venganza unido a la tranquilidad de quien ya ha vivido lo suficiente y la responsabilidad penal no le pesa. Pero una vez que había visto las consecuencias de mi ejecución, ahora me daba igual si Julián descubría su contenido, pues el horror que buscaba ya estaba dibujado en su rostro.
—Ocho años me acompañó. Y en el primero supe que debía jubilar el acuario pues montó guardia ante él día y noche. Lo rondó, lo inspeccionó, lamió sus cristales buscando un resquicio por donde sus zarpas pudieran dar alcance a tanta escama de colores. Era un gato diferente, quizá por ello se ganó mi cariño. Le encantaba el agua. Una tarde como la de hoy, una tarde que muchos denominarían de perros, le habría encantado explorar. Era listo, mucho. El pájaro no vuela con el temporal, se agazapa, espera a que escampe. Ahueca sus plumas en la rama, silencia sus trinos y dormita mientras la humedad resbala por su plumaje, esperando a que sol asome por alguna esquina. La ocasión perfecta para el cazador. Terminada la borrasca, el felpudo, junto a la gatera, en la puerta trasera que da a la cocina, desaparecía cubierto de sus incontables víctimas. Lugar por él elegido para acumular su botín, para demostrar su talento. No había día en que las quejas de Clarisa llegaran a mis oídos maldiciendo a Cascabel, tildándolo de psicópata, de criatura del demonio mientras recogía la carnicería. Más tarde, cuando su instinto se veía colmado, comparecía por el salón con esa elegancia felina propia de los satisfechos. Se acomodaba en su rincón de almohadones, antes, rozaba mis perneras con su rabo enhiesto, después, se tomaba su tiempo en encontrar la postura definitiva, pero siempre sin perder de vista el ventanal por si acaso la lluvia regresaba. Nunca debiste dejar a su alcance esa jarra que me vienes ofreciendo —concluí—. No sin conocer antes a Cascabel.

jueves, 7 de noviembre de 2013

La amenazadora confusión del negro porvenir

El cansancio le pudo y apagó el flexo sumiendo el entorno de oficinas en una penumbra típica de un cine en los créditos finales. Ser padre de cinco hijos le obligaba a meter horas extras pero necesitaba cabecear unos minutos antes de afrontar los últimos informes. Nadie quedaba ya en la consultoría, ni siquiera la limpiadora, su receso pasaría inadvertido salvo a su conciencia.
Será solo un rato, se dijo sin convicción.
A pesar de que odiaba llegar tarde y encontrarse a su prole acostada, ante la montaña de papeles que inundaba su mesa, y el sopor que le vencía, supo que esa noche cenaría frío, que se desnudaría a tientas en el salón y, con cuidado de no tropezar con los juguetes dispersos por el pasillo, ganaría el dormitorio para terminar acostándose pensando en descubrir el algoritmo de una vida mejor mientras el despertador iluminaba las pocas horas que restaban para un nuevo amanecer. Pero todavía muy Lejos de ese pijama y de ese lecho añorado cerró los ojos y se pinzó el lacrimal, luego, cruzó sus manos sobre el pecho y exhaló el primer suspiro sin sospechar que con aquella cabezada comenzaba la aventura más peligrosa de su vida.
El filamento de la lámpara no había terminado de enfriarse cuando unas voces irrumpieron en la planta. Espera, dijo una de ellas. La puerta se cerró a sus espaldas y sólo entonces, cuando comprendieron encontrarse a solas, conversaron de nuevo, esta vez, susurrando. La más grave parecía querer tratar de convencer a la otra y se mostraba más enérgica en los detalles. Al mismo tiempo que porfiaban entre murmullos caminaban por uno de los dos pasillos abiertos a los escritorios, sin un destino fijo, como quien se deja llevar por la senda de un parque con la atención puesta en las palabras de su acompañante, ajeno a trinos, ramas o arroyos pero vigilante a sombras y recodos.
Los visitantes acabaron deteniéndose junto a una de las mamparas que acotaban cada puesto de trabajo. A pesar de la delgadez del tabique y su apertura al aire no se percibía la respiración rítmica de quien, al otro lado, muy cerca ya del ronquido mascaba el placer del descanso. Pero nuestro padre de familia sí escuchó las murmuraciones, como consecuencia de esa alerta que desarrolla quien se sume en placeres que cargan la conciencia, y, en un acto reflejo, reaccionó pretendiendo encender la lámpara, carraspear y manifestarse. Sin embargo, cierta vergüenza, o tal vez recelo, le contuvo al reconocer el timbre de la ronca voz de su jefe y que la palabra «fraude» reinara en la conversación. Fue entonces cuando un escalofrío recorrió su espalda y como el hielo milenario se petrificó en la quietud granítica de una estatua. Sujeto el resuello del sobresalto, rezó porque ningún objeto de su mesa se desplazara provocando un escándalo por más leve que fuera su impacto contra el suelo, pues el diálogo ahora era nítido y un plan delictivo estaba siendo detallado a modo de recapitulación. En ese instante supo que si fuese descubierto no existiría excusa terrenal o divina con la que pudiera salir airoso.
