domingo, 13 de diciembre de 2015

Dobles parejas


En invierno alquilo una casa en un rincón de la costa, cuya playa, durante la bajamar, las gaviotas se adueñan en busca de los restos que el mar devuelve. La ola más atrevida marca su récord con un cerco de espuma donde dibuja una serpiente de deshechos. Me gusta recorrerla y demoro su visita para la vuelta. Antes, prefiero el paseo por la arena espejada, cerca del manso rompiente. Acuarela borrosa de mi sombra, de mis huellas.
En el camino me sumo en la metafísica del absurdo, en los pensamientos inconexos y me entretengo en el juego de avanzar con los ojos cerrados, sin miedo al tropiezo. Quince pasos, veinte, cuento antes de comprobar si me desvío. Me resulta divertido, me relaja sumirme en la ceguera atento a la acústica de ese mar sujeto por unas horas. Al mismo tiempo, me concentro en mi pisada sabedor que ningún saludo interrumpirá mi juego.
 El acantilado que acota la playa obliga a mi regreso. Como mencioné, es entonces cuando recorro la linde del reptil multicolor. La arena seca cansa mi zancada y agita mi pecho. Retorno que concluye con el ascenso por la escalera que me lleva al mirador de la casa. Sobre la mecedora de juncos me esperan: mi cámara de fotos, con la memoria llena de albores y atardeceres, y una novela que la brisa se empeña en hojear. Una policiaca, de un escritor que busca la inspiración en un pueblo junto al mar. Sonrío por la similitud con mi profesión, hasta que descubro una extraña asamblea animal que se interpone en mi camino.
Quizá fue la rutina, o mi atención aún dormida, absorta en el paisaje diamantino del amanecer, lo cierto es que no reparé en aquel bulto, a pocos metros de la terraza. Culpo en parte a las gaviotas, agrupadas alrededor del despojo, indecisas ante la forma de su enemigo natural. Cuando por fin me aproximé a la reunión patibularia, espantaron su falso velatorio con un precipitado vuelo por encima de mi cabeza. Tuve que cubrirme con los brazos para evitar el golpeo de sus alas. Sus graznidos aterrizaron apenas superada mi sombra, suficiente distancia para dejarme a solas con el macabro descubrimiento.
Se trataba del cadáver de un joven de dulce rostro. Estimé su edad en apenas la veintena. Su florido bañador, como única prenda, ceñía su delgadez de atleta de las aguas. En su tobillo, la marca de la costumbre indicaba que cabalgaba olas unido a su tabla, de la cual, no había rastro.
Para la policía supuso todo un fastidio trasladar a un equipo de investigación criminal a tan abrupto escenario. Creí, como denunciante y como premio al esfuerzo por coronar el acantilado para conseguir cobertura, que tendría acceso a las primeras impresiones sobre las causas del deceso o, al menos, a la identidad del malogrado, pero apenas pude escuchar las ocurrencias típicas de quienes están acostumbrados a velar finados cuando fui amablemente invitado a perderme tras las paredes de mi residencia. Con cierta sensación de maltrato recogí mi libro y cerré la puerta a la brisa marina y al quehacer policial.
Incapaz de concentrarme en la lectura y aún menos en la tecla, me dediqué a pasear por la vivienda y a detenerme en cada ventana en busca de la mejor vista desde donde poder contemplar las evoluciones de los investigadores. Hasta que el timbre de la puerta principal sonó con la insistencia de los gamberros.
Dos hombres, inspectores, según se titularon en su presentación, mostraron una brillante credencial, tan fugaz como la petición de entrada a la que no esperaron respuesta. Para cuando quise reaccionar sus arrugados abrigos ya colgaban de sus brazos y sus narices husmeaban con el mismo vigor que sus ojos se clavaban en todos los rincones menos en mi mirada. Poco les importó ensuciar el parqué con sus pisadas, como tampoco el procurarse de los modales mínimos de quien irrumpe en casa ajena. Vale que el mobiliario era funcional y que las decoraciones: un  par de cuadros, el mismo número de jarrones y un barómetro de pared, delataban que era una vivienda de paso, pero no dejaba de ser una morada, el rincón elegido para mi retiro invernal, mi intimidad. En el fugaz repaso de los agentes, toda la atención se la llevaron los ventanales y el horizonte marino que los inundaba. Sin su luz y movimiento incesante, su rumor acorchado, sin ellos, una cabaña alpina transmitiría la misma sensación de refugio y de soledad.
Las preguntas no tardaron en sucederse. Tiempo de estancia, otros testigos, compañías, motivos, profesión y relación con el cadáver, además de las típicas acusadoras. Al principio, me puse en guardia; a los dos minutos, la ironía se apoderó de mis respuestas cuando comprendí el hastío de la pareja y sus ganas poco ocultas de cumplir con el expediente ante lo que parecía ser una fatalidad.
La comitiva compuesta por el juez, su séquito y demás equipo de técnicos abandonaron la playa a media tarde. La pleamar se encargó de borrar las huellas de aquella feria y de espantar a las aves hacia sus nidos, en la parte alta del acantilado. La visita había desplazado mi siesta de su horario habitual, pero mi cuerpo reclamaba la postura del reposo. Concedí a mis piernas la altura de una banqueta y a mis nalgas la inferior del ajado tresillo. Mi vientre se convirtió en el marcapáginas del libro que sujetaba y éste en la minúscula manta de mi tránsito hacia la inconsciencia.
Soñé, sobrevolé, en compañía de las ruidosas gaviotas, la zona de la playa donde trabajaban en sus pesquisas unos hombres enfundados en monos blancos. Los graznidos me impedían escuchar las impresiones de los policías y por esa gracia que tienen los sueños no tardé en personificarme en el secretario del juez. Tomé notas de las descripciones y las órdenes del magistrado, quien parecía tiritar a causa de la humedad y por la inútil indumentaria de despacho que lucía, propia para pasillos y aceras de la gran ciudad.
