lunes, 6 de octubre de 2014

Fuego cruzado

Pienso en cómo pasa mi vida en este discreto apartamento de Lisboa. Desde su ventana domino el estuario del Tajo y, gracias a los achaques de mi pasado como corresponsal de guerra, apenas percibo el zumbido de la serpiente de motores del cercano puente que lo cruza. Elegí esta capital de la historia para mi retiro pues en ella, cuarenta años atrás, esperando la llegada del barco que habría de llevarme al otro lado del Atlántico, escapé de una muerte segura. Desde aquel entonces, me atengo a la creencia de hallarme en un santuario, en un lugar mágico donde mis días se prolongarán hasta que sienta conclusas mis inquietudes terrenales y me deje llevar por la negra sombra del descanso eterno.
Antes de detallar aquel lance de la que fue mi primera visita a la capital lusa debería comenzar por presentarme en mis tiempos de reportero de carrete, lápiz y libreta. Tan atrevido como joven, con mis rizos alborotados de irreverencia, con mi cuidado bigote, mi camisa de un sospechoso beige y mi Leica al cuello, bajo el apodo del Lentejo, me jugaba el tipo por una instantánea en los rincones donde la nariz se resecaba entre la mezcla de la pólvora y el escombro. Decían de mí que acostumbraba a reírme, a contener la carcajada saltando entre las simas creadas por los morteros. No desmiento mi nerviosa alegría en aquel juego del horror entre brincos y lluvia de fragmentos, en busca de la atalaya perfecta para mi cámara, pero tal desparpajo ante la muerte nacía de mi doctorado con la fatalidad.
Mi temeraria apuesta para el avance por aquellos humeantes socavones partía de la veteranía convertida en ciencia impartida a desgana por un curtido sargento de la legión de quien aprendí todo lo necesario para sobrevivir en un campo de batalla. Aquel militar de barbas de chivo y tatuajes hasta en la ingle, cada noche de retén, mientras esculpía a navaja cubiertos de boj y vaciaba una cafetera recostado en el pilar más firme de la estancia, nos soltaba su discurso a quienes, en principio, sólo buscábamos despojarnos de los horrores del día antes de conciliar el sueño. Aquel legionario nunca nos miró a los ojos en sus sermones, pero tampoco divagó por el simple hecho de sentirse entre los vivos. Se permitía abroncarnos ante la obligada carga que le suponíamos y, como un entrenador después del partido, nos señalaba los errores de la última incursión. «¿Queréis volver a casa en la bodega o en turista soñando con pellizcar esos muslos que recorren el pasillo?» Iniciaba la reprimenda con esa pregunta u otras similares antes de proseguir con un: «¿No? Pues atended.» De aquellas arengas aprendí que dentro del caos del fuego de mortero existe un azar incierto, pues la ley de la probabilidad lo evidenciaba: nunca una bomba aterriza en el mismo sitio donde otra acababa de firmar con su detonación un cráter de fumarolas.
De este modo, bregado en varios frentes y graduado en supervivencia, con el estigma de temerario, pocos colegas me elegían como compañero de escaramuza. Mi descarte no me evitó presenciar la caída de unos pocos gacetillas por el azar del plomo y, en un par de ocasiones, acabar preso de milicias sin otra mella que vestir la camiseta del miedo durante la primera noche. La misma que lucieron mis captores, muda evidente a cuenta de los empujones de su desprecio hacia mi suerte, al poder elegir la deserción sin otra consecuencia que un buen rapapolvo de mi editor.
Con varios premios y reconocimientos, en cuanto las fronteras silenciaron sus cañones y afianzaron sus alambres, organicé exposiciones con una selección de mis mejores trabajos para, después de una década de sosiego frente a un equipo de redacción en un periódico local, jubilarme apenas nació mi segundo nieto.
Al año siguiente enviudé. Y si la terquedad de Francisca consiguió alejarme de las trincheras, con su pérdida sentí la necesidad de volver a retratar aquellas ciudades donde la adrenalina fue el café de mis amaneceres.
De aquellas ruinas que plasmé en blanco y negro, de aquella infamia cuyo hedor tardé años en olvidar, de aquellos esqueletos de cemento, de fachadas vencidas a sus pies, donde los muebles, amalgama de polvo y cristales, recordaban la tranquilidad perdida, donde uno se imaginaba a familias reunidas frente a esa mesa que ahora descolgaba sus patas al vacío, de toda aquella barbarie no quedada ni rastro y me encontré con amplios paseos, plazas concurridas, engalanadas ventanas presididas por geranios de un intenso color, cegador para mi memoria pero de alegre traición al recuerdo con el que pude aquietar mi alma, tan adherida a la crueldad que me costó mucho tiempo despojarme de las miradas vacías de los soldados acostumbrados a la bayoneta.
Instalado en la permanente desconfianza de quien se siente ratón en una gatera recorrí el mundo y sus conflictos con la mochila cargada de atrocidades, pero nada fue comparable al episodio que hubo de acontecer e iniciarse en los salones del hotel Avenida Palace de Lisboa, una tarde de mayo del sesenta y tres, mientras contaba las horas para la llegada a puerto del buque que me llevaría a husmear las tensiones en Cuba. Aquel trance cambió mi perspectiva de las batallas y el azar de la muerte.