Sin embargo, a pesar de la inquietud, la consideración de sentirse testigo excepcional le llevó a elucubrar con un abanico de posibilidades que variaba entre ser cómplice y participar en los beneficios (sus hijos lo iban a agradecer en navidades); delatar la trama, lo que le llevaría al aplauso social pero al despido inmediato en cuanto la atención se fijara en otras actualidades (sus hijos se lo iban a reprochar cuando el chóped reinara en la mesa al son de los villancicos) o ignorar lo conversado y, al día siguiente, fichar como de costumbre. Esto último le pareció lo más razonable, no obstante, la tensión y la rotundidad de que un simple vistazo lo descubriera despertó los primeros calambres propios de una inmovilidad pétrea poco entrenada. Su postura: pies sobre la mesa y respaldo reclinado, no le permitía incorporarse sin que la silla crujiera en todos sus resortes. Las puntuales rampas le llevaron a morderse la lengua y apretar los puños hasta blanquecerlos.
El sudor comenzó a aflorarle, al principio, en la frente, luego, en las sienes, hasta bruñir las patillas como el lomo de una orca luciendo aleta. Uno de los interlocutores apoyó su espalda en la mampara y acunó sus riñones con el antebrazo. La mano se deslizó por la abertura hasta aferrarse al borde mostrando un anillo en el reverso. El sello, casi a la altura de su vista, a un palmo escaso de sus narices, se mostraba apagado a pesar de ser evidente su factura en el noble metal que tantas fiebres produjo en las minas del lejano oeste.
¿A quién pertenecía aquella mano?, se preguntó. Por la conversación dedujo que tenía que ser alguien de la empresa pues parecía estar versado en todos los entresijos comerciales, pero sus intervenciones, por otro lado escuetas, no le recordaban una voz conocida. ¿Algún accionista, un abogado, un asesor? La tenue luz apenas le permitía descifrar el grabado del anillo y elucubrar, asociarlo a una cara o a una conversación telefónica del pasado. Fue entonces cuando se acordó de su móvil. Lo encontró con la mirada en una esquina de la mesa. El reloj de la pared del fondo, visible desde todos los puestos de trabajo, marcaba una hora fatídica: las veinte treinta, la acostumbrada por su mujer para cuestionarle la cantidad de tiempo que le restaba para volver a casa. Pregunta que, sin esperar respuesta, siempre enlazaba con una enumeración de las calamidades obradas por sus hijos durante la jornada, bien en el colegio bien en el barrio o en el domicilio, a causa, mencionaba en su descargo, de esa vitalidad desbordante típica de los niños comprendidos entre los cinco de la pequeña Estefanía y los doce años de Alejandro, el mayor. No faltaba nunca el reproche final en su retahíla dirigido al abandono al que se veía abocada y al límite crítico que habían alcanzado sus fuerzas ante la ausencia paterna. Imaginado el presumible contenido de la inminente llamada, dar alcance al teléfono sin incorporarse se convirtió en una prioridad y en toda una obsesión, encontrándose, sin esperarlo, ante una prueba propia de campamentos, como la de caminar con una cuchara entre los dientes sujetando un huevo en equilibrio.
La única y más discreta posibilidad residía en arrastrar con el zapato el folio que, a modo de bandeja, pisaba el terminal. El problema eran los obstáculos en forma de lápices, bolígrafos, grapadora y clips dispersos sobre el escritorio, desperdigados en mitad de la trayectoria del recorrido más lógico, y los calambres que impedían pericia. Mientras resolvía cómo proceder con la maniobra y se encomendaba a la divina providencia, para que la llamada no se produjera durante el lance, recordó las arengas que su madre le exhortó a cuenta del desorden del que hizo gala en su juventud, mezclando calzado con corbatas, vaticinándole que algún día le traería problemas. Aquellos sermones cobraban ahora una importancia que juró poner remedio si salía indemne de la situación. Y no había comenzado a barrer en dirección a su ingle la dispersión de objetos, cuando una melodía sonó logrando que su corazón casi se detuviera por la vibrante y contundente retracción de su estómago agostándole los ventrículos como el plástico que ciñe las bandejas de pechugas de los supermercados.
                De inmediato, el selló desapareció de su vista para aparecer de nuevo, esta vez, asiendo las cachas de una Glock cuyo cañón se apoyó en las aguadas patillas del oficinista. Éste mordió su labio inferior mientras recordaba uno por uno los nombres de sus hijos y las fechas de sus cumpleaños mientras en la pantalla parpadeaba el de su aniversario de boda. Ocurrencia feliz de nombrar de este modo a su esposa para que nunca se le olvidara la efeméride. Con el comentario que el titular del arma acompañó a su esgrima asumió que le hubiera alegrado ver el nombre de su señora en la pantalla, pues tuvo la sensación de que aquella imagen parpadeante envuelta en una melodía de Nokia iba a ser la última percepción agradable de su vida.
                —No me importa quién sea. Lo ha oído todo. Hay que deshacerse de él —afirmó rotunda la voz del pistolero.
                El silencio invadió la escena cuando el móvil dejó de sonar y una pregunta flotaba en el aire: ¿qué hacer con el intruso? La violencia no entraba en los planes del directivo, según confesó, pero el matón le recordó que ciertos negocios no son a la carta. Son turbios desde su concepción, se ramifican hasta donde sea necesario con tal de que prosperen y no son aptos para conciencias paternalistas, aclaró amartillando el arma.
