martes, 17 de marzo de 2015

El Capitán

         ¿Qué me llevó a esta pared, a este miedo?
Debería comenzar desde el momento en que salimos del hotel hacia Sierra Nevada, California. Empleamos las primeras luces del viernes para ultimar los preparativos y a eso del mediodía rugieron los cilindros de nuestra camioneta hacia la Ruta Estatal 120. Siete horas de coche, de charla, de dormitar entre mochilas y cuerdas, de orinar en gasolineras y alimentarnos de bocadillos fríos, de fortalecer nuestra amistad con bromas, confesiones sobre feas que negamos conocer y recuerdos sobre gamberradas con vecinos ya difuntos. Nos unía un vínculo inquebrantable, una relación que tanta veces pusimos a prueba a causa de nuestra afición de gatos, pues no pocas veces uno u otro fuimos esa mano que aparece en el último instante cuando el abismo ya reclama nuestro desequilibrio.
         Acampamos entrada la noche en la misma falda, en el bosque de donde aquella enorme roca surgía retadora apuntando su grisácea enormidad hacia las estrellas. A tientas, pero de memoria, montamos la tienda y la hicimos hogar en quince minutos. Tan sólo una cremallera de distancia nos separaba de poder abrazar al Capitán y con la emoción del inmediato encuentro caímos dormidos. Soñé con su afamada verticalidad, con acariciar el frío granito, con iniciar la cordada, abrir la vía, guiar al trío, coronar la cima y sentir ese viento que murmulla doliente la montaña vencida.
La madrugadora claridad de junio no tardó en arrugar nuestros sacos hasta los pies. La alegría de los trinos se multiplicaba a cada minuto, las ramas se agitaban por su ir y venir entre el jolgorio de un nuevo día. Un café de hornillo nos desperezó la lengua. Cereales, miel, frutos secos, higos.., nos nutrimos para el esfuerzo y nos vaciamos entre los matorrales mientras la naturaleza nos obsequiaba con sus fragancias vírgenes y el baile de los insectos alados libando su desayuno florido. La pegajosa humedad del Yosemite nos perseguía como un pijama y buscamos cual iguanas un claro entre los árboles para que los primeros rayos candentes activaran nuestras espaldas. Allí revisamos el material: mosquetones, cuerdas, fisureros, magnesio, anclajes… Nada podíamos echar en falta una vez que la pared se convirtiera en nuestro suelo.
A las nueve iniciamos el ascenso. Más de 2.300 metros nos separaban de la cima y desde el primer impulso supimos que en ningún agarre encontraríamos tregua. La multitud de anteriores expediciones habían dejado su metálicos rastros y nos aprovechamos de ellos para encordar nuestros seguros y ganar en velocidad antes de colocar los nuevos. Queríamos coronar en menos de cuatro horas. Lejos de la mejor marca mundial, pero muy respetable credencial para quienes presentaban sus primeros respetos al Capitán. Habíamos entrenado duro para evitar los calambres, que bien podían producirse tanto por una excesiva prisa como por una moderada evolución que agotara las energías.
¿Cuándo cometimos el error, cuándo dejamos de disfrutar? Toda montaña de paredes verticales ofrecía una trampa que encerraba otra: querías treparla y, producto de su complicación, obviabas su belleza y, por ende, su peligro. Cuando un patrocinador quiere vestirte con su marca pasas a medir las montañas por escalas, por grados de dificultad y a buscar nuevas paredes y técnicas que te distingan; abandonas el embrujo que la naturaleza reclama para que la protejas y te olvidas que, por cada nuevo clavo, la montaña gime en su mole milenaria, y añora aquel glaciar que en su lento devenir la ovuló con el fin de ser admirada, perfecta, sin esquirlas, ni espinas aceradas, deseosa de sacudirlas.
La altura y el miedo no me permiten ver más suelo que las copas bajo cuya sombra dejamos acampadas nuestras últimas risas. La euforia del avance por encima del tiempo estimado nos llevó a licencias impropias en avezados. Todavía escucho su grito desgarrador, apenas pude verlos caer, fue un instante, una sombra por mi espalda, la inmediata imagen tras el chasquido metálico del viejo agarre al desprenderse de la roca viva, justo cuando me liberaba en busca de un nuevo enclave. Un resbalón y el latigazo retiró de mi mano la cuerda que nos unía. Ya no gritaban pero los seguía oyendo. Por unos momentos perdí la cabeza, y me sacudí tentando la resistencia de mi arnés al tiempo que maldecía en negaciones mi suerte. La persecución de una gloria absurda nos llevó a seguir usando remaches caducos y a reservar los nuestros por arañar unos segundos en cada obstáculo.  
Han pasado dos horas desde la desgracia y permanezco en el mismo sitio, inmóvil, incapaz de encontrar el ánimo que me devuelva el juicio. Mi cara sigue ceñida a la pared, nada de lo que me sujeta me confía, dudo de mis acostumbradas manos, antes garras, ahora débiles palillos cercanos a la fractura, apolilladas por la tristeza, por la enorme soledad y la pérdida de toda esperanza de regreso. En la caída mis otras almas se llevaron repartido el imprescindible material para el avance, y el descenso, sin cuerda, imposible, me obliga a una proeza, a un ascenso jamás intentado sin soportes para atenuar la fatiga. Pienso en el origen de mi miedo, en ese desacostumbrado vacío. Hasta entonces, siempre que apretaba los dientes, en alguna arista de elevada dificultad y veía mis fuerzas vencidas, una mirada hacia ellos me era devuelta acerada y, con ella, el ímpetu renovado me aupaba y liberaba de la complicación. Sabía que cada minuto consumido en la misma postura trasladaba mi supervivencia del limbo de lo imposible al estrato de lo milagroso.
Comencé a llorar en el momento en el que mi pulgar empezó a jugar con el muelle del mosquetón. Arco de brillante metal bajo el sol puro de las montañas. Un ojal por el que mi vida de los últimos quince años enhebró con seguridad muchos de mis mejores momentos colgado a mortales distancias del suelo firme. Círculo de confianza que ahora abría la ventana del último instante a un leve impulso de cadera. Fugaz movimiento con el que quedaría liberado para unirme al lecho en el que mis dos grandes amigos yacían quebrados. Trataría de caer junto a ellos, de abrir mis brazos y poder tocarles por última vez en el mismo momento en que me uniría al apagón definitivo.
Pero una sombra que me llevó al escalofrío espantó mis manos de mi agarre. De inmediato, otra más cruzó efímera por mi espalda como un parpadeo. Pronto se fueron sucediendo con elevada frecuencia y las veía escurrirse por la pared hasta su desaparición. Traté de averiguar su origen, cubrí mis cejas con la mano a modo de visera pues el sol, casi vertical a mi posición, cegaba y achicaba mi sudor hacia las córneas. Sinónimo de muerte, aquellas sombras carroñeras esta vez sirvieron de reclamo para que los guardas del parque nos descubrieran y acudieran a mi rescate.
Dos horas más permanecí hasta que otro arnés, el desplegado por el helicóptero me trasladara al claro donde aquella mañana calentamos nuestras espaldas. En el breve vuelo pude contemplar la magnificencia de El Capitán, erguido sobre un bosque cuyas copas cimbreaban ante el poder de las aspas como las briznas de tierna hierba al son de las sutiles brisas de los más cuidados camposantos. Fue desde aquella elevada posición cuando descubrí que aquella montaña cobraba un nuevo significado: la de una enorme lápida dispuesta para grabar en su vientre cada descuido de sus visitantes.




