jueves, 14 de mayo de 2015

El túnel

         Primeros de septiembre, cerca de la medianoche, Ciudad Universitaria de Madrid, Escuela de medicina legal y forense. Afuera la luna no consigue limar dos grados al termómetro y el aire se respira quebradizo, árido como el de las canteras al paso de los camiones. Sin embargo la humedad de mi refugio es acusada. Me encuentro escondido en un cuarto de limpieza, junto a la sala de profesores, con el diafragma sujeto, rezando porque las escobas y fregonas no pierdan su frágil equilibrio y me descubran en su desplome. Allí me había llevado mi osadía cuando entreabrí otra puerta distinta a la que ahora me encierra y cuyas bisagras traicionaron mi presencia. Fue en mi terco empeño por fisgar, por ganar oído hacia una charla telefónica que sólo conseguí detener. Mi espiado oprimió el teléfono contra su pecho, antes pronunció «espera», y no tardó en dirigirse hacia mi valle de sombras con el arrugado semblante de la intriga. Rostro fugaz que reconocí figurar en el álbum de la punta de mi lengua. ¿De qué lo conocía? No importaba, de momento, sólo sabía que el miedo se había agarrado a mis hombros. El ancho pasillo a mi espalda, diseñado para el fluir de un enorme caudal de jóvenes, me desamparaba, y me obligó a buscar precipitado refugio en el cuarto donde ahora rezo, donde pasé de las penumbras de mi atalaya a la oscuridad más absoluta, y donde mis sienes barruntan la amenaza con su acelerado palpitar. El hedor de la lejía me rodea, huele a trapos descompuestos por la cáustica, mi olfato y vista, anulados, dan paso a mi oído que trata de soslayar la trepidación de mi pecho. Al otro lado de la batiente los pasos ganan intensidad, como las botas en los desfiles militares, hasta detenerse en el umbral. Silencio absoluto, quietud que se ve interrumpida por el chasquido metálico de una corredera cuando acompaña al proyectil hacia la recámara donde termina alojado. La inminencia de mi final me lleva a evaluar mi suerte de los últimos días, como quien recapitula en la sala de los condenados, esa donde se escucha el murmullo de la expectación al otro lado de los muros y donde cada giro de llave suena al yunque del herrero. Son los instantes previos a la última caricia, la del verdugo, en su protocolaria conmiseración con la ofrenda de una capucha, justo antes del hachazo, el hipócrita gesto de humanidad hacia un sentenciado por los mismos que le escarmientan. De mis quince años en una multinacional aseguradora los últimos diez sentí blandir ese filo acerado acechando a los defraudadores que investigaba, y, hoy, en la oscuridad de este cuarto de escobas presiento cobijarme en la cesta moteada de sangre reseca bajo la espesa reciente, la que recoge las cabezas para evitar su rodar por el patíbulo hacia un público enardecido. Siento en este instante la frágil unión que representa esa parte de mi cuerpo y que tanto me ha perturbado durante los últimos días y, en cambio, ante mi adiós, parece desvanecerse como los sueños del alba, tan vividos como fugaces tres parpadeos después.
Rememoro esa semana anterior desde el golpe que arrugó el maletero de mi Ibiza en la M30, que también castigó mis cervicales, y que me encaminó, al menos eso era lo esperado, durante cinco mañanas, hacia un centro de rehabilitación. Con el coche en el taller, licenciado de la oficina, el transporte público volvió a mi vida y el tren de cercanías me acogió con el abigarrado abrazo del aire viciado por la reciente saturación de la hora punta. Fue camino de la segunda cita, siempre en el mismo vagón, siempre en parecido asiento, por ese adocenamiento de los urbanitas ante las rutinas, cuando reparé en un detalle, tan sutil la jornada previa que, en la reiteración, aun espaciada, mi subconsciente acabó por advertirme de su existencia. Llegados al túnel de Placimingo, la catenaria chisporroteaba, la luz palidecía y durante escasos ocho segundos —una eternidad para los numerosos lectores— la oscuridad nos invadía entre chirridos de los raíles y el traqueteo por las juntas. La nueva luz nos descubría en idéntica postura, sin embargo, un maletín había cambiado de manos, mejor dicho, de piernas, y dormía su equilibrio entre las de un hombre, un cincuentón de sienes plateadas y bigote de puntas amarillentas, probable fumador, cuya inquietud inicial, antes del túnel, reaparecía apaciguada, pero pendiente del lance en que el joven del asiento de al lado se apeara, ya sin ese maletín que a hurtadillas le había entregado.
         Concienciado de que el trapicheo había ocurrido de verdad,  me dirigí a la clínica meditabundo sobre el alcance de aquel trasiego y, durante la media hora que mi cara se ciñó llorosa al ojal de la camilla, mientras unas manos deshacían los nudos de mi cuello, especulé sobre tan extraño asunto y me conjuré para iniciar un seguimiento a pesar de saltarme la recomendable rehabilitación. Obviamente mi decisión vino en parte motivada por el tremendo dolor que aquellas manos expertas me inferían y, porque Manolo, el fisioterapeuta, se alejaba con mucho de mi idealizada enfermera de cofia y ligueros que imaginé cuando el médico del seguro me recetó las sesiones.
         Al día siguiente la entrega fue un calco de la anterior y en consecuencia con la decisión que tomé durante la noche, opté por seguir al maletín hasta donde quiera que me llevara. Para la suerte de mi bolsillo mi perseguido decidió continuar bajo tierra durante cinco estaciones de metro hasta apearse en Príncipe de Vergara. Doscientos metros a pinrel después, llegados a la calle Goya, se introdujo en un edificio cuyo portal se abría sin impedimentos y sin reojos del portero, ocupado éste en abrillantar los pasamanos de dorado latón. En el directorio descubrí que tres de las cinco plantas se destinaban a oficinas y gracias a la vetusta construcción, su ascensor, del mismo paño, de reja y doble compuerta, confesaba en la botonera la parada de su último viajero: 3, Vázquez y Asociados. Cuando franqueé la puerta del bufete fui recibido por una sonriente secretaria. Mentí acerca de una demanda de información sobre herencias y fui invitado a acomodarme en una sala contigua. Dos personas más esperaban, pero ninguna de ellas resultó ser mi hombre de las sienes plateadas. De inmediato aduje en mi precipitada marcha mi olvido con el recibo de la zona de estacionamiento, pero antes de salir pude ver cómo mi cincuentón salía de uno de los despachos, despojado ya de su ligera americana y se dirigía a los lavabos. Aranda Maroto, rotulaba su puerta a medio entornar, donde el maletín presidía el escritorio sobre un tapete de documentos.
         El  jueves tocó seguir al joven. Una vez efectuada la entrega, sus maniobras en el andén consistieron en esperar al cercanías cuya última parada moría en Chamartín. Demoré mi paso para que eligiera vagón y busqué un asiento que me permitiera ver su nuca. Cuando llegamos al final del recorrido aproveché la aglomeración de pasajeros para pegarme a su espalda, de tal forma que desde el primer tramo de escaleras mecánicas un escalón apenas nos distanciaba. Esa proximidad fue la que me permitió descubrir cómo, su predecesor, un joven de espesa melena entretenido en meterse la camisa en el pantalón, dejaba a sus pies un maletín similar al mercadeado y lo abandonaba donde la articulación mecánica engullía la escalera, con la apariencia, desde la primera zancada, que la valija resultara propia para quien le secundara. Aquella maniobra me desconcertó, pues dudé a quién perseguir, no obstante, un pinchazo en el cuello me inmovilizó el vistazo pretendido hacia el nuevo personaje y opté por continuar con mi menos desconocido, quien me llevó hasta la puerta de los juzgados en plaza Castilla, la trasera, donde por la confianza de los de seguridad y su soltura en tan restringido escenario deduje que aquel era su centro de trabajo.