En aquel escenario de ciudad neutral se libraba una contienda de cuellos subidos, sombreros calados y esperas a la sombra de los zaguanes, donde la ausencia de uniformes convertía a la amenaza en impredecible y su esquiva en una quimera. La Lisboa en aquellos años se convirtió en el casino de los servicios secretos. La supuesta neutralidad portuguesa sirvió de casa de citas para los trapicheos de las agencias y una feria de identidades circuló por los registros de hospedería sin que nadie se molestara en comprobar la veracidad de los documentos.
En toda gran ciudad para comer como un rey a un módico precio si se pregunta lo suficiente siempre se descubren uno o varios lugares recomendables, pero para alojarse al mismo nivel no existen fondas con sábanas de palacio. Para lo primero era hábil en las pesquisas, para lo segundo, cuando estrenaba ciudad, acudía a los mejores hoteles como premio a las incomodidades pasadas y a las, sin duda, venideras. Nunca antes Lisboa fue presa de mi cámara, pero desde su puerto partía mi barco y dos noches debía aguardar en sus calles hasta que soltara amarras rumbo al Caribe. 
Todo comenzó con un inocente click. Mi dedo, siempre dispuesto a captar rutinas de mí alrededor, decidió retratar los contrastes de luces y sombras que los cortinajes de los grandes ventanales del Palace tamizaban a quienes, ocupando su salón, se sentaban junto a ellos en un ideal contraluz de sepia y de grises, taza de café en mano. Con el tiempo supe que aquella pareja de mirada cómplice y pasión contenida, que refugiaba su intimidad en una de las mesas del rincón, la componían dos miembros del cuerpo diplomático. Para su desgracia el amor que se profesaban surgía opuesto a las banderas de sus distintas legaciones y a los anillos de sus respectivos matrimonios. Ella traductora en la embajada Británica y él, adjunto en la Democrática Alemana.
Ajeno a esa disparidad, desde el confortable mullido de mi asiento, mi objetivo quiso posarse en el bello perfil de la dama y retratar la brillante línea que la intensa luz reverberaba sobre su cabello. En un inicio, aquella distracción me mantuvo disperso y no reparé en la agitación que de entre las sombras se venía sucediendo y en cómo cuatro pares de ojos, a partir de ese instante, depositaron parte de su interés en mí y en mi cámara.
Con el aburrimiento próximo a asomarse, entre tanta finura aromada por el torrefacto reparé en que los posos de mi café ya cicatrizaban en la loza y mi asiento adormecía la raíz de mis posaderas. Decidido a darme un paseo por la ciudad en busca de esos edificios, monumentos y esquinas con esa historia que si sabes escuchar a las piedras imaginas a quienes tropezaron con ellas, al ponerme en pie se me ajustaron las presiones y el bajo vientre me pidió paso hacia el aseo, y allí me encaminé recordando la grifería de bronce que califiqué de soberbia en mi urgencia del día de mi llegada.
El olor a desinfectante peleaba por reinar contra varios ramilletes de espliego repartidos en cántaros de latón distribuidos por las esquinas del lavabo. Cuatro pilas de mármol, bajo un espejo corrido donde se reflejaban las otras tantas puertas de los excusados, se mostraban relucientes a mi derecha. En uno de ellos, él último, me encerré con cierta premura cuando escuché la entrada de un calzado de hombre que se solapaba sobre la liberación de mi bragueta. La alta bisagra de mi puerta me permitió evidenciar su paso vacilante entre lavabos y retretes, pero no tardó en girar bruscamente sobre sus tacones ante la repentina aparición de un tercer usuario. Como consecuencia de su quietud, entendí que se hallaban frente a frente. El silencio contrajo mi vejiga y sólo se vio interrumpido por el chasquido parecido a los elásticos de una carpeta al golpear su plana superficie.
A pesar de la simultaneidad del sonido pude distinguir por dos veces ese eco característico de las pistolas silenciadas y, algo más separado, el impacto contra el suelo y su rodar, de dos casquillos de 9mm. Supe el calibre de inmediato pues uno de ellos vino a detenerse en la arruga de mis pantalones.
No tardé en comprobar las consecuencias del plomo a alta velocidad. Noventa kilos enfundados en un abrigo beige, perforado a la altura del pecho, habían resbalado por el azulejo de la pared dejando el escabroso rastro de sus últimos segundos de vida. Al otro lado, junto a la puerta, con menos kilos, boca abajo, el último en llegar también lo hacía en morir. A diferencia del primero, su abrigo de negro cuero disimulaba la hemorragia y, pretendía, en el último acto de su existencia, acabar con la mía dirigiendo el alargado cañón de su automática. Su exangüe mano demostraba la imposible tarea y pronto se rindió a la fatalidad de su herida en el cuello.
La parálisis inicial ante un escenario inesperado impidió que ni una sola instantánea recogiera del evento, pero en cuanto sorteé el cadáver y la puerta se cerró a mi espalda mis sentidos se agudizaron como acostumbraban en las trincheras. Así, con esa alerta instalada encontré mis manos dispuestas sobre la cámara, algo agazapado, con la nuca arrugada y un pie adelantado dispuesto a correr de esquina a esquina hacia la salida.