                El hipotálamo viene de serie y tiene estas cosas, que sorprende. Actúa de un modo irracional aunque esta afirmación no conlleva que el proceder siempre sea desacertado, simplemente, uno pierde las riendas y, ante lo que percibe, un cerebro auxiliar decide por él a causa del pánico que bloquea al principal. Quietud, huída o enfrentamiento ante la amenaza. Esas son las tres opciones que surgen y, una, sólo una es la tomada. El padre de familia, el oficinista, el intruso, el testigo dejó de ser todo eso y ante el inequívoco mensaje del matón se rindió a la suerte de su hipotálamo presa del miedo.
                Dos bolígrafos quedaban al alcance de su mano, cogió con fuerza uno de ellos y por la violencia del movimiento parecía querer clavárselo en su propia sien y terminar con todo, sin embargó, quedó alojado entre el disparador y el guardamonte del arma. El otro fue lanzado contra los ojos del sorprendido matón quien, incapaz de disparar por el obstáculo interpuesto en el gatillo, los mantenía más agrandados que de costumbre y recibieron el bolígrafo de lleno. El izquierdo quedó ulcerado y el dolor llevó sus manos a la cara dejando el camino libre a la violenta patada que recibieron sus testículos. Anulada la amenaza la ansiedad del aterrado oficinista orientó sus pasos hacia su jefe. Éste, en cambio, debía lucir el mismo hipotálamo de mármol que Miguel Ángel dotó a sus obras y se mantuvo como el David o el Moisés del genio italiano. Sólo comenzó a balbucear la amenaza de un fulminante despido cuando su empleado recogió el arma del postrado matón y la apuntó directo al pecho.
                Fue como un fulgor, como un aura que desde detrás de la figura de su jefe surgía creciente y redondeaba su silueta hasta empequeñecerle, mermarle, mientras su grave voz aumentaba sin dejar de proferirle insultos y augurios nefastos una vez que el despido se hubiera consumado. La amenaza fue cobrando fuerza y el fulgor atenuándose hasta que la borrosa perspectiva de su airado jefe fue cobrando la forma real. Tan cierta y evidente que los improperios se alejaban del eco inicial y la luz se reducía a las alargadas lámparas fluorescentes que poblaban el techo sobre su cabeza. Era tal el ímpetu en el enfado del directivo que los salivazos terminaron de confirmarle al oficinista que su postura seguía siendo la misma con la que inició su descanso, que no había matón encogido a sus pies sujetándose los huevos y que, en cambio, la cima de las mamparas se poblaban de espectadores, de sus compañeros de trabajo, repeinados y con cierto olor a loción de afeitado. Una nueva jornada de trabajo había comenzado.
Acabada la arenga y dispersa la curiosidad por la mirada inyectada del jefe barriendo con su desagrado a todo aquel que osara cruzarse en su camino de vuelta al despacho, el padre de familia descubrió en su caos de escritorio, junto a su móvil sin batería, una caja de folios invitando a ser cubierto su vacío con sus efectos personales. Ante la evidencia de su finiquito pero con la torpeza de un perezoso inició el proceso de retirada de recuerdos, mientras en su cabeza trataba de abrirse paso la cordura tan abigarrada de los recientes delirios que le resultaba difícil convencerse de que lo soñado no era lo actual y viceversa.
Tras cinco pellizcos con los cajones asumió la realidad, pero antes de echar el último vistazo a las estrecheces donde culminó mil y un informes recordó la necesidad de borrar sus archivos del ordenador y lo encendió. Tras unos minutos el buscador de la pantalla de inicio le proponía como segunda opción y, como siempre, «voy a tener suerte», mientras el cursor parpadeaba como una cuenta atrás, como el muñeco verde del semáforo antes de extinguirse. Sus manos cayeron sobre el teclado.
Poco después entró en el despacho de su jefe. Éste mostró con sus cejas la sorpresa de tan inesperada visita. No contaba con volver a verle. Su conocida mala uva era suficiente para que los cesados nunca se atrevieran a despedirse por mucho que la más pura de las cortesías o una educación cristiana se lo recomendara. Sin embargo, allí estaba, tras su caja de enseres, el despeinado y adormilado oficinista con media cara tras el cartón repleto de imanes, marcos, bolígrafos y cachivaches acumulados en una década.
—¿Qué quiere? ¿Una carta de recomendación?, ¿o acaso viene a besarme los pies?
La mesa era de nogal y mostraba un lustre que ni el calzado militar en los desfiles. A pesar de su esplendor la caja terminó sobre ella y, a un lado, los pies del oficinista, nuevamente recostado, esta vez en una silla de tapizado verde que acercó hasta la mesa hasta lograr la desafiante postura.
Como la punta del hierro que emerge de la fragua así se encarnó el rostro del directivo quien buscaba la expresión adecuada para explotar contra tanto descaro. Pero no tuvo tiempo más que para resoplar cuando el despedido respondió a la primera pregunta.
—Su puesto. Y con las mismas pagas…
—¡Pero cómo se atreve! —gritó al tiempo que un cenicero abarcaba su mano dispuesto a lanzarlo contra la cabeza de quien le retaba con una sonrisa.
—Universidad de Laín. Asociación Rimbeau. Carlos Bacon, maestre supremo. Esta logia se oculta bajo el nombre de Los Generales. Consta en internet. Viven de los apuros y de los apurados. Sugieren fraudes y la extorsión les abre puertas habitualmente cerradas. Lucen anillos donde los diferentes símbolos indican la posición en la logia.