         El viernes me desperté con un fuerte dolor en el puente imaginario que une mis omóplatos. Dos llamadas parpadeaban recientes en mi insonorizado teléfono, ambas de mis dos talleres: el de huesos y el de chapa, y ambas apremiaban devolverlas, pero a ninguna atendí. Desconocía cuanto tiempo iba durar aquel enredo de maletines, y aunque mi cuello prometía bloquearse si me ausentaba de la siguiente sesión, el plan que había elaborado y entrenado durante la tarde y buena parte de la noche, pasaba por renunciar a todo alivio que no fuera calmar mi curiosidad. Y de nuevo me vi en el tren de las 9:30, con las mismas caras en las mismas plazas pero con ese halo, apenas perceptible, de contenida alegría que regalan los viernes a los asalariados, tan absurdo en su expectativa como una lectura de las líneas de la mano. Me recordaba a la predisposición de la humanidad a mejorar su humor cuando el verano se estrena, o a aumentar su tolerancia hacia las fuentes de su habituales cabreos, léase los atascos o las mierdas de perro, cuando el despliegue de luces y las últimas compras nos señalan que la Navidad nos envuelve. Lo cierto es que a mí me recordaba que hasta el lunes mis nudos musculares ya no serían tratados y amenazaban en complicarse hacia lo gordiano. Tiré de analgésicos en el desayuno, pues el éxito de mi plan dependía de la velocidad y de la precisión. Los ensayos en la cocina la noche previa me sirvieron para constatar que el fracaso encuentra sencillo consuelo si el chocolate se tiene a mano. Y así, con los depósitos de azúcar desbordados llegué a la estación. Tuve que meter codos si quería ganar el asiento pretendido. De ser lunes, el cabreo del corpulento viajero, a quien chulee su plaza habitual en una ágil maniobra, bien podía haber acabado en algo más que el peso de su mirada, la cual me negué a corresponder y que acompañó de un bufido que sí escuché, incluso llegó a despeinarme. Podía haber madrugado más y viajar en sentido contrario para asegurarme en el de vuelta el asiento óptimo, pero quién sabe si optarían por otras plazas o el prolongado tiempo de exposición a su curiosidad les facilitaría reconocerme en caso de que mi plan resultara un desastre. Debía ser fugaz y cualquier cambio en los hábitos pasaba al terreno de las supersticiones, malos agüeros en carne viva ante la temeridad que preparaba. Cuando vi de reojo que la punta de los zapatos de mi airado gigante dejaban de apuntarme y se alejaban entre el bosque de calzado, elevé mi vista en busca de mi pareja de trileros, justo enfrente de mi asiento, donde debía encontrarlos. Y llegamos a los ocho segundos de túnel, de lecturas interrumpidas y de espera en silencio verbal, de chirridos de railes y ajustes metálicos, y de remaches al límite y de traqueteos, que invadieron la completa oscuridad de Placimingo con su defectuoso tendido eléctrico. En los ensayos de mi cocina no me sudaron las manos y aunque la venda que cubrió mis ojos ejerció perfecta en su labor cegadora, algo prieta quizá, alcanzar un objeto —que no has depositado previamente y que no has visto ni siquiera colocar—, con la precisión que exige evitar tocar las piernas que lo enjaulan, suponía una intervención propia de malabaristas. Inicié la cuenta atrás en el instante de desfallecer la luz, agudicé el oído y pude distinguir el roce de la cordura del maletín entre toda la musicalidad de crujidos y torsiones que la oquedad magnificaba, y cuando estimé que el cambio había finalizado, cuatro segundos restaban en mi contador y uno desperdicié con absurdos remilgos. Innecesariamente cerré los ojos y me lancé al abismo.
Con la llegada del fluido intuí que mi abogado de Vázquez y asociados había notado la anomalía en la transacción, pero al descubrir la valija donde la esperaba espiró su extrañeza con el gesto de ceñirla todo lo posible con sus pantorrillas. Al sudor de mis palmas se unió el de mi frente y axilas y, por supuesto, mi espalda, pero ésta no por los nervios sino por aprisionar contra el respaldo el maletín sustituido. ¿Se vería la correa asomar por algún flanco?, ¿descubrirían mi engaño? No lo noté muy pesado, nunca me lo pareció en manos del cincuentón, pues nunca alternó el agarre en mi seguimiento, por esa razón me serví de medio paquete de folios para rellenar sus sutituto, pero desconocer su contenido me agobiaba. ¿Y si contenía droga?, ¿y si era gente de la mafia? ¿y si detrás de aquellas personas ya estaba la policía?, ¿los esperarían en el andén?, ¿algún agente se había infiltrado entre el pasaje? ¿Cómo podría justificar mi posesión? ¿Y por qué me formulaba aquellas preguntas ahora? ¿Cómo es que no se me ocurrieron antes esos riesgos? Pensé que nunca iba a revivir una situación de tanta angustia como la de ese día, y, sin embargo, unos días más tarde me encontraba encerrado en un cuarto de limpieza sin otra salida, a un palmo y al azar de las simples determinaciones mentales de un sicario sin un amo cerca que lo modere.
Pero cuando me bajé del tren, durante todo el trayecto de regreso a casa, cuando deposité el maletín encima de la mesa donde estuve ensayando su apropiación, cuando regresé hacia la puerta y cerré con dos vueltas, cuando examiné las presencias de la calle desde mi ventana, cuando me convencí de que nadie me había seguido, su existencia, su rectangular forma, negra, sus cremalleras del mismo color sobre el fondo blanco de baldosas, mesa y mobiliario, me ardió en el estómago como si con su posesión mi vida comenzara a resbalar por un juego del que desconocía las reglas salvo una: ya no dependía de mí el poder retirarme.
Y lo abrí.
         Un abogado de un bufete del centro de la capital, un supuesto funcionario de los juzgados de Plaza Castilla y un desconocido joven de espesa melena al que por culpa de mi ansiedad había despreciado seguir, y así vincular, —por aquello de cerrar el triángulo— y a quien, en estos momentos, ya le habría llegado la noticia del engaño. Esa era mi antesala. Pero los documentos que había encontrado en el maletín, además de horrorizarme, ratificaban la existencia de un árbol muy complejo de cuyas ramificaciones apenas daban testimonio aquellos tres tipos. Meros enlaces.
Puede que durante más de una hora, con mi mentón apoyado sobre mis manos, y éstas sobre la mesa, mirara al teléfono pensando en las personas e instituciones a las que podría llamar, pidiendo consejo a algunos, colaboración a otros, cobijo apenas a dos y ayuda o protección a nadie.
Cuando te topas con informes del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses, INTYCF, que versan sobre análisis biológicos efectuados en vestigios encontrados en el lugar de un crimen, no es necesario tener estudios para evidenciar que no es precisamente el tipo de publicación que distribuyen en los quioscos. Si además se los has ocupado a ciertos personajes siniestros que juegan a los triles con maletines en los subterráneos de la ciudad, la idea de encontrarte metido en un asunto muy sucio apenas comienza a oler mal, porque cuando indagas un poco por encima con los apellidos a los que se asocia el ADN del primero de una lista, internet te vincula al fulano con organizaciones criminales que desayunan vodka mientras tiran al río picos y palas con un solo uso. Pero todo termina apestando cuando, en una nota aparte, por cada informe filtrado se revela la forma de romper la cadena de custodia para que esos vestigios nunca lleguen a convertirse en pruebas. La forma de contaminarlos o de distraerlos. Libertad sin restricciones para asesinos declarados.
Aquellos papeles sobre mi mesa revelaban que alguien de la Comisión Nacional para el uso forense del ADN, relacionado con el INTYCF, se había vendido. Determinar quién resultaría tan difícil como arriesgado, pues varios de sus miembros manejaban presupuestos opacos y se rodeaban de fieles guardias pretorianas en instituciones encargadas, precisamente, de velar por la ley. Durante mis primeros años en el departamento de siniestros no pocos agentes de la autoridad habían utilizado un tono mayúsculo en sus declaraciones ante la alcoholemia positiva y un riesgo de inhabilitación permanente, pero aunque la mayoría terminaban sancionados recordé un par de accidentes de agentes con contactos, entrecomillemos como «especiales». Casos en los que sus expedientes volaron en tráfico y sus pólizas de nuestros archivos. Intocables, gente con  secretos, blindada, que pesa más su silencio en vida que el alcance de su merecido castigo.
De nada me sirvió pensar tanto tiempo y en esa postura con la mirada perdida, difuminada, salvo para que mi cuello se lastimara aún más y para que tomara la peor de las decisiones: seguir al joven de la espesa melena si el lunes lo localizaba en el andén donde lo vi por primera y última vez.