Me desperté con la misma heladora sensación. Apenas mis ojos se había cerrado diez minutos, pero del mismo modo que me sentía descansado, el frío se había apoderado de mi cuerpo. Comprobé la calefacción con la mano y revisé el termómetro del regulador. Todo correcto. Eché la culpa a algún virus o al escalofrío de la mañana, y acudí a la placentera taza de café, pero dadas las horas tardías la sustituí por un vaso de leche bien caliente. Sujeto entre las manos me dediqué a contemplar el ocaso, mientras el mar peleaba por ganarle metros a la orilla con olas de inmediata fractura. Mis dedos, algo azulados, los relacioné con la lividez del joven. Fue entonces cuando comprendí la razón de mis temblores. Aquel joven no murió en éste mar. Alguien lo había puesto allí. Nadie surfea sin neopreno en ésta época del año y aunque el mar te desnuda en sus zarandeos jamás retira prenda tan ceñida y, mucho menos, mantiene el bañador en su sitio.
Afrontar un misterio azora el alma y desata la lengua.  La necesidad de compartir las novedades cuando, además, éstas, al revelarlas, invierten el giro de un acontecimiento, se convierten en una carga necesitada de alivio. Cualquiera, de atender mis sospechas, comprendería mi frustración al asumir que sólo con las luces del alba podría atreverme a repetir el ascenso a la cima. Incomunicarse tiene sus efectos saludables, si el estrés palpita con regularidad en las sienes, pero para las urgencias, la espera conlleva a reflexiones que enferman y atreven a riesgos innecesarios. ¿Importancia o urgencia? Ese era mi dilema. De noche, con el viento aullando por las crestas del acantilado, con las estrellas abrillantando la humedad de las rocas y el mar rugiendo su poderío allá abajo; un mal apoyo y el vacío se tragaría mi prisa y mi revelación. Decidí esperar al amanecer.
Antes de las primeras luces mis botas ya apuntaban a la puerta. Ascendí al mismo ritmo que el sol despuntaba. Cuando coroné, un par de rayas de cobertura despejaron parte de mis preocupaciones. Mi llamada fue transferida y acabe narrando mis sospechas a uno de los inspectores de la mañana anterior. Su silencio inicial me invitó a pensar que rumiaba una forma cortés de felicitarme, pero sólo demoró su despedida con un lacónico «muchas gracias, caballero». Revisé la cobertura por vergüenza a pesar de que sabía que me había colgado. El descenso me sirvió para purgar mi desilusión. De nuevo me había creído con derecho a participar en las indagaciones, aunque esa misma noche, al escuchar un motor, sospeché que mi casual participación en el proceso nunca lo fue.
La tranquilidad que buscaba en aquel rincón obligaba a un mínimo de tres días para asimilar los ruidos naturales del entorno. El rugido del mar llegaba a obviarse transcurrida la primera noche, pero los ajustes de la casa: sus maderas y goznes golpeados por el viento, las dilataciones, requerían del plazo citado para interiorizarlos hacia la familiaridad. Si bien dentro de una habitación el oleaje se convierte en rumor, cuando el mar está en calma ofrece en bandeja los sonidos de la navegación. En esas circunstancias el motor fuera borda de barlovento se metió en mis sueños como la alarma de un despertador de agujas. En otro contexto mi curiosidad habría prendido lámparas, pero con la visión del muerto tan reciente, cual gato, decidí agazaparme en las penumbras al borde del ventanal del salón. Desde allí pude observar la playa con la plateada nitidez de un cielo raso de estrellas. Suficiente luminaria para distinguir los lomos brillantes de salpicaduras de una lancha neumática y las crestas, hombros y mochilas de tres hombres de negro que la varaban sobre la arena con manifiesta diligencia. Uno de ellos recuperó una tabla del fondo de la embarcación y el otro parecía portar en su regazo un bulto indeterminado. Ambos caminaron presurosos, reduciendo silueta, hasta llegar a la linde de la arena seca. Abandonaron los bultos con acusada separación y regresaron sobre sus pasos a la misma velocidad y andares felinos. El tercero, que esperaba junto al motor, lo descubrí escudriñando mi fachada. Prismáticos supuse que encaraba por la postura angulosa de sus brazos hacia los hombros. Actitud vigilante que cesó en cuanto los tres volvieron a reunirse. Y con la pericia propia de militares invirtieron la maniobra y se hicieron a la mar, para perderse entre sus sombras y convertirse en un leve rumor que no tardó en extinguirse.
Los regalos eran para mí. Dispuestos de tal forma que su hallazgo resultara creíble de haber sido entregado por las mareas. Por esa razón dudé de que el cadáver también hubiera llegado hasta mis pies con el único impulso de las corrientes.
Maldita ofrenda, me dije. Si me abstenía de comunicar esa visita nocturna iba a jugar con fuego y si la mencionaba, también. Y aunque para un periodista de columnas, reconvertido a escritor de novelas resultonas, resultaba sencillo enlazar tramas, protagonizarlas me expondría a figurar en la agenda de unos criminales y en la de un inspector sospechoso de cobrar más de un sueldo. Decidí arriesgarme con una nueva llamada a homicidios, pero no sería hasta la mañana siguiente del día posterior, antes necesitaba que el mar y la luna me ayudaran.
Simular una mala jugada que te retira de la mesa ante un tahúr consumado que huele tu sangre, como lo es cualquier sabueso de homicidios, no sólo es difícil de interpretar sino peligroso. Cuando el inspector descolgó traté de olvidarme de que estaba esperando mi llamada desde la mañana anterior. La demoré a propósito una jornada más para que la naturaleza abogara por mí. Teatralicé mi interés por cómo se iban sucediendo las pesquisas aduciendo que, en mi retiro, el hallazgo del cadáver me había trastornado hasta el punto de que centralizaba los vacíos de mi soledad, y éstos suponían casi todas las horas del día. Pregunté por la identidad y nada obtuve, sólo incomodidad. Ésta vez su silencio se extendió hasta que me despidió con la misma escasa sutileza de costumbre pero con el tono entrecortado. Mi cebo había sido engullido. Ahora tocaba recoger el sedal.
