domingo, 11 de agosto de 2013

Carta de contramarca


         Aquella mañana madrugó en busca de moras para esa tarta prometida en la siguiente cena. Se abrigó para el relente residual en el albor, besó la cabeza y tripa de su esposa, perdida entre pliegues y sueños, y partió con el regañadientes de los grillos y los resoplidos de la mula ante el sol que despertaba. El botín esperaba en los zarzales de una calva rocosa del profuso bosque que rodeaba la cabaña. La recolecta le entretendría un par de horas, antes pensaba revisar los cedazos del rio y algunos lazos frente a las gazaperas. Cuando regresó, muy avanzada la tarde, su cadáver cruzaba los lomos de la mula y una suerte de tramperos la escoltaba. La bestia cojeaba a causa de lo que parecía un mordisco y esa fue la razón de su regreso a la cuadra sin amo que la fustigara. Los tramperos se limitaron a seguirla con el interés primario de dar sepultura en el lugar adecuado ante quien reconociera como suyo al malogrado. En el cobertizo esperaba de pie una joven de rojos cabellos y abultada tripa que, al desplomarse sobre sus rodillas y recostarse junto a un pilar, confirmaba a los tramperos que allí pasarían la noche.
         Descargaron sus monturas y amortajaron el cuerpo antes de que el rigor de la muerte impidiese su funerario acomodo. Mientras tanto, la joven viuda había perdido la voz y la profundidad de sus ojos viajaba más allá de lo que los árboles permitían. Recordó a su madre y su niñez, y el calor de sus abrazos como defensa ante el desmoronamiento del mundo que había soñado. Sin variar su postura, con la mente escapando de la realidad, viajando por las ensoñaciones de muy lejanos recuerdos donde nunca antes su hombre, el difunto, estuvo, presenció, sin prestar atención, cómo el campamento que los tramperos habían levantado frente a la cabaña formaba un círculo de trémulas sombras. Rodeando una hoguera, con sus cabalgaduras paciendo a salvo tras la cerca, calentaron café y judías que ingirieron a la vez para ablandar un pan a semanas del horno que lo parió. Regaron la cena frente el resplandor de las ascuas con aguardiente del que lima gargantas. Luego, alternativamente, miraron a la mujer tras el vidrio confuso del alcohol. En otras circunstancias la habrían violado como dulce postre, poco antes de caer dormidos, pero la vida que alojaba en su vientre les contuvo.
         A la mañana siguiente, al tiempo que recogían petates, lazos y jaulas y apretaban las grupas de sus monturas, uno de ellos, el más ajado por las intemperies, con su sombrero al pecho, presentó sus condolencias a la viuda, informó que un oso debió partirle la espalda a su marido y sugirió enterrar el cadáver para evitar la ronda de alimañas. Pero ante el mutismo de la joven, que seguía en la misma postura, abatida y con la vejez prematura llamando a las puertas de su rostro, el trampero hizo un gesto en redondo con el dedo y el séquito inició el paso hacia las sombras del bosque.
         El sol secó sus lágrimas y las nuevas helaron su rostro cuando la noche cayó. La cobriza seda de su cabellos se fue hilando con la humedad como un nido de abejaruco hasta aparentar la textura de la retama con la que un escobón formaba su peine y apoyaba su abandono en una esquina. A su vera, quien lo había blandido el día anterior mientras la congoja por la tardanza de su amante la desesperaba y la llevaba a barrer las mismas tablas sin prestar otra atención que a cualquier sombra nueva que por el sendero apareciera, yacía un alma hueca.
El trampero de ajado rostro, desde el sendero, en el ultimo vistazo global a la cabaña, esto es, con la postrada en el cobertizo, la mortaja tendida sobre la hierba, la mula en el corral cubierta de moscas alrededor de su herida y con los restos humeantes donde habían hervido el café de la mañana, supo, que si algún día regresaba por ese lugar apostaría sus mejores pieles a que el bosque habría engullido la propiedad y en su digestión todo rastro de la tristeza que allí quedaba.
A la tercera noche, el espectro de quien fuera unas jornadas atrás una lozana e inminente madre de rojos cabellos se puso en pie. Ajena al entumecimiento sólo un terrible pinchazo en el vientre la dobló en su incorporación. Cuando cesó el dolor, poco a poco, inició su caminar hacia los árboles. En cuanto la sangre comenzó a ganar espacio donde siempre fluyó con alegría, la joven aumentó sus zancadas hasta trotar. Sus manos sujetaban el vientre como quien envuelve manzanas en su mandil mientras las ramas bajas laceraban brazos, piernas, cuello y rostro. Buscaba ganar el río y que el agua llenara el aire de su respiración, pero la oscuridad y los cortes en el rostro nublaron su visión hasta comprender que se había perdido. Caminó a tientas y el amanecer la rindió frente a unos zarzales. Exhausta, creyó que los gruñidos que escuchaba eran los ronquidos de sus agotados pulmones. Se sentó y, por primera vez, sintió las patadas del fruto que portaba. Fue una sacudida que le arrebató la pena y que la llenó de esperanza. Imaginó que quizá algún rasgo de aquel hijo resucitara al padre perdido y con ese ánimo recobró tan deprisa las ganas de vivir como dos noches antes las había perdido. Fue en ese instante cuando supo que los rugidos venían de la espesura. Miró a su alrededor y gracias al sol, que rebotaba en una formación rocosa próxima, pudo descubrir entre los helechos tres pares de ojos que la observaban. No tardaron en separarse, rodearla y mostrar la silueta de la clase de depredador a la que siempre se le asociaba en manada: el lobo. Sus ojos color miel perdían encanto por la fila de dientes que mostraban arrugando el hocico. Uno de ellos presentaba un girón de piel en sus muelas. Sin duda, fue quien dio el bocado a la mula antes de la llegada de los tramperos. Resuelta a defenderse se puso en pie y miró a los ojos de su amenaza. A pesar de que no tenía ninguna posibilidad, y que los lobos la barruntaban, éstos seguían estrechando el círculo, muy despacio, buscando el menor riesgo y el mejor ataque, olisqueando la sangre seca de los mil cortes de la travesía nocturna.
Ella no percibió nada, ni siquiera el lejano crujir del más verde de los  brotes, pero las orejas de un lobo tras otro se orientaron en la misma dirección y, con ciertas dudas por iniciar la carrera, lamentándose del bocado perdido, se alejaron entre los helechos aullando su dolor de ayunas. Desaparecida la amenaza el golpe de tensión le pasó factura y sus piernas comenzaron a flaquear. Llevaba días sin alimentarse y su alma se había consumido por el luto. Necesitaba reponerse y la dispersión de moras, brillantes del rocío, llamaron a su estómago y tiraron de ella a duras penas.