sábado, 10 de enero de 2015

Rub al-Jali


Mucho tiempo atrás, un vigía del valle de Gale-Bazir, aburrido del paisaje durante tantos años divisado, decidió descender de su atalaya y caminar por las lindes donde la roca resiste y frena la inmensidad del desierto de Rub al-Jali. De sus inhóspitas dunas nunca antes había surgido nadie, pero los oráculos de la fascinante ciudad que aquellas cumbres ocultaban vaticinaron que el invasor, si debía de surgir de alguna parte, vendría por el más impensable de los caminos. Desde entonces, desde aquella predicción, nunca dejaron de vigilar la yerma extensión que los aislaba del mundo.
El vigilante, al principio, sintió el peso de la conciencia al comprobar cuan alejado se encontraba de su puesto, pero cuando pasados unos minutos las evoluciones de un escorpión se llevaron toda su curiosidad y sentía el placer refrescante de lo novedoso, de la nada surgió un nómada con el mismo paso cansino del camello que le secundaba. Las babas espumosas de su bestia contrastaban con sus agrietados labios los cuales articuló para contar que su travesía se había prolongado más de la sed prevista en los preparativos. Ávido por refrescar la garganta y llenar su odre, una vez calmada la angustia de la deshidratación, su conversación, algo febril, derivó por la penurias pasadas hasta que, entre sorbo y sorbo, en el relato sucinto de los lugares visitados, se detuvo a describir la increíble belleza de las pirámides de Egipto cuya visión, cuatro meses atrás, le había dejado maravillado. El centinela, mientras compartía su reserva de agua con el recelo de quien se ha visto descubierto, simuló interés ante el énfasis narrador del viajero, pues el nómada, creyendo que le atendían oídos vírgenes, explayó su arrobo sobre las construcciones faraónicas con tal entusiasmo que, de ser interrumpido, quizá quisiera conocer la procedencia de su salvador y la razón de su parsimonia en un lugar tan inhabitable como aquel. Sin embargo, la hierática pose de su samaritano no tardó en evidenciar que se trataba de cortesía o de algún grado de locura y no de interés lo que despertaban sus andanzas. Así, con la decepción de los apasionados, agradecido por el suministro, el nómada concluyó su perorata y continuó su camino, reflexionando sobre su capacidad en el discurso para conmover sobre algo que a él, de por vida, dejó impresionado y pensó que a todos quienes supieran de su existencia les sucedería lo mismo. Lo que nunca supo es que quien le había ayudado procedía de una ciudad al otro lado de aquellas montañas cuyas maravillas superaban con mucho las famosas tumbas del Nilo.
La ciudad secreta de Gale-Bazir, un oasis perdido en la península arábiga, sujetaba sus cimientos en las marmóreas faldas de su montaña más elevada y convertía su estructura en un prodigio en la historia de la arquitectura por su imposible concepto vertical. Lo que llevaría a pensar,  a todo foráneo, que únicamente seres alados pudieron intervenir en su construcción, ángeles capaces de horadar aquellas escarpadas paredes como un escultor oficia en la comodidad de su taller. La razón que llevó al albergue de toda una civilización en las entrañas de aquella montaña se remontaba a la época de cuando las aguas abnegaban el valle por semanas y derruían toda forma de ingeniería conocida. El peaje anual que la naturaleza se cobraba se veía recompensado por la inusitada riqueza que aquellas tierras generaban, pues, una vez que las aguas volvían a su cauce, de la noche a la mañana, los frutales y hortalizas medraban al ritmo de la madreselva y podían saciar el hambre de todos los mercaderes de oriente.  No obstante, y a pesar de la enorme altura, gracias a ingeniosos polipastos, sus ciudadanos se comunicaban con el paraíso a sus pies con la celeridad de los monos y, al igual que los primates, sólo por razones de recolección se aventuraban por los suelos el tiempo justo para evitar un encuentro con los depredadores que tanta abundancia atraía y que solo el hambre extrema y la sequía dejada atrás animó sus olfatos hasta aquellos parajes. 
La niebla se acumulaba perenne en las cumbres del valle y la disposición de su cordillera, limítrofe con el inhóspito desierto de Rub al-Jali, originaba en su exterior un vórtice de incesantes ventiscas de arena, razón por la que la imponente orogenia se mantuviera oculta en los mapas a salvo de exploradores, que, de descubrirla, no tardarían en atraer bandidos, ejércitos o traficantes y, con ellos, la extinción. Y así se habría mantenido un nuevo milenio si no fuera porque en la última mitad del siglo anterior una batalla mundial se venía librando y algo de ella salpicó aquella parte remota del planeta.