El mar lo mismo devuelve como arrebata, y bajo esa máxima argumenté mis maniobras. El barómetro indicó una fuerte bajada. Su aguja invitaba a comprender el motivo de que la superficie marina se rizara con panzas de burro durante la tarde del día siguiente. Y aunque la tabla de surf, y lo que resultó ser un neopreno rasgado, ya los había puesto a buen recaudo, esperé a que el mar jugara a esa pelea ancestral con la tierra firme y atribuir a su fuerza la razón de que la noticia del nuevo hallazgo nunca llegara a comisaría. Quienes tanto se habían molestado en que mi testimonio se produjera, deberían esforzarse de nuevo y asegurarse de que descubría los restos. Resultaba el testigo ideal: un don nadie, un rutinario, sin sombras en su pasado, residente ocasional en el mejor escenario posible para representar la muerte accidental de un joven y modificarla a conveniencia.
¿Quién sería el malogrado para que tanto profesional se hubiera implicado en la trama de su muerte? Me hacía ésta pregunta convencido de que la prensa ya reseñaría algo al respecto. Lo que tenía claro es que el mozo o acaudalaba secretos o disponía de posibles o, simplemente, molestaba. El problema es que ahora era yo quien coincidía con el difunto en una de esas tres excepciones, y mi cuenta corriente descartaba a las claras la segunda.
La noche cayó entre las dunas. Nunca había imaginado que pasaría tanto frío a pesar de que me acondicioné una trinchera para aguantar a la intemperie hasta el amanecer. En un calco de su anterior visita, el comando llegó a la orilla pasadas las doce. El mismo ágil desembarco, despliegue y retirada, salvo que, esta vez, mi cámara lo registró.
A media mañana el equipo de policía científica vino a recoger una tabla de surf y un traje de neopreno. El inspector de homicidios se mantuvo distante de la requisa y de la larga conversación que mantuve con uno de sus subordinados a pie de playa. En todo momento sentí la presión de su mirada y el cosquilleo de quien espera una voz o un golpe violento por la espalda. Nada dije de los visitantes y sólo apunté que daba por finalizada mi estancia. Facilité mis señas en la ciudad por si me necesitaban: una habitación de hotel por una noche que había reservado esa misma mañana tras comunicar el hallazgo. Una vez pernoctado, al día siguiente iniciaría mi viaje de regreso y me esperaban medio millar de kilómetros al volante hasta llegar a mi apartamento. No comprendí el guiño del inspector en su despedida, hasta que entré en la casa y recorrí las huellas de arena húmeda que morían ante la mesa donde mi cámara mostraba las señales de su violación.
Tras descubrir que en el allanamiento me habían sustraído la tarjeta de memoria, comprendí que fue una cámara térmica la que se llevó a los ojos el lanchero. La primera noche el ventanal me eclipsó de sus prestaciones, pero en la siguiente me cazaron, iluso de mí, creyéndome oculto en mi trinchera. Ahora eran dos de tres mis coincidencias con el ahogado, y mis posibilidades de acabar como él, numerosas.
Me registré en el hotel como había anunciado, pero dormité en el aparcamiento atento a las luces de mi habitación. Bajo ningún concepto me convenía abandonar el coche. Me esperaba toda una noche con el volante como atril en las penumbras. Adquirí los diarios y solicité al recepcionista las ediciones de días previos. A la luz de de las farolas encontré un artículo sobre el suceso donde figuraba el apellido del joven y un retazo de su vida.
Hijo único de una familia bien y acaudalada, acostumbraba a largarse hasta que el dinero le apremiaba a regresar. Simulaba arrepentirse. Farsa interrumpida una vez conseguida la liquidez. En su última desaparición se rumoreó con su secuestro, pero las circunstancias de su hallazgo lo acallaron definitivamente. La familia admitió que quizá simulara el delito. Un nuevo engaño para sangrarles; su última puñalada antes de la despedida.
El reloj del salpicadero mostraba las dos de la madrugada cuando arribó un vehículo sin luces. De él descendieron tres hombres que, a pesar de la distancia, pude reconocer por sus andares como a mis reyes magos. Probaron las puertas de servicio del edificio antes de decidirse a entrar por la principal. Al poco regresaron. La hora, el silencio y la frustración atrevió a uno de ellos a citar un oficio falso de mi madre. Mostró su enfado y no tardó en descargar su ira con los plásticos que enfundaban el maletero de su vehículo, y que retiró a la basura con desprecio.
¿Miedo? Todo el del mundo, pero mi determinación por librarme de él fue mayor cuando en mi segunda visita del día pregunté por el despacho del jefe de la Brigada de homicidios. El asombro del inspector se tradujo en la inmediata tensión de su mandíbula cuando me senté ante su escritorio con los mismos modales con que invadió mi refugio playero. Sin decir palabra me rodeó, tomó asiento en su reseca silla de cuero y clavó todo el odio que irrigaban los capilares de su ojos en los míos huidizos. Al poco entró el otro inspector y el policía que me entrevistó en la última visita. Cerraron la puerta y me vi en un instante tirado en el suelo, manoseado de arriba a abajo. Con una «nada», que dirigieron a su jefe, concluyeron sin miramientos su cacheo de micrófonos. No dio tiempo a iniciar ninguna conversación, pues el jefe de la dependencia irrumpió escoltado por cuatro agentes, que por la descomposición de mis verdugos, imaginé que los reconocieron por pertenecer a ese grupo que vigila a los vigilantes, citado, domésticamente, como asuntos internos.
A veces, en el póquer, se puede ganar una partida con unas simples dobles parejas aunque el contrario lleve un trió de matones. Es cuestión de esconder la jugada el tiempo suficiente y presentar en el juzgado las mismas pruebas de las que ya disponen: idénticas, dobles, imposibles. Nadie surfea en dos tablas, viste dos trajes y se ahoga una sola vez.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Cielo, allí permaneces.