Quizá fuera el piano o el sonido eventual de las cucharillas contra la loza, que el largo pasillo acorchaba, las que sosegaron mi ligereza y, tomando aire como un escalador ante la siguiente pared, decidí sumirme en hipótesis sobre las razones de aquel encuentro con asesinos mientras mi astucia descubría desde el umbral, a ambos lados del salón, separados por muchas mesas y sus refinados ocupantes, los hermanos de idéntico abrigo de los dos fallecidos, cuyas delatadoras prendas, bien beige, bien cuero, doblaban sobre el respaldo de las sillas de los ausentes ante sus tazas todavía humeantes.
El respingo inicial de su descubrimiento pronto se vio sujetado cuando descubrí que sus miradas se mantenían fijas en dirección contraria hacia mi posición. Me intrigó ese desprecio ante un encargo tan importante, mi muerte, y me extrañó que no secundaran con algún vistazo hacia el pasillo aunque sólo fuera por la demora en regresar de sus colegas. Devaneos aparte, si quería salir de allí me veía impelido a cruzar el salón por alguno de los pasillos de entre las mesas. Semejante paseo me descubriría a la mínima ojeada de aquellos dos centinelas, sin embargo, como estatuas, como perdigueros a un palmo de la presa, para mi suerte, sus miradas no perdían detalle de un rincón en concreto de la estancia: el de la pareja de tórtolos que había fotografiado.
Quizá confiaron su espalda a la escolta que yacía en los lavabos o, tal vez, no querían perder detalle del más mínimo movimiento de la pareja. Lo cierto es que poco a poco gané el vestíbulo no sin sentir que el sudor, retenido por la tensión, fluía liberado y adhería mi camisa a la piel como el papel de las obleas. Aunque valoré ganar la calle de inmediato y correr sin dirección, la propia puerta giratoria, al recordarme las hélices del barco, me invitó a demorar la huida y a recoger mis pertenencias dado que mi pasaporte me aguardaba en la mesilla del dormitorio. Documento vital del que jamás me separaba en mis periplos bélicos y del que nunca pensé necesitar con tanto apremio cuando tomé posesión de mi lujosa suite.
Sopesé los riesgos y decidí que, anulados los dos matones, sus compinches desconocían mi suerte y mi paradero, por lo que podría acudir a mi habitación y recoger lo necesario sin el agobio de un fugitivo. El botones del elevador corrió con presteza la puerta a mi señal y cuando la mitad de mi cuerpo recibía el resplandor de las bombillas, escuchamos un grito lejano y las carreras inmediatas de algunos miembros del personal del hotel en dirección a los lavabos. Apremié al botones para que la curiosidad no detuviera su oficio y cerró la puerta algo contrariado. Pulsó la planta que le indiqué y el silencio en la caja contrastaba con el apagado escandalo que borboteaba a nuestros pies.
Me costó atinar con la llave en la cerradura y allí quedó bailando a las inercias del llavero. Obvié la maleta, recogí el pasaporte, una chaqueta y me largué tan deprisa como había entrado. Reconocía que mi ventaja se había disipado con el descubrimiento de los cadáveres y que, en esos momentos, dos asesinos sedientos de venganza me buscaban sin ninguna opción para poder explicarles el malentendido, la confusión a la que les habría llevado señalarme como objetivo.
Opté por las escaleras en detrimento del cómodo ascensor por aquello de evitar el suspense de encontrarme de bruces con mis perseguidores. El descenso mantuvo las mismas pulsaciones de mi alteración, pero a pesar de que la sangre fluía hacia mis piernas mi mente trabajaba oxigenada en el detalle, en la razón de encontrarme por primera vez en mi ajetreada vida en el punto de mira y no como espectador de los conflictos que tantas veces reporté.  
A pesar de mi prestigio entre colegas, era un donnadie. De orígenes humildes, ni como heredero merecía tanta atención y menos que un par de sicarios se hubieran matado por cobrarse mi vida. No manejaba información. Lo mío era la fotografía de hechos consumados, nunca fotografié una triste instalación militar a pesar de sobrevolarlas. Conocía mi profesión y los límites. A los espías se les ejecutaba sin juicio previo. Bastaba una imagen de absurda interpretación o caminar entre fronteras fuera del paso para que un pelotón concentrara sus miras en mi pecho. Supe en ese balance fugaz que la inocente foto a los amantes del rincón fue cualquier cosa menos inocente.
Las mismas escaleras de las habitaciones se prolongaban hasta el sótano. Nivel donde almacenes, cocinas y vestuarios del personal se repartían entre los cimientos desnudos del edificio. Elegí las cocinas pensando en el acceso a proveedores y en el callejón trasero del hotel. Debí reflexionar un poco más cuando, tras llevarme los desaires de los cocineros a cuenta de mi irrupción en su templo de fogones, di con una salida y me encontré en la suma estrechez de un pasadizo adornado de canaletas, cubos de basura y desperdicios derramados, acotados por sendas paredes de ladrillo que parecían unirse en una apenas perceptible vírgula brillante del cielo. La espalda del hotel parecía acumular la sordidez que su fachada principal rehuía a base de excelencia y continuos cuidados. El olor del alcantarillado me golpeó nada más chapotear en los charcos perpetuos de un pasillo donde nunca incide el sol. Aquella bofetada me sacudió la pausa y me apremió a tomar la única dirección posible: la doble esquina que abría el callejón a la avenida por donde veía pasar fugaces vehículos y peatones como una absurda, por angosta, pantalla de cine donde la estrechez y negrura que la enmarcaban me instalaban en un sala imposible de un única hilera de butacas.