Las lágrimas volvieron al descubrir el sombrero de su hombre tendido entre las zarzas. Algunas se habían doblegado por el peso de su cuerpo cuando debió caer ya inerte, y presentaban andrajos de su camisa adheridos a las espinas. Las huellas de unas zarpas lindaban con el lecho donde debió ser arrastrado. Huellas de un oso de tres metros que ahora respiraba a un palmo del enmarañado pelo rojizo humedecido por las cadentes vaharadas de aquella enormidad. Bestia de fuerte olor a cubil que había puesto en fuga a los lobos; soberano de aquel territorio y, por lo visto, guardián y señor de las moreras que defendía con el más salvaje de los abrazos.
Las fuerzas habían abandonado a la preñada y tan solo hizo el esfuerzo por alcanzar el sombrero. Descartó girarse hacia el terror y descubrir los ojos de un animal que por natural jurisdicción había dado muerte a su marido.
¿Para qué?, se preguntó. No tenía fuerzas ni para aterrarse. Así que con el sombrero como almohada se recostó mientras se acariciaba el vientre y sentía la pelea de su hijo por hacerle llegar sus ganas de vivir.
En las nebulosas de su desfallecimiento, esperando la sacudida final, creyó escuchar una pelea encarnizada. El hambre acuciaba y atrevió a la manada de lobos a retar al plantígrado. La joven, en su debilidad, creyó ver al ras de los tallos a un lobo sobre la abultada cerviz del oso mientras de un zarpazo lanzaba casi partido en dos a uno de sus congéneres. Aullidos de un lamento en fuga fue el siguiente episodio sonoro; el último, el desplome de una corpulencia tal que sintió levitar en su desmayo.  Cuando el frío entreabrió sus ojos pudo ver un desfile de copas entre las luces del ocaso. Sintió que era arrastrada; luego, la oscuridad.  
El trampero regresó dos temporadas después. Contrariado por la falta de capturas, a causa del sabotaje en sus artilugios, decidió dar un rodeo hasta la cabaña. La nieve había hundido la techumbre y el esqueleto de la mula mostraba su jaula de costillas al otro lado de la cerca. No había rastro de la dama pero se alegró de ver una tumba en la parte trasera de la ruina. La curiosidad le llevó a descabalgar y, tras retirar los copos del tablón clavado a la tierra, se dispuso a leer el epitafio que, labrado a navaja, decía: Aquí yace Jeremiah, mi hombre. El mismo oso que le arrebató su vida salvó la mía y la de nuestro hijo librándonos de los lobos. Recojo el testigo y buscando el equilibrio vagaré por las montañas buscando poner a salvo algún descendiente de aquella manada. Sólo así podré llorarle.
El trampero trató de estirar una sonrisa que su curtida piel apenas permitió. Volvió a su montura, revisó su rifle y meditó el mapa de trampas saboteadas que, como migas de pan, una madre con un hijo a cuestas había dejado a su paso.

lunes, 29 de julio de 2013

Por dos yemas



 —¿Qué obliga a un multimillonario como Salazar Huertas a saltar al vacío?
—¿Frente a una muerte segura?, sólo un miedo mayor… —apuntó Minerva mirándose las uñas.
—¿Un miedo mayor? En todo caso a la inminencia de un mal menor. ¿O existe algo más temido que la muerte? —replicó su hermana.
—Sin duda, el sufrimiento —afirmó con el esmalte del índice al filo de sus dientes.
Noelia, ante la rotunda respuesta, se atusó el moño como queriendo encontrar una objeción a la altura.
—Estoy de acuerdo en parte —asumió, por fin—, pero sigo sin entender cómo alguien prefiere morir a sufrir.
Esta vez fue Minerva quien dirigió sus manos hacia su tocado pero interrumpió el gesto en el último instante. Le repateaba ser una copia idéntica de su hermana gemela y ya desde niña se esforzó por diferenciarse. El corte de pelo fue lo primero; ¿la ropa? en cuanto doblegó la moral de su madre, empeñada en presumir de sus gemelas hasta en la vestimenta, el hilo y las tijeras obraron milagros con el mismo ajuar. Así, Minerva, siempre se demoraba en el desayuno para asegurarse que por cada falda puesta de Noelia un pantalón suyo bajaba esa mañana por la escalera. Llegó incluso a dejar un novio porque alguien, un don nadie, comentó cierto parecido con uno antiguo de su hermana. Pero a pesar de su obsesión, el subconsciente actuaba por su cuenta y los gestos desplegados por su hermana, con los que solía acompañar las alocuciones más enérgicas, eran imitados en la réplica sin otra voluntad que la inercia de los genes. Era entonces cuando se maldecía al tiempo que se mordía los nudillos y desaparecía dando un portazo. Con los años fue moderando esos arrebatos hasta convertir los refunfuños en conversaciones que nunca emergieron más allá de sus meninges.
—La vida es sufrimiento —dictó Minerva—. El  instinto de supervivencia desaparece ante un umbral de consecuencias dolorosas ya vividas o fielmente imaginadas. La muerte es desconocida. La tememos por definitiva y de eso viven las religiones, pero cuando el final sobreviene, irremediable, fatídico, muy pocos son los que se encomiendan con plegarias hacia sus dioses. Tememos sufrir porque conocemos su latencia y desconocemos su remisión. Morir eleva los puentes a todo sufrimiento.
Noelia dejó que las palabras de su hermana se desvanecieran hasta que el silencio circuló ente ambas y las obligó a retomar la tarea: husmear entre la documentación sobre la muerte de Salazar Huertas e hilvanar una respuesta veraz a la interrogante de su fallecimiento.
Noelia nunca pudo con las argumentaciones de su hermana ni tampoco quiso. Ella era más perseverante pero menos sagaz. Minerva demostraba un tremendo empeño por quedarse con la última palabra aunque para ello tuviera que elevar su tono hasta acercarse a la discusión propia de verduleras. Noelia cedía, pues para ella era toda una victoria descubrir el enojo de su contraria.  Siempre disfrutó para sus adentros de la ofuscación de su gemela.
El seguro de vida contratado por el multimillonario Salazar Huertas estipulaba, en connivencia por las partes, que cualquier episodio violento que llevara a la muerte del firmante sería examinado con especial rigurosidad por si alguno de los beneficiarios hubiera acelerado su finiquito. Del mismo modo, cualquier forma de suicidio eximía a la aseguradora de toda indemnización pactada y la desvinculaba del contrato, siempre previo informe pericial del organismo encargado de su dictamen.