Dicho esto encontró boquiabierto y desplomado sobre su sillón de directivo a su exjefe, quien terminó de relajar su mandíbula cuando una grabadora salió de la caja y fue agitada como un sonajero aunque sin producir sonido alguno. Carecía de cinta pero el asombro le impidió advertirlo y dio por sentado que una conversación comprometedora había sido registrada. La palidez reinó en el los acuerdos posteriores.

—¿Anoche me llamaste? —mencionó mientras ahuecaba la almohada.
—Cinco veces. Sólo la primera sonó, en las demás saltó el buzón. Supongo que en los puticlubs no se escucha —afirmó ella dándole la espalda. Era la primera vez en quince años que se acostaba con la bata puesta a pesar de encontrarse a finales de mayo. La cercanía de los niños, aun dormidos, le había impedido lanzarle la vajilla como bienvenida y las endebles paredes la condicionaron a que los insultos se le hubieran quedado en el estómago.
—Cuando se te pase el enfado te lo contaré —replicó él.
—No te  esfuerces. Tienes la misma sonrisa de cuando venías a rondarme. Y de eso hace veinte años por lo menos.
—¿Te puedo pedir un favor?
—Lo que me faltaba. ¡Encima! Necesito dormir. Nuestros hijos mañana querrán tener a una madre que, al menos, no les queme las tostadas vencida de cansancio y doblada por los cuernos.
Él se tomó unos segundos antes de continuar.
—Si me escuchas en sueños, por favor, anota lo que diga. Nunca recuerdo las frases al completo, en cambio, las imágenes se me presentan nítidas. Quizá una de estas noches cite un número y sea el premiado en la lotería…
—Ahora comprendo que mañana te hayan dado el día libre. ¡Estás fatal! Déjame tranquila y aleja tus manos sobonas que te conozco. El nudo es doble y mi determinación infinita.
—Como quieras. Por cierto, me han ascendido.


                

lunes, 30 de septiembre de 2013

La picadura

Existe un banco sin respaldo al borde del acantilado de Cantapeñas. Su madera, sedienta de barnices, acoge el descanso fugaz de los paisanos pues no es lugar para meditabundos. Las vistas desde lo alto son tan excelentes como ventosas.  Aires de mar que impregnan de sal cada veta y cada poro de quienes apenas se asoman al desnivel. Podría pensarse que son los latigazos del mistral los que impiden el deleite, incluso el vértigo de un vacío tan próximo como definitivo puede azorar a los más temerosos, sin embargo, la presencia de ajados ramos de flores junto a unas cruces de forja recuerdan a aquellos que encontraron en esa caída la liberación definitiva a sus tormentos. Un lugar tan bello y tan hostil como maldito.
Cinco años atrás, el ayuntamiento de Cantapeñas quiso dotar de una zona de esparcimiento a sus vecinos y acordó la construcción de un parque junto a la escuela. Un error en la petición provocó que donde un diez debía figurar junto al epígrafe de los bancos solicitados un cien luciera con su cero de más. Cuando los descargaron de los camiones, en un lugar próximo al de su definitiva ubicación, el responsable de su custodia, ante la colina de bancos que no dejaban de crecer, pasó de los sudores al agobio y decidió comunicarlo de inmediato. Sin posibilidad de devolución por compromisos clientelares se decidió en junta extraordinaria que se distribuyeran a lo largo de la senda que moría en el acantilado; se dispondrían cada veinte metros, al pie de nuevas farolas.
Desde entonces, en las noches despejadas, con el vaivén de la resaca, la hilera de luces que asciende desde la aldea hasta el acantilado le confiere a la localidad el aspecto de una cometa buscando el suelo donde acostarse. Un buen lugar para el descanso.
Roger Ignasi Perales —ese era el nombre con que firmó en el registro— se vino a vivir a Cantapeñas cuando comenzaron las obras. Al principio se le tomó por uno de los integrantes de la contrata encargada de la faena, en parte, porque coincidió en alojarse en la misma pensión donde pernoctaron el topógrafo y el aparejador. Pero con la inauguración del parque y del paseo, y con la marcha del equipo de operarios, su permanencia comenzó a ser murmullo en una población de apenas un millar de habitantes. Su distinguido porte y sus hidalgos modales le atribuían un oficio más derivado hacia las artes que hacia algún gremio de sudado esfuerzo. Tuvieron que ser los niños del pueblo los que, repitiendo las mismas preguntas que escuchaban de sus mayores en cada sobremesa, acabaran por trasladarlas al desconocido en una de esas contadas ocasiones en que se dejaba ver por la plaza. «Viudo», confesó ser ante la extrañeza del grupo de chavales que, animados por la osadía de un primero, le fueron rodeando hasta obstaculizarle el paso. La noticia corrió como las piernas de aquellos críos y la decepción reinó entre las alcahuetas, pues aquella revelación sobre su estado civil las dejaba como antes. «Un rentista que busca tranquilidad», terminaron por concluir. Con el tiempo, aquel hombre de vida opaca y correctos ademanes comenzó a formar parte del paisaje y la curiosidad sobre su procedencia dejó de ser motivo de tertulias. Hasta que una mañana, a primera hora, acudió a la farmacia con una expresión de fastidio que no correspondía con la dolencia que decía presentar. Surtido de ungüentos y recomendaciones sobre su aplicación, a la espera de la llegada de un paliativo específico que encargó, abandonó la botica y se refugió en la casa que había alquilado al final del pueblo. Nadie le vio hasta dos días después cuando subió la senda hacia el último banco sin respaldo. Con el paso decidido, el último lo dio al vacío que lleva al fondo del acantilado.