Tuve que dormir sin almohada pues por mi espalda se resbalaba el dolor hacia los lumbares y me reclamaba la firmeza de una tabla como fuente de placer en detrimento de los muelles y tejidos viscolásticos de mi colchón. La ducha de agua caliente puso algo de dispersión en mis achaques y pude alejar esa sensación de sentirme permanentemente empujado por un bisonte o una prensa hidráulica. Opté por una gorra como fetiche y por un taxi para desplazarme hasta el intercambiador de Moncloa. Debo matizar que el miedo que sentía se comportaba como un vaivén, tan pronto recapacitaba con que nadie podía relacionarme, y una pequeña sonrisa de pillo se estiraba bajo la sombra de mi visera, como que un escalofrío me sacudía al sopesar si mi ausencia en el vagón ya me habría delatado. Las reflexiones propias de quien se mueve en mares inexplorados con una vía de agua a un dedo de la línea de flotación bajo nubes que amenazan con rizar la marea.
Calculé la hora en que mi melenudo sospechoso saldría del metro. Llegué temprano, descendí las escaleras y lo reconocí en un rellano, portaba un maletín, y si estaba en lo cierto, y en buena lógica, con una nueva copia de los informes, idéntica a la que guardaba en casa. Di un vistazo rápido a su presencia y regresé sobre mis pasos. Me tomé mi tiempo en elegir un banco de un parque cercano, uno en un meandro de senderos que serpenteaban hacia una leve colina coronada de fresnos. Desde él se dominaba la boca de metro a cierta altura, posición de vigía que permitía distinguir de entre el vómito de pasajeros a mi objetivo. Septiembre reivindicaba su puesto en la estación seca a pesar de que para muchos el verano acababa el último día de agosto. El calor sumado al del asfalto brillante de vehículos obligaba a buscar la sombra. Tras quince minutos de espera en mi atalaya, bajo el arbolado, mi camiseta comenzó a ensombrecerse por la línea de las vértebras y la gorra por la cinta de su apriete. Emulsión que de inmediato se convirtió en polar cuando mi melenudo surgió del subterráneo con el paso de un marchador y se encaminó hacia los dominios del campus universitario. Descendí  la ladera a la velocidad de esos concursantes que persiguen un queso rodante en una calamitosa prueba en la colina de Cooper, Glocuester, Inglaterra. El joven, ya sin maletín que le limitara su braceo, con su prisa se asemejaba a la de esos camareros de chiringuito, galgos de la hostelería, que atienden mesas y comensales con formidable rapidez. Tuve que trotar para recortar la distancia que me separaba y terminé por alcanzarle en la entrada de la Escuela de medicina legal y forense. El frescor de sus pasillos me animó en la persecución, sencilla pues el caos dominaba el asentamiento de pequeños grupúsculos de estudiantes, que lo mismo se reunían en el suelo como en una escalera, o circulaban formando contracorrientes que obligaban a dar pasos laterales en la esquiva. Mi melenudo bajó su ritmo a cuenta de la búsqueda de algo cuyo paradero debía encontrarse en algún bolsillo. Le llevó un rato de resoplidos y repasos hasta que dio con una llave, la que le franqueó la puerta ante la que se había detenido. Dudé en continuar tras él, pero en el último suspiro, con la punta de mi pie evité que ésta se cerrara aunque dejé que mi perseguido se alejara, pues, una vez cruzado el umbral, supe que me adentraba en un área restringida, los carteles de advertencia así lo informaban y se requería de una acreditación para transitar por él.
Si me preguntan en ese momento por dónde se salía al exterior mis hombros habrían ocultado mi cuello como respuesta. En aquel recóndito espacio nada tenía que ver con el bullicio que había dejado a mis espaldas, la tranquilidad reinaba en ese ala del edificio y, a pesar de mi cautela, el eco de mis pasos se podía escuchar a lo largo del corredor que me retaba a cubrirlo. A un lado, una hilera de ventanas, que daban a un patio interior, dibujaban en el bruñido suelo un mosaico de paralelepípedos de luz mortecina, al otro, departamentos, despachos y negociados, todos bajo llave y rotulados con la especialidad o cargo de su titular. Bueno, no todos cancelaban sus batientes, unas voces provenientes del fondo del pasillo aumentaron el volumen de su charla y creí oportuno evitar que descubrieran mi presencia. Probé en varios pomos de las puertas más cercanas hasta que uno venció su apertura. Un despacho con su escritorio presidiendo el centro, una biblioteca de media pared a un lado y en el otro un tresillo con una mesa donde se apilaban volúmenes en prodigioso equilibrio con sus lomos alternos. Para mi suerte su usuario se encontraba ausente, pero ésta poco duró, lo justo para descubrir que el par de voces, dos varones, ya allanaba la estancia entretenidos en un debate repleto de tecnicismos. La sorpresa me precipitó tras el respaldo del tresillo, en el medio metro que lo separaba de la pared, y allí me mantuve tumbado, inmóvil, atento a la conversación y a disimular mi presencia.
Debí quedarme dormido media docena de veces durante las diez horas que permanecí tras el sofá y en las seis me desperté con el sobresalto contenido por si algún ronquido se me hubiera escapado. Aquellos hombres se habían reunido para finalizar un proyecto cuyo plazo de entrega les vencía al día siguiente. Durante su disertación y conclusiones se alimentaron de un surtido de galletitas saladas, bebieron de una cafetera de cartuchos y aturdieron mi mente con las referencias hacia las decisiones que iban tomando sobre el proyecto, y con las que llegué a soñar en cada una de mis derrotas de la vigilia.  A las nueve de la noche escuché la puerta cerrar. Anquilosado, con calambres y hormigueos extendidos por el cuerpo, un latigazo en el cuello me saludó en cuanto intenté incorporarme. A pesar del dolor y un amago de desmayo renuncié a vencerme en el mismo sitio donde había anidado y volqué mis huesos por el respaldo hasta que el mullido del asiento me detuviera en la postura que el azar quisiera regalarme. Si en ese instante hubiera regresado aquel par de eruditos no me habría molestado en atender las lógicas insinuaciones hacia mi presencia. Mi sensación de derrota era tal que, por encima de mis dolores, mi ánimo ponía en cuestión cada uno de mis actos desde que arrugaron el trasero de mi coche en la M30 hasta ese momento.
Necesité media hora de estiramientos, controles de respiración y recordar al maletín bomba expandido en la mesa de mi cocina, y toda la mierda que desperdigaba contra el sistema judicial, para que mi corazón bombeara de nuevo la sangre del temerario que el ayuno y la espera habían diluido hacia el desánimo.
El gris fue la luz que encontré en los pasillos, el mismo color de mis aspiraciones, el que plateaba una luna como farola omnipresente en un campus convertido en una ciudad fantasma. Inútil buscar otra puerta que no fuera la de la salida, absurdo creer que mi melenudo seguiría buscando llaves en sus bolsillos, cuando lo más seguro es que estuviera en su casa, cenado y durmiendo, y en esa necesidad vagué en busca de aquella que facilitara mi avance. Me perdí, y en las vueltas al mismo sitio que di, a parte de imaginar toparme con un almacén de galletitas saladas, valoré el envío anónimo y masivo a todas las redacciones de periódicos del país y a los juzgados de guardia de las 50 provincias. Remitiría la documentación que obraba en mi poder y me sacudiría las manos como quien escucha la sirena de la obra. Pero si algo me acuciaba por encima de mi afán justiciero era la vuelta de mi salud plena. Sentía que el dolor había descendido a mis caderas, uno de mis brazos parecía bracear a su aire y el hormigueo de la punta de los dedos de mi pie izquierdo me recordaba a las parestesias que a mi boca recurrían con cada visita al dentista. No cejé en mi empeño de probar toda puerta, incluso en pernoctar en el tresillo si el dolor me vencía, hasta que una de las que ya había recorrido la encontré abierta, invitadora, que daba a un enorme pasillo, con una luz parpadeante brillando en su quicio y una voz algo lejana, de un hombre, el que había pulsado el interruptor de una sala a mitad del trecho y quien parecía arrepentirse del fulgor causado. Antes de que llegara a esa sala, la luz se apagó, pero la voz siguió resonando, y de la conversación telefónica que mantenía pude escuchar que sus términos cuadraban con el entramado de maletines que se habían cruzado en mi convalecencia. Conversación que interrumpió en cuanto apoyé mi oído en la puerta que nos separaba.
