martes, 2 de septiembre de 2014

Desconocidos habituales

         Ya desde muy pequeñita jugaba a adivinar profesiones en el autobús. Cogida de la mano a mi madre, en cada parada, durante la demora en el pago del billete, atribuía oficios a los pasajeros que se iban incorporando.
         Mucho más tarde, en mi adolescencia, aquella costumbre evolucionó y se dirigió a imaginar maridos de entre aquellos guapos muchachos del instituto. Mi mejor amiga, aún conocedora de mis fantasías, se enfadaba conmigo cuando, al paso de los mozos, me olvidaba de ella y me sumía en un trance en el que los peinaba, les cambiaba la vestimenta y los colgaba de mi brazo para presumirlos por el barrio de la envidia.
         Unos cuantos años han transcurrido desde aquel entonces y mi licenciatura me llevó a una empresa al otro lado de la ciudad. Dos autobuses, un metro, además de un largo paseo a pie, separaban mi dormitorio de la mesa de trabajo.
         De lunes a viernes compartía ojeras y malograba mi perfume con desconocidos habituales. La rutina repetía un decorado de rostros anónimos, fieles a su cita con los medios de transporte. La coincidencia horaria nos convocaba en tropel, pero, a pesar de nuestra apariencia de horda, acostumbrábamos a repetir el mismo sitio del angosto espacio por esas razones que quizá provengan de la escuela, de cuando ocupábamos un pupitre por las reglas del alfabeto o, tal vez, del barrio, en aquel macetero, tal esquina o cual portal, a dieta de regalices, ascendiendo en el escalafón de la infancia según el rincón frecuentado. O, ya en la facultad, en ciertos lugares del campus, en aquel banco lacerado con nuestras iniciales o en ese tramo de escalera, moteado de viejos chicles, que nos dejaba adormecidas nuestras jóvenes posaderas y la lengua reseca de la charla y los pitillos. Sin embargo, estoy convencida de que la nariz es la que manda en las estrecheces de nuestros viajes en soledad y guía nuestros pasos hacia aspectos semejantes al nuestro y, por ende, de afines aromas.
         Puse nombre y oficio a Lola, la elegante cuarentona oficinista, perfumada de Chanel hasta el mareo, a quien le gustaba ganar el espacio entre los respaldos y la mampara, junto a la puerta. En la barra central: Fermín, universitario, flaco, mochila a un hombro, de pecho hundido, cadera adelantada, cabizbajo, parecía una interrogante coronada por unos descomunales auriculares que aplastaban su peinado ocultándole media cara.  A su lado, Marco, el amigo empollón, empeñado en hacerse oír y relatar cada mensaje que le llegaba a su móvil, graso de huellas de mil dedazos. Carmen, la limpiadora, en el asiento de la esquina. Roberto, comercial de seguros, en tierra de nadie. Jaime, desempleado, junto a la ventana, distraído en el negro cambiante de los túneles. Cristina, dependienta, pegada siempre a un libro tocho donde sumergía la nariz. Y así hasta una veintena, la mayoría mujeres, que ilustraba mi álbum de rebautizados.
Pero si alguien me alegraba las tostadas que bailaban en mi estómago ese era Marlon, mi atractivo banquero, siempre impecable con su traje de corte italiano. Cuando el vagón se desahogaba, una parada antes de la mía, él tomaba asiento en los todavía calientes como nidos, liberaba el ojal de su chaqueta y mostraba la línea de botones de su camisa, apenas visible bajo la sombra de su corbata de seda, donde se intuía ceñido su torso de gladiador. Jamás tuve el arrojo de mirarle directamente, pero el juego de reflejos de los cristales, desde el ángulo de mi sitio, me permitía admirarle sin parecerlo.
La ropa cara ni da estilo ni elegancia. El porte, los ademanes, los complementos y las telas, las menos evidentes, anuncian el  alma de quien las viste. Ni qué decir del calzado. Los zapatos indican si al llegar a casa descansan o se hacinan. Revelan orden y, la dosis precisa de betún y cepillo, su cuidado. Aunque todo lo anterior se diluye sin la conversación adecuada a la que el momento invite. Pero el momento nunca se había producido y nadie conocía el tono de Marlon, ni siquiera en los encontronazos propios del metro se escuchó un disculpe, pues su media sonrisa ya derretía cualquier asomo de litigio.
 Marlon, como así nombré a mi morenazo por la forma de su cráneo, se peinaba como un galán del cine mudo pero inundado de color, pues sus intensos ojos verdes relegaban a un puente de autopistas al más fastuoso de los arcoíris y, efectivamente, vestía para desfilar por la alfombra roja de Cannes y anular a la estrella más rutilante del celuloide.
Con el vagón ya supernumerario en mujeres, las advenedizas que se sumaban en las estaciones centrales, al descubrir a mi galán, metían codos para ganar proximidad, pero pronto se encontraban encaradas ante una legión de perplejas veteranas de acusado rímel que, si alguna intrépida insistía en la maniobra, bien podrían arruinarla su peinado con un simple parpadeo.