Mi paso se aceleró a medida que ganaba la luz proveniente de la avenida. Como el ahogado que busca la superficie, el aire, y patalea con las fuerzas del último estertor corrí hacia la protección que entendí definitiva entre la muchedumbre, entre el cardumen, pero, de repente, la línea recta de una de las comisuras que formaban la esquina tomó el perfil de un sombrero, un abrigo y unos brazos alargados, uno más que el otro a cuenta de un objeto que lo prolongaba, objeto que pronto apuntó hacia mí, sabedor el pistolero, de mi imposible escapatoria y de la certeza de su puntería. Al matón le suponía disparar a un embudo y quizá por eso pude distinguir el brillo de su sonrisa en la demora que me ofreció en su deleite antes de apretar el gatillo. El acto de pánico ante mi inminente fin fue detenerme y la brusquedad me llevó a resbalar, y al decir resbalar quiero describir el vuelo en horizontal de quien patina en hielo por primera vez, cuando los tobillos superan en altura la propia nuca y los brazos se extienden cual alas tratando de aminorar el seguro costalazo. De nuevo sonó el elástico sobre la carpeta, de nuevo por dos veces, pero, esta vez, magnificados por la acústica del escenario que actuó como un desfiladero y su buscada aminoración se vio prolongada rebotando su chasquido por entre los ladrillos, mientras aterrizaba sobre mis costillas y me quedaba sin aire.
Esa noche no volví a respirar con la cadencia acostumbrada hasta que encontré mi cabina, dejé mi equipaje y salí a cubierta a impregnar mis pulmones con el aire salado de la inmensidad oceánica que me abrazaba rumbo a Cuba. A mi espalda veía empequeñecer las luces de Lisboa y, de entre aquellas sombras, las que la noche vestía el sueño de la ciudad, en la más oscura, en la del callejón de mi fuga, dos cadáveres se tendían frente a frente con la mueca de la sorpresa dibujada en su rostro al encontrar la muerte de forma inesperada cuando dispararon sus armas y mi resbalón dejó paso libre a sus proyectiles, los que buscaron mi cabeza por ambos lados y silbaron su final en las suyas.




martes, 2 de septiembre de 2014

Desconocidos habituales

         Ya desde muy pequeñita jugaba a adivinar profesiones en el autobús. Cogida de la mano a mi madre, en cada parada, durante la demora en el pago del billete, atribuía oficios a los pasajeros que se iban incorporando.
         Mucho más tarde, en mi adolescencia, aquella costumbre evolucionó y se dirigió a imaginar maridos de entre aquellos guapos muchachos del instituto. Mi mejor amiga, aún conocedora de mis fantasías, se enfadaba conmigo cuando, al paso de los mozos, me olvidaba de ella y me sumía en un trance en el que los peinaba, les cambiaba la vestimenta y los colgaba de mi brazo para presumirlos por el barrio de la envidia.
         Unos cuantos años han transcurrido desde aquel entonces y mi licenciatura me llevó a una empresa al otro lado de la ciudad. Dos autobuses, un metro, además de un largo paseo a pie, separaban mi dormitorio de la mesa de trabajo.
         De lunes a viernes compartía ojeras y malograba mi perfume con desconocidos habituales. La rutina repetía un decorado de rostros anónimos, fieles a su cita con los medios de transporte. La coincidencia horaria nos convocaba en tropel, pero, a pesar de nuestra apariencia de horda, acostumbrábamos a repetir el mismo sitio del angosto espacio por esas razones que quizá provengan de la escuela, de cuando ocupábamos un pupitre por las reglas del alfabeto o, tal vez, del barrio, en aquel macetero, tal esquina o cual portal, a dieta de regalices, ascendiendo en el escalafón de la infancia según el rincón frecuentado. O, ya en la facultad, en ciertos lugares del campus, en aquel banco lacerado con nuestras iniciales o en ese tramo de escalera, moteado de viejos chicles, que nos dejaba adormecidas nuestras jóvenes posaderas y la lengua reseca de la charla y los pitillos. Sin embargo, estoy convencida de que la nariz es la que manda en las estrecheces de nuestros viajes en soledad y guía nuestros pasos hacia aspectos semejantes al nuestro y, por ende, de afines aromas.
         Puse nombre y oficio a Lola, la elegante cuarentona oficinista, perfumada de Chanel hasta el mareo, a quien le gustaba ganar el espacio entre los respaldos y la mampara, junto a la puerta. En la barra central: Fermín, universitario, flaco, mochila a un hombro, de pecho hundido, cadera adelantada, cabizbajo, parecía una interrogante coronada por unos descomunales auriculares que aplastaban su peinado ocultándole media cara.  A su lado, Marco, el amigo empollón, empeñado en hacerse oír y relatar cada mensaje que le llegaba a su móvil, graso de huellas de mil dedazos. Carmen, la limpiadora, en el asiento de la esquina. Roberto, comercial de seguros, en tierra de nadie. Jaime, desempleado, junto a la ventana, distraído en el negro cambiante de los túneles. Cristina, dependienta, pegada siempre a un libro tocho donde sumergía la nariz. Y así hasta una veintena, la mayoría mujeres, que ilustraba mi álbum de rebautizados.