Luego de un combate desigual contra tres Spitfire que protegían un convoy de suministros con destino a Yemen del Norte, cuando el Messerschmitt Bf 109 pilotado por el teniente Lottar von Dannen trataba de regresar a su base con el combustible justo para un intento, los daños ocasionados por la munición británica en su cola terminaron por desprenderla y apenas tuvo tiempo de saltar. Y mientras el aparato rugía su caída hacia un suelo incierto a causa de la densidad nubosa, su piloto, sujeto a una campana de tela, rezaba porque el impacto no desintegrara la aeronave hasta el punto de malograr la reserva de agua que contenía y que había abandonado con la precipitación. Asumió que, en cuanto su paracaídas atravesara la nubes, apenas tendría tiempo para averiguar la trayectoria tomada por su caza. Una vez entre las dunas, desorientarse era tan inmediato como empezar a sudar. Confiaba en que una pequeña columna de humo señalara el punto de reposo del Messerschmitt, lugar donde residiría su única esperanza de salir vivo del desierto que, en la sala de reuniones de los hangares, esa madrugada, junto a sus compañeros de la Luftwaffe, comprobaron cómo se extendía por todo el plano que reinaba en la pared y al que todos referían como la sartén del infierno. Pero una vez que el teniente Lottar von Dannen fue engullido por las nubes sus ojos quedaron cegados por la condensación, y para cuando la densidad comenzó a difuminarse, de súbito, una sombra creciente, una sombra con fuerte olor a tierra, y contra la que se golpeó, le llevó a perder el conocimiento.
Cuando despertó pensó que su espalda se había partido, pues sus piernas no respondían. Lo cierto es que el arnés estrangulaba sus extremidades desde hacía demasiado tiempo y sus pies seguían suspendidos en el vacío acorchados como cuando su mentón recibió las caricias de su última pelea en un piano bar de Berlín. Se descubrió sujeto a una arista de una ladera a suficiente altura del suelo como para rezar completa una última oración si el paracaídas terminaba por desprenderse. Cuando miró al frente lo primero que distinguió fue un arcoíris cuyos extremos se difuminaban en las cumbres que cercaban un valle de tal frondosidad y verdor que quizá habría que inventar un nuevo nombre para un color tan intenso. Si su avión, nada más estrellarse, acaso mostró una señal de su paradero en forma de aceitosa nube, la leve llovizna, la selva como lecho y el tiempo transcurrido se habrían encargado de ocultar todo rastro del impacto. Bien es cierto que la sed no saludaría con la celeridad temida, la temperatura era agradable y un alero de nubes sobre su cabeza escondía el sol castigador, pero todo rescate y acopio de víveres partía por conocer la posición de partida y para ello nada mejor que el instrumental integrado en la aeronave. Con esos pensamientos como acicate asumió que debía pisar suelo firme cuanto antes, y esa garantía pasaba por balancearse hasta conseguir asirse a alguna de las fisuras de la ladera.
El teniente von Dannen comenzó a sudar frío cuando, en la primera sacudida, en busca del movimiento pendular pretendido, ésta fue acompañada del sonido inconfundible de la tela al desgarrarse. Y a medida que la trayectoria y el balanceo se ampliaban también se alargaba el descosido. El último impulso coincidió con la fractura total de la tela justo en el instante en que sus manos se agarraron a la roca, pero a pesar de que su presa era sólida había subestimado su entumecimiento y las piernas no le correspondieron en el apoyo. Luego de un minuto de apretar los dientes hasta sangrarle las encías y de que el dolor del agarre se extendiera por todos sus tendones, la piel de sus dedos cedió y se precipitó al vacío, en silencio, sin ese grito que el terror, ante una muerte segura, lima la garganta. 
Todo piloto, alguna vez, delira con una caída en alguno de sus descansos y reconoce al instante el momento cuando ya todo está perdido. Los sudores con que se despierta de la pesadilla van cincelando el recuerdo, para que cuando éste aparece poder afrontarlo con entereza. Así, el día que sucede, el día que es derribado o que el motor se detiene, si el fuego no inunda la cabina y todo lo demás falla, solo queda esperar mientras los recuerdos mejores se agolpan como equipaje de mano, imprescindible maleta para el viaje definitivo.
El tribunal que dirigía la ciudad ya se encaminaba con un séquito de cazadores hacia el lugar donde el avión se había estrellado. Un par de kilómetros llevaban recorridos cuando fueron informados de la aparición de un hombre vestido con ropas extrañas, al otro lado del valle y su inmediato traslado a la montaña. En ese mismo momento, en la ciudad, un grupo de ilustres se había reunido bajo la Cúpula con motivo de los novedosos acontecimientos venidos del cielo. ¿La finalidad? Debatir la conveniencia de armar al pueblo. Siempre se creyeron a salvo de invasores gracias a las escarpadas cumbres, al gran arenal de inhóspitas temperaturas que las rodeaba y las perennes inclemencias que les escudaban, pero nunca imaginaron que del firmamento pudiera venir la amenaza. La Cúpula, la enorme bóveda que congregaba a los ilustres era capaz de albergar sentado a todo el censo de la ciudad y, con el debido respeto, si alguien tomaba la palabra, a oído de todos alcanzaba la misma sin mucho esfuerzo. Creada con el mimo de un orfebre, arbotantes, filigranas y grabados convertían aquel techo en el paradigma del arte más exquisito jamás conocido y su virtuosa factura indicaba que las voces allí vertidas debían estar a la altura de su excelencia.