Sé que él se reía por dentro. Los guapos de serie apenas dan un vistazo, el justo para no tropezar cuando llegan a una estancia donde otros ya la ocupan. Ahora bien, adquieren el don de dominar el entorno sin aparentar interés, porque mirar dos veces al mismo rincón, y si éste lo habita una aspirante, puede llevar al equívoco y al acoso inmediato.
Por ese motivo me puse en su lugar e imaginé su dificultad para encontrar un sitio donde distraer la mirada sin descuidarse en coincidir con las atentas e infatigables de su ejército de embelesadas, centinelas del mínimo brillo de su lacrimal.
Mi suerte partía porque viajaba no muy lejos de él pero sentada, espiándole a sorbitos a causa del ajetreo, y sólo abandonaba mi asiento unos segundos antes de que el vagón se detuviera en mi parada. Instantes en los que presentía que Marlon me observaba, sonriente, sabedor de su influencia y de que mi sonrojo no era producto de un esguince en la muñeca con el colorete. El nerviosismo de esos instantes me llevaba a estirarme la falda a pellizcos, a alisarme la chaqueta, a recolocarme el tirante del bolso, a atusarme un mechón sin caer en la tentación de rizarlo. Todo un ritual de inseguridades para no ofrecer un primer plano de fácil juicio aderezado con el temor de la frenada inminente y siempre brusca del tren cuadrando su longitud con la del andén. Sería el colmo perder el equilibrio ante sus narices en los cuatro pasos que me separaban de la puerta. Remota contrariedad pero posible que me obligaba a caminar como un pingüino con la congestión de un exceso de tabasco.
Una vez fuera, fingía mi salida a favor de la dirección del tren sólo por verle marchar a través de los cristales, ajena al elevado zumbido de los transformadores del metro, creyéndome la Bergman en el anden, entre los vapores de viejas locomotoras agitando mi pañuelo hacia un Bogart de cuellos subidos y cigarro a medio labio.
En cuanto las luces del último vagón se perdían por el túnel, giraba sobre mis pasos, suspiraba y tomaba la dirección correcta hacia la salida, hacia el paseo a la oficina.
En el regreso me entretenía radiografiando a los escasos anónimos pues mi horario de becaria me devolvía a unas horas en las que los servicios de limpieza eran mayoría y mis presuntos desconocidos, infrecuentes.
Hay días en los que el primer café, ese que tomas mirando de reojo el reloj de la cocina y con las llaves en la mano, te manda de nuevo al baño. Del imprevisto apretón sales desfondada, con más urgencia de la habitual y con un fuerte dolor de cabeza que palías con una pastilla que, a causa de las prisas, se atraviesa en la garganta y sientes que ahí permanece cuando ganas la calle. Y aunque, finalmente, Newton y su ley logran su desencaje, de vez en cuando, la evocas moldeada en el lugar exacto donde se atravesó. Pero aquella mañana estaba convencida de que se encontraba diluida por mi organismo, pues una sensación de euforia sacudió mi cuerpo y me sentía dispuesta a correr los sanfermines a contracorriente. En el autobús, traté de recordar qué frasco debí haber abierto por error, qué sustancia dopante debí ingerir capaz de conferirme el arrojo de los bomberos. Pero ¿Cuánto tiempo durarían sus efectos? ¿Mi desinhibición aguantaría hasta el momento de mi encuentro con Marlon? ¿Me atrevería a mirarle a la profundidad de sus ojos como los boxeadores en la presentación del árbitro? Nunca pude comprobarlo.
Los tres minutos en el lavabo supusieron cinco más para el siguiente autobús, tres más para el que me enlazaba con la boca de metro y otros cinco hasta que compareció el siguiente convoy. En total un cuarto de hora de retraso, a quince minutos de distancia del vagón que transportaba a Marlon y su séquito de admiradoras.
Cuando esa misma noche regresé a casa, el primer lugar al que acudí fue a la alacena donde guardo los medicamentos, Al no descubrir desorden alguno, mientras cenaba mi habitual e insípido sándwich de pavo, me entretuve en leerme todos los prospectos y la única conclusión positiva que saqué fue, que más de la mitad estaban caducados, por lo que los tiré a la basura.
Defraudada, me metí en la cama y sin mucho esfuerzo me dormí. Placidez que no evitó mi sobresalto al sonar la alarma del nuevo día. Mi alteración en nada tenía que ver con mi temor a llegar tarde a mi cita con mi vagón y sí con el sueño que me persiguió durante toda la noche.
Sin llegar a la definición de pesadilla, en mi sueño se reiteraba la ingesta de pastillas de un color desconocido, y de las que nunca dispuse, que, tras ingerirlas, trasformaban mi crónica timidez en el desparpajo más osado de las vedettes.
Sin demora alguna en el aseo, salvo las de higiene íntima habituales, esa mañana crucé los dedos para que ningún atasco ni caída de tensión en las catenarias incidiera en mi rutina de trayectos, y el metro de las 7:15, fiel a su puntualidad, se detuviera en el andén con el resoplido habitual que precedía a la apertura de sus puertas.