Quien lo vio aquella tarde caminar, los que se cruzaron con él y a quienes adelantó, afirmaron que a ninguno de ellos devolvió el saludo como acostumbraba, que parecía sumido en nubarrones, con la mirada esquiva, sombría, cabizbajo y el entrecejo arrugado, y que, a pesar de la prisa con que caminaba una de sus manos no dejaba de agarrarse a la nuca, lo que le obligaba a escorarse en el braceo por la estrecha senda, como quien carga una pesada maleta.
El mar estaba en calma y la labor de rescate se pudo desarrollar sin necesidad de contar con un equipo especializado. Una barca se acercó al arrecife que lo había descoyuntado y con la ayuda de un bichero su patrón lo subió a bordo. Cuando arribó al muelle, dos inspectores de policía esperaban con las manos metidas en los bolsillos y los cuellos de sus camisas aleteando por la brisa. Siguieron con parsimonia la maniobra de atraque hasta que el bote quedó amarrado. Una vez firme, con ayuda de unos mozos, el cadáver terminó depositado sobre el cemento del dique, cubierto por una lona que evitaba la morbosidad vecinal y el acecho de las gaviotas. De la nada aparecieron cuatro hombres de negra uniformidad, lo embolsaron y, momentos antes del cierre de la cremallera, uno de los inspectores, en cuclillas, lo observó, retiró con la punta del bolígrafo el cabello que caía sobre la nuca del finado, tocó el bulto y, tras un gesto de aceptación, ordenó que lo retiraran. El otro inspector se acercó.
—¿Crees que es él?
—Esperaremos a los análisis pero estoy convencido de que por fin hemos pillado a este canalla. La pena es que no hubiera pasado antes por un tribunal, aunque la sentencia hubiera sido idéntica tenía ganas de mirarle a la cara mientras la dictaban.
En el corro que se formó ante el dispositivo policial figuraba presente el boticario, quien, al ser advertido por los dos inspectores, elevó su mano para que le atendieran. Llevado a un lugar aparte en el mismo muelle, pero de imposible discreción hacia la numerosa curiosidad vecina, el licenciado expuso su inquietud sobre quién se haría cargo del coste del lenitivo que el finado le requirió días atrás. Los dos policías se miraron ante la inesperada solicitud. Cierto era que gracias a la colaboración de aquel hombre habían encontrado la dirección que les llevó hasta el sospechoso. Lamentablemente, llegaron tarde. De haberlo capturado con vida se hubieran ganado un buen titular encima de la foto del detenido y una felicitación de sus superiores. Pero dejadas a un lado las ensoñaciones con una mayor gloria llegaba el momento de reconocer la ayuda del farmacéutico y atenderle. A fin de cuentas su información resultó fundamental para dar por cerrada una década de homicidios efectuados por el más escurridizo de los asesinos. En efecto, le debían un favor al inquieto herbolario.
 Sin pensarlo dos veces, y a pesar de que el acto se salía de toda norma, incluso era reprensible, el más veterano de los dos inspectores ordenó que detuvieran el traslado. Abrió la bolsa y, entre exclamaciones de horror de algunos de los presentes, hurgó en los bolsillos del cadáver hasta encontrar la billetera, extrajo la cantidad requerida y la entregó al farmacéutico a cambio del medicamento. Luego, la billetera acabó dentro de la bolsa y ésta en el furgón forense que partió hacia la capital tras los dos cachetes pertinentes en su carrocería.
A la mañana siguiente los periódicos de tirada nacional publicaron la noticia del suicidio de un sicario, hasta entonces, el más buscado por la policía. En las páginas interiores se desarrollaba el suceso con las claves que consiguieron dar con su paradero, aunque su verdadera identidad seguía siendo un misterio. En la rueda de prensa ofrecida por la policía se desveló que como consecuencia de su último encargo: el asesinato en el propio domicilio de un entomólogo forense citado como perito en la inculpación de un capo. El hasta entonces impecable asesino, un auténtico obsesionado por no dejar rastro de su presencia en las escenas del crimen, resultó herido en el lance por unas avispas cuando el entomólogo cayó muerto por los disparos. ¿La causa? Uno de los proyectiles atravesó el cráneo del ilustre y fracturó una urna donde se hallaban los insectos, consiguiendo acribillar en el cuello al pistolero quien, antes de darse a la obligada fuga, debió leer el nombre científico de su agresora: Arthropoda hymenoptera vespoidea pompilidae pepsini. Según la escala del dolor del índice Schmidt, este avispón caza tarántulas se encuentra en el límite soportable de los padecimientos, sólo después de la hormiga bala. Tras sufrir su picadura, durante tres minutos el cuerpo permite una única actividad: gritar. Y aquella noche el grito fue escuchado en el vecindario del perito. Las patrullas se personaron casi de inmediato, descubrieron el cadáver y, acto seguido, peinaron la zona en busca del autor. Cuando un grupo especializado del cuerpo de bomberos pudo confinar a los avispones, los inspectores de homicidios iniciaron sus pesquisas en el escenario del crimen. A la mañana siguiente del homicidio, ilustrados por un colega de la víctima, enviaron los insectos al laboratorio con la ansiedad de quien reconoce un resquicio en el laberinto de muchos años aciagos persiguiendo a un fantasma. En el aguijón de uno de ellos encontraron sangre y, en las patas, restos epiteliales del asesino. Por fin tenían su ADN, pero a nadie con quien compararlo.