En un principio, el suicidio de Salazar Huertas estaba más que demostrado pues fue su propio impulso el que le llevó a tirarse al vacío desde la última planta de un rascacielos, tal y como captaron las imágenes emitidas por televisión. Sin embargo, era pronto para que la aseguradora se frotara las manos. Que un incendio de extraño origen y más que dudosa intencionalidad convirtiera el suntuoso ático de Salazar Huertas en una trampa mortal impelía a enfocar el deceso como un homicidio doloso, a pesar de los actos volitivos del finado en los instantes previos de su muerte. Razón por la cual, el dictamen pericial de una agencia independiente señalada por el Juez Instructor era fundamental para vincular o extinguir la responsabilidad civil según contrato. ¿La elegida?: la de las hermanas Caiñabel.
Aunque Noelia había fundado una compañía de seguros cuarenta años atrás, la mecánica empresarial, ante los numerosos casos de fraude, la obligó a contar con una agencia de detectives que testificara en los tribunales y evitara, de este modo, la ruina ante la reclamación de indemnizaciones viciadas de la mal nombrada picaresca española. Alianza corporativa que terminó por animarla a abandonar los seguros y a dedicarse en pleno a la investigación de estafas dada la  sencillez de los rastros que dejaban los delincuentes, la escasa violencia de sus artes y lo bien pagado que estaba el oficio.
«Dinero fácil con poca inversión», se decía. No obstante, la discordia surgió porque fue Minerva la que, animada por su gemela, creó la agencia de detectives que más tarde terminó por asociarla. Matiz suficiente para que Minerva se erigiera como adalid de una idea que nunca fue suya, pero de la que se apropió para que, cuando las más acaloradas discusiones sobre el trabajo surgían, siempre saliera a relucir buscando tensar la relación desde una posición de falso dominio, porque aún siendo su participación en la sociedad igualitaria, la mayoría de los clientes provenían de la cartera de Noelia fruto de su pasada relación con el sector.
—Según la policía científica se han hallado rastros de acelerantes en el foco del incendio. En la planta catorce, a seis del ático.
—¿Quién ocupa esa planta? —preguntó Noelia.
Minerva repasó con el dedo las diligencias y detuvo su requisa a la mitad del tercer párrafo.
—Una asesoría: Sombras consulting.
—Ya, pero ¿quiénes la integran? —inquirió.
—No consta, pero en seguida lo averiguo. No obstante, como bien sabrás, el edificio pertenecía al apellido Salazar, y las diecisiete plantas eran ocupadas con empresas propias o vinculadas a su firma.
Minerva marcó varios números y mientras anotaba las respuestas en su libreta sobre la identidad de los directivos de la asesoría de la planta catorce, con ningún disimulo, desde su posición al otro lado de la mesa, Noelia trataba de descifrar los garabatos a los que, la ya de por sí complicada letra, tenía que unir su lectura invertida.
Al finalizar la ronda telefónica Minerva tenía una conclusión bastante reveladora pero jugó con su reserva buscando colmar la paciencia de su contraria. Con esa aviesa intención se demoró mientras Noelia hojeaba una de las carpetas pretendiendo por su parte fingir desinterés harta de las rencillas típicas de Minerva. Y aunque elevó su mirada un par de veces, descubriendo cómo la retiraba su gemela, continuó hojeando nuevos documentos que no invitaban a la consulta ante los tecnicismos empleados en su enunciado, pero que le permitían seguir manteniendo ese pulso a la paciencia.
Quince minutos de un tira y afloja mental bajo la banda sonora del paso de las hojas y el reposo de los bolígrafos tras el subrayado reinó en el despacho de las hermanas Caiñabel.
—Espera un momento —advirtió Noelia—, acude a la página veinticinco del informe de los bomberos. Tienes una copia debajo de tu montón de la derecha.
Derruido el castillo de informes que aprisionaba el dossier aludido y una vez leída la referida página, la boca de Minerva quedó abierta como la de una tronera.
Cinco conatos de incendio más se produjeron en el mismo edificio, el mismo día, a una hora aproximada respecto del que prosperó, con la salvedad de que se originaron en otras plantas y de que en esas oficinas el sistema de contraincendios funcionó ahogando las llamas. La domótica del edificio disponía de un registro de incidencias y el colapso de las plantas superiores no afectó al almacenamiento de los datos. Éstos mostraban su activación y el despacho desde donde se originó.
—¿Cuántos hijos tenía Salazar Huertas?
—Tantos como la suma de conatos de incendio sin descontar el que finalmente le obligó a saltar desesperado por huir de las llamas. Tres varones y tres mujeres.
—Qué te apuestas a que unas páginas más adelante encontramos la misma química en todos esos focos.
La conclusión de ser cierta era demoledora y evidenciarla llevaría a la cárcel a todos los herederos del malogrado Salazar. Por de pronto, sin ninguna excepción, se originaron en los despachos gestionados por sus hijos y cada sabotaje tenía un nombre propio bajo el mismo apellido. Era toda una conspiración en la que sus verdugos asumieron que debían proceder con los mismos actos y, al mismo tiempo, confiaron en que el fuego purificador se llevaría cualquier rastro de su participación. Sin embargo, el incendio sólo prosperó en la planta catorce ante la falta de presión por la demanda de caudal de las inferiores como consecuencia de la activación de los aspersores.
—¡La tajada a repartir debe ser descomunal! —exclamó Minerva justo en el instante en que sonó el teléfono. Como de costumbre Noelia pulsó el manos libres.
La voz se identificó como un representante legal de los Salazar y no se anduvo con rodeos. Quería reunirse con ellas antes de que elevaran su dictamen al juzgado. Ambas hermanas se miraron y concluyeron que esa propuesta sólo pretendería negociar el precio por cada tachón u omisión del informe final. Ante el mutismo de la hermanas el representante abundó sobre el panorama de la familia Salazar buscando otro discurso que acompañara a su abrupta petición. De este modo diseccionó el apellido y relató que los hijos del difunto, hasta la fecha, solo manejaban negocios de poca monta donde metían horas como becarios. El proceder del patriarca, lejos de acomodar a su descendencia, consistió en inculcarles el valor del esfuerzo. Nada de extrañar en un padre que pretende formar a sus herederos ante el vasto patrimonio que en un futuro recibirían, pero el más joven de ellos ya se acercaba a la cincuentena. Las hermanas Caiñabel no necesitaron más datos para afinar que los herederos habían decidido disfrutar del imperio Salazar por la vía de apremio.
—Llámenos mañana a esta misma hora —dijo Minerva interrumpiendo la comunicación ante el asombro de su hermana. Pero antes de que ésta pudiera objetar nada añadió: —¿A cuánto alcanza nuestro montante?