Entre escobas, cubos, bayetas, trapos, fregonas, productos de limpieza, bolsas y uniformes sudados me escondí, y la imagen fugaz de aquel rostro visto en penumbras del que me protegía me resultó familiar y al que pude rápidamente asociar cuando reconocí el sonido de una pistola automática amartillada por el movimiento de su corredera.
Dicen que un sicario deja de serlo cuando su cúpula lo relega por la misma vía expeditiva por la que se le reconocieron sus méritos, o porque llevado un tiempo descubre que apuntar hacia quien te paga, a veces, te asciende. Mi sicario figuraba en la lista de los exonerados por la trama y parecía ejercer la labor de custodia de su fuente de salvoconductos, aunque también pudiera ser que, a cuenta de mi cambiazo, consideraran esa línea quemada y estuvieran limpiando los vínculos como acostumbran, silenciando con garantías a todo potencial delator. Si este último término era la razón de su presencia en el campus, mi hallazgo, mi injustificable presencia en mi penoso escondite uniría sus neuronas ya predispuestas a la pólvora, lo justo para que su índice presionara el disparador. Y sentí los muelles de la manilla comprimirse hacia la apertura cuando la voz telefónica ahogada contra el pecho reclamó atención con insistencia, apremio que detuvo el avance de mi matarife y a quien pareció sacudirle la curiosidad por mi refugio.
Se alejó y no lo pensé, salí, y ni siquiera miré hacia atrás, como los culpables que desatienden el oprobio y creen que lo minimizan, que lo anulan con su desprecio, aunque más bien huí como un impala porque mis cervicales me lo impedían, pero salí del cuarto de limpieza con el cosquilleo permanente de quien se sabe presa en el filo de unas mandíbulas prontas a cerrarse. Busqué alejarme, no importaba a dónde, sólo la separación física de donde un minuto antes me vi muerto me reportaba un alivio considerable. En el primer recodo encontré unas escaleras, descendí por ellas y al final de un largo corredor descubrí la luminaria que corona toda salida de emergencia. El aire sahariano me golpeó el rostro y aún así lo percibí liberador. No dejé de correr, cual  caballo desbocado, sin pensar en los obstáculos, sin atender a la fatiga de la que el pánico se encarga de ignorar. Atravesé jardines, sendas, setos, los vacíos aparcamientos hasta ganar las grandes avenidas donde el tráfico de Madrid nunca descansa, mientras pensaba en un cañón apuntando a mi espalda y en el estampido que avisa sin tiempo a la llegada del plomo, pero tuvo que ser un taxi el que me detuviera, en concreto su capó. Las imprecaciones de su conductor hacia mi estabilidad mental se convirtieron en reverencias en cuanto un billete de cincuenta esgrimí a falta de resuello.
En alguno de los remansos del río Tormes, no muy lejos del Puente viejo que lo salva y une a Ledesma con los trigales, construyeron sus gentes sólidos molinos donde iniciar sus harinas. Hoy, en su mayoría derruidos, sirven de atraque y pernocta para los palistas que el caudal arrima en sus piraguas. Desde mi accidente duermo en hamacas que anudo a las cencerretas, todavía sólidas, y a las ramas de la encina que semilla a semilla han ido cerrando la senda que en su día fue camino de carretas con tiro de acémilas. Vendí mi pasado a una inmobiliaria y negocié mi despido a la baja a cuenta de la prisa con que hice mi maleta. Busqué el cobijo de la naturaleza y convertí aquella afición federada de mi mocedad en un negocio de excursiones por los ríos de Castilla, donde agobiados urbanitas buscan olvidarse del asfalto durante un par de días remando entre rápidos y truchas. De vez en cuando presto atención a las conversaciones que la pequeña hoguera nocturna reúne entre los muros desmoronados y restos de cangilones. Es costumbre entre los reunidos, ante su primera noche bajo las estrellas, abrigados por el murmullo del Tormes, dejar que se adormezcan sus prevenciones y se relajen confesando sus oficios mientras atienden la cura de sus ampollas de novicios. Todavía me sobresalto cuando alguno de mis clientes filtra que su dedicación gira en torno al mundo de la leyes, bien sea de picapleitos, bien como humilde auxiliar o procurador, bien como juez o como funcionario de prisiones o como policía o como notario. Es entonces cuando me disculpo con necesidades que la naturaleza absorbe sin acusar y me pierdo hacia las sombras de la ribera en busca de esos brillos que el agua corriente revive sin descanso. Mi inesperado paseo a veces sorprende al furtivo del cangrejo, nunca en plena faena, pero sí junto al arroyo y en una postura de firmes, de pie, entre las rocas redondeadas, a un palmo de la corriente, con las manos en los bolsillos donde las pinzas del crustáceo pelean contra el cuero impenetrable de sus dedos. Les saludo con la cabeza y me devuelven el gesto, ni una palabra cruzamos, ambos sabemos que la noche está bonita aunque parece que refresca. Desde que abandoné mi anterior vida trato de agradar a toda persona con la que me cruzo. Me siento en deuda con la gente de bien, considero que les traicioné, permití que toda aquella basura que descubrí continuara impune, y quién sabe si el azar llevaría a su tranquilas vidas un lance fatal con alguno de esos canallas, cuyos nombres y libertad viajaba en un maletín en los oscuros vagones del túnel de Placimingo.


martes, 17 de marzo de 2015

El Capitán

         ¿Qué me llevó a esta pared, a este miedo?
Debería comenzar desde el momento en que salimos del hotel hacia Sierra Nevada, California. Empleamos las primeras luces del viernes para ultimar los preparativos y a eso del mediodía rugieron los cilindros de nuestra camioneta hacia la Ruta Estatal 120. Siete horas de coche, de charla, de dormitar entre mochilas y cuerdas, de orinar en gasolineras y alimentarnos de bocadillos fríos, de fortalecer nuestra amistad con bromas, confesiones sobre feas que negamos conocer y recuerdos sobre gamberradas con vecinos ya difuntos. Nos unía un vínculo inquebrantable, una relación que tanta veces pusimos a prueba a causa de nuestra afición de gatos, pues no pocas veces uno u otro fuimos esa mano que aparece en el último instante cuando el abismo ya reclama nuestro desequilibrio.
         Acampamos entrada la noche en la misma falda, en el bosque de donde aquella enorme roca surgía retadora apuntando su grisácea enormidad hacia las estrellas. A tientas, pero de memoria, montamos la tienda y la hicimos hogar en quince minutos. Tan sólo una cremallera de distancia nos separaba de poder abrazar al Capitán y con la emoción del inmediato encuentro caímos dormidos. Soñé con su afamada verticalidad, con acariciar el frío granito, con iniciar la cordada, abrir la vía, guiar al trío, coronar la cima y sentir ese viento que murmulla doliente la montaña vencida.
La madrugadora claridad de junio no tardó en arrugar nuestros sacos hasta los pies. La alegría de los trinos se multiplicaba a cada minuto, las ramas se agitaban por su ir y venir entre el jolgorio de un nuevo día. Un café de hornillo nos desperezó la lengua. Cereales, miel, frutos secos, higos.., nos nutrimos para el esfuerzo y nos vaciamos entre los matorrales mientras la naturaleza nos obsequiaba con sus fragancias vírgenes y el baile de los insectos alados libando su desayuno florido. La pegajosa humedad del Yosemite nos perseguía como un pijama y buscamos cual iguanas un claro entre los árboles para que los primeros rayos candentes activaran nuestras espaldas. Allí revisamos el material: mosquetones, cuerdas, fisureros, magnesio, anclajes… Nada podíamos echar en falta una vez que la pared se convirtiera en nuestro suelo.
A las nueve iniciamos el ascenso. Más de 2.300 metros nos separaban de la cima y desde el primer impulso supimos que en ningún agarre encontraríamos tregua. La multitud de anteriores expediciones habían dejado su metálicos rastros y nos aprovechamos de ellos para encordar nuestros seguros y ganar en velocidad antes de colocar los nuevos. Queríamos coronar en menos de cuatro horas. Lejos de la mejor marca mundial, pero muy respetable credencial para quienes presentaban sus primeros respetos al Capitán. Habíamos entrenado duro para evitar los calambres, que bien podían producirse tanto por una excesiva prisa como por una moderada evolución que agotara las energías.