No era un letal lo que inoculaba el avispón y aunque su toxicidad anulaba a sus presas habituales, en el ser humano únicamente ponía a prueba el umbral del dolor. Eso sí, tan desgarrador que quien lo sufría no era descabellado que pensara encontrarse en el final de sus días o tratar de acelerarlo. En la desesperación de tan cegador sufrimiento, que a duras penas le permitió conducir hasta un camino en una zona boscosa, el asesino se vio impelido a acudir al sistema de salud, a la mañana siguiente, vía la farmacia del pueblo, en busca de un antídoto que frenara su malestar. Los años de investigación de un viejo sabueso de la policía atendían a razonar sobre posibilidades tan enrevesadas como que si alguien acudía en busca de un remedio para una picadura inusual, el sistema informatizado del suministro nacional de medicamentos revelaría las más recientes y extrañas peticiones y podrían acotarlas.
Dos días después del homicidio, de la masiva consulta surgieron los siguientes cuatro sucesos de anómala consideración: una víbora en el norte saboreó la mano que levantó la piedra donde se cobijaba; una cría de dragón de Comodo, escapada de un terrario del sótano, visitó a unos vecinos hiriendo al menor de ellos; y una medusa, en un baño nocturno de yate y champán, anclado en el Mediterráneo, saludó con sus tentáculos a un embriagado bañista. Los detalles de cada lance se obtuvieron fruto de las pastosas narraciones de los somnolientos boticarios, sacados de sus camas a base de dedo pegado al timbre. De sus testimonios dedujeron que ninguna de esas tres víctimas pudo haber sido el sicario. Faltaba la respuesta del titular de la farmacia de Cantapeñas, quien en la demanda de un antihistamínico específico solicitó, además, información ante la singular picadura que presentaba un cliente de su localidad. La lejanía de aquella aldea y su botica, y, por otra parte, del sueño profundo de su titular, permitieron que las insistentes llamadas telefónicas de la policía no turbaran su descanso unido a la imposibilidad de enviar una patrulla que aporreara su puerta. Pero una vez en su puesto, el boticario, con el estómago feliz de tostadas y café, y abotonada la impecable bata blanca sinónimo de salud, atendió la enésima llamada con la prestancia de a quien le parece la primera. Ante la respuesta, los inspectores no tardaron en ponerse en marcha hacia «el culo del mundo», como convinieron en señalar a aquel punto remoto en el mapa.
Lo demás se precipitó durante el viaje de los dos inspectores a Cantapeñas. El sicario, hombre de movimientos pausados, de los que recitan en su interior cada acción de sus manos y que memoriza todo lo que deposita y le rodea, se encontraba en su domicilio sumido en una catarsis emocional impelido por las tinieblas de un dolor desconocido y replicante. Cuando los efectos de la picadura descendieron a límites tolerables buscó recuperar la serenidad que acostumbraba y en la evaluación de sus últimos actos asumió con terror desconocer con detalle quince minutos recientes de su vida. Los que transcurrieron justo después de la picadura, cuando en una cascada de tropiezos buscando una salida que le alejara del avispero acabó sollozando junto a su vehículo. Aún así, entre delirios, logró ponerse al volante e iniciar una conducción febril y errática por una carretera secundaria para, finalmente, ocultarse en un bosque donde las lechuzas saludaron al vehículo alejándose de él con un brusco aleteo. Y allí fue donde sudó su dolor hasta condensar de lágrimas los cristales, hasta que el amanecer lo sorprendió en un ovillo de ropas húmedas y el pelo adherido a los asientos como un cerco de sebo, como aquella vez cuando con la edad de un quinto pernoctó durante siete días en los calabozos de un castillo militar. Desde aquella experiencia entre barrotes surgió un juramento y una venganza. Juró que nunca volvería a verse encerrado y venganza contra quienes le llevaron a prometer ese juramento. Un círculo infernal del que ya nunca supo salir y del que, con el paso del tiempo y de las experiencias, sólo adquirió el aprendizaje pulido que le convirtió en un especialista en finiquitar venganzas ajenas.  
En efecto, las primeras luces le llevaron de vuelta a casa. Un par de cientos de kilómetros de curvas entre valles le separaban del fulgor que el mar irradia por encima de las montañas que lo ocultan. La promesa de una cama libre de preguntas le esperaba. Antes, la palpitante picadura reclamaba atenciones inmediatas. Tras la visita a la farmacia se sumergió entre sábanas durante dos jornadas y de ellas emergió envuelto con los lienzos de la culpa. Culpable de haber quebrado el rigor que hasta la fecha le había mantenido como una sombra. Con esa carga se dirigió a la cocina por la costumbre. La mesa le recibió al tiempo que la carcoma de los remordimientos le golpeaba. Se sentó, apoyó los codos y las manos recogieron su cabeza que no dejaba de negar por cada reminiscencia que le recordaba los múltiples errores cometidos bajo los efectos de la picadura. El enorme rastro dejado que violentaba su escrupulosa severidad con la que siempre vistió su fama de fantasma, de asesino riguroso, lento, infalible e indescifrable. Y mientras los inspectores negociaban el sinfín de curvas hacia Cantapeñas, el tic tac del reloj de la cocina se acusaba en el silencio y martilleaba la razón de quien ahora rememoraba la sombra de los barrotes de su juventud a través de la luz entreverada por los dedos que sujetaban su rostro.