Noelia se recostó sobre el respaldo, miró a los ojos de su clon y por primera vez en la vida no se reconoció, no la reconoció, y en un gesto cercano al miedo se llevó el dorso de la mano sobre la boca —¿Qué pretendes? —acertó a preguntar con la voz temblorosa.
—Vamos hermanita, no me decepciones. Bien sabes que oportunidades así pasan una sola vez en la vida. Compara nuestra minuta con la posibilidad de obtener una parte del pastel de los Salazar. Somos el último obstáculo para que alcancen su fortuna. Podríamos… podemos pedirles una parte igual a la suya. Seríamos el efecto colateral de todo crimen imperfecto y no podrían negarse. Les tenemos pillados por los huevos.
Noelia se había llevado las manos a los oídos en un principio y las había ido resbalando lentamente hasta taparse la cara. Para cuando Minerva terminó de hablar con un final «¿Qué me dices, hermanita?» Noelia se había puesto en pie y comenzaba a recorrer la estancia hasta llegar a la nevera y abrirla. Refrescó su nerviosismo asomando su rostro al interior y unos segundos después sacó unos hielos que arrojó sobre un vaso para servirse una ginebra que bebió de un trago sin tiempo a que ésta se enfriara. Luego, con el mentón hundido sobre el cuello apoyó las manos en un aparador donde dejó el vaso vacío. Minerva observaba a su hermana sin hablar, pensando en el proceso en el que se debatía. Nunca había conocido a persona más recta y era lógico que se tomara su tiempo, tanto para reprenderla como para, y esa era su esperanza, tomar partido.
—¿Crees que saldría bien? —preguntó Noelia sin mirarla.
Minerva dio un respingo desde su asiento y sonrió abiertamente mientras pensaba que eran más parecidas de lo que jamás nunca había imaginado y, a la vez, odiado.
Noelia se apresuró a bajar las persianas. Comprobó que el pasillo estaba vacío y que, dada la hora, nadie quedaba en las oficinas de su planta. Se aseguró de cerrar y de que el teléfono hubiera quedado colgado. Minerva la seguía con la mirada, divertida. Nunca la había visto tan nerviosa y esperaba con ansia a que soltara toda aquella tormenta que se desataba en su cabeza y de la que deseaba hubiera tenido alguna idea genial con la que le sorprendería. Finalmente, Noelia recuperó su asiento, se entretuvo en revolver el cajón de su escritorio, desenvolvió de un paño una vieja Luger del 22 y apuntó a la cabeza de su hermana quien todavía mantenía la sonrisa estirada cuando escuchó «Esta es mi respuesta y requiere sacrificios. Ahora sí que van a confundirnos».
El calibre era ideal en las distancias cortas. Mataba, era silencioso y manchaba poco. De hecho, el proyectil, probablemente, se quedaría alojado en la cabeza y sólo un par de hilillos de sangre buscarían recorrido por las sienes hacia las patas de gallo. A continuación, con desmembrar un paraguas y forrar la cabeza de su hermana para luego arrastrar su cuerpo a la nevera, previa retirada de las bandejas, subir la potencia, alojarla en el interior y atrancarla con una silla tendría el escenario limpio para poder continuar con el plan que había maquinado entre los vapores de la ginebra. Pero prefirió abrir su cartera y extender su contenido sobre la mesa. Luego procedió de la misma forma con la de su hermana. Tarjetas, notas, dinero pero lo más importante, doble documentación, doble identidad, mismos genes.
A la mañana siguiente, tras una noche en vela y sobrecogida de remordimientos, Noelia acudió a la Comisaría de Policía más cercana. Una hora más tarde la supuesta Minerva disponía de un carné de identidad nuevo, digital, pero con las huellas dactilares de Noelia. Poco antes del mediodía, en otra Comisaría distinta, la supuesta Noelia renovaba su viejo DNI tras denunciar su extravío.
Cinco meses más tarde en cuanto Noelia Caiñabel pudo borrar todo rastro del dinero que los Salazar le habían transferido con esa mueca avinagrada que la avaricia aprieta, se personó en el juzgado de guardia para denunciar la trama urdida por los seis hijos de Salazar Huertas aportando toda la documentación que demostraba su asesinato. Las detenciones de los herederos, incluida la suya, fueron inmediatas y el juicio, al cabo de dos años, se celebró condenando al completo a la familia Salazar, a su representante legal y quedando absuelta de todo cargo, pero con el mayor de los enfados por parte del tribunal, la señorita Caiñabel, dado que el sistema penal no podía condenar a una ciudadana a la que no podía identificar plenamente. Cierto que la policía judicial tomó inútilmente muestras de ADN y buceó en los archivos buscando los tarjetones de las hermanas Caiñabel, de cuando en las cartulinas figuraba un índice entintado con las prisas de la funcionaria de turno. Y aunque aparecieron los registros no pudieron contrastar las huellas puesto que la señorita Caiñabel, al igual que su hermana, alojada con todo lujo en algún lugar cómodo e ignorado del planeta, habían sacrificado un par de yemas por seguir siendo inconfundibles.  

martes, 18 de junio de 2013

Entre humos

Con el sol del atardecer tiñendo de zanahoria la panza de las nubes, la maniobra del 747, aproximándose hacia su alfombra de luces, apretó bocas y reposabrazos. Desde el aire, la gran urbe refulgía su alumbrado, intenso en su centro, disperso en el extrarradio, bien definidas sus líneas de farolas, circulares en las plazas, rectas en las avenidas, solitarias en los montes próximos, apenas un parpadeo tras el arbolado, como faros en la niebla, como las nubes bajas que, en ese momento, envolvían la aeronave en vaharadas anunciando la última cortina antes del aterrizaje.
Desde su ventanilla, el detective retirado Winston Marlboro observaba el apacible panorama que ofrecía la ciudad y su río, lengua de apagado reflejo del cielo serpenteando el almíbar de su fuga hacia el mar. Tan solo los silbidos de los reactores rompían el silencio sepulcral impuesto por el respeto hacia el milagro de volar. Las balizas en el extremo de las alas parpadeaban y acentuaban los rasgos del maduro sabueso, quien suspiraba ante la calma que ofrecía la metrópoli a tres mil pies de altitud. Engañoso remanso puesto que, una vez sobre el asfalto, la investigación que había poblado de papeles su bandeja durante el vuelo apenas le concedería margen para nada más que tomar decisiones inmediatas y tratar de impedir un asesinato anunciado para la mañana del día siguiente.