Pero si alguien me alegraba las tostadas que bailaban en mi estómago ese era Marlon, mi atractivo banquero, siempre impecable con su traje de corte italiano. Cuando el vagón se desahogaba, una parada antes de la mía, él tomaba asiento en los todavía calientes como nidos, liberaba el ojal de su chaqueta y mostraba la línea de botones de su camisa, apenas visible bajo la sombra de su corbata de seda, donde se intuía ceñido su torso de gladiador. Jamás tuve el arrojo de mirarle directamente, pero el juego de reflejos de los cristales, desde el ángulo de mi sitio, me permitía admirarle sin parecerlo.
La ropa cara ni da estilo ni elegancia. El porte, los ademanes, los complementos y las telas, las menos evidentes, anuncian el  alma de quien las viste. Ni qué decir del calzado. Los zapatos indican si al llegar a casa descansan o se hacinan. Revelan orden y, la dosis precisa de betún y cepillo, su cuidado. Aunque todo lo anterior se diluye sin la conversación adecuada a la que el momento invite. Pero el momento nunca se había producido y nadie conocía el tono de Marlon, ni siquiera en los encontronazos propios del metro se escuchó un disculpe, pues su media sonrisa ya derretía cualquier asomo de litigio.
 Marlon, como así nombré a mi morenazo por la forma de su cráneo, se peinaba como un galán del cine mudo pero inundado de color, pues sus intensos ojos verdes relegaban a un puente de autopistas al más fastuoso de los arcoíris y, efectivamente, vestía para desfilar por la alfombra roja de Cannes y anular a la estrella más rutilante del celuloide.
Con el vagón ya supernumerario en mujeres, las advenedizas que se sumaban en las estaciones centrales, al descubrir a mi galán, metían codos para ganar proximidad, pero pronto se encontraban encaradas ante una legión de perplejas veteranas de acusado rímel que, si alguna intrépida insistía en la maniobra, bien podrían arruinarla su peinado con un simple parpadeo.
Sé que él se reía por dentro. Los guapos de serie apenas dan un vistazo, el justo para no tropezar cuando llegan a una estancia donde otros ya la ocupan. Ahora bien, adquieren el don de dominar el entorno sin aparentar interés, porque mirar dos veces al mismo rincón, y si éste lo habita una aspirante, puede llevar al equívoco y al acoso inmediato.
Por ese motivo me puse en su lugar e imaginé su dificultad para encontrar un sitio donde distraer la mirada sin descuidarse en coincidir con las atentas e infatigables de su ejército de embelesadas, centinelas del mínimo brillo de su lacrimal.
Mi suerte partía porque viajaba no muy lejos de él pero sentada, espiándole a sorbitos a causa del ajetreo, y sólo abandonaba mi asiento unos segundos antes de que el vagón se detuviera en mi parada. Instantes en los que presentía que Marlon me observaba, sonriente, sabedor de su influencia y de que mi sonrojo no era producto de un esguince en la muñeca con el colorete. El nerviosismo de esos instantes me llevaba a estirarme la falda a pellizcos, a alisarme la chaqueta, a recolocarme el tirante del bolso, a atusarme un mechón sin caer en la tentación de rizarlo. Todo un ritual de inseguridades para no ofrecer un primer plano de fácil juicio aderezado con el temor de la frenada inminente y siempre brusca del tren cuadrando su longitud con la del andén. Sería el colmo perder el equilibrio ante sus narices en los cuatro pasos que me separaban de la puerta. Remota contrariedad pero posible que me obligaba a caminar como un pingüino con la congestión de un exceso de tabasco.
Una vez fuera, fingía mi salida a favor de la dirección del tren sólo por verle marchar a través de los cristales, ajena al elevado zumbido de los transformadores del metro, creyéndome la Bergman en el anden, entre los vapores de viejas locomotoras agitando mi pañuelo hacia un Bogart de cuellos subidos y cigarro a medio labio.
En cuanto las luces del último vagón se perdían por el túnel, giraba sobre mis pasos, suspiraba y tomaba la dirección correcta hacia la salida, hacia el paseo a la oficina.
En el regreso me entretenía radiografiando a los escasos anónimos pues mi horario de becaria me devolvía a unas horas en las que los servicios de limpieza eran mayoría y mis presuntos desconocidos, infrecuentes.
Hay días en los que el primer café, ese que tomas mirando de reojo el reloj de la cocina y con las llaves en la mano, te manda de nuevo al baño. Del imprevisto apretón sales desfondada, con más urgencia de la habitual y con un fuerte dolor de cabeza que palías con una pastilla que, a causa de las prisas, se atraviesa en la garganta y sientes que ahí permanece cuando ganas la calle. Y aunque, finalmente, Newton y su ley logran su desencaje, de vez en cuando, la evocas moldeada en el lugar exacto donde se atravesó. Pero aquella mañana estaba convencida de que se encontraba diluida por mi organismo, pues una sensación de euforia sacudió mi cuerpo y me sentía dispuesta a correr los sanfermines a contracorriente. En el autobús, traté de recordar qué frasco debí haber abierto por error, qué sustancia dopante debí ingerir capaz de conferirme el arrojo de los bomberos. Pero ¿Cuánto tiempo durarían sus efectos? ¿Mi desinhibición aguantaría hasta el momento de mi encuentro con Marlon? ¿Me atrevería a mirarle a la profundidad de sus ojos como los boxeadores en la presentación del árbitro? Nunca pude comprobarlo.