     Observo durante el desayuno cómo un infante se pega a un ventanal. Vidrio que lo separa de un caos de artefactos y prisas, de paisajes vertiginosos y lo aleja de abismos fatales. No tarda en empañarlo de babas con la máscara de su curiosidad y cuyo rastro permanecerá indeleble hasta que el paño de quien se ocupa de la excelencia lo borre con el chasquido del desprecio sin reparar cuánto gozo almacena esa huella.        
Me recuerda la portada de muchos diarios con la fotografía de una niña encaramada al ventanal que acorcha el trajín de carretillas, vehículos de cabinas grotescas y reactores de las pistas de un aeropuerto internacional. Sus palmas, a la altura de sus hombros, parecen reclamar la atención de un mundo soberbio de luces y dimensiones, cuya novedad es incapaz de asimilar. Imagino la siguiente instantánea, la que aborda al adulto que la inmortaliza y con quien quiere compartir su descubrimiento, aliarlo en su emoción. Quiero creer que su tutor asintió con una sonrisa o, al menos, con una caricia o mirada cómplice antes de rogarle que no se alejara mucho de donde habían decidido esperar la llamada de su vuelo.
         Sospecho que antes de embarcar enviaron por internet a algún allegado un compendio de fotografías donde su tesoro, su orgullo y su futuro enreda, prueba, escala, se golpea y aprende en un escenario donde la seguridad censa y desviste de amenaza a todo pasajero, y permite relajar la atención que tanto desgasta a los tutores primerizos.
         Asumo la preocupación de esos mismos padres ante el enigma de cómo aceptará su retoño el primer vuelo. La asegurarán al asiento con primor y, al verse prisionera, sus pies se empeñarán en patalear el respaldo que eclipsa su horizonte, y suspirarán para que ese resfriado, que nunca termina de irse, no le tapone los oídos y le lleve al llanto continuo, a la incomodidad ajena, a la presión ambiental de quienes proyectan su odio a cuenta de verse obligados a compartir cabina porque su escasa fortuna no les dio para un avión privado.
         Sé que por el tiempo transcurrido, la altura alcanzada y la ausencia de turbulencias el comandante liberó de cinturones a sus pasajeros. Las noticias permiten pensar que la vida a bordo transcurrió con normalidad durante cerca de media hora y que la enana paseante pudo curiosear hasta la cortina que vela una sonrisa uniformada provista de las suficientes golosinas para frenar a las más tercas visitas de la clase turista.
     Sé que fue feliz en su aventura aérea aunque a sus pocos meses tamaña novedad no registre recuerdo alguno, aunque su existencia sólo almacene alegrías, con altibajos de frustración en esa trabajosa continuidad de ensueño que sus papás procuran abastecerle. Del mismo modo que nunca las cajas negras registran los detalles de las vidas de aquellos que surcaron los cielos y en ellos se quedaron.