            Aunque un lustro le separaba del último día de servicio activo en homicidios, las inercias de un investigador no aflojan por mucho que una cabaña en el bosque sea el lugar elegido para su retiro. Escogió las montañas por belleza, por soledad y por embelesamiento. Después de muchos años contemplando el picadillo con el que los seres humanos despojaban con saña la vida de sus iguales pensó en instalarse en algún lugar donde las ondas provocadas por la caída de una piña sobre el agua se convirtieran en la mayor de las agitaciones a las que se vería sometido.
La cabaña era modesta, algo húmeda a cuenta de la cercana orilla del lago, con los servicios esenciales para la vida de un ermitaño pero barata a cuenta de su complicado acceso, imposible en invierno y laberíntico el resto del año a causa de las numerosas ramas vencidas por la nieve que atravesaban los caminos. Impedimento que de poco sirvió para que, un día, antes del solsticio de verano, recibiera la visita de un viejo camarada con quien compartió la Olivetti, corchera, grilletes, tabaco y respiró sus pedos en las mil horas de vigilancia dentro de un coche frente al domicilio o negocio del sospechoso de turno. Trujas Fortuna, natural de Cuenca, ese era el nombre de quien negociaba la última rodera de barro frente a su puerta. Se saludaron con el mentón como si anoche fuera la última vez que se hubieran visto, no sin antes encenderse un cigarro sin ofrecer. Una costumbre arraigada en el turno por culpa de esos adictos al humo pero no a su compra. Ambos adivinaron que era mejor suprimir los formalismos. El visitante porque su rostro demudaba una sonrisa de compromiso y el anfitrión porque no pudo evitar sorprenderse por el grosor de la carpeta que sujetaba su antiguo compañero con ambas manos. En toda su carrera nunca permitió que un malnacido cubriera media anilla de las suyas.
Los cigarrillos volaron de su pellizco antes de entrar en la cabaña y clavaron su incandescencia en el barro a sus espaldas mientras la puerta se cerraba con los dos hombres dirigiéndose a la única mesa que presidía la estancia. Escasa superficie para tanto documento que obligó a invadir el sofá y, más tarde, los asientos de las cuatro sillas, al mismo tiempo que su portador explicaba el contenido y la relación con los ya desperdigados. Un rompecabezas de siete crímenes en dos meses y cada nuevo homicidio su autor se perfeccionaba hasta el punto que los dos últimos se le relacionaron porque la vanidad le pudo pensando que jamás llegarían a atribuírselos.
            A pesar de que las hemerotecas presentaban a los asesinos en serie como seres de elevado cociente intelectual, lo cierto es que el componente de fortuna, unido a la desidia o incompetencia de ciertas autoridades encargadas de darles captura, habían fomentado esa aura de grandes estrategas e indudables artistas de la esquiva. Sin embargo, con independencia de sus discutibles facultades, parecía una asignatura troncal esa inclinación por dejar acertijos a su paso que facilitaran pistas sobre su siguiente víctima o paradero. Afirmación absolutamente novelada pues todo se basaba en la formación de perfiles, recopilación de vestigios en los lugares del crimen y la toma de testimonios. Así de simple, de aburrido y frustrante era el trabajo de los detectives hasta que daban con la línea de investigación adecuada, si es que la conseguían. Entonces se abría la esperanza a una detención con cargos irrefutables. Sin embargo, en esta ocasión, el asesino, presumiendo de su infalibilidad, había facilitado por carta el lugar donde caería su siguiente víctima. Envió un escrito en el dorso de una fotografía donde retrataba el arma que había empleado hasta entonces.  En la imagen, siete eran las muescas que lucía el filo de un puñal asido con fuerza por su mano ejecutora. Esa era la macabra postal de un viaje con siete paradas donde describía la siguiente con la soberbia de quien se sabe una sombra en el pozo de las interrogantes.
            En cuanto el avión chilló su contacto con la pista y la velocidad se volvió familiar para quienes transitan por carretera, las conversaciones afloraron junto al ruido de los cinturones al desabrocharse a pesar de que la aeronave aún seguía en movimiento. Minutos después, salvo los de las ventanillas, una legión de apresurados se incorporaban locos por recuperar sus equipajes de mano de los maleteros superiores y ocupar una pulgada en la moqueta del pasillo central. Winston traía consigo la calma del bosque y decidió que saldría el último. Si era preciso, esperaría a que viniera una azafata a advertirle de su soledad. No obstante, no perdió de vista su maleta por si algún espabilado la creía huérfana a medida que se despejaba su estrechez. No llevaba gran cosa, apenas unas mudas, un pijama y un neceser, lo suficiente para un par de días. Tiempo estimado para cumplir con el favor pedido y desear buena suerte a sus compañeros en la búsqueda de tan escurridizo criminal. Ni un triste pelo, peor aún, ni una epitelial, ni una mitocondria en los escenarios de sangre y desdicha, como si el asesino actuara envasado al vacío. Esas eran sus credenciales.
Las manos de los pasajeros esperaban su turno para arrancar de su reposo las maletas. Alguna parecía haber engordado durante el vuelo y se resistía. Ese parecía el caso de una dulce dama de algodonado cabello de brillos azules, quien solicitó ayuda al joven que la precedía. Un muchacho de camisa floreada que a causa de sus tatuajes parecía vestirla de manga larga. Con gesto de desgana asistió a la señora que, abusando de un desvalimiento mayor, imploró para que le porteara la valija hasta que las ruedas encontraran el pasillo adecuado para su anchura y mejor acarreo. El joven pensó en resoplar pero finalmente sonrió y se hizo cargo ante la imposibilidad de sustraerse dado el depósito de miradas clavadas en la suya.
A Winston le resultó divertido el lance pero nada nuevo consiguió distraer su espera, ni siquiera la melodía incesante y variada de mensajes de móviles reprimidos durante el vuelo en el purgatorio de las operadoras. Decidió perder la vista por la ventanilla y trató de divisar por encima del borde de las alas unas barcazas que remontaban el río. Barrera natural que separaba el aeropuerto de la ciudad, desagüe de la población y de las fábricas aledañas, seguramente, espeso como el chocolate y fétido como las tripas de un osario. Recordó entonces el color benigno que las nubes conferían a sus aguas como consecuencia de los rayos del sol en su ocaso. La forma de los meandros, sinuosa como la sombra de una guitarra española. De lejos, desde las alturas, la distorsión ayudaba al encanto y alejaba la decadente realidad. Ahora, el sudor de los nervios impregnaba el corredor de un avión repleto de costaleros, de paso reprimido al ritmo de la impaciencia.
 «Perdón», repitió Winston mientras se incorporaba como un resorte y detenía el paso de quienes trataban de medrar en aquel avance patibulario.