—Nuestros herreros jamás forjaron armas. Carecemos de ejército y ya ni los niños se disputan terrenos, pertenencias, ni siquiera juguetes. Somos un pueblo equivocadamente pacífico pues nada garantiza la paz mas que estar preparado para la guerra.
Quien hablaba, en otras tierras, en otros mundos bien podría haber reinado sin que nadie discutiera su autoridad. Sabio como pocos, Heral-Adif nunca quiso dirigir nada más que sus consejos a quienes sí asumieron la responsabilidad de gobernar el valle. Ante la llegada de aquel engendro volante y la presencia del cuerpo maltrecho de quien, sospechaba, lo dirigía, se demostraba con pruebas que la eternidad de un pueblo dependía de sus avances y no de la altura de sus murallas. Nadie de los allí reunidos murmuró ante las voces de su profeta, que aún resonaban en la cavidad como fantasmas rebeldes a la luz del día. La palabra se tomaba poniéndose en pie y dos escaños por la izquierda de Heral-Adif mostraron la estatura del nuevo interventor.
         —Bien dices y tu sabiduría a todos nos silencia, pero sin sangre caliente entre nuestros jóvenes ¿cómo podremos enfrentarnos a quienes viven por y para la lucha? —adujo Mendir-Ale, médico, astrónomo y, ante todo, padre de media docena de varones con la edad y salud adecuada para empuñar una espada.
         —No podremos —repuso el sabio—, sucumbiremos salvo que su indolente barbarie, su miedo, no les impida reconocernos como los hombres de paz que somos. Azar de difícil pronóstico, pues nuestro número de almas sólo por el guarismo ya obliga a la prevención aún mostrando nuestras manos desnudas.
         Von Dannen supo que seguía vivo pero ignoraba en qué condiciones. Las voces espectrales que escuchaba desde hacía unos minutos, a pesar de dirigirse en un idioma para él desconocido, se percibían con las imperfecciones, los carraspeos, los ahogos propios de lo terrenal. Sus ojos decidieron abrirse y los techos que descubrió sí que le parecieron celestiales, y la duda sobre su integridad corpórea hubiera regresado si no fuera porque el olor intenso de los aceites de las luminarias desplazaban todo ideal del paraíso soñado. Quiso incorporarse y, de codos, medio cuerpo consiguió erguir. La exclamación de los congregados ante su movimiento reverberó por los techos y se convirtió en una nebulosa de miedo. Él yacía en medio del círculo, en la vertical del punto más alto de la bóveda, sobre una enorme piedra de mármol de perfectas aristas. A duras penas consiguió sentarse y, en la postura, sus piernas colgaron a un palmo del suelo, pero, esta vez, sí parecían obedecer a los impulsos acostumbrados. Para su sorpresa, la misma que por otros motivos reflejaban los rostros de los reunidos, la Luger se mantenía en su cintura y apenas le dolían otros huesos en mayor medida que su maltrecha cabeza. Al palparla sintió el tacto de una venda y la densidad viscosa propia de los emplastos.
La corriente de murmullos cesó con un velo tenue de suspiros y el silencio se vio condicionado a las futuras maniobras del desconocido, cuyo cuello iba buscando los límites de su giro para tratar de comprender dónde se encontraba y ante quién. Una voz autoritaria, la de Heral-Adif, le dirigió ininteligibles predicamentos, pero para un militar con la adrenalina todavía recorriendo su organismo, ante los recientes encuentros con la muerte, el tono de aquella desconocida lengua no le inquietaba y su única preocupación consistía en descubrir la salida, pues si bien las miradas no imprecan, cuando son tan numerosas azoran hasta a la más salvaje de la bestias y alientan a la huida.
Una luz destacaba sobre el resto que circundaba la bóveda. Provenía de las rendijas del gran portón y su fulgor se colaba con la intensidad impropia de las artificiales. Como si no existiera otra alma en la sala se dirigió con decisión al umbral, lo cruzó y, a partir de ahí, sus siguientes pasos, al contrario de lo que pensaba, se fueron ralentizando.