Nadie quiso preguntar por la nueva cruz de forja que amaneció clavada junto al último banco sin respaldo un mes después. Decidieron acatar que pudiera ser obra del cura, por aquello de la bondad infinita, pero de todos era sabido que los suicidas eran abominados por la iglesia. O tal vez fuera responsable un forastero que se alojó en la pensión la noche anterior a su descubrimiento. Lo cierto es que nadie se atrevió siquiera a retirarla. A fin de cuentas una cruz tan solo era eso, una cruz. Y siempre es bueno que un símbolo recuerde, aunque sea algo nefasto.
Todos los casos abiertos presumiblemente atribuidos al sicario de Cantapeñas, como acordaron denominar en comisaría, se archivaron. Se pactó silencio entre policía, fiscal y juez con respecto a la verdadera identidad de Roger Ignasi Perales. Los periodistas de investigación, ante un candente caso de una niña fallecida en extrañas circunstancias, se olvidaron de inquirir sobre los resultados del laboratorio y a nadie le importó la nula correspondencia entre el ADN hallado en la escena del crimen y el del suicida. También se tildó de broma la circunstancia que estremeció a la dueña de la pensión de Cantapeñas cuando en el balance mensual descubrió que uno de sus huéspedes de la última semana, cuando apareció la cruz, había firmado el registro con idéntico nombre al del difunto asesino.
Las picaduras tienen esa facultad —le recordó uno de los inspectores al otro lado de la línea—  una vez sucedidas, a pesar del tiempo transcurrido, siguen molestando. Lo mejor es no rascarse. Es cuestión de tiempo —concluyó.


jueves, 19 de septiembre de 2013

La estela de la venganza

                En el ángulo donde muere el muelle, poco más allá de los almacenes, los días de brisa chirrían los eslabones del cartel de la taberna del Loro tuerto. La rancia solera del tugurio se anuncia con el sonido de la herrumbre. Se accede descendiendo por media docena de escalones desgastados, curvos como los rieles de un lavadero. La puerta, siempre abierta salvo en temporal, luce bisagras con formas de pica; una enorme argolla sirve de tirador y los negros remaches que la sujetan sobresalen de la agrietada y gruesa madera, seca como la boca de un acorralado. Los días de paga o atraque de mercantes la algarabía impide que la llegada de nuevos clientes sea advertida por todos, pero si la mirada del tabernero se posa más allá de un vistazo sobre el recién arribado, los presentes detiene el trago, enmudecen, convergen hacia la presencia con un giro de cabeza y al murmullo de un responso cargado por la atmósfera del tabaco picado y el vaho del encierro, sus miradas comienzan a oscilar como los padrinos hacia el sudor de los duelistas.  Quietud que cesa cuando la cabeza tras la barra asiente o niega en un gesto casi imperceptible. Si niega es entonces cuando del taburete junto al umbral emerge un tipo de tal corpulencia que eclipsa la breve luz de los únicos candiles que perfilan los charcos de la espuma desleída sobre la barra. Unos cuantos pechos ya habían encontrado la manaza del fornido cancerbero apenas la oscuridad del garito les había envuelto, y no pocos sopesaron pleitear el siguiente paso, pero la imposición era tan innegable y, por mecánica, de tal desprecio, que detenía el hipo incluso de los más ebrios, a quienes el temor les devolvía cierta dignidad y una falsa valentía. Sin embargo, era la ausencia de palabras y de mirada la que les acrecentaba una violencia incontenible que, a ojos de un luchador, eran los manejos procaces de un Goliat aburrido de no tener rival pero adicto a los mamporros definitivos.
                No fue el caso de aquella tarde y de aquella sombra que acentuaba un sombrero tan raído como el abrigo de hebillas que vestía. A pesar de su anchura de hombros representaba un esqueje comparado con la enormidad del árbol que le interrumpía el paso. La sombra, ante la pared humana, se limitó a esperar. La punta de su sombrero se apoyaba en el esternón contrario y su quietud parecía anunciar una sumisión casi religiosa. La consulta habitual del matón con un leve giro de cuello hacia el mostrador logró que, cuando su mirada retornó al visitante éste ya le hubiera franqueado. Quiso reaccionar pero la renovada curiosidad del propietario sobre aquel escurridizo desconocido frenó la embestida. Si bien nadie sospechaba que aquel entrometido fuera tan letal como el estilete que escondía su manga, todos se apartaron a su paso por esa cautela que cimientan los hombres sombríos. Las hebillas, como espuelas, en cada zancada, fueron marcando con su soniquete el recorrido. Terminó sentándose en el taburete que esquinaba la barra, señaló una pinta y, al poco, como un ánsar ameriza entre cañaverales, la jarra se deslizó desde el otro extremo hasta detenerse por la mano del desconocido que surgió en el último instante. El follón, los brindis y los cánticos marineros volvieron a abigarrar las penumbras del Loro tuerto mientras la noche caía en el fondeadero al son del tenso crujir de las maromas.