Los tres minutos en el lavabo supusieron cinco más para el siguiente autobús, tres más para el que me enlazaba con la boca de metro y otros cinco hasta que compareció el siguiente convoy. En total un cuarto de hora de retraso, a quince minutos de distancia del vagón que transportaba a Marlon y su séquito de admiradoras.
Cuando esa misma noche regresé a casa, el primer lugar al que acudí fue a la alacena donde guardo los medicamentos, Al no descubrir desorden alguno, mientras cenaba mi habitual e insípido sándwich de pavo, me entretuve en leerme todos los prospectos y la única conclusión positiva que saqué fue, que más de la mitad estaban caducados, por lo que los tiré a la basura.
Defraudada, me metí en la cama y sin mucho esfuerzo me dormí. Placidez que no evitó mi sobresalto al sonar la alarma del nuevo día. Mi alteración en nada tenía que ver con mi temor a llegar tarde a mi cita con mi vagón y sí con el sueño que me persiguió durante toda la noche.
Sin llegar a la definición de pesadilla, en mi sueño se reiteraba la ingesta de pastillas de un color desconocido, y de las que nunca dispuse, que, tras ingerirlas, trasformaban mi crónica timidez en el desparpajo más osado de las vedettes.
Sin demora alguna en el aseo, salvo las de higiene íntima habituales, esa mañana crucé los dedos para que ningún atasco ni caída de tensión en las catenarias incidiera en mi rutina de trayectos, y el metro de las 7:15, fiel a su puntualidad, se detuviera en el andén con el resoplido habitual que precedía a la apertura de sus puertas.
Una uña castigué con los mordiscos de mi ansiedad en las estaciones previas a la suya. Sin malestar alguno, había decidido esa mañana que a mis tostadas le acompañara una de las píldoras de mi alacena, una al azar, pero que anoté en el cuaderno de recetas para evitar repetirla. Sus efectos solo consiguieron una mayor transpiración en mis axilas y, en consecuencia, mi mayor apuro a la hora de buscar apoyos en las barandillas, cuando él, estaba convencida, me seguía con su verde mirada.
Durante las siguiente semanas seguí consumiendo las diferentes pastillas en busca de aquella que me devolviera el arrojo de la primera. El resultado fue el del placebo salvo una, una bastante amarga que me mandó al baño de inmediato y varias veces más a lo largo del día, y a volver a casa sin bragas.
Esa misma noche, cuando en mi cuaderno de recetas descubrí haber completado la lista, el sándwich de pavo ganó algo de alegría con el salado de mi paladar a causa de mis lágrimas absorbidas. Tonta como una adolescente me sentí cuando me sumergí entre las sábanas. Y mientras el sueño me ganaba me acordé de las broncas de mi amiga del instituto por mis habituales desconexiones y con ella soñé envuelta en la nebulosa de los recuerdos lejanos.
Ese fin de semana tocaba comida familiar. Nadie me defraudó en su vulgaridad y tuve que soportar el examen y los juicios de mi hermana la casada, la retahíla habitual de mi madre sobre mi delgadez, los vaciles de la benjamín hacia mi soltería y los consejos fuera de época de mi padre con respecto a los hombres actuales, según los dictámenes a los que llegaba con sus compañeros del dominó.
La noche de sábado, las dos copas que pedí me supieron a lavavajillas y me retiré pronto con la sensación de que una enorme pompa peleaba por salir y, con ella, la macedonia de pastillas de dos semanas de experimentos.
El domingo transcurrió con mis habituales horas de sofá en compañía de sus majestades el rey chocolate y la reina pereza. Caja de bombones y pijama, y, cualquier distracción sin esfuerzo, la mejor aliada.
Con la tele de fondo y un libro abierto sobre mis piernas, cuando el sol ya escondía su brillo por las azoteas del vecindario y su reflejo se extinguía en los envoltorios de celofán (vestigios de mi atracón a bombones), a cuenta de un párrafo de la lectura apoyada en mis muslos, mi mente divagó hacia mi reciente y estúpida intoxicación en busca del valor de las descaradas y reparé en que el viernes pasado había completado la lista de píldoras a consumir. ¿Entonces, cuál fue la causa de que aquel día mi extraordinaria timidez desapareciera?
Un nuevo lunes y mi profundo estertor se interrumpía con el saludo siempre impertinente de mi despertador. Inseparable durante mis madrugones universitarios, su tecnología se había quedado obsoleta y había que perseguirlo en la oscuridad, y oprimir la tecla exacta si quería disfrutar de esos cinco minutos de cortesía que me regalaba cada mañana en rebelión hacia un placer expirado.
Fue al untar las tostadas cuando descubrí mi error con las pastillas, mejor dicho, el detalle importante de las que mantuve: no estaban caducadas.
Vacié la alacena sobre la mesa y busqué las fechas de caducidad. La que menos vencía al cabo de un año y medio. Al momento, sopesé acudir a la farmacia con la lista y solicitar aquellas que almacenaran cerca de su vencimiento, y con esa misma inmediatez reparé en lo ridículo de mi propuesta.
Cuando me introduje en el primer autobús supe, al depositar las monedas en el mostrador del chófer, que mi enojo dominaría mis actos ese día, pues la réplica del conductor hacia la violencia de mi desembolso hizo referencia al mismo estilo con el que ensordecían sus gastados tímpanos los colegas de mi padre con sus fichas de dominó.