Al ritmo de un visitante del Prado, descubrió, en su fuga hacia la luz, estancias y pilares de dimensiones tan colosales que no se distinguía el techo donde morían. A cuenta de un rumor de aletas sobre su cabeza, reparó en los frecuentes vuelos de aves de plumas blancas, que, en algún recodo de las inmensas alturas anidaban y le ayudaron a imaginar la enormidad de aquella formidable excavación. El pulido mármol de los suelos espejaba las suelas, y las paredes se revelaban lejanas por las titilantes antorchas que colgaban en sus límites. Corrientes de aire fresco circulaban con la levedad suficiente para sentir su agradable caricia y la sensación de respirarlo renovado ensanchaba el pecho de placer. Allí donde aquel pueblo había elegido engalanar sus corredores había horadado troneras para que la luz invadiera acotados jardines donde crecían exuberantes plantas de colores tan vivos como si crecieran al fulgor de siete soles. Nunca antes el alemán había visto nada tan bello creado por la mano del hombre y a pesar de sentir que una legión de ciudadanos le seguía en silencio, su prisa por ganar el exterior se había relajado. Y aunque sus sentidos trataban de absorber aquel paraíso que le rodeaba y que en cada zancada algo nuevo y más embriagador le erizaba la piel, finalmente, llegó a una balaustrada desde donde pudo contemplar el valle y el arcoíris perpetuo que arqueaba sus extremos sobre las cumbres que lo encerraban. Y allí se mantuvo, entre los arcos labrados del mirador cuya factura obligaba a acariciar su contorno para comprobar que tan exquisita moldura era tan real como la belleza del vergel que, el sol, ya en su ocaso, despedía. Y cuando la letanía de sus últimos rayos encarnaron el cielo, cuando el rojo sangre de su brazalete nazi intensificó el marco de la esvástica, descubrió que sus lágrimas de dicha le enturbiaban la vista, las mismas que encontró en los ojos de sus anfitriones quienes esperaron pacientes a que se girara y que, uno a uno, le fueron abrazando con el mismo calor con que una madre acoge al hijo perdido.
Dos días más tarde, en unión de tres cazadores del valle, Lottar von Dannen llegó hasta los restos de su Messersmitch. Con la ayuda de una pieza del fuselaje a modo de machete retiró la maleza que ya comenzaba a enmantar la estructura y consiguió introducirse en la cabina.
Cuando las potencias mundiales confiaron a sus satélites la vigilancia sobre territorios rivales, jubilaron sus vuelos espía y amarraron los submarinos que tantos conflictos diplomáticos habían originado. Así, desde el espacio, escudriñaron la corteza con la escusa de buscar plataformas de misiles, campamentos terroristas, movimientos militares y todo aquello que desestabilizara fronteras o economías. Las dos principales potencias descubrieron una cadena nubosa perpetua sobre un punto perdido en los desiertos de Arabia que, por extraña, despertó la suficiente curiosidad en una de ellas como para que se derivara un presupuesto para una exploración terrestre.
Durante cinco días, un equipo compuesto por militares, biólogos y geólogos exploraron un valle que a ninguno dejó indiferente. Todos acordaron que de no ser por su difícil acceso y su lejanía del punto más próximo a la civilización se convertiría en el descubrimiento más importante para la industria del ocio desde que China abriera sus fronteras al turismo. Ya no quedaban paraísos como el que pisaban.
En las jornadas finales en que tomaron muestras y cartografiaron el terreno, durante los descansos del café elevaron la mirada y la dedicaron a la contemplación de las escarpadas montañas que protegían el valle. Ninguno descubrió que la profusa vegetación que cubría las paredes de aquellas cumbres era menor y reciente en la más elevada, y mucho menos, cómo cientos de ojos los vigilaban tras aquellos tiernos brotes y, de entre ellos, unos azules acechados de arrugas, orgullosos de que su idea de mimetizar la ciudad serviría para que en el futuro, cuando visitantes como los allí acampados investigaran aquel oasis por su variopinta flora, despreciaran la cordillera ante su abrupta uniformidad.
El informe de aquella exploración fue catalogado de confidencial por el simple hecho de que fue realizado sin autorización del país anfitrión. En el balance destacaron como hallazgo extraordinario la aparición de los restos de un avión de combate de la Segunda Guerra Mundial de los cuales la selva se había apropiado hasta casi ocultarlos. De sus evidencias reseñaron como extraño que, si bien lucía los destrozos propios de un aterrizaje de emergencia frenados por el arbolado, la integridad de su cabina se había visto afectada por la intencionada mano del hombre y con posterioridad al accidente. Y aunque no encontraron rastro de vida inteligente en la zona reflejaron con detalle que la radio y su sistema de localización giroscópico habían sido machacados por un trozo del propio fuselaje hasta que el útil quedó definitivamente encastrado. En el abanico de conclusiones a ese respecto cobró fuerza la demencia de un piloto atrapado en un paraíso y que cargó contra la tecnología que le había llevado hasta allí, sin posibilidad de retorno.  Su cuerpo, con toda probabilidad, la selva se había encargado de ocultarlo dada su elevada velocidad de crecimiento o, quizá, en una temeraria apuesta, había decidido atravesar el desierto de Rub al-Jali.