miércoles, 21 de octubre de 2015

En paz


Cruzar la puerta y mirar atrás. Ajena a tu marcha queda la familia, distraída entre juguetes y tareas, también amistades, de las de hombro, alzando copas hacia ti. Siguiente puerta, en línea con la anterior, la misma imagen, ahora más pequeña. Sucesivos quicios, idénticas estampas, minúsculas, hasta llegar a formar un punto borroso, en medio del primer umbral. La siguiente se cierra inaudible a tu espalda, es la última y con ella se lleva toda luz. La oscuridad resucita la primera imagen, despejada, ahora todos te miran por un instante y asienten. Seguirás vivo en la mención, inerte en la injerencia, presente en el ejemplo. Te hablaron de paraísos, también de infiernos. Existen, sin duda, y conviven ¿No lo sabías? Según quién y el porqué, según la razón para evocarte, si por pufos o sonrisas, deambularás entre edenes o calderas, pero caminarán por ti. Tú ya te has ido, no padeces, es tu legado y tu suerte. La herencia que dejas la sufrirá a quien impregnaste de miseria, en cambio te aplaudirá, aún con lágrimas, quien te anhele. Esa es tu otra vida, la del vacío que dejas, bien surtido de penas, bien pleno de alegrías.

jueves, 8 de octubre de 2015

Dulces sueños


Esta noche, no es una noche más, es vuestra primera noche de los pijamas y os voy a contar el origen de uno en particular a cuenta de las propiedades mágicas que alberga.
En los tiempos en que el hombre vivía en las cavernas —y no me refiero a muchas de vuestras desordenadas habitaciones sino a los cobijos de los trogloditas—, aquellos hombres que se expresaban con rugidos —y no os estoy describiendo recién levantados, aunque acertaría—. Como digo, aquellos hombres tan rudos se comunicaban con gruñidos, gestos y también a través de las pinturas que cubrían buena parte de las paredes de las cuevas donde se refugiaban. Los expertos dicen de esas pinturas que tratan de escenas de caza, de bisontes en estampidas y hombres con lanzas en su persecución. ¿Sabéis a lo que me refiero, verdad? Pues bien, ahora que ya sois mayores puedo revelaros que esa interpretación siempre fue una interesada mentira. Que los exploradores, que los investigadores, incluso aquellos que descubrieron las pirámides escribieron sus informes acerca de otra antigüedad distinta a la real todo para proteger la historia del pijama mágico.
Sólo unos pocos conocen el misterio de esta prenda. Se trata en realidad de la búsqueda del primer pijama, de un enigma que esta noche conoceréis y del que debéis guardar en secreto pues el futuro de los dulces sueños podría peligrar.
Por lo general os acostáis con uno de vuestros pijamas, incluso con una camiseta corriente, ¿cierto?, y caéis profundamente dormidos hasta el nuevo día. Hasta ahí todo parece normal y os preguntaréis: ¿qué hay del pijama mágico? En seguida lo sabréis, pero antes debo contaros la leyenda de un bisonte que poseía una piel tan agradable al tacto que quien la tocaba sentía al instante el mismo placer vivido de cuando abrazó por primera vez a la persona amada.  
Pues bien, aquel bisonte de piel sedosa fue perseguido, pero como en su apariencia no se distinguía de los demás la fiebre por su caza llevó a los hombres a organizarse en batidas. Dieron muerte a todos los que iban descartando para evitar confusiones. Nunca dieron con él y su frustración se vio reflejada en sus pinturas. Pero un buen día, un joven pastor, recorriendo el bosque en busca de manantiales donde calmar la sed de su rebaño, se topó con un viejo bisonte. Aquella bestia parecía buscar un rincón donde descansar para siempre y la presencia del pastor, en un principio, le incomodó. Pero a pesar de que ya sólo veía por un ojo supo que aquel jovencito merecía conocer el secreto de su suave piel pues podía escuchar la bondad en los latidos de su corazón. Fue por ésta razón por la que le confesó su secreto y le dijo que esa noche, cuando muriese, pues sabía que había llegado su hora, lo desollara y se abrigara por las noches con ese don por el que fue perseguido. Y al alba así lo hizo el joven pastor, pero lejos de crearse una manta con la que envolver su descanso decidió coserse un pijama que guardó en su zurrón.
 La mayoría de vuestras noches están repletas de sueños maravillosos y algunas otras de pesadillas. Y es que el pijama mágico, del que nadie puede describir su color, su talla, si es de maga corta o larga, si es entero o de dos piezas, durante la noche, cuando elige a un niño o una niña por el buen día que ha tenido con sus padres, familia y amigos, se cuela en la habitación del durmiente y le viste con sus telas sin que éste se dé cuenta. Entonces, gracias a su magia le traslada al mundo de los placeres, le regala un profundo descanso y consigue que al amanecer ese niño o niña se despierte con parecida alegría al día de su cumpleaños o la mañana de los reyes magos. Por esa razón, cuando nos acostamos después de un día de amables acciones, a la mañana siguiente nos despertamos con una enorme paz y energía, señal de que el pijama mágico nos ha visitado. En cambio, con aquellos niños que durante la semana se han portado mal, el pijama mágico, mientras sobrevuela tejados y balcones, los contempla en su descanso con la esperanza de poder vestirlos la próxima noche si encuentra en ellos la misma mirada de bondad del joven pastor que lo remendó muchos años atrás en aquel bosque donde un bisonte le regaló el secreto de los dulces sueños.