¿Cuándo cometimos el error, cuándo dejamos de disfrutar? Toda montaña de paredes verticales ofrecía una trampa que encerraba otra: querías treparla y, producto de su complicación, obviabas su belleza y, por ende, su peligro. Cuando un patrocinador quiere vestirte con su marca pasas a medir las montañas por escalas, por grados de dificultad y a buscar nuevas paredes y técnicas que te distingan; abandonas el embrujo que la naturaleza reclama para que la protejas y te olvidas que, por cada nuevo clavo, la montaña gime en su mole milenaria, y añora aquel glaciar que en su lento devenir la ovuló con el fin de ser admirada, perfecta, sin esquirlas, ni espinas aceradas, deseosa de sacudirlas.
La altura y el miedo no me permiten ver más suelo que las copas bajo cuya sombra dejamos acampadas nuestras últimas risas. La euforia del avance por encima del tiempo estimado nos llevó a licencias impropias en avezados. Todavía escucho su grito desgarrador, apenas pude verlos caer, fue un instante, una sombra por mi espalda, la inmediata imagen tras el chasquido metálico del viejo agarre al desprenderse de la roca viva, justo cuando me liberaba en busca de un nuevo enclave. Un resbalón y el latigazo retiró de mi mano la cuerda que nos unía. Ya no gritaban pero los seguía oyendo. Por unos momentos perdí la cabeza, y me sacudí tentando la resistencia de mi arnés al tiempo que maldecía en negaciones mi suerte. La persecución de una gloria absurda nos llevó a seguir usando remaches caducos y a reservar los nuestros por arañar unos segundos en cada obstáculo.  
Han pasado dos horas desde la desgracia y permanezco en el mismo sitio, inmóvil, incapaz de encontrar el ánimo que me devuelva el juicio. Mi cara sigue ceñida a la pared, nada de lo que me sujeta me confía, dudo de mis acostumbradas manos, antes garras, ahora débiles palillos cercanos a la fractura, apolilladas por la tristeza, por la enorme soledad y la pérdida de toda esperanza de regreso. En la caída mis otras almas se llevaron repartido el imprescindible material para el avance, y el descenso, sin cuerda, imposible, me obliga a una proeza, a un ascenso jamás intentado sin soportes para atenuar la fatiga. Pienso en el origen de mi miedo, en ese desacostumbrado vacío. Hasta entonces, siempre que apretaba los dientes, en alguna arista de elevada dificultad y veía mis fuerzas vencidas, una mirada hacia ellos me era devuelta acerada y, con ella, el ímpetu renovado me aupaba y liberaba de la complicación. Sabía que cada minuto consumido en la misma postura trasladaba mi supervivencia del limbo de lo imposible al estrato de lo milagroso.
Comencé a llorar en el momento en el que mi pulgar empezó a jugar con el muelle del mosquetón. Arco de brillante metal bajo el sol puro de las montañas. Un ojal por el que mi vida de los últimos quince años enhebró con seguridad muchos de mis mejores momentos colgado a mortales distancias del suelo firme. Círculo de confianza que ahora abría la ventana del último instante a un leve impulso de cadera. Fugaz movimiento con el que quedaría liberado para unirme al lecho en el que mis dos grandes amigos yacían quebrados. Trataría de caer junto a ellos, de abrir mis brazos y poder tocarles por última vez en el mismo momento en que me uniría al apagón definitivo.
Pero una sombra que me llevó al escalofrío espantó mis manos de mi agarre. De inmediato, otra más cruzó efímera por mi espalda como un parpadeo. Pronto se fueron sucediendo con elevada frecuencia y las veía escurrirse por la pared hasta su desaparición. Traté de averiguar su origen, cubrí mis cejas con la mano a modo de visera pues el sol, casi vertical a mi posición, cegaba y achicaba mi sudor hacia las córneas. Sinónimo de muerte, aquellas sombras carroñeras esta vez sirvieron de reclamo para que los guardas del parque nos descubrieran y acudieran a mi rescate.
Dos horas más permanecí hasta que otro arnés, el desplegado por el helicóptero me trasladara al claro donde aquella mañana calentamos nuestras espaldas. En el breve vuelo pude contemplar la magnificencia de El Capitán, erguido sobre un bosque cuyas copas cimbreaban ante el poder de las aspas como las briznas de tierna hierba al son de las sutiles brisas de los más cuidados camposantos. Fue desde aquella elevada posición cuando descubrí que aquella montaña cobraba un nuevo significado: la de una enorme lápida dispuesta para grabar en su vientre cada descuido de sus visitantes.




sábado, 10 de enero de 2015

Rub al-Jali


Mucho tiempo atrás, un vigía del valle de Gale-Bazir, aburrido del paisaje durante tantos años divisado, decidió descender de su atalaya y caminar por las lindes donde la roca resiste y frena la inmensidad del desierto de Rub al-Jali. De sus inhóspitas dunas nunca antes había surgido nadie, pero los oráculos de la fascinante ciudad que aquellas cumbres ocultaban vaticinaron que el invasor, si debía de surgir de alguna parte, vendría por el más impensable de los caminos. Desde entonces, desde aquella predicción, nunca dejaron de vigilar la yerma extensión que los aislaba del mundo.
El vigilante, al principio, sintió el peso de la conciencia al comprobar cuan alejado se encontraba de su puesto, pero cuando pasados unos minutos las evoluciones de un escorpión se llevaron toda su curiosidad y sentía el placer refrescante de lo novedoso, de la nada surgió un nómada con el mismo paso cansino del camello que le secundaba. Las babas espumosas de su bestia contrastaban con sus agrietados labios los cuales articuló para contar que su travesía se había prolongado más de la sed prevista en los preparativos. Ávido por refrescar la garganta y llenar su odre, una vez calmada la angustia de la deshidratación, su conversación, algo febril, derivó por la penurias pasadas hasta que, entre sorbo y sorbo, en el relato sucinto de los lugares visitados, se detuvo a describir la increíble belleza de las pirámides de Egipto cuya visión, cuatro meses atrás, le había dejado maravillado. El centinela, mientras compartía su reserva de agua con el recelo de quien se ha visto descubierto, simuló interés ante el énfasis narrador del viajero, pues el nómada, creyendo que le atendían oídos vírgenes, explayó su arrobo sobre las construcciones faraónicas con tal entusiasmo que, de ser interrumpido, quizá quisiera conocer la procedencia de su salvador y la razón de su parsimonia en un lugar tan inhabitable como aquel. Sin embargo, la hierática pose de su samaritano no tardó en evidenciar que se trataba de cortesía o de algún grado de locura y no de interés lo que despertaban sus andanzas. Así, con la decepción de los apasionados, agradecido por el suministro, el nómada concluyó su perorata y continuó su camino, reflexionando sobre su capacidad en el discurso para conmover sobre algo que a él, de por vida, dejó impresionado y pensó que a todos quienes supieran de su existencia les sucedería lo mismo. Lo que nunca supo es que quien le había ayudado procedía de una ciudad al otro lado de aquellas montañas cuyas maravillas superaban con mucho las famosas tumbas del Nilo.
La ciudad secreta de Gale-Bazir, un oasis perdido en la península arábiga, sujetaba sus cimientos en las marmóreas faldas de su montaña más elevada y convertía su estructura en un prodigio en la historia de la arquitectura por su imposible concepto vertical. Lo que llevaría a pensar,  a todo foráneo, que únicamente seres alados pudieron intervenir en su construcción, ángeles capaces de horadar aquellas escarpadas paredes como un escultor oficia en la comodidad de su taller. La razón que llevó al albergue de toda una civilización en las entrañas de aquella montaña se remontaba a la época de cuando las aguas abnegaban el valle por semanas y derruían toda forma de ingeniería conocida. El peaje anual que la naturaleza se cobraba se veía recompensado por la inusitada riqueza que aquellas tierras generaban, pues, una vez que las aguas volvían a su cauce, de la noche a la mañana, los frutales y hortalizas medraban al ritmo de la madreselva y podían saciar el hambre de todos los mercaderes de oriente.  No obstante, y a pesar de la enorme altura, gracias a ingeniosos polipastos, sus ciudadanos se comunicaban con el paraíso a sus pies con la celeridad de los monos y, al igual que los primates, sólo por razones de recolección se aventuraban por los suelos el tiempo justo para evitar un encuentro con los depredadores que tanta abundancia atraía y que solo el hambre extrema y la sequía dejada atrás animó sus olfatos hasta aquellos parajes. 