jueves, 27 de noviembre de 2014

Cuatro céntimos

Trato de ganar el sueño y mi mirada se pierde en los ojales de la persiana. Contra mi espalda yace la de mi esposa. Su postura traduce el enfado con el que apagó las luces. Desconfía, anoche llegué tarde, con las manos vacías y la cartera hueca apenas sujeta con la sonrisa de los satisfechos. En un principio traté de explicarle la causa, pero ella se negó a oírme mientras su nariz pretendía descubrir matices de ramera en la ropa que me despojaba. Adujo que mi facilidad para la ingeniería de las excusas sólo aumentaría su disgusto hasta el punto de perder por completo el apetito. Acabé cenando sólo y, al recoger, descubrí su mordisco en la manzana del fondo del cubo: el bocado de la ira, el ayuno del exceso.
Renuncié a seducirla, a sacarla del error, me demoré en el aseo, esperé a que se acostara, a que simulara el más profundo de los sueños y me regocijé imaginando su sorpresa cuando, con el nuevo amanecer, atrapada en el callejón de las tostadas sobre las yemas, con el pelo alborotado disperso sobre los mullidos hombros de su albornoz, sin ganas de pleitear, se viera obligada a atenderme en mi despiece, eslabón por eslabón, de su cadena absurda de sospechas.
Las horas previas de aquella noche, como cada miércoles, con los niños ya acostados, me colé antes del cierre en el supermercado del barrio. Con la prisa de un doble fila recorrí los solitarios pasillos y llené el carro en la mitad del tiempo habitual en la hora maruja. Cuatro gatos recorríamos los pasillos, casi todos conocidos, pero a él nunca antes le había visto por allí, sin embargo, ya en la línea de caja, le cedí el paso pues un kilo de arroz y un bote de tomate ocupaban su regazo. Llegado el momento de pagar echó mano al bolsillo, contó céntimo a céntimo el total y pude descubrir en su palma cómo abundaban más pelusas que monedas. La cajera comprobó la cantidad recibida y ésta resultó insuficiente. El hombre miró los productos y, tras un largo silencio, decidió renunciar al tomate. Fue entonces cuando examiné su figura. Ropa y calzado de calidad descubrían su largo descuido. Barro reseco tiznaba las suelas y los brillos tornasolaban el verdadero color de las prendas. Cuatro céntimos más y hubiera podido costearse aquel bote que quedó arrinconado junto a la caja registradora. Contemplé aquella escena de miseria atenazado por la incomodidad de la absurda condescendencia y me ocupé en disimular mi recato hacinando mi compra en la cinta como quien, culpable, silba al cielo al paso de la autoridad.
Cuarenta y nueve códigos de barras después, con la billetera famélica y una cuenta kilométrica rizando su largura sobre la montaña de mis bolsas al límite de su elasticidad, me dirigí al aparcamiento. Nada más franquear la cristalera de automatismos me topé de nuevo con él, arrodillado, frente a un cartón donde una leyenda describía las razones de su miseria y el número de bocas que le esperaban en las penumbras. Mirada y postura destilaban la humillación de los nuevos pobres, de aquellos que tocaron el cielo de la prosperidad sobre una escalera que ascendía por peldaños de una deuda imposible de pagar si en un solo mes se interrumpían los ingresos. Mi primer impulso fue rascarme el bolsillo, pero la única moneda de la que disponía brillaba en el mecanismo de enganche del carro. Dos pasos más di y esperé a que la curiosidad, ante la quietud de mi calzado, quebrara su quietud penitente, y en cuanto sus ojos, fugaces ante la firmeza de los míos, se encontraron, se lo dije: «Tuyo».
Y de allí me fui con las manos vacías, pero con el corazón lleno mientras la cadena del carro, abandonado, reducía su movimiento pendular en una cuenta atrás imaginaria a la espera de que su nuevo propietario la reanimara con el empuje alegre de quien lleva el mejor regalo a su necesitada familia.
No quise esperar a su agradecimiento, ni siquiera quise mirarlo, tan sólo pude advertir en la maniobra de salida cómo desechaba aquellos artículos cuyo cocinado precisaban de un horno, de electricidad. Detalle de normalidad que pasa desapercibido en las vidas estables.
De regreso a casa, en el primer semáforo, busqué el reflejo de mi rostro en el retrovisor por si la inédita bondad, la misericordia de mi reciente arrebato hubiera dibujado en mi cara algún rasgo nuevo, un matiz que indicara una línea a seguir en el futuro. Esa indeleble marca de los espíritus en calma, adictos a la caridad como propia recompensa, la paradoja del egoísmo desprendido. Sin embargo, no hallé indicio alguno en mis facciones, tan solo la distensión de mis costillas y la placentera sensación de respirar libre de aires engolados. Aires que originaron tormentas maritales nada más poner los pies en casa, borrascas que dejé vaciar hasta la nueva mañana a causa de esa parte capulla que en mi juventud casi me definía.
Así, con la claridad ganando presencia entre las lamas, inquieto por revelar mi anónima solidaridad y en la búsqueda de recibir temprano un abrazo reconciliador, me desperté antes de que las manecillas señalaran la diana de los días laborales. Y para cuando mi reina del albornoz anticipó su entrada en la cocina con el arrastre de sus pies, los restos de mi desayuno ya flotaban en el fregadero y mi atención recalaba en los titulares de la prensa digital.
Sin formación en arte dramático pero hábil en las expresiones más trágicas, mi esposa simuló continuar con su enfado, el cual ahondó aún más ante mi fingida pose alegre, distraída, con mi dedo resbalando por la pantalla táctil de la tableta en la página de sucesos. Esperé a que las tostadas ocuparan sus manos para comenzar mi alegato y cuando el crujiente pan se vio amenazado por la sombra de un cuchillo pringoso carraspeé por dos veces hasta que gané su atención. Resumí mi generosidad de la tarde anterior con la euforia contenida y reconocí cierta maldad ante mi calculado silencio cuando acepté su sentencia de putero.
Mi exposición de los hechos, sucinta y bien meditada, no obtuvo la recompensa pretendida y mi abrazo quedó marginado, quizá por la vieja causa de que para toda afrenta, al menos, son necesarios cuatro deleites para su olvido. La técnica de repetir mi hazaña solidaria tampoco sirvió para derribar su hostilidad ni sumar placeres, pero cierto brillo de tregua surgió cuando me dirigió la palabra, aunque en forma de orden castrense sobre el encendido del lavavajillas, la plancha y la limpieza de ciertos azulejos fuera de su alcance. Pero para cuando su dictado ya buscaba una nueva tarea de castigo que encomendarme y con la que paliar su malestar, el timbre de la calle sonó con insistencia. Poco margen para la reflexión tuve cuando, a través del telefonillo, anunciaron su condición de policías y, sin cuestionarles, les franqueé el paso del portal. A los pocos segundos de su apertura ya ocupaban el rellano frente a mi puerta y les ahorré el timbrazo. Junto a sus credenciales de placa y carné, que mostraron en un gesto aburrido, les siguió un alargado papel dentro de una bolsa transparente. A pesar de sus manchas y arrugas pude reconocerlo. La cifra del total y los artículos enumerados correspondía con la cesta donada al ¿difunto?, me aclararon, buscando con el subsiguiente silencio forzar una explicación convincente por mi parte.
Puede que ciertas profesiones se acostumbren a citar la muerte con la misma tranquilidad que se divaga sobre el tiempo, pero para quienes todavía no encargamos flores ni el día de todos los santos, que te refieran el óbito de alguien a quien creías haberle alegrado unas horas antes sus inciertas venideras supone una convulsión de amarga derrota. Pero si además la causa de su fallecimiento se relaciona directamente con un favor propio, la noticia te lleva a que las piernas no resistan y busques un punto donde agarrarte.
El hombro de uno de los policías y el propio marco de mi puerta sirvieron de muletas ante el disgusto, y cuando conseguí sobreponerme me extendieron una citación para una comparecencia en la comisaría esa misma tarde.
—¿Quienes eran? —preguntaron mis benjamines, aún en pijama, con sus peluches asidos por una pata y su cabeza escobando el suelo del recibidor.
—Malas noticias —acerté a responder, todavía confundido y aún más arrepentido de mi respuesta—. Id a jugar mientras os preparo el desayuno.
Y mientras los cereales naufragaban sobre tazones de leche, la página de sucesos refería una pelea entre indigentes donde, uno, perdía la vida por defender un carro de la compra, al parecer, robado.