martes, 1 de septiembre de 2015

Encierro

         Pamplona, seis de la mañana. Me ducho. Al igual que cada segunda semana de julio la toalla no logra secarme. El sudor se perla en mi piel como en el espejo la condensación borrosa del fantasma de mi desnudez. Así, en cueros, en busca del frescor, me paseo hasta la cocina donde apenas pruebo el desayuno. Imposible ingerir bocado, mi estómago parece alojar un globo aerostático. Regreso a mi cuarto con el vértigo o la sombra del desfallecimiento y me visto de blanco hasta el empeine. Me ciño el viejo fajín del abuelo Zacarías, el mismo con el que estrangularon de urgencia su pierna tras el encuentro con Ventura, un Miura de media tonelada que rasgó su femoral en la calle Estafeta. Veinte años se cumplen de aquel desenlace en el que la vida de mi abuelo se perdió por su ingle, en una mancha parduzca que aún hoy veo endurecerse como el lacre que sella la despedida. La sangre atrajo todas las atenciones y nadie reparó en mi desamparo y, acabada la fiesta, con la sirena aullando inútil una prisa ya innecesaria, permanecí en el mismo sitio hasta que mangueras y cepillos borraron las huellas del suceso, justo cuando un desconocido se fijó en mi llanto de pucheros y me acompañó en silencio hasta mi casa.
         Aquella pérdida me impactó tanto que, la memoria, a partir de entonces, ante situaciones alarmantes del día a día, me advierte del peligro con la evocación de la penetrante fetidez que la abigarrada multitud supura y exuda en los encierros de San Fermín. Logra con la remembranza que me asome al precipicio de la nausea. Y del mismo modo que la pituitaria recuerda a la perfección esos rancios aromas de azufre, fermento y orín, que viví la última mañana de Zacarías, también revive con nitidez cada uno de los pasos que di y a la gente con la que me tropecé aquella luctuosa mañana. Podría describir con precisión el mismo momento en que salí del portal cogido de la callosa mano de mi abuelo hasta que me dejó subido en la barrera, para que pudiera ver su progresión junto a los astados, y desde donde sólo pude contemplar su muerte. Fatalidad a partir del cual las tinieblas se encargaron de emborronar los recuerdos y plagarlos de arranques de tristeza, los que la noticia produjo y propaló por el barrio, los que exagera la soledad cuando un cariño único  te abandona para siempre.
Prevención inútil desarrollar un sentido para ignorarlo, me decía con cada arcada, pues llegado a la madurez, ante la arraigada tradición familiar de correr los sanfermines, renunciar suponía contravenir el orgullo de Zacarías. Tíos, primos y hermanos, todos disfrutamos de la fiesta. Todos corremos, asustados, sí; eufóricos, también.  Desde la llegada de mi mayoría de edad no he dejado de calzarme las zapatillas y trato de olvidar aquella mañana del adiós concentrándome en las astas que al trote me acechan.
         Los habituales del encierro nos conocemos, y solemos saludarnos con el mentón o con un apretón de manos fugaz. Policías y pastores ofician con la máscara del trato distante y evitan el compadreo que los más nerviosos solicitan para la propia calma.  Cuando la hora de la suelta se aproxima, la tensión hierve bajo los pies y el cardumen de extraños se mueve al unísono en cuanto la primera de las bestias cencerrea su proximidad. Cada uno suele elegir un tramo de calle que ya no acostumbra a abandonar, la mayoría por superstición. Yo siempre procuro correr los metros que tanto agradaban al abuelo, y todo riesgo se reduciría a una mezcla de azar, talento y experiencia, sino fuera porque mi traumatizada memoria reconoció a un hombre del pasado, al desconocido que absorbió mi llanto la mañana de la muerte de Zacarías, al joven que me acompañó hasta el portal y quien, ahora, en el mismo centro de la calle parecía esperar, como las rocas pulidas que parten los ríos, a alguien o algo en concreto. Con las piernas paralizadas por la sorpresa, la propia marea me apartó a un lado y, apenas, a vistazos, pude mantener mi atención en él y en su absurda quietud, a contracorriente, hasta que alargó un brazo y tocó el hombro de un adolescente que corría hacia él. Un joven pálido, un novato de rasgos nórdicos que, inmerso en la algarabía, ni siquiera percibió el contacto. La velocidad aumentó, señal de que la manada ya estaba encima, los empujones se volvieron violentos y me obligaron a encaramarme a la protección. Perdí de vista al fantasma en el mismo momento en que los primeros gritos se sintieron venir desde los balcones. Todo sucede rápido cuando la bestia se ensaña. El caído se ovilla y abandona al azar de las cornadas, los bastonazos de los pastores reclaman la atención de la res obcecada, tiran del rabo, tientan al animal para que retome la carrera, engaño al que accede no sin antes mostrar las consecuencias mortales de su embestida, las que embadurnan su cornamenta al salir de las costillas del yacente, un vikingo.
         Las nauseas regresaron tan intensas ante ese nuevo horror como nítida era la imagen del rostro de mi fantasma del ayer. Lo había reconocido nada más verlo. Dado el tiempo transcurrido su edad debería rondar los cincuenta, sin embargo, su cara se había mantenido sin mácula tal cual la recordaba de los tiempos de Zacarías.
El vómito me sorprendió y me llevó a una arcada vacía y ruidosa que convocó el desprecio de algunos de los presentes, convencidos de mi embriaguez. Merecido reproche por el peligro que dimana un errante del alcohol para el resto y para sí mismo en un escenario donde un tropiezo puede resultar fatal. Tan avergonzado como aturdido corrí al primer bar donde sintonizaran el canal que desmenuzaba los entresijos del encierro de esa mañana. La realización y la edición fueron mis enemigas a la hora de encontrar a mi protagonista, aún así, durante un segundo, aunque de espaldas a la cámara, pude distinguirlo entre la multitud. Luego, la tertulia y las imágenes se dedicaron a reiterar la noticia del fallecimiento de un joven, islandés de origen, y en los trámites consulares para repatriarlo.
         En Pamplona nos conocemos todos o, al menos, sabemos de alguien que nos puede avalar frente a un tercero si necesitáramos su singular ayuda. A través de un buen amigo pude llegar a la redacción del Diario de Navarra y entrevistarme con el decano de los reporteros gráficos. Joaquín Azurmendi me recibió en su mesa y me ofreció una silla junto a la suya. Calvo de los de brillo, consolaba su alopecia con atusarse su profuso bigote, a modo de recurso de meditación, mientras atendía mis inquietudes con el desdén de quien escucha por compromiso. Me abstuve de referirle que había visto a un fantasma, a un joven de mi infancia con el mismo aspecto del pasado, y le abordé con la falacia de querer revisar sus archivos en busca de un viejo amigo. De ninguna manera iba a confesarle que aquel desconocido, durante el encierro, parecía estar esperando a que llegara el islandés para tocarle, como señalando su turno con la muerte.
Puede que quien está acostumbrado a mirar al mundo que le rodea a través de un objetivo adquiera una capacidad para descubrir las imposturas, lo cierto es que supo que mis inconcreciones buscaban aburrirle para que me dejara a solas. Y así lo hizo, me dijo que se iba a una reunión y me dejaba enredar en su ordenador, en unos archivos que apartó en el escritorio. Pero a los quince minutos de repasos, lo descubrí a un metro de mi espalda, nunca se había ido. Le confesé la verdad y su rostro se volvió tan sombrío que no supe interpretar, en un principio, si por desprecio o por alianza.
         —Acompáñame —dijo—, aquí todos somos porteras y a quien buscas se encuentra oculto bajo la mejor de las llaves, la del desprecio.
Se puso la chaqueta, que ya había recogido en el amago de la reunión, y me señaló el camino hacia las escaleras. Llegamos al sótano y allí recorrimos varios pasillos entre anaqueles brillantes de humedad arqueados por documentos de variopintas escalas, alineados en una galería de techo artesonado por hileras de canalizaciones. Las enjauladas bombillas teñían de escaso amarillo la pared que las sustentaba. Entre la anterior y la siguiente cinco pasos de ciega sombra ralentizaban mi marcha. No así la de Azurmendi, que a cada nueva luz lo descubría alejarse. Por fin llegamos a una bóveda de ladrillo donde el perfecto silencio destacaba sobre el bullicio editorial del que proveníamos. Las aristas de un cúmulo de cajas me recibieron en una especie de entrada a un laberinto del desorden, y en seguida comprendí que formaban el inicio del almacén de las historias olvidadas. No dudó Azurmendi en localizar la pretendida. Me pidió ayuda por el peso y la depositamos en una mesa pegada a la pared.
—Algunos, unos pocos, confesaron haberse topado con un fantasma —me refirió mientras desplegaba el contenido: viejas y abultadas carpetas que compartían densidad con otras nuevas—. Le encuentro cierto parecido con un retrato de Michelangelo Buonarroti de 1490 —agregó, aún así, me parece un exceso apodarle el Divino. En total somos cuatro, contigo cinco, los que alguna vez nos hemos topado o hemos descubierto su existencia. Por mi parte, aunque lo busco en cada encierro, es mi Nikon, antaño en el cuarto oscuro, ahora en el Mac, quien me lo descubre casual entre el gentío. Como puedes comprobar —añadió, al tiempo que extendía viejas fotos en blanco y negro sobre la mesa, imágenes difusas pero evidentes, de la existencia impertérrita del Divino—, guardo registros del siglo pasado y ya aparece en ellos, pero tú eres la primera persona que confiesa haber tratado con él.
—Me acompañó a casa cuando era un crío, eso es todo y es mucho, pues, aunque mantuvo la boca cerrada durante el trayecto, supo llevarme, sin que yo le indicara, hasta la misma puerta de mi vivienda.
Azurmendi se unió a la contemplación de lo allí extendido y al cabo de un minuto comenzó a recogerlo.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté.
El veterano reportero estiró media sonrisa al tiempo que terminaba de apilar la documentación en la arrugada caja. La elevó de un extremo con lo que me invitaba a que el otro fuera para mí. Y mientras la devolvíamos a su rincón y sacudíamos nuestras manos del polvo adherido, me respondió:
—Nada. No hay nada que hacer.