La niebla se acumulaba perenne en las cumbres del valle y la disposición de su cordillera, limítrofe con el inhóspito desierto de Rub al-Jali, originaba en su exterior un vórtice de incesantes ventiscas de arena, razón por la que la imponente orogenia se mantuviera oculta en los mapas a salvo de exploradores, que, de descubrirla, no tardarían en atraer bandidos, ejércitos o traficantes y, con ellos, la extinción. Y así se habría mantenido un nuevo milenio si no fuera porque en la última mitad del siglo anterior una batalla mundial se venía librando y algo de ella salpicó aquella parte remota del planeta.

Luego de un combate desigual contra tres Spitfire que protegían un convoy de suministros con destino a Yemen del Norte, cuando el Messerschmitt Bf 109 pilotado por el teniente Lottar von Dannen trataba de regresar a su base con el combustible justo para un intento, los daños ocasionados por la munición británica en su cola terminaron por desprenderla y apenas tuvo tiempo de saltar. Y mientras el aparato rugía su caída hacia un suelo incierto a causa de la densidad nubosa, su piloto, sujeto a una campana de tela, rezaba porque el impacto no desintegrara la aeronave hasta el punto de malograr la reserva de agua que contenía y que había abandonado con la precipitación. Asumió que, en cuanto su paracaídas atravesara la nubes, apenas tendría tiempo para averiguar la trayectoria tomada por su caza. Una vez entre las dunas, desorientarse era tan inmediato como empezar a sudar. Confiaba en que una pequeña columna de humo señalara el punto de reposo del Messerschmitt, lugar donde residiría su única esperanza de salir vivo del desierto que, en la sala de reuniones de los hangares, esa madrugada, junto a sus compañeros de la Luftwaffe, comprobaron cómo se extendía por todo el plano que reinaba en la pared y al que todos referían como la sartén del infierno. Pero una vez que el teniente Lottar von Dannen fue engullido por las nubes sus ojos quedaron cegados por la condensación, y para cuando la densidad comenzó a difuminarse, de súbito, una sombra creciente, una sombra con fuerte olor a tierra, y contra la que se golpeó, le llevó a perder el conocimiento.
Cuando despertó pensó que su espalda se había partido, pues sus piernas no respondían. Lo cierto es que el arnés estrangulaba sus extremidades desde hacía demasiado tiempo y sus pies seguían suspendidos en el vacío acorchados como cuando su mentón recibió las caricias de su última pelea en un piano bar de Berlín. Se descubrió sujeto a una arista de una ladera a suficiente altura del suelo como para rezar completa una última oración si el paracaídas terminaba por desprenderse. Cuando miró al frente lo primero que distinguió fue un arcoíris cuyos extremos se difuminaban en las cumbres que cercaban un valle de tal frondosidad y verdor que quizá habría que inventar un nuevo nombre para un color tan intenso. Si su avión, nada más estrellarse, acaso mostró una señal de su paradero en forma de aceitosa nube, la leve llovizna, la selva como lecho y el tiempo transcurrido se habrían encargado de ocultar todo rastro del impacto. Bien es cierto que la sed no saludaría con la celeridad temida, la temperatura era agradable y un alero de nubes sobre su cabeza escondía el sol castigador, pero todo rescate y acopio de víveres partía por conocer la posición de partida y para ello nada mejor que el instrumental integrado en la aeronave. Con esos pensamientos como acicate asumió que debía pisar suelo firme cuanto antes, y esa garantía pasaba por balancearse hasta conseguir asirse a alguna de las fisuras de la ladera.
El teniente von Dannen comenzó a sudar frío cuando, en la primera sacudida, en busca del movimiento pendular pretendido, ésta fue acompañada del sonido inconfundible de la tela al desgarrarse. Y a medida que la trayectoria y el balanceo se ampliaban también se alargaba el descosido. El último impulso coincidió con la fractura total de la tela justo en el instante en que sus manos se agarraron a la roca, pero a pesar de que su presa era sólida había subestimado su entumecimiento y las piernas no le correspondieron en el apoyo. Luego de un minuto de apretar los dientes hasta sangrarle las encías y de que el dolor del agarre se extendiera por todos sus tendones, la piel de sus dedos cedió y se precipitó al vacío, en silencio, sin ese grito que el terror, ante una muerte segura, lima la garganta. 
Todo piloto, alguna vez, delira con una caída en alguno de sus descansos y reconoce al instante el momento cuando ya todo está perdido. Los sudores con que se despierta de la pesadilla van cincelando el recuerdo, para que cuando éste aparece poder afrontarlo con entereza. Así, el día que sucede, el día que es derribado o que el motor se detiene, si el fuego no inunda la cabina y todo lo demás falla, solo queda esperar mientras los recuerdos mejores se agolpan como equipaje de mano, imprescindible maleta para el viaje definitivo.
El tribunal que dirigía la ciudad ya se encaminaba con un séquito de cazadores hacia el lugar donde el avión se había estrellado. Un par de kilómetros llevaban recorridos cuando fueron informados de la aparición de un hombre vestido con ropas extrañas, al otro lado del valle y su inmediato traslado a la montaña. En ese mismo momento, en la ciudad, un grupo de ilustres se había reunido bajo la Cúpula con motivo de los novedosos acontecimientos venidos del cielo. ¿La finalidad? Debatir la conveniencia de armar al pueblo. Siempre se creyeron a salvo de invasores gracias a las escarpadas cumbres, al gran arenal de inhóspitas temperaturas que las rodeaba y las perennes inclemencias que les escudaban, pero nunca imaginaron que del firmamento pudiera venir la amenaza. La Cúpula, la enorme bóveda que congregaba a los ilustres era capaz de albergar sentado a todo el censo de la ciudad y, con el debido respeto, si alguien tomaba la palabra, a oído de todos alcanzaba la misma sin mucho esfuerzo. Creada con el mimo de un orfebre, arbotantes, filigranas y grabados convertían aquel techo en el paradigma del arte más exquisito jamás conocido y su virtuosa factura indicaba que las voces allí vertidas debían estar a la altura de su excelencia.
—Nuestros herreros jamás forjaron armas. Carecemos de ejército y ya ni los niños se disputan terrenos, pertenencias, ni siquiera juguetes. Somos un pueblo equivocadamente pacífico pues nada garantiza la paz mas que estar preparado para la guerra.
Quien hablaba, en otras tierras, en otros mundos bien podría haber reinado sin que nadie discutiera su autoridad. Sabio como pocos, Heral-Adif nunca quiso dirigir nada más que sus consejos a quienes sí asumieron la responsabilidad de gobernar el valle. Ante la llegada de aquel engendro volante y la presencia del cuerpo maltrecho de quien, sospechaba, lo dirigía, se demostraba con pruebas que la eternidad de un pueblo dependía de sus avances y no de la altura de sus murallas. Nadie de los allí reunidos murmuró ante las voces de su profeta, que aún resonaban en la cavidad como fantasmas rebeldes a la luz del día. La palabra se tomaba poniéndose en pie y dos escaños por la izquierda de Heral-Adif mostraron la estatura del nuevo interventor.
         —Bien dices y tu sabiduría a todos nos silencia, pero sin sangre caliente entre nuestros jóvenes ¿cómo podremos enfrentarnos a quienes viven por y para la lucha? —adujo Mendir-Ale, médico, astrónomo y, ante todo, padre de media docena de varones con la edad y salud adecuada para empuñar una espada.
         —No podremos —repuso el sabio—, sucumbiremos salvo que su indolente barbarie, su miedo, no les impida reconocernos como los hombres de paz que somos. Azar de difícil pronóstico, pues nuestro número de almas sólo por el guarismo ya obliga a la prevención aún mostrando nuestras manos desnudas.