Mi abrazo soñado cambió el inicio pues éste vino de atrás, sorpresivo, rodeándome, con las manos en el pecho y su cabeza apoyada en mi espalda, y cuando me giré para aceptarlo me encontré llorando sobre su mullido hombro mientras sus dedos se sumergían en mi cabello y yo enmudecía mi llanto para que mis pequeños barrenderos no acudieran a mi desgarro con preguntas que nunca podría responder.

jueves, 16 de octubre de 2014

El amante crepuscular

         Los más madrugadores se habían acostumbrado a la figura del amante crepuscular. Barrenderos, taxistas, panaderos o tunantes, frecuentes del centro de Olivenza respetaban al solitario figurín a razón de su triste historia y ante la mirada perdida que dirigía a una ventana al otro lado de la calle. Los dominios de aquel galán de hombros hundidos comprendían el ancho de dos esquinas de un estrecho callejón que partía desde el paseo principal, cuyo empedrado de dos vías se veía separado por varias plazas oblongas donde palmeras, jaspe y mosaicos de azulejos creaban un espacio de sombras y el retiro espléndido para la bulla.
Con luna o sin ella, repeinado, aparecía el novio bien entrada la noche para iniciar su ritual de breves paseos y miradas fugaces hacia el ventanal de los Ruiz de Areces, convencido de que su amada, la joven Carlota, acabaría corriendo las cortinas regalándole la señal convenida para el encuentro furtivo, apalabrado quince años atrás, junto a la tapia de las Clarisas, cuando, en un despiste de la nodriza, él, un tanto más arrebolado que su cortejada, le deslizó una nota que ella guardó presurosa en la cuenca de sus lunares.
         Y así tres lustros de guardia, atento a una ventana convertida en estación de palomas y telarañas, envejecían a un centinela sin relevo que quebraba su salud hasta la neumonía. Vigilancia lastimera que sólo abandonaba al alba en cuanto la ciudad se despertaba y el ajetreo de una curiosidad compasiva le impedían mantener el ritmo de su acechanza. Con la reprimenda mañanera de alguna de las piadosas oliventinas iniciaba su regreso. Manos en los bolsillos, cabizbajo, farfullando entre toses un bolero de estribillo plagado de quizás, y la cantilena trepaba por las paredes de los callejones como los murmullos de las novenas, hasta la siguiente noche que enmudecía atento a toda novedad tras el cristal.
         Cuando todo ese tiempo atrás aquel tractor perdió la carga en la curva antes del puente del embalse de Piedra Aguda, el granjero apenas pudo llevarse las manos a la cabeza al observar, en la esquiva del obstáculo, el corto vuelo hacia las aguas sombrías del vehículo de los Ruiz de Areces con la familia al completo dentro. Una semana de luto y un testamento que aunó heredades en un sobrino nada interesado en liquidarlas fue el legado hacia una estirpe querida por todos sus vecinos y amada su más joven pizpireta hasta la locura, por el mozo mejor plantado de la comarca, cuyo llanto se detuvo al cabo de ese tiempo llevándose diluidas en sus lágrimas el consuelo y el brillo en sus ojos verdes de toda esperanza por recuperarle la cordura.
         De vuelta a nuestros días, ante el pronóstico del peor de los inviernos, el maestro, por la apelación de sus alumnos todos los cursos hacia el solitario de la esquina, y el cura, achuchado por las venerables de su parroquia, se reunieron con la juez y la alcaldesa, y como única orden del día trataron la salud de su desdichado vecino y la forma de retirarlo de las calles sin que la pena le ahogara definitivamente su escasa respiración. Acordaron que un alguacil investigara los detalles de la relación de los amantes y éste delegó en un funcionario que dedicó una jornada completa a interrogar al círculo de amistades de ambos y a escuchar a quien quisiera colaborar en la indagación. Pero con la criba nada sacó en claro salvo la suma discreción con que la que se cortejaron los amantes siempre huyendo de testigos y de rastros. Ante la infructuosa gestión inicial, el alguacil solicitó la colaboración del único heredero de los Ruiz de Areces y éste, no sin ciertos reparos, consintió el acceso a la ya ruinosa vivienda que albergó a su familia, convertida en un santuario de polvo y de vida detenida en el tiempo, donde los abrigos, despensa formidable de polillas, seguían en los percheros y sólo los ratones, en su libre albedrío, habían cambiado de posición los ornamentos de encimeras, mesillas y tocadores sin gato alguno que lo impidiera.
Ante el recelo de una inspección sumaria en un ambiente tan insano, la habitación de Carlota se convirtió en el centro de las pesquisas del funcionario. Los roedores se habían encargado de facilitarle la tarea y por una doble bendición habían dejado a la vista un mazo de misivas, antaño oculto por el ahora vencido rodapié junto a la mesilla, y cuyo cordel les había servido de entretenimiento suficiente para obviar el preciado contenido que ceñía. A pesar del mantillo de ácaros decidió tomar asiento en la cama con el fin de acomodarse antes de arrojar un primer vistazo al tesoro que sujetaba entre sus manos, pero la escasa luz de la única ventana apenas le permitía enhebrar las palabras allí condensadas y descubrir el remite, razón por la que se vio obligado a incorporarse de nuevo y a retirar las cortinas. Con la nueva luz sintió el respingo de los afortunados pues había encontrado lo que buscaba.