                Amanecía en el puerto con las sirenas de cuatro mercantes bramando en vapores la señal de su pronta partida. Desde los tiempos de los primeros grandes buques de pasajeros, que cubrían la línea del Atlántico, era inusual su empleo para anunciar el inminente desamarre. El acontecimiento de aquel entonces era tan extraordinario que convocaba a autoridades, bandas de música, allegados del pasaje despidiéndose pañuelo en mano; a curiosos, a polizones frustrados y a la prensa. Se lanzaban serpentinas y una ventisca de papelitos poblaba el aire entre el muelle y la borda mientras la bulla eclipsaba discursos y emotivos adioses, y la banda tocaba marchas al ritmo de bombo y platillos. Pero aquella madrugada el soplido de las sirenas reclamaba ausencias. Cuatro barcos huérfanos de capitanes demoraban su partida. La marinería, extrañada por la ausencia de su máxima autoridad, revisó toda fonda, prostíbulo o rincón que albergara un camastro donde el sueño o el alcohol, o los suaves brazos de una puta pudieran haber tomado como rehén a su capitán. En la requisa una y otra tripulación coincidió. El recelo no invitaba a la charla pero en el siguiente encontronazo la conversación fue obligada. Se concienciaron de no estar ante una casualidad y aunaron sus esfuerzos, de momento, evitando visitas donde otras tripulaciones ya batieron las puertas. Sólo restaba por abrir la única que siempre lo estuvo y, esa mañana, sospechosamente, se mantenía cerrada y en silencio: la de la taberna del Loro tuerto.
                Tuvieron que improvisar un ariete para quebrarla, no porque su cerradura se presentara indomable sino porque algo, al otro lado, obstaculizaba su apertura. Al cabo de media hora reconocieron ese algo como el cuerpo inerte del cancerbero. La punzada que presentaba debajo del esternón indicaba que allí mismo perdió la vida, sobre la alfombra de su propia sangre. Aquel cadáver representaba ser el primero de una montonera que las linternas fueron descubriendo sobre las mesas, sillas y tras la barra. Entre ellos figuraban los cuatro capitanes desaparecidos, éstos, sin embargo, parecían haber sido colocados intencionadamente en un rincón y habían sido despojados de las credenciales de su condición de oficiales.
                La guardia no tardó en acordonar el puerto. Pensaron que quienes hubieran perpetrado aquella matanza debían encontrarse todavía por las inmediaciones. La requisa policial dio los mismos inútiles resultados que las tripulaciones obraron dos horas antes. Con la noticia de la masacre, las sirenas dejaron de bramar, salvo una que partía. Los armadores de los mercantes, huérfanos de patrón, ofrecieron doblar los sueldos a otros capitanes ya comprometidos con los navíos allí atracados. Era temporada de vientos alisios y no quedaba capitán alguno disponible en la ribera, por muchos naufragios que se le atribuyeran. Por otra parte, la lealtad de un capitán con su buque junto a su palabra eran valores tan apreciados que incluso los fletadores dejaron de insistir con la primera negativa, a pesar de la grave contrariedad por las pérdidas económicas que suponía mantener los amarres con los buques ya cargados y los compromisos expirando en una inexorable cuenta atrás.
                Poco antes de que la noticia de los asesinatos llegara a oídos del puesto de guardia, un hombre aporreó la puerta acristalada de la capitanía. Al ordenanza le gustaba cabecear el desayuno y se encerraba en el aseo unos minutos antes de abrir al público. Con el aturdimiento propio de los sueños intensos, breves, pero bruscamente interrumpidos se incorporó y atendió a la insistente llamada que amenazaba con romper el vidrio. Cuando quiso abrir la boca para objetar tanta urgencia se quedó en el gesto como esas ranas de metal que engullen fichas lanzadas a diez pasos. A pesar de los cinco años transcurridos reconoció de inmediato al personaje que ya se adentraba en la oficina con el tintineo de sus hebillas como comparsa.
Un lustro entre rejas por contrabando, esa fue la condena que escuchó en un juicio donde se negó a responder, ni siquiera a defenderse. Su abogado de oficio, un recién licenciado sin conocimientos sobre las leyes del mar, asumió la defensa con las ganas de los nóveles pero con el pragmatismo de los vencidos de antemano.
Un capitán debe conocer a fondo el barco que maneja pero las caletas ocultas por manos arteras no las descubre ni el armador salvo por un chivatazo. Ese fue el caso del Bella Doria, un mercante de 48 metros de eslora que los traficantes emplearon como señuelo mientras, por la misma ruta, un velero de recreo, libre de la curiosidad aduanera, surcaba las aguas con las bodegas repletas de cocaína. Una encerrona a la que dedicó los cinco años de su cautiverio para averiguar quiénes la orquestaron y quienes formaban parte de la tripulación de aquel velero. Uno por uno sus vientres fueron funda momentánea de su estilete. Ocho en total, la mitad, clientes la pasada noche del Loro tuerto.
Puede que fuera la rabia acumulada la que propiciara que con una velocidad centelleante acabara dando un repaso a cuchillo al aforo, incluido el hostelero, evitando así testigos incómodos. Semejante tragedia no le arredró para que, tal y como tenía planeado, a la mañana siguiente, con la sangre todavía fresca en los faldones del abrigo, solicitara alguno de los puestos inesperadamente vacantes, le agilizaran el trámite y con el mismo petate con el que salió de prisión cruzara la pasarela dispuesto a navegar dejando atrás la estela de la venganza.