         Von Dannen supo que seguía vivo pero ignoraba en qué condiciones. Las voces espectrales que escuchaba desde hacía unos minutos, a pesar de dirigirse en un idioma para él desconocido, se percibían con las imperfecciones, los carraspeos, los ahogos propios de lo terrenal. Sus ojos decidieron abrirse y los techos que descubrió sí que le parecieron celestiales, y la duda sobre su integridad corpórea hubiera regresado si no fuera porque el olor intenso de los aceites de las luminarias desplazaban todo ideal del paraíso soñado. Quiso incorporarse y, de codos, medio cuerpo consiguió erguir. La exclamación de los congregados ante su movimiento reverberó por los techos y se convirtió en una nebulosa de miedo. Él yacía en medio del círculo, en la vertical del punto más alto de la bóveda, sobre una enorme piedra de mármol de perfectas aristas. A duras penas consiguió sentarse y, en la postura, sus piernas colgaron a un palmo del suelo, pero, esta vez, sí parecían obedecer a los impulsos acostumbrados. Para su sorpresa, la misma que por otros motivos reflejaban los rostros de los reunidos, la Luger se mantenía en su cintura y apenas le dolían otros huesos en mayor medida que su maltrecha cabeza. Al palparla sintió el tacto de una venda y la densidad viscosa propia de los emplastos.
La corriente de murmullos cesó con un velo tenue de suspiros y el silencio se vio condicionado a las futuras maniobras del desconocido, cuyo cuello iba buscando los límites de su giro para tratar de comprender dónde se encontraba y ante quién. Una voz autoritaria, la de Heral-Adif, le dirigió ininteligibles predicamentos, pero para un militar con la adrenalina todavía recorriendo su organismo, ante los recientes encuentros con la muerte, el tono de aquella desconocida lengua no le inquietaba y su única preocupación consistía en descubrir la salida, pues si bien las miradas no imprecan, cuando son tan numerosas azoran hasta a la más salvaje de la bestias y alientan a la huida.
Una luz destacaba sobre el resto que circundaba la bóveda. Provenía de las rendijas del gran portón y su fulgor se colaba con la intensidad impropia de las artificiales. Como si no existiera otra alma en la sala se dirigió con decisión al umbral, lo cruzó y, a partir de ahí, sus siguientes pasos, al contrario de lo que pensaba, se fueron ralentizando.
Al ritmo de un visitante del Prado, descubrió, en su fuga hacia la luz, estancias y pilares de dimensiones tan colosales que no se distinguía el techo donde morían. A cuenta de un rumor de aletas sobre su cabeza, reparó en los frecuentes vuelos de aves de plumas blancas, que, en algún recodo de las inmensas alturas anidaban y le ayudaron a imaginar la enormidad de aquella formidable excavación. El pulido mármol de los suelos espejaba las suelas, y las paredes se revelaban lejanas por las titilantes antorchas que colgaban en sus límites. Corrientes de aire fresco circulaban con la levedad suficiente para sentir su agradable caricia y la sensación de respirarlo renovado ensanchaba el pecho de placer. Allí donde aquel pueblo había elegido engalanar sus corredores había horadado troneras para que la luz invadiera acotados jardines donde crecían exuberantes plantas de colores tan vivos como si crecieran al fulgor de siete soles. Nunca antes el alemán había visto nada tan bello creado por la mano del hombre y a pesar de sentir que una legión de ciudadanos le seguía en silencio, su prisa por ganar el exterior se había relajado. Y aunque sus sentidos trataban de absorber aquel paraíso que le rodeaba y que en cada zancada algo nuevo y más embriagador le erizaba la piel, finalmente, llegó a una balaustrada desde donde pudo contemplar el valle y el arcoíris perpetuo que arqueaba sus extremos sobre las cumbres que lo encerraban. Y allí se mantuvo, entre los arcos labrados del mirador cuya factura obligaba a acariciar su contorno para comprobar que tan exquisita moldura era tan real como la belleza del vergel que, el sol, ya en su ocaso, despedía. Y cuando la letanía de sus últimos rayos encarnaron el cielo, cuando el rojo sangre de su brazalete nazi intensificó el marco de la esvástica, descubrió que sus lágrimas de dicha le enturbiaban la vista, las mismas que encontró en los ojos de sus anfitriones quienes esperaron pacientes a que se girara y que, uno a uno, le fueron abrazando con el mismo calor con que una madre acoge al hijo perdido.
Dos días más tarde, en unión de tres cazadores del valle, Lottar von Dannen llegó hasta los restos de su Messersmitch. Con la ayuda de una pieza del fuselaje a modo de machete retiró la maleza que ya comenzaba a enmantar la estructura y consiguió introducirse en la cabina.
Cuando las potencias mundiales confiaron a sus satélites la vigilancia sobre territorios rivales, jubilaron sus vuelos espía y amarraron los submarinos que tantos conflictos diplomáticos habían originado. Así, desde el espacio, escudriñaron la corteza con la escusa de buscar plataformas de misiles, campamentos terroristas, movimientos militares y todo aquello que desestabilizara fronteras o economías. Las dos principales potencias descubrieron una cadena nubosa perpetua sobre un punto perdido en los desiertos de Arabia que, por extraña, despertó la suficiente curiosidad en una de ellas como para que se derivara un presupuesto para una exploración terrestre.
Durante cinco días, un equipo compuesto por militares, biólogos y geólogos exploraron un valle que a ninguno dejó indiferente. Todos acordaron que de no ser por su difícil acceso y su lejanía del punto más próximo a la civilización se convertiría en el descubrimiento más importante para la industria del ocio desde que China abriera sus fronteras al turismo. Ya no quedaban paraísos como el que pisaban.
En las jornadas finales en que tomaron muestras y cartografiaron el terreno, durante los descansos del café elevaron la mirada y la dedicaron a la contemplación de las escarpadas montañas que protegían el valle. Ninguno descubrió que la profusa vegetación que cubría las paredes de aquellas cumbres era menor y reciente en la más elevada, y mucho menos, cómo cientos de ojos los vigilaban tras aquellos tiernos brotes y, de entre ellos, unos azules acechados de arrugas, orgullosos de que su idea de mimetizar la ciudad serviría para que en el futuro, cuando visitantes como los allí acampados investigaran aquel oasis por su variopinta flora, despreciaran la cordillera ante su abrupta uniformidad.
El informe de aquella exploración fue catalogado de confidencial por el simple hecho de que fue realizado sin autorización del país anfitrión. En el balance destacaron como hallazgo extraordinario la aparición de los restos de un avión de combate de la Segunda Guerra Mundial de los cuales la selva se había apropiado hasta casi ocultarlos. De sus evidencias reseñaron como extraño que, si bien lucía los destrozos propios de un aterrizaje de emergencia frenados por el arbolado, la integridad de su cabina se había visto afectada por la intencionada mano del hombre y con posterioridad al accidente. Y aunque no encontraron rastro de vida inteligente en la zona reflejaron con detalle que la radio y su sistema de localización giroscópico habían sido machacados por un trozo del propio fuselaje hasta que el útil quedó definitivamente encastrado. En el abanico de conclusiones a ese respecto cobró fuerza la demencia de un piloto atrapado en un paraíso y que cargó contra la tecnología que le había llevado hasta allí, sin posibilidad de retorno.  Su cuerpo, con toda probabilidad, la selva se había encargado de ocultarlo dada su elevada velocidad de crecimiento o, quizá, en una temeraria apuesta, había decidido atravesar el desierto de Rub al-Jali.


jueves, 27 de noviembre de 2014

Cuatro céntimos

Trato de ganar el sueño y mi mirada se pierde en los ojales de la persiana. Contra mi espalda yace la de mi esposa. Su postura traduce el enfado con el que apagó las luces. Desconfía, anoche llegué tarde, con las manos vacías y la cartera hueca apenas sujeta con la sonrisa de los satisfechos. En un principio traté de explicarle la causa, pero ella se negó a oírme mientras su nariz pretendía descubrir matices de ramera en la ropa que me despojaba. Adujo que mi facilidad para la ingeniería de las excusas sólo aumentaría su disgusto hasta el punto de perder por completo el apetito. Acabé cenando sólo y, al recoger, descubrí su mordisco en la manzana del fondo del cubo: el bocado de la ira, el ayuno del exceso.