Una relación epistolar como la de aquellos jóvenes, con una caligrafía esforzada en el trazo para enamorar con su mimo, bien merecía una valoración colegiada y, a la mañana siguiente, fuera de sus rasgados sobres, se extendieron en la amplia mesa de juntas para su análisis por la alcaldesa, el cura, el maestro y la juez. Las veinticuatro cartas fueron leídas con la vergüenza de quien invade criptas cerradas por las emociones puras de dos enamorados felices de su privacidad. Del balance posterior a su lectura la conclusión final descorazonó a los reunidos, pues ni elucubrando entre líneas imaginaron otra solución distinta que la creación de una nueva carta, imitando la letra de la joven Carlota, emplazando a su amante a una cita en algún lugar a cobijo de las inclemencias. Sin embargo, aunque la idea resultaba loable, cierto reflujo de las entrañas surgió en los presentes ante la violación de una historia de amor que a todos había conmovido.
Con el silencio y las miradas huecas de los ilustres, ante aquellas caricias literarias de dos adolescentes que nunca llegaron a consumar su mutua devoción, el alguacil entró apresurado en la sala y, tras pedir disculpas a los presentes, habló al oído a la alcaldesa quien no tardó en mostrar su pesadumbre ante la noticia que le acababan de comunicar: la reciente visita a la casa de los Ruiz de Areces había tenido sus consecuencias esa misma noche y el amante crepuscular al descubrir el cambio en las cortinas se había apresurado a confeccionar un grotesco ramillete de flores esquilmando las macetas de las cercanías y, desde entonces, ya no se había retirado a pesar de que el sol había borrado las sombras de las callejuelas. La ansiedad del enfermo parecía resulta a permanecer en el sitio hasta el absoluto desfallecimiento.
Podría dictar una orden de internamiento en un centro de salud mental en aras de preservar la otra que también le flaquea, pero me siento una traidora por interferir en un hombre tan feliz aunque a nuestros ojos desdichado, intervino la juez.
Se me ocurre iniciar unas obras en la calle, que la corten y le obliguen a desplazarse, pero entre que es una arteria principal y que nadie de la oposición ni muchos de los vecinos iban a entenderlo lo veo descabellado, causaría trastornos y desconozco si le harían desistir, mencionó la alcaldesa.
El maestro y el cura prefirieron callar pues su alcance dividido entre la mística y la ciencia poco podía lograr salvo rezar por un invierno caluroso, injusto para las cosechas en una tierra tan rural como la suya.
La pesadumbre volvió a remarcar las caras y el alguacil se sintió sobrecogido por el aspecto a velatorio de aquel cónclave y creyó que debía aportar alguna sugerencia, concretamente, una idea propia del funcionario que indagó sobre los amantes: rebuscar entre las pertenencias de los ahogados. Estaba convencido que la más preciada de las misivas se encontraría en poder de la joven Carlota, pues en ausencia de su amado la releería a hurtadillas una y otra vez para hinchar su pecho con anhelos.
La juez se puso en pie de inmediato al escuchar la propuesta y con la frente despejada de asombros, que parecía haber aumentado de tamaño, inició un paseo circular en la sala mientras por el teléfono dictaba órdenes precisas de urgente cumplimiento. A pesar del tiempo transcurrido desde el accidente, los sótanos del juzgado se habían reformado desde el último incendio y preservaban las causas archivadas de la humedad y del fuego, así como de los merodeadores, gracias a un par de gatos que un bedel soltaba semanas alternas. Si algo se recuperó de entre las pertenencias personales de la joven Carlota, allí debía permanecer.
El agua había emborronado los márgenes, pero los cuatro pliegues ceñidos por la presión del pecho de Carlota, junto a su corazón, habían impedido que la última nota entregada se malograra. El forense la consignó en su listado y junto a pulseras, pendientes y un anillo quedó almacenada en un sobre unido al expediente de defunción.
Hubo que esperar a la noche para que una vela primero en el alféizar y un papel envolviendo una piedra después, dejado caer a la calle por una delicada mano de una de las hijas del maestro, cumplieran con el nuevo lugar elegido para el encuentro.
Quizás, como compuso Osvaldo Farrés en su bolero y que el amante crepuscular canturreó dos semanas más desde el abrigo de su propia casa esperando a su amada, como digo, quizás, de haber indagado antes sobre aquella historia de amor en sus brotes le habrían librado de la neumonía que terminó por vencerle. Pero, ahora que su ramillete se deshoja sobre su tumba, puede que nuestra conmiseración fuera un error y no hay día que pase por la calle de su plantón y dude sobre si nuestra lástima peleó contra la felicidad plena de un hombre que siempre creyó en el amor verdadero como fuente de su existencia y esperanza.

https://www.youtube.com/watch?v=xYz5CiEy5bY

Quizás, quizás, quizás (bolero)

Siempre que te pregunto que ¿Cuándo? ¿Cómo? y ¿Dónde?
Tu siempre me respondes: Quizás, quizás, quizás
Y así pasan los días y yo desesperando y tú,
tú contestando: Quizás, quizás, quizás.

Estás perdiendo el tiempo pensando, pensando
Por lo que tu más quieras hasta cuando, hasta cuando

Y así pasan los días y yo desesperando y tú,
tú contestando: Quizás, quizás, quizás.

Siempre que te pregunto que ¿Cuándo? ¿Cómo? y ¿Dónde?
Tu siempre me respondes: Quizás, quizás, quizás
Y así pasan los días y yo desesperando y tú,
tú contestando: Quizás, quizás, quizás.

Estás perdiendo el tiempo pensando, pensando
Por lo que tu más quieras hasta cuando, hasta cuando

Y así pasan los días y yo desesperando y tú,
tú contestando: Quizás, quizás, quizás.