El sobresalto le sorprendió así mismo y cuando eso ocurre el de los vecinos se multiplica. Con los modales de una urgencia se hizo con su equipaje, se lo colgó en bandolera y amoldó su paso al de su predecesor hasta que ganó espacio en el corredor donde, a pesar de su renovada prisa, la vida en las montañas le había retirado las fibras de la velocidad y era adelantado con soltura por los urbanitas, interponiendo más caudal humano entre el hombre que había despertado su alarma. Fue entonces cuando, sin aflojar el paso, tuvo que recurrir a la vista para no perder esa cabeza que bailaba entre otras y los hombros de los más altos. Si su intuición no le fallaba se dirigiría a la sala de recogida de equipajes.
En cuanto se aseguró de ello y jugando con la demora de costumbre de las cintas de equipajes, Winston salió al encuentro de su antiguo compañero quien había acordado esperarle junto al siempre vacío mostrador de reclamaciones de la terminal de salidas. Pero al no hallarlo tuvo que pinzarse el nacimiento de la nariz. Era su gesto habitual ante la contrariedad cuando debía acelerar sus pensamientos y tomar decisiones. Por suerte, por encima de su mano, descubrió a Trujas Fortuna fumando junto a la parada de taxis. Lógico, nunca supo esperar sin un cigarrillo en la boca. Winston estaba convencido de que a lo largo de su vida durante las vigilancias, su viejo compañero se habría fumado una plantación con la extensión de los incendios que iniciaban los telediarios.
Esta vez ni siquiera hubo saludos de mentón. El detective Fortuna tiró su cigarro nada más verle y le señaló el vehículo que elevaba un par de ruedas sobre la acera, al inicio de la cola de taxis. Sin embargo, tuvo que detenerse dos pasos después. Su jubilado camarada le indicó que le siguiera con la cabeza al tiempo que regresaba al interior de la terminal.
Una hora más tarde, en la estancia contigua a la sala de interrogatorios, mientras el abogado de oficio llegaba, Trujas y Winston apoyaban sus fofas nalgas en el canto de una mesa y observaban en silencio al detenido, a través del espejo sin azogue, mientras degustaban sendos cigarrillos con la parsimonia de quienes al final de una carrera de liebres disfrutan y celebran su victoria chocando sus caparazones de tortuga.
«Coinciden las trazas», dijo la joven detective que irrumpió en la habitación mostrando el arma embolsada y arrugando el morro ante la humareda. El silencio de los veteranos, quienes giraron sus cabezas hacia su escote inexistente, pero prometedor ante las redondeces ceñidas por la funda sobaquera, le hizo dar media vuelta y cerrar la insana dependencia con un portazo.
—De estas ardillas no hay en tu bosque —observó Trujas mirando hacia la puerta.
Winston sonrió antes de apagar el cigarrillo sobre la montonera de colillas. Luego se miró la mano y la articuló varias veces en el vacio esperando que los meandros de las venas afloraran remontando sobre los tendones. Como el puño que asía el cuchillo en la foto, el mismo que extrajo la maleta de la anciana, idéntico, delator, casual, afortunado. Tragó un suspiro ante el pellejo yermo entre sus nudillos y la muñeca. Solo lunares sobre el cuero arrugado surgían recientes. Pigmentos anómalos propios de la vejez.

—Mi rama hace tiempo que se dobla ante el peso de una hoja —dijo mientras se cruzaba su bolsa como un tahalí y seguía el camino de la ardilla. 

martes, 28 de mayo de 2013

La chófer

    Al crujido de la valla le siguió el rugido del motor en cuanto las ruedas perdieron el contacto con el suelo. Pronto, el vehículo dejó de arquear su inercia y fijó la trayectoria hacia las rocas del fondo del barranco. Sujeto al volante, el joven conductor emblanquecía sus manos tratando de aferrarse a una vida que, doscientos metros después, expiraba en un impacto violento y seco como el puño que encaja en la palma contraria.
El féretro de amasijos fue observado desde el risco por la apocada figura de una mujer cuyos cabellos un pañuelo ceñía para evitar los latigazos del viento. Y así se mantuvo de pie frente al abismo hasta asegurarse de que la imagen del siniestro que contemplaba se iba convirtiendo en la postal inalterable de un final mucho tiempo esperado. Fue entonces y no antes, cuando reculó y se sacudió de codos y rodillas los restos de asfalto pegados a su ropa, justo por encima de donde los arañazos comenzaban a supurar su reciente factura y a oscurecer la tela. Las lágrimas surgieron pero ajenas a las laceraciones y recorrieron su rostro siguiendo el camino habitual por los flancos de la nariz, continuando por los pliegues sobre la boca y salando las comisuras hasta reunirse en la punta del mentón, antes de que la siguiente ráfaga las dispersara al capricho de sus bandazos. Sin embargo, una sonrisa trataba de dibujarse en su cara, una mueca reprimida por la necesidad de asegurarse de que aquel hombre había muerto. Y sin pensárselo dos veces, dispuesta a confirmar el deceso, se propuso descender por la ladera.

La persiana rasgó el latigazo sonoro de sus lamas al separarse e interrumpió el sueño, y el fulgor de la mañana la despertó sobre la alfombra junto a un cerco de sangre seca. En su centro, un diente se erigía entre las hebras justo a un palmo de su maltrecha nariz. Los pies desnudos de quien ahora abría la ventana tumbaron el incisivo cuando en la zancada siguiente, de camino hacia la cocina, pasó por encima de ella como quien salva el henchido cuerpo de un perro en la cuneta.
Ella no se movió y esperó a que la cucharilla dejara de agitarse, a que la cisterna silenciara su soplido y a que la puerta se cerrara no sin antes escuchar la advertencia sobre la mierda de casa y la mierda de mujer en la que se había convertido. Sólo cuando la maquinaria del ascensor reveló que su tripulante debía estar perdiéndose por el portal se atrevió a incorporarse buscando el refresco.
El espejo le recordó la secuencia de los golpes de esa última noche, pero ningún cardenal conseguía expresar con sus violáceas dimensiones el miedo con el que se desvanecía al final de cada embestida de quien le juró amor eterno una tarde de romería. El típico chico de ciudad que rescataba a la moza de la ignominia pueblerina, montado en su coche de aires deportivos, a fe de sus vinilos; el mismo que lucía gafas de aviador, gomina en su cresta y codo en ventanilla mientras los éxitos de la radio atronaban cualquier conversación a diez metros de su carrocería. Fue quien la convenció de la huida a la capital para elevarla a unos altares que resultaron ser un enjambre de viviendas y en el que cada noche buena parte del vecindario apedreaba al camión de la basura por competencia desleal.