Una uña castigué con los mordiscos de mi ansiedad en las estaciones previas a la suya. Sin malestar alguno, había decidido esa mañana que a mis tostadas le acompañara una de las píldoras de mi alacena, una al azar, pero que anoté en el cuaderno de recetas para evitar repetirla. Sus efectos solo consiguieron una mayor transpiración en mis axilas y, en consecuencia, mi mayor apuro a la hora de buscar apoyos en las barandillas, cuando él, estaba convencida, me seguía con su verde mirada.
Durante las siguiente semanas seguí consumiendo las diferentes pastillas en busca de aquella que me devolviera el arrojo de la primera. El resultado fue el del placebo salvo una, una bastante amarga que me mandó al baño de inmediato y varias veces más a lo largo del día, y a volver a casa sin bragas.
Esa misma noche, cuando en mi cuaderno de recetas descubrí haber completado la lista, el sándwich de pavo ganó algo de alegría con el salado de mi paladar a causa de mis lágrimas absorbidas. Tonta como una adolescente me sentí cuando me sumergí entre las sábanas. Y mientras el sueño me ganaba me acordé de las broncas de mi amiga del instituto por mis habituales desconexiones y con ella soñé envuelta en la nebulosa de los recuerdos lejanos.
Ese fin de semana tocaba comida familiar. Nadie me defraudó en su vulgaridad y tuve que soportar el examen y los juicios de mi hermana la casada, la retahíla habitual de mi madre sobre mi delgadez, los vaciles de la benjamín hacia mi soltería y los consejos fuera de época de mi padre con respecto a los hombres actuales, según los dictámenes a los que llegaba con sus compañeros del dominó.
La noche de sábado, las dos copas que pedí me supieron a lavavajillas y me retiré pronto con la sensación de que una enorme pompa peleaba por salir y, con ella, la macedonia de pastillas de dos semanas de experimentos.
El domingo transcurrió con mis habituales horas de sofá en compañía de sus majestades el rey chocolate y la reina pereza. Caja de bombones y pijama, y, cualquier distracción sin esfuerzo, la mejor aliada.
Con la tele de fondo y un libro abierto sobre mis piernas, cuando el sol ya escondía su brillo por las azoteas del vecindario y su reflejo se extinguía en los envoltorios de celofán (vestigios de mi atracón a bombones), a cuenta de un párrafo de la lectura apoyada en mis muslos, mi mente divagó hacia mi reciente y estúpida intoxicación en busca del valor de las descaradas y reparé en que el viernes pasado había completado la lista de píldoras a consumir. ¿Entonces, cuál fue la causa de que aquel día mi extraordinaria timidez desapareciera?
Un nuevo lunes y mi profundo estertor se interrumpía con el saludo siempre impertinente de mi despertador. Inseparable durante mis madrugones universitarios, su tecnología se había quedado obsoleta y había que perseguirlo en la oscuridad, y oprimir la tecla exacta si quería disfrutar de esos cinco minutos de cortesía que me regalaba cada mañana en rebelión hacia un placer expirado.
Fue al untar las tostadas cuando descubrí mi error con las pastillas, mejor dicho, el detalle importante de las que mantuve: no estaban caducadas.
Vacié la alacena sobre la mesa y busqué las fechas de caducidad. La que menos vencía al cabo de un año y medio. Al momento, sopesé acudir a la farmacia con la lista y solicitar aquellas que almacenaran cerca de su vencimiento, y con esa misma inmediatez reparé en lo ridículo de mi propuesta.
Cuando me introduje en el primer autobús supe, al depositar las monedas en el mostrador del chófer, que mi enojo dominaría mis actos ese día, pues la réplica del conductor hacia la violencia de mi desembolso hizo referencia al mismo estilo con el que ensordecían sus gastados tímpanos los colegas de mi padre con sus fichas de dominó.
En el siguiente transbordo decidí respirar hondo y de forma acusada, pero debió parecer tan evidente que un par de críos no dejaron de mirar mis tetas el resto del recorrido por si mi camisa cedía. Así que tuve que renunciar a mi yoga casero y buscar mi tranquilidad contemplando por las ventanillas el caótico tráfico de esas horas.
En el metro, a pesar de viajar sentada, sentí un agobio desconocido con los pasajeros que se iban incorporando. Y cuando Marlon entró en el vagón, como siempre guapo a rabiar, el eclipse de una lanzadora de peso se interpuso en mi juego de espejos y tuve que dedicarme a contar las bolitas de su jersey raído, tan numerosas como enormes sus carnes.
Y llegó mi parada, y me incorporé, e inicié mi ritual de quiebros, como el mejor de los magos, para que nadie se fijara en mi sonrojo: mano a la falda, a la camisa, al bolso, al mechón… Hasta que ahogué un grito que peleaba por salir y, sin pensarlo, dirigí mi mirada hacia la profunda y verde enmarcada en unas cejas negras y espesas que se clavaban en la mía.
—¡Déjame tranquila! —le dije al tiempo que me tambaleaba a causa del frenazo.
Acto seguido descendí del vagón y obviando mi parodia habitual de la Bergman tomé mi camino, marcando mis tacones en el andén, deseando que las baldosas se desencajaran.