Y, efectivamente, nada hice al poco de sentir la fría mano que se apoyaba en mi hombro.

martes, 14 de julio de 2015

La casa maldita

            En la mañana del cuatro de julio, cuando la polvareda del coche de línea terminó por desaparecer, la figura del viajero que de ella emergió fue sorteada por un rebaño pendiente de los tiernos brotes al otro lado del cruce. Si bien el perro ladraba en círculos para ceñir el hato, pronto se sintió desconcertado al no encontrar la mirada de aprobación de su amo. Éste corría loma abajo, hacia la aldea, mientras se despojaba de morral, manta y cayado, y repetía un apodo sin cesar ahogado por el miedo. Su grito azorado comenzó a llegar como un soplo a las primeras calles. Las gentes detuvieron sus quehaceres y, al instante, al comprender, sus manos aflojaron herramientas, coladas, aperos, bestias, bridas, cántaras, botijos y saludos, y corrieron a refugiarse. Y para cuando el aviso había alcanzado el último rincón, la única puerta que quedó por atrancar fue la del propio pastor, de tal lividez su rostro sudoroso que llegó a iluminar la oscuridad de su morada. Fue entonces cuando el sonido del viento se apoderó de la aldea.
            Un hombre de abrigo en brazo y maleta en mano llegó hasta la plaza, se detuvo en su centro y observó a su alrededor como quien despierta de un largo sueño y busca reconocer en la penumbra indicios que revelen el lugar donde tendió su último descanso. El chorro que manaba de la fuente presidía la quietud de la canícula que ya reverberaba sobre las crestas de los muretes de los huertos, del empedrado y en los tejados. Y a la fuente se dirigió, y con el pañuelo que anudaba a su cuello interrumpió el gorgoteo. El gesto descubrió la quemadura bajo el gaznate que de inmediato volvió a ocultar con cierto gesto de alivio.
Si aquel hombre pudo en su mocedad ser uno más de los que la guerra reclutó a punta de fusil, también habría podido, una vez finalizada ésta, ser uno de los que, aún con el alma lacerada por el horror, regresó vivo. A no pocos supervivientes de la contienda les bastó como bálsamo el abrazo de parientes y amigos, y la confesión sesgada de lo vivido, ya delante del vapor de suculentas sopas, caricias al hombro y bienvenidas de vecinos y paisanos. Luego, consistiría en recuperar las rutinas y visitar los lugares y a las personas que en la desesperación de la batalla se aferraron con el único deseo de volver a ver. En definitiva, inundar la vida con imágenes placenteras que diluyeran las de la batalla al rincón de las infrecuentes pesadillas. Sin embargo, del hombre de la cicatriz, abrigo y maleta tan sólo llego al pueblo la noticia en forma de esquela bajo una cruz, y los rumores de que fue ahorcado en el mismo frente para ahorrar munición.
Huérfano desde muy chico por navajas afiladas en su propia estirpe, heredó la casa, tierras, mucha soledad y la misma violencia de su apellido paterno. Ya en la escuela fue conocido por partir varios huesos en juegos de patio. Decían, a cuenta de sus prontos, que fue el causante de la desaparición en el río de su amigo Antonio, pero la afirmación sobre el resbalón que adujo presenciar nunca se pudo rebatir. Con la noticia de su ahorcamiento por desertor, el pueblo, al principio indeciso, dio cuenta de sus pertenencias y allanó sus propiedades. Cuando la casa quedó limpia de enseres, algunos la consideraron de libre disposición. De buena piedra, mejores vigas y firme tejado iniciaron su ruina, pero en la primera pared, con el primer escombro, descubrieron restos humanos que un corte del camposanto a modo de tarta jamás mostraría tan numerosos. Por ropas, peluches, anillos, prendedores, boinas y calzado el alguacil pudo relacionar la mayoría de las desapariciones que la comarca había padecido hasta el comienzo de la guerra.
            El sol de julio se colaba al mediodía por las rendijas de los postigos y enrejaba los rostros pétreos entre el temor y la curiosidad, expectantes a los movimientos del recién llegado, quien, al pie de la fuente, fijaba su atención en la fachada de la que fuera su casa y la examinaba como quien escudriña las arrugas de sus puños y ve correr por sus comisuras el agua imposible de atrapar. Quizá transcurrió más de una hora hasta que la primera nube ensombreció los tejados, en ese rápido suceder con el que los vientos encajan los vapores, allá en las alturas, donde el aire siempre es frío y se vuelve irrespirable. A modo de señal venida del cielo la entendió como el fin de su quietud, recogió maleta y abrigo y se encaminó hacia la oscuridad del pórtico de sus ruinas donde su figura fue engullida y nunca más vuelta a ver.
            Nadie acordó el sitio, ni la hora, ni siquiera doblaron las campanas para la cita, pero al amanecer del día siguiente, bajo una lluvia que hubiera de durar diez semanas y que arruinó las cosechas, los vecinos, todos, hasta los inéditos ante los altares, se reunieron en la iglesia. Cuando los muertos regresan o la muerte acecha el número de creyentes se acrecienta, los ateos callan y los agnósticos se dejan llevar por la comparsa. Hubo que poner fin al murmullo entre las paredes sagradas y no fue el párroco sino el carpintero quien subiera al púlpito. Sus virtuosas manos para la madera fueron las primeras en arramplar la casa de a quien creyeron muerto, y temeroso de que su liderazgo en tan reprobable acto tuviera en él la inmediata consecuencia de un castigo horrible, buscó en su alegato aliar a cuantos también participaron en la requisa. Su propuesta: formar una cuadrilla de vengadores que devolvieran la tranquilidad a la aldea y la paz eterna a los desaparecidos que enjalmaron los muros de la casa maldita. Llegado su turno, el alguacil tuvo que recurrir a los golpes de su bastón para acallar los gritos de la turba que arengaba la propuesta del carpintero. Cuando los ánimos por fin se aplacaron, el oficial abundó en la culpabilidad de aquella familia, pero, así mismo, subrayó la probable inocencia del recién llegado, pues la mayoría de los muertos se relacionaban con una época en la que se hallaría agarrado al pecho de su madre, aunque, ante las inquisiciones del carpintero exigiendo precisión, bien es cierto, apostilló, algunos fueron contemporáneos del desertor.
La propuesta de quemar la casa y reducirla a cenizas, si bien, fue aplaudida en un inicio, pronto fue desechada, no por causa de la lluvia sino por la escasa linde con las siguientes que, llegado el caso de volverse incontrolable, prendería y como una mecha arrasaría con la aldea.  Así, armados con hoces, palos, escopetas y guadañas irrumpieron en los ecos de la casa donde el frío parecía haberse instalado desde el invierno en que fue arrasada por primera vez. No lo encontraron, ni tampoco rastro alguno de su paso. La frustración cuando la sangre hierve busca culpas a su alrededor, pero la unánime alianza, la ausencia de disidentes, eliminaba candidatos para desviar las iras. Era el pueblo contra un fantasma y éste se había esfumado entre las sombras. La peor noticia cuando sólo se dispone de armas útiles contra la carne, inservibles contra lo etéreo.  
Al día siguiente de que el diluvio se detuviera y el río volviera a su cauce habitual, la noticia de la aparición del cadáver del Antonio en la misma orilla donde se le dio por ahogado, veinte años atrás, convulsionó tanto a su descubridor que cuando describió el aspecto inmaculado de sus restos, quienes le escoltaron a comprobarlo le dieron por loco. Sin embargo, tenía razón. Aquel niño parecía disfrutar de una absurda siesta en el lodo. Su apariencia, quienes le recordaban, era idéntica a la del día de su desaparición. Esa misma tarde sí doblaron las campanas y la gente se congregó a la puerta del ayuntamiento. Aunque la finalidad de la reunión era determinar las consecuencias de las inundaciones, ésta, a partir del segundo comentario, derivó hacia el luctuoso hallazgo de la mañana. En esta ocasión unos y otros se cruzaron reproches y se crearon dos bandos. Una minoría compuesta por aquellos que nunca profanaron la casa maldita y el resto, que, aunque tildaba de cobardes a los primeros, para sus adentros, envidiaban esa suerte ante el demonio que intuían planear sobre sus cabezas, capaz de descubrir la negrura de sus conciencias y certificar la culpa.
Con las primeras luces de la mañana siguiente un nuevo descubrimiento acentuó el miedo que ya había decidido a los más aprensivos a liar el petate y a marchar a cualquier otra parte, lejos de allí. La casa lucía una nueva puerta, a decir verdad, la original, y como quiera que en las semanas anteriores, mientras el cielo cayó inclemente sobre la aldea, sus habitantes, a la luz de las velas y con la llegada del ahorcado como conversación principal, se dedicaron a purgar sus miedos y culpas con rezos, también dieron repaso de sus malas acciones y repudiaron todo objeto que se llevaron de la casa maldita. Los más osados no tuvieron que acercarse demasiado al umbral para certificar que era idéntica a la que sirvió de plataforma de los muchos objetos y herramientas que desvalijó el carpintero. Y hacia su taller corrieron, y como no lo hallaron se dirigieron a su casa, pero una vez allí, antes incluso de entrar, supieron que a la aldea próxima deberían acudir para encargar un ataúd si el cuerpo del carpintero apareciera, porque aún sin nombrarlo ya lo daban por muerto.
El pánico se extendió con la densidad del barro, y aunque unos pocos,  envalentonados por el miedo de la propia culpa, irrumpieron en la casa maldita con el ímpetu de una horda, la única oposición que hallaron fue el propio horror al descubrir los restos del carpintero crucificados en el envés de la puerta recién restaurada.
En una semana, aquel que no había devuelto lo apropiado aparecía sin vida en el lugar exacto donde figuró el objeto, mueble o enser sustraído, en una clara advertencia macabra a los siguientes de la lista. De aquellos que optaron por la huida, llevándose algo de platería oculta entre sus pertenencias, con el fin de venderla aún por la más mezquina de las sumas, también fueron finiquitados en el primer descanso, con el primer sueño, en su fuga sin rumbo, por muy alejado que establecieran su campamento de la aldea.
A principios de otoño, el arrepentimiento de los todavía vivos había devuelto hasta las astillas sustraídas y la sangría se detuvo. El aspecto exterior de la casa maldita recordaba el de antes de la guerra, sin embargo, dentro, todo era bastante distinto. Por de pronto, el frío se había perpetuado y mantenía momificado al reguero de víctimas junto a su malogrado botín. Hubo quien quiso dar cristiana sepultura a ese familiar suyo unido al objeto de su pecado, y lo sacó de la casa para tal fin, y acabó siendo su vecino de tumba. Hasta los ratones renunciaron a explorar las rendijas de su fachada a pesar del acoso de los gatos. La casa había decidido que también los cadáveres formaban parte de su tétrica decoración, era su porcentaje en la venganza y nadie más se propuso discutirlo. Se oficiaron funerales por sus almas y bajo las coronas, bajo las lápidas, tierra suelta y cajas vacías.