En el siguiente transbordo decidí respirar hondo y de forma acusada, pero debió parecer tan evidente que un par de críos no dejaron de mirar mis tetas el resto del recorrido por si mi camisa cedía. Así que tuve que renunciar a mi yoga casero y buscar mi tranquilidad contemplando por las ventanillas el caótico tráfico de esas horas.
En el metro, a pesar de viajar sentada, sentí un agobio desconocido con los pasajeros que se iban incorporando. Y cuando Marlon entró en el vagón, como siempre guapo a rabiar, el eclipse de una lanzadora de peso se interpuso en mi juego de espejos y tuve que dedicarme a contar las bolitas de su jersey raído, tan numerosas como enormes sus carnes.
Y llegó mi parada, y me incorporé, e inicié mi ritual de quiebros, como el mejor de los magos, para que nadie se fijara en mi sonrojo: mano a la falda, a la camisa, al bolso, al mechón… Hasta que ahogué un grito que peleaba por salir y, sin pensarlo, dirigí mi mirada hacia la profunda y verde enmarcada en unas cejas negras y espesas que se clavaban en la mía.
—¡Déjame tranquila! —le dije al tiempo que me tambaleaba a causa del frenazo.
Acto seguido descendí del vagón y obviando mi parodia habitual de la Bergman tomé mi camino, marcando mis tacones en el andén, deseando que las baldosas se desencajaran.

«¡Déjame tranquila!» Jamás pensé que tendría que repetírselo, jamás pensé que volvería a reproducir esas mismas palabras y, mucho menos, mientras buscaba mi vetusto despertador con mi mano libre, al tiempo que la otra trataba de separarse, sin muchas ganas, de su maravillosa desnudez. 

martes, 26 de agosto de 2014

La escoba

          La estufa, que reinaba en el centro del refugio, dejó de ser el foco de adoración de perros y cabreros y su curiosidad se dirigió a la silueta parduzca que irrumpía en ese instante por la puerta.
Cuando logró cerrarla, pese al empuje del viento silbando su protesta por las rendijas, los candiles recuperaron su intensidad y, por fin, pudieron distinguir algo mejor la sombra del recién llegado, cuya verdadera naturaleza no quedaría desvelada hasta que se librara de las ropas. Acto que se demoró lo suficiente para mantener la intriga sobre quién, a esas horas de la noche y con la tempestad golpeando las contraventanas, había llegado envuelto en cristales de hielo.
Del ropaje destacaba su turbante llevado a chalina que dejaba un resquicio mínimo para la visión. Además de un abrigo de cien pieles, cosido a puntadas de esquimal, calzaba unas botas altas que, una vez sacudidas a coces contra el suelo, destrenzaron los nudos de barro y nieve y fueron las primeras prendas en ganar la esquina, donde se acumulaban las otras, ya secas, en el orden perfecto de una noche de reyes.
Los allí reunidos habían vaticinado el temporal para tres días y aquel reducto de vigas de madera, teja de pizarra, una teña para el ganado y una letrina a quince pasos de la entrada les obligaría a una convivencia tan estrecha durante ese tiempo que la intimidad sólo se garantizaba afuera, a veinte grados bajo cero, a la dicha de los lobos.
Cuando el extraño terminó de desnudarse, el silencio cubrió el refugio y ni siquiera el crepitar de la leña devorada por las llamas trascendió más allá de los gruñidos guturales de los expectantes, al descubrir, que era una mujer quien se unía a su círculo sin otro interés que acomodarse.
El más veterano de los trashumantes, un viejo trampero habitual en aquella remota cordillera, lejos de admirar la innegable belleza de la visita, ante el comportamiento esquivo de su perro y guiado por su instinto cazador no tardó en recoger sus mantas. Prefería las pulgas, los molestos cencerros y el berreo en el establo antes de tener que presenciar el episodio violento que barruntaba. Así, sin mediar palabra, con la precipitación como pijama, cegado por la ventisca, tropezando a cada paso, abandonó el refugio hacia el cobertizo, retiró una vieja escoba que trancaba la puerta y se extrañó al verse acompañado del resto de perros, ajenos a la desaprobación de sus amos.
Una diosa, esa es la apariencia que surgió debajo de las toscas prendas y la que ocupó asiento junto a la estufa con el fin de recobrar el color rosado habitual de la punta de sus dedos. Ajena al estupor reinante, giró sus manos hacia la lumbre como quien moldea una esfera y su mirada se perdió en el hipnótico reflejo de las llamas, ausente, sin reparar en la turbación que aumentaba a su alrededor.
Olía a manantial, a junco, al frescor picante de las cebollas tiernas que al tajo sudan el vaho de las lágrimas. Esos efluvios propios de las damas de la planicie, donde los tratantes esperan al rebaño y los pastores su recompensa. Premio que acostumbraban a dilapidar en las casas de citas y que jamás pensaron en ahorrárselo en aquel aislamiento, hasta que apareció la joven, la diosa.
Pero antes de que aquellos desesperados se organizaran para sujetarla, ésta se levantó hacia el camastro del rincón, se desnudó por completo y, mirando a los ojos de los acechantes, sonrió antes de señalar al más enclenque.