«¡Déjame tranquila!» Jamás pensé que tendría que repetírselo, jamás pensé que volvería a reproducir esas mismas palabras y, mucho menos, mientras buscaba mi vetusto despertador con mi mano libre, al tiempo que la otra trataba de separarse, sin muchas ganas, de su maravillosa desnudez. 

martes, 26 de agosto de 2014

La escoba

          La estufa, que reinaba en el centro del refugio, dejó de ser el foco de adoración de perros y cabreros y su curiosidad se dirigió a la silueta parduzca que irrumpía en ese instante por la puerta.
Cuando logró cerrarla, pese al empuje del viento silbando su protesta por las rendijas, los candiles recuperaron su intensidad y, por fin, pudieron distinguir algo mejor la sombra del recién llegado, cuya verdadera naturaleza no quedaría desvelada hasta que se librara de las ropas. Acto que se demoró lo suficiente para mantener la intriga sobre quién, a esas horas de la noche y con la tempestad golpeando las contraventanas, había llegado envuelto en cristales de hielo.
Del ropaje destacaba su turbante llevado a chalina que dejaba un resquicio mínimo para la visión. Además de un abrigo de cien pieles, cosido a puntadas de esquimal, calzaba unas botas altas que, una vez sacudidas a coces contra el suelo, destrenzaron los nudos de barro y nieve y fueron las primeras prendas en ganar la esquina, donde se acumulaban las otras, ya secas, en el orden perfecto de una noche de reyes.
Los allí reunidos habían vaticinado el temporal para tres días y aquel reducto de vigas de madera, teja de pizarra, una teña para el ganado y una letrina a quince pasos de la entrada les obligaría a una convivencia tan estrecha durante ese tiempo que la intimidad sólo se garantizaba afuera, a veinte grados bajo cero, a la dicha de los lobos.
Cuando el extraño terminó de desnudarse, el silencio cubrió el refugio y ni siquiera el crepitar de la leña devorada por las llamas trascendió más allá de los gruñidos guturales de los expectantes, al descubrir, que era una mujer quien se unía a su círculo sin otro interés que acomodarse.
El más veterano de los trashumantes, un viejo trampero habitual en aquella remota cordillera, lejos de admirar la innegable belleza de la visita, ante el comportamiento esquivo de su perro y guiado por su instinto cazador no tardó en recoger sus mantas. Prefería las pulgas, los molestos cencerros y el berreo en el establo antes de tener que presenciar el episodio violento que barruntaba. Así, sin mediar palabra, con la precipitación como pijama, cegado por la ventisca, tropezando a cada paso, abandonó el refugio hacia el cobertizo, retiró una vieja escoba que trancaba la puerta y se extrañó al verse acompañado del resto de perros, ajenos a la desaprobación de sus amos.
Una diosa, esa es la apariencia que surgió debajo de las toscas prendas y la que ocupó asiento junto a la estufa con el fin de recobrar el color rosado habitual de la punta de sus dedos. Ajena al estupor reinante, giró sus manos hacia la lumbre como quien moldea una esfera y su mirada se perdió en el hipnótico reflejo de las llamas, ausente, sin reparar en la turbación que aumentaba a su alrededor.
Olía a manantial, a junco, al frescor picante de las cebollas tiernas que al tajo sudan el vaho de las lágrimas. Esos efluvios propios de las damas de la planicie, donde los tratantes esperan al rebaño y los pastores su recompensa. Premio que acostumbraban a dilapidar en las casas de citas y que jamás pensaron en ahorrárselo en aquel aislamiento, hasta que apareció la joven, la diosa.
Pero antes de que aquellos desesperados se organizaran para sujetarla, ésta se levantó hacia el camastro del rincón, se desnudó por completo y, mirando a los ojos de los acechantes, sonrió antes de señalar al más enclenque.
—Sólo tú —dijo, retirando el embozo.
Y los pastores se miraron unos a otros mientras los muelles de las navajas resonaban en su abanico.
 El resto de la noche la ventisca aulló entre los pinares y estos amanecieron con la mitad de su corteza congelada y sus copas blancas vencidas por el peso de cinco metros de nieve. El sol surgió lo suficiente a primera hora para que, desde el cobertizo, el veterano trashumante asumiera la desaparición de los caminos, su encierro.