Durante varias generaciones incluso su mención por los benjamines fue motivo de reproches y la obligación de santiguarse. La revolución industrial sedujo a los más jóvenes y abandonaron la vida agrícola en busca de la fortuna en la gran ciudad. Poco a poco la población fue envejeciendo y el número de habitantes se redujo a una veintena en los inviernos. A finales de los noventa, el último de sus vecinos fue recogido por sus hijos y llevado a una residencia de la provincia. Una década después, la mitad de las edificaciones hundían sus techos bajo el peso de la nieve, y llegada la primavera mostraban al sol sus costillares de vigas, adobe y granito certificando su irremediable ruina.
Aquellos herederos llevados por la intriga sobre los relatos de sus abuelos acerca de la aldea en la que se criaron tras la guerra, dirigieron sus flamantes todo terrenos, en plan fin de semana, hacia donde ni siquiera en los mapas constaba la ubicación exacta de ese pasado. Encontraron lindes donde las zarzas habían cubierto con su elevada desmesura todo rastro de la cimentación, sin embargo, una fortaleza, libre de invasiones arbóreas, ni tan siquiera abrazada por el habitual musgo con que el norte barniza troncos y murallas, se mostraba espléndida dentro de su extraña composición arquitectónica, pues rodeada de aquella impenetrable maleza de espinos parecía haber absorbido las edificaciones de su alrededor como las alocadas construcciones que los infantes vertebran con sus juguetes desmontables. El edificio parecía despreciar a los visitantes pues su escudo de vegetación daba la sensación de crecer en las aproximaciones. Entonces sólo restaba sacar unas fotos como recuerdo, y es en ese preciso instante cuando un sendero, hasta entonces inadvertido, parecía abrirse, del mismo modo en que la puerta con un leve crujido mostraba el resquicio de su oscuridad incitadora.