No pasaron veinte días tras las cortinas del suburbio y la mano ya se alzó con la promesa de caer si sus paletos modales no se ajustaban a las necesidades de un héroe de barrio como él. Al mes, y aun asumidas las advertencias, la mano se convirtió en puño y se hundió en la boca que dobla al cuerpo vacío de aire. Entre tosidos, ella no supo distinguir que tras el portazo era su orgullo el que bajaba las escaleras y que por encima de su dolor era la culpa de haber nacido tan lozana como ignorante, tan engreída como terca al haberse cerrado a las puertas a su regreso si no era envuelta entre visones.
Encajado ese primer golpe comenzaron a convivir los discursos entre súplicas de perdón y lágrimas dirigidas tras un “ves a lo que me obligas, yo nunca fui así, pregunta por ahí, debes esforzarte en comprenderme, se nota de dónde vienes…” Y ella le creyó. Y así fue como la excepción se convirtió en norma y su cuerpo en un nido de golpes, donde un cobarde la manipulaba hasta convencerla de que merecía ese martirio.
El desprecio fue minando sus fuerzas y cada noche, si él no la coceaba después de violarla, la cama era el lugar donde nunca se atrevía siquiera a cerrar los ojos, por si vencida al cansancio sus ansias se presentaban en voz alta y desvelaban sus ganas de huir o de algo peor. Por eso prefería la alfombra del salón o el frío suelo de la cocina donde al mismo tiempo que mil perfidias desfilaban por su mente conseguía descansar de su infierno, delirar una salida y recuperarse para afrontar la siguiente paliza, la cual se desencadenaba en cualquier momento y por cualquier razón tan de peso y tan vital en todo vínculo como el punto de cocción de los macarrones.
Esa mañana, tras arrojar su diente a la basura y comprobar el baile del resto, recogida la casa con más premura de lo habitual, el tiempo ganado lo empleó en subir a la azotea y acceder al cuarto de máquinas del ascensor. Allí escondía las píldoras y también una caja con viejas fotografías que siempre mantuvo fuera del alcance de quien ya las hiciera trizas en una ocasión. Recuerdos que le permitían sosegarse unos minutos rememorando los instantes de aquella vida simple de la que siempre renegó y de la que se burló ante sus paisanos el día de su marcha.
Vivir en un edificio con unos tabiques tan finos como obleas, aunque pudiera parecer lo contrario, tenía sus ventajas. Cierto que la intimidad no era un derecho a salvo en la escalera pero, precisamente, porque eran de dominio vecinal los menús del día, los atrancos, los cuernos, los suspensos, los programas de radio y los de televisión, las reconciliaciones y las riñas, cierta conciencia salvadora del quinto izquierda, una madre de tres churumbeles, y con un oído tan desarrollado como cualquiera, quiso surtir de anticonceptivas a aquella joven convertida en saco de un macarra. Y fue por esa aberrante disposición arquitectónica, la infame calidad de sus materiales y los gritos marujos por los que, a pesar de la distancia, supo que el cartero aporreaba su puerta con un certificado en mano y acudió presta a recogerlo.
Firmó en nombre de su destinatario y la dejó junto a las que había recogido del buzón. Supo que esa decisión era suficiente motivo para que él le cruzara la cara pero estaba tan cansada que esa noche prefería repetir en la alfombra con un diente menos que mantener una nueva vigilia.
Sus pasos (los de él) sonaron a media tarde por el descansillo y el cosquilleo en el estómago (el de ella), como en sus primeros días en la ciudad, que florecía con su llegada, ahora surgía en forma de escalofrío y le helaba las manos confundiéndolas  con el lavabo donde se apoyaba frente al espejo mientras cogía aire con fuerza dispuesta a recibir el primer pescozón.
Las llaves cayeron en el cuenco del recibidor y la puerta, su puerta, de la misma pésima calidad que todas las del bloque, sin embargo, parecía emitir un timbre especial, un clic con cierto matiz parecido al de las pesadas verjas de las mazmorras en su cierre tras el recuento. Señal de que una tarde más se vería encerrada a solas con su amor de verano y a merced de su violento ánimo.
Olía a cerveza y a humo desde el baño, y ante el prolongado silencio ella se atrevió a asomar la cabeza. Lo encontró pensativo, cabizbajo, con el sobre rasgado a sus pies y la carta arrugada en sus manos. Al poco se perdió en la cocina soltando en el camino el papel de su disgusto y los juramentos propios de un camionero.
Ella se deslizó con cautela y lo recogió no sin antes cerciorarse de que él no la sorprendía a hurtadillas. Pero su lectura le llevó a una exclamación involuntaria y al bajar la hoja de la vista encontró la cara de un viejo en el rostro de su amor de verano mirándola como si le hubieran arrancado el alma. Se preparó pensando que esa noche cenaría ese folio que ya temblaba en sus manos.
No obstante nada ocurrió, al menos, nada violento. ¡Le habían desarmado! Era lógico desconocerlo pues él nunca contaba sus cuitas y mucho menos las humillantes. Era todo un machote de tatuajes tribales a medio acabar en ambos brazos, pendiente de nuevos ingresos que le permitieran subvencionarse el relleno, como si aquel disfraz colorista le confiriera el mismo feroz aspecto atribuido a quienes doblaban el Cabo de Hornos con un velero de seis metros en tiempos de Magallanes. Sin su carné de conducir, que le retiraban por vía de apremio, le destinaban durante un año y medio a mostrar sus tatuajes asido a las barras del transporte urbano, y, de postre, a ponerse un mono de barrendero durante la mitad de ese plazo para servir a la comunidad si no quería afrontar la elevada multa que le imponían.
Incapaz de asumir ser el blanco de las piedras durante la noche y un peatón el resto del día, se encerró en el baño hasta que, tras un estruendo como de platos rotos, compareció con la mano igual de partida que el bidé donde la había estampado.
Aquella lesión no amparó a la moza de nuevos bofetones, menos fuertes pero más frecuentes debido a que pasaban más tiempo juntos. Sin embargo, dos días después se encontró yendo a la autoescuela por la mañana y, por la tarde, lamiendo bordillos en un polígono industrial con un ojo puesto en el volante y otro en la escayola amenazadora apoyada en su reposacabezas. Según él, una semana el coche estacionado en el barrio y al día siguiente amanecería su esqueleto. No importaba el dueño, algo inmóvil en el barrio era un mensaje claro de donación a la colectividad. Ni siquiera le pondrían ladrillos debajo, decía, a cuenta de una crisis de la que había oído hablar.
Al cabo de un mes ella celebró su aprobado con una nueva sombra de ojos no por el color sino por atreverse a pensar que cierta independencia surgiría con aquel llavero dispuesto en el recibidor.