No tardó el cielo en cubrirse de nuevo y durante dos días más la naturaleza quiso comprobar la resistencia de las bestias y de los hombres bajo aquellas condiciones imposibles para la vida.
Al tercer día, el sol lució como si la atmósfera se hubiera ulcerado de tanta descarga y los rayos ardieron sobre la cordillera convirtiendo cada vaguada en un formidable torrente. Los caminos se espesaron de barro, los terrenos cedieron bajo las raíces y convirtieron las laderas en un caos de astillas y rocas.
Una semana más tarde, el viejo trampero llegó a la planicie en compañía de los cinco perros que, como él, sobrevivieron a la congelación sumergidos bajo el goteo de cadáveres del medio millar de cabras que perecieron por la inclemencia. Cuando le preguntaron por sus compañeros de travesía tan solo refirió el lugar donde podían encontrar sus cuerpos: el refugio. Pero antes de que fueran en su búsqueda les advirtió:
—Si la tormenta les sorprende o la noche se les echa encima, no compartan techo si quien llega de la nada oculta la escoba en la que vino.

viernes, 8 de agosto de 2014

Vuelo

            Cada noche enlazo mi sueño con el de la anterior. El inicio siempre es el mismo: abro la ventana de mi cuarto y me lanzo al vacío con la certeza de las aves. Vuelo por encima de los tejados y por las vidas que descansan bajo ellos, y asciendo hasta sentir el frío de las alturas. Mi pijama aletea en el ascenso, mis ojos se enjuagan en lágrimas por la velocidad mientras observo cómo la luna tiñe de plata azoteas, nubes y cumbres hasta que la lejanía las convierte en collares de luces, enredados, como los que descansan en los joyeros. Detengo mi vuelo con el primer escalofrío y busco la concentración de destellos de la noche previa, y me lanzo hacia ella mientras el abrazo caluroso de la tierra me acoge de nuevo.
            Mis oídos se pueblan de los sonidos propios de la ciudad dormida. Algo acorchado el camión de la basura allá en la esquina engullendo su cena, el cimbreo de las hojas de las más altas copas, persianas de negocios estirando el cierre, pero nunca escucho voces, sólo vislumbro sueños entre las penumbras que el alumbrado capitula. Y descifro los pensamientos de los durmientes que se filtran por las comisuras de las ventanas como hilos de humo. Es mi don y mi tarea interpretar el ascenso de miles de hebras hasta que se unen en el cielo formando una nube de ensoñaciones.
            Patrullo entre esas volutas y me agolpo a las ventanas donde el instinto me lleva. La respiración pausada de quienes descansan excita al zahorí que dirige mi vuelo. Hoy retomo la historia de un niño, mis predilectos, los que me llenan de esperanza. Dos años apenas cumple. Su felicidad extrema se percibe en el peluche que agarra contra su pecho. A un palmo de su boca, un chupete queda varado entre los pliegues de las sábanas. A sus pies, la manta primorosa se arruga y deja al aire la postura de su rechoncho cuerpo que anuncia las metas de su crecimiento. Hoyuelos en los nudillos, roscas en cuello y muñecas, y la piel. Tapiz sin costuras, sin poros, sin surcos, sin una sola señal de su breve encuentro con la vida. Alfombra de bienvenida que tatuará la buenaventura o se mellará de desencuentros.     
            De su minúscula nariz fluye el aliento de las recientes vivencias. Novedades, sorpresa, ilusión por lo nimio, por la felicitación, por el aplauso; pureza, inocencia, cariño, amor desbordante. ¿La última vez? Por una pinza de la ropa que preside esta noche la alacena de sus juguetes preferidos. Alejandro se llama mi reciente visita y solo sueña con ser querido.
            Vuelvo a ganar altura y observo mis pies desnudos flotar sobre las cornisas. Busco una nube con la forma adecuada y me estiro sobre su contorno. Una vez más llego a la misma pregunta que me planteo con cada incursión en el universo de los niños. ¿Por qué, surgidos y necesitados de tanto amor, es la maldad la que maneja el mundo?
Y me despierto a mis cuarenta y cinco, y mis oídos recuperan el estruendo que me rodea. Soy un invasor más de una tierra que apenas puede sujetar nuestra barbarie.