Renuncié a seducirla, a sacarla del error, me demoré en el aseo, esperé a que se acostara, a que simulara el más profundo de los sueños y me regocijé imaginando su sorpresa cuando, con el nuevo amanecer, atrapada en el callejón de las tostadas sobre las yemas, con el pelo alborotado disperso sobre los mullidos hombros de su albornoz, sin ganas de pleitear, se viera obligada a atenderme en mi despiece, eslabón por eslabón, de su cadena absurda de sospechas.
Las horas previas de aquella noche, como cada miércoles, con los niños ya acostados, me colé antes del cierre en el supermercado del barrio. Con la prisa de un doble fila recorrí los solitarios pasillos y llené el carro en la mitad del tiempo habitual en la hora maruja. Cuatro gatos recorríamos los pasillos, casi todos conocidos, pero a él nunca antes le había visto por allí, sin embargo, ya en la línea de caja, le cedí el paso pues un kilo de arroz y un bote de tomate ocupaban su regazo. Llegado el momento de pagar echó mano al bolsillo, contó céntimo a céntimo el total y pude descubrir en su palma cómo abundaban más pelusas que monedas. La cajera comprobó la cantidad recibida y ésta resultó insuficiente. El hombre miró los productos y, tras un largo silencio, decidió renunciar al tomate. Fue entonces cuando examiné su figura. Ropa y calzado de calidad descubrían su largo descuido. Barro reseco tiznaba las suelas y los brillos tornasolaban el verdadero color de las prendas. Cuatro céntimos más y hubiera podido costearse aquel bote que quedó arrinconado junto a la caja registradora. Contemplé aquella escena de miseria atenazado por la incomodidad de la absurda condescendencia y me ocupé en disimular mi recato hacinando mi compra en la cinta como quien, culpable, silba al cielo al paso de la autoridad.
Cuarenta y nueve códigos de barras después, con la billetera famélica y una cuenta kilométrica rizando su largura sobre la montaña de mis bolsas al límite de su elasticidad, me dirigí al aparcamiento. Nada más franquear la cristalera de automatismos me topé de nuevo con él, arrodillado, frente a un cartón donde una leyenda describía las razones de su miseria y el número de bocas que le esperaban en las penumbras. Mirada y postura destilaban la humillación de los nuevos pobres, de aquellos que tocaron el cielo de la prosperidad sobre una escalera que ascendía por peldaños de una deuda imposible de pagar si en un solo mes se interrumpían los ingresos. Mi primer impulso fue rascarme el bolsillo, pero la única moneda de la que disponía brillaba en el mecanismo de enganche del carro. Dos pasos más di y esperé a que la curiosidad, ante la quietud de mi calzado, quebrara su quietud penitente, y en cuanto sus ojos, fugaces ante la firmeza de los míos, se encontraron, se lo dije: «Tuyo».
Y de allí me fui con las manos vacías, pero con el corazón lleno mientras la cadena del carro, abandonado, reducía su movimiento pendular en una cuenta atrás imaginaria a la espera de que su nuevo propietario la reanimara con el empuje alegre de quien lleva el mejor regalo a su necesitada familia.
No quise esperar a su agradecimiento, ni siquiera quise mirarlo, tan sólo pude advertir en la maniobra de salida cómo desechaba aquellos artículos cuyo cocinado precisaban de un horno, de electricidad. Detalle de normalidad que pasa desapercibido en las vidas estables.
De regreso a casa, en el primer semáforo, busqué el reflejo de mi rostro en el retrovisor por si la inédita bondad, la misericordia de mi reciente arrebato hubiera dibujado en mi cara algún rasgo nuevo, un matiz que indicara una línea a seguir en el futuro. Esa indeleble marca de los espíritus en calma, adictos a la caridad como propia recompensa, la paradoja del egoísmo desprendido. Sin embargo, no hallé indicio alguno en mis facciones, tan solo la distensión de mis costillas y la placentera sensación de respirar libre de aires engolados. Aires que originaron tormentas maritales nada más poner los pies en casa, borrascas que dejé vaciar hasta la nueva mañana a causa de esa parte capulla que en mi juventud casi me definía.
Así, con la claridad ganando presencia entre las lamas, inquieto por revelar mi anónima solidaridad y en la búsqueda de recibir temprano un abrazo reconciliador, me desperté antes de que las manecillas señalaran la diana de los días laborales. Y para cuando mi reina del albornoz anticipó su entrada en la cocina con el arrastre de sus pies, los restos de mi desayuno ya flotaban en el fregadero y mi atención recalaba en los titulares de la prensa digital.
Sin formación en arte dramático pero hábil en las expresiones más trágicas, mi esposa simuló continuar con su enfado, el cual ahondó aún más ante mi fingida pose alegre, distraída, con mi dedo resbalando por la pantalla táctil de la tableta en la página de sucesos. Esperé a que las tostadas ocuparan sus manos para comenzar mi alegato y cuando el crujiente pan se vio amenazado por la sombra de un cuchillo pringoso carraspeé por dos veces hasta que gané su atención. Resumí mi generosidad de la tarde anterior con la euforia contenida y reconocí cierta maldad ante mi calculado silencio cuando acepté su sentencia de putero.
Mi exposición de los hechos, sucinta y bien meditada, no obtuvo la recompensa pretendida y mi abrazo quedó marginado, quizá por la vieja causa de que para toda afrenta, al menos, son necesarios cuatro deleites para su olvido. La técnica de repetir mi hazaña solidaria tampoco sirvió para derribar su hostilidad ni sumar placeres, pero cierto brillo de tregua surgió cuando me dirigió la palabra, aunque en forma de orden castrense sobre el encendido del lavavajillas, la plancha y la limpieza de ciertos azulejos fuera de su alcance. Pero para cuando su dictado ya buscaba una nueva tarea de castigo que encomendarme y con la que paliar su malestar, el timbre de la calle sonó con insistencia. Poco margen para la reflexión tuve cuando, a través del telefonillo, anunciaron su condición de policías y, sin cuestionarles, les franqueé el paso del portal. A los pocos segundos de su apertura ya ocupaban el rellano frente a mi puerta y les ahorré el timbrazo. Junto a sus credenciales de placa y carné, que mostraron en un gesto aburrido, les siguió un alargado papel dentro de una bolsa transparente. A pesar de sus manchas y arrugas pude reconocerlo. La cifra del total y los artículos enumerados correspondía con la cesta donada al ¿difunto?, me aclararon, buscando con el subsiguiente silencio forzar una explicación convincente por mi parte.
Puede que ciertas profesiones se acostumbren a citar la muerte con la misma tranquilidad que se divaga sobre el tiempo, pero para quienes todavía no encargamos flores ni el día de todos los santos, que te refieran el óbito de alguien a quien creías haberle alegrado unas horas antes sus inciertas venideras supone una convulsión de amarga derrota. Pero si además la causa de su fallecimiento se relaciona directamente con un favor propio, la noticia te lleva a que las piernas no resistan y busques un punto donde agarrarte.
El hombro de uno de los policías y el propio marco de mi puerta sirvieron de muletas ante el disgusto, y cuando conseguí sobreponerme me extendieron una citación para una comparecencia en la comisaría esa misma tarde.
—¿Quienes eran? —preguntaron mis benjamines, aún en pijama, con sus peluches asidos por una pata y su cabeza escobando el suelo del recibidor.
—Malas noticias —acerté a responder, todavía confundido y aún más arrepentido de mi respuesta—. Id a jugar mientras os preparo el desayuno.
Y mientras los cereales naufragaban sobre tazones de leche, la página de sucesos refería una pelea entre indigentes donde, uno, perdía la vida por defender un carro de la compra, al parecer, robado.

Mi abrazo soñado cambió el inicio pues éste vino de atrás, sorpresivo, rodeándome, con las manos en el pecho y su cabeza apoyada en mi espalda, y cuando me giré para aceptarlo me encontré llorando sobre su mullido hombro mientras sus dedos se sumergían en mi cabello y yo enmudecía mi llanto para que mis pequeños barrenderos no acudieran a mi desgarro con preguntas que nunca podría responder.