Durante aquel periodo de convalecencia tuvo que escabullirse por las noches para visitar el cuarto de ascensores y dar cuenta de las pastillas sin un triste vaso de agua con el que digerirlas. Cada vez era mayor el número de ocasiones en que su ropa interior acababa en los tobillos y pensó que él quería preñarla solo por el hecho de retenerla, harto de propinarla tanta hostia de mala calidad como único método de dominio del que era capaz de imaginar.
Al cabo de cuatro meses, en cuanto el juzgado atendió el recurso del macarra y le libró de una parte de la condena, es decir, los servicios a la comunidad, y se los conmutó con cinco días de multa a razón de un total de cien euros, ella se convirtió en su chófer. Gracias a ese nuevo cometido la joven circuló por los rincones de la ciudad que, antes de la lesión, su amor de verano acostumbraba a frecuentar. Ahora bien, nunca le permitió poner un pie en el suelo salvo para llenar el depósito y, aún menos, mantener conversación alguna con nadie que él no autorizara.
Aquellos paseos tras el cristal le sirvieron para comprobar que su acompañante no era una excepción y que la ciudad era una excelente cantera de gilipollas peleándose por marcar la diferencia a pesar de su obsesión por imitarse. Era como querer parecerse a Elvis siendo calvo.
Su suerte cambió desde ese día, al menos en cuanto al aspecto de su rostro, dado que su nuevo cometido la exponía a la mirada cotilla de otros conductores, de los presuntos amigos de su novio y de los más preocupantes: los agentes de tráfico. Contención que tuvo que asumir su amor de verano puesto que la excusa de ser paseado por una boxeadora profesional fue escuchada con recelo por una patrulla, en un control rutinario, ante aquel labio partido con que les sonrió la joven mientras facilitaba su recién estrenado carné.
La normalidad durante aquellos meses, entendida como tal a causa de una menor extensión de los cardenales y su deriva hacia el amarillo, no calmó las ansias de la moza por darle matarile, ya que, hasta roncando, su amor de verano trataba de sacudirla aunque los golpes se acabaran perdiendo en la almohada mientras ella observaba el braceo a pie de cama con el cinturón de la bata tenso entre sus manos deseando ponérselo de corbata. Pero todo pasaba porque pareciera un accidente, algo fortuito, causal, que nadie arqueara una ceja si él perdía la vida en el contexto donde su cuerpo fuera hallado. Por eso la colección de cuchillos dormía en el cajón de la cocina con la misma frialdad con que ella se devanaba los sesos buscando el lugar apropiado y la ocasión exacta para que ella figurara como testigo de una desgracia. Ese era el único pasaporte válido para que su retorno al pueblo fuera aceptado bajo el fingido consuelo de las beatas de mantillo.
No obstante, el contador de la sanción avanzaba inexorable hacia su cero y pronto le sería devuelta la licencia, y con ella, estaba convencida, regresarían los puños.
A una semana de cumplirse el plazo dado por el tribunal, ella, agobiada por no encontrar un plan perfecto, decidió estrellar el coche. Una forma drástica de ganar tiempo y seguir manteniendo desarmado al hombre de sus sueños mientras daba por fin con la solución. Pero si para una novata circular con normalidad ya es preocupante, tratar de superar los límites sin causarse lástimas propias, aparentar que las circunstancias de la circulación la impelen a un brusca maniobra por culpa de un tercero y, además, convertir en chatarra el transporte mientras su amor de verano la golpea con la mano abierta, al tiempo que la música ahoga los vaticinios de su muerte inmediata, esa  suma de intenciones se convertía en un ejercicio de ingeniería del vodevil. 
El resultado: Un insulto que escuchó el cuello de su camisa hacia un repartidor de pizzas que cruzaba la rotonda, una mirada inyectada en sangre del príncipe de sus sueños cuando ella giró el volante esquivando la estela del mencionado ciclomotor que ya debía estar buscando las vueltas de la pizza entregada, un golpe seco en el parachoques producto del impacto contra un raquítico árbol de una hilera de ajardinados y otro, cinco segundos después, sobre el techo, por la caída de un nido de gorriones. El mayor contratiempo: la rueda encajada en el parterre y los dos euros del túnel de lavado por la tortilla  de pajaritos sobre el techo.
Su amor de verano salió del coche mordiéndose los nudillos dispuesto a comprobar los daños mientras ella, consciente de que no saldrían en los telediarios por el siniestro, oprimía el mechero por si, en la ofuscación de su príncipe y comprensible distracción calibrando los daños, le daba tiempo a incendiar la tapicería.
No tuvo margen salvo para causar un agujero en el asiento puesto que fue de inmediato obligada a meter marcha atrás para sacar del rebaje jardinero la rueda encallada. Las aceleraciones solo sirvieron para que rugiera el esfuerzo del motor sin ningún otro resultado que un fuerte olor a goma producto del nulo agarre de su contraria casi en el aire. Los gritos, el sudor y los temblores de su amor de verano, mientras recorría la distancia de su parachoques una y otra vez como un centinela esperando el relevo, ante la imposibilidad de machacarla allí mismo, dada la acumulación de espectadores divertidos con su impotencia, le obligaron a sacarla del volante con una novedosa dulzura apretada entre dientes.
El resultado fue la misma fragancia de caucho a la parrilla y una humareda que ni el Botafumeiro de Santiago logra. Tamaña señal, a imitación singular de las utilizadas por los apaches alertó a la caballería que, en forma de guardias civiles compareció con las adustas formas que les caracterizan a su afamada expedición de recetas sin importarles descargos aún se tratara una comitiva funeraria y el ataúd no llevara puesto el cinturón.
Presentándose con marcial saludo ayudaron con la simple pose de sus nalgas sobre la carrocería para que, una vez ganada tracción, el vehículo recuperara su natural estado sobre el asfalto. Agradecida la ayuda, el talento innato de quienes huelen carnaza llevó al más veterano de los uniformados a que su bigote se enroscara al más puro estilo daliniano tras observar que la posición al volante era sustituida por una joven con el pelo alborotado pero acusadamente planchado a la altura de la nuca como si una mano invisible permaneciera perenne a modo de yugo. Ante ese detalle solicitaron la documentación de quien hasta entonces había maniobrado el rescate. Comprobadas las credenciales y figurando en vigor la retirada del permiso de conducción decidieron decorar sus muñecas con un juego de grilletes, leerle sus derechos y sacudirse los besos y abrazos de su joven acompañante que, de un modo poco ortodoxo pero tan expeditivo como útil, ayudó con fuertes y reiteradas patadas en el culo del detenido a que éste renunciara a resistirse y se introdujera en el coche patrulla como nunca un matador buscó el burladero.