—Sólo tú —dijo, retirando el embozo.
Y los pastores se miraron unos a otros mientras los muelles de las navajas resonaban en su abanico.
 El resto de la noche la ventisca aulló entre los pinares y estos amanecieron con la mitad de su corteza congelada y sus copas blancas vencidas por el peso de cinco metros de nieve. El sol surgió lo suficiente a primera hora para que, desde el cobertizo, el veterano trashumante asumiera la desaparición de los caminos, su encierro.
No tardó el cielo en cubrirse de nuevo y durante dos días más la naturaleza quiso comprobar la resistencia de las bestias y de los hombres bajo aquellas condiciones imposibles para la vida.
Al tercer día, el sol lució como si la atmósfera se hubiera ulcerado de tanta descarga y los rayos ardieron sobre la cordillera convirtiendo cada vaguada en un formidable torrente. Los caminos se espesaron de barro, los terrenos cedieron bajo las raíces y convirtieron las laderas en un caos de astillas y rocas.
Una semana más tarde, el viejo trampero llegó a la planicie en compañía de los cinco perros que, como él, sobrevivieron a la congelación sumergidos bajo el goteo de cadáveres del medio millar de cabras que perecieron por la inclemencia. Cuando le preguntaron por sus compañeros de travesía tan solo refirió el lugar donde podían encontrar sus cuerpos: el refugio. Pero antes de que fueran en su búsqueda les advirtió:
—Si la tormenta les sorprende o la noche se les echa encima, no compartan techo si quien llega de la nada oculta la escoba en la que vino.

viernes, 8 de agosto de 2014

Vuelo

            Cada noche enlazo mi sueño con el de la anterior. El inicio siempre es el mismo: abro la ventana de mi cuarto y me lanzo al vacío con la certeza de las aves. Vuelo por encima de los tejados y por las vidas que descansan bajo ellos, y asciendo hasta sentir el frío de las alturas. Mi pijama aletea en el ascenso, mis ojos se enjuagan en lágrimas por la velocidad mientras observo cómo la luna tiñe de plata azoteas, nubes y cumbres hasta que la lejanía las convierte en collares de luces, enredados, como los que descansan en los joyeros. Detengo mi vuelo con el primer escalofrío y busco la concentración de destellos de la noche previa, y me lanzo hacia ella mientras el abrazo caluroso de la tierra me acoge de nuevo.
            Mis oídos se pueblan de los sonidos propios de la ciudad dormida. Algo acorchado el camión de la basura allá en la esquina engullendo su cena, el cimbreo de las hojas de las más altas copas, persianas de negocios estirando el cierre, pero nunca escucho voces, sólo vislumbro sueños entre las penumbras que el alumbrado capitula. Y descifro los pensamientos de los durmientes que se filtran por las comisuras de las ventanas como hilos de humo. Es mi don y mi tarea interpretar el ascenso de miles de hebras hasta que se unen en el cielo formando una nube de ensoñaciones.
            Patrullo entre esas volutas y me agolpo a las ventanas donde el instinto me lleva. La respiración pausada de quienes descansan excita al zahorí que dirige mi vuelo. Hoy retomo la historia de un niño, mis predilectos, los que me llenan de esperanza. Dos años apenas cumple. Su felicidad extrema se percibe en el peluche que agarra contra su pecho. A un palmo de su boca, un chupete queda varado entre los pliegues de las sábanas. A sus pies, la manta primorosa se arruga y deja al aire la postura de su rechoncho cuerpo que anuncia las metas de su crecimiento. Hoyuelos en los nudillos, roscas en cuello y muñecas, y la piel. Tapiz sin costuras, sin poros, sin surcos, sin una sola señal de su breve encuentro con la vida. Alfombra de bienvenida que tatuará la buenaventura o se mellará de desencuentros.     
            De su minúscula nariz fluye el aliento de las recientes vivencias. Novedades, sorpresa, ilusión por lo nimio, por la felicitación, por el aplauso; pureza, inocencia, cariño, amor desbordante. ¿La última vez? Por una pinza de la ropa que preside esta noche la alacena de sus juguetes preferidos. Alejandro se llama mi reciente visita y solo sueña con ser querido.
            Vuelvo a ganar altura y observo mis pies desnudos flotar sobre las cornisas. Busco una nube con la forma adecuada y me estiro sobre su contorno. Una vez más llego a la misma pregunta que me planteo con cada incursión en el universo de los niños. ¿Por qué, surgidos y necesitados de tanto amor, es la maldad la que maneja el mundo?
Y me despierto a mis cuarenta y cinco, y mis oídos recuperan el estruendo que me rodea. Soy un invasor más de una tierra que apenas puede sujetar nuestra barbarie.

Al final de la jornada, antes de regresar a casa y excusarme por mi retraso, me pierdo en un rincón que a todo el mundo oculto. Si mi familia pudiera costearse un detective su siguiente desembolso acabaría destinado en la consulta obligada a un psiquiatra. Pero no tengo ninguna gana de explicar en un diván por qué mantengo el cuidado de un jardín secreto. A nadie podría convencer de que necesito de su oxígeno para sentir mi aportación en una batalla perdida con la autovía que lo bordea en la ciudad que lo encierra. Cuando la realidad es que desde su mimo y contemplación recibo el ánimo terrenal para volar cada noche en busca de la esperanza.