Al final de la jornada, antes de regresar a casa y excusarme por mi retraso, me pierdo en un rincón que a todo el mundo oculto. Si mi familia pudiera costearse un detective su siguiente desembolso acabaría destinado en la consulta obligada a un psiquiatra. Pero no tengo ninguna gana de explicar en un diván por qué mantengo el cuidado de un jardín secreto. A nadie podría convencer de que necesito de su oxígeno para sentir mi aportación en una batalla perdida con la autovía que lo bordea en la ciudad que lo encierra. Cuando la realidad es que desde su mimo y contemplación recibo el ánimo terrenal para volar cada noche en busca de la esperanza. 

viernes, 25 de julio de 2014

El faro de Mouro

         Muchos años después, la prensa había de relatar los sucesos luctuosos acaecidos en el faro de la isla de Mouro como una serie de desgracias con resultado de muerte.
         Todo comenzó cuando las tempestades acaecidas durante el invierno de 1865 se cobraron como víctima a uno de los dos fareros destinados en la torre. Las explicaciones del superviviente fueron dadas por buenas y nadie insistió en otras aclaraciones cuando el cuerpo de su compañero fue recuperado días después con las señales que el mar bravo firma contra las rocas.
En el informe remitido a la autoridad portuaria se consignó que la fatalidad sobrevino cuando la esclusa, la que comunica la residencia con el mirador de acceso a la lámpara, cedió con el embate de las olas y comenzó a filtrar agua. La inusual altura que alcanzaba cada golpe de mar, muy por encima de los cuarenta metros, preocupó a los vigilantes y decidieron comprobar que la linterna seguía emitiendo su cadencioso brillo y no había sucumbido a la tormenta. Con ese ánimo, ciegos al exterior, contaron los golpes que retumbaban en las paredes para calcular el ritmo de los siguientes y, de este modo, elegir el momento adecuado para salir.
Un segundo, ese fue el tiempo que el único superviviente tuvo para comprender que el infierno no siempre debería representarse en llamas. Acostumbrado a un paisaje privilegiado desde la atalaya que domina la bahía, a divisar panzas de burro cuando el mar se riza, a fumar en pipa frente a la bujía y ver descomponerse las volutas, y a puestas de sol que llevan al suspiro, la acuarela que ahora se dibujaba ante sus ojos mostraba descomunales y negras paredes de agua golpeándose unas a otras y elevando con su empuje toneladas de densa espuma hasta anular toda luz del cielo. Nunca antes habían visto nada igual. Parecía que la tierra se había hundido y que el mar se peleaba por engullir la insignificante roca que sustentaba el faro de Mouro. Un instante después, el nivel subió e igualó las paredes del mar que les rodeaba confiriendo a la torre el ridículo aspecto de un fósforo precipitándose hacia el abismo de un negro pozo.
No hubo embate, no hubo ola, fue simple inmersión. El fallecido flotó por encima de la barandilla y el superviviente quedó suspendido cerca de la esclusa. Cuando el nivel descendió con la misma rapidez que en su ascenso, uno se encontró rodando por las escaleras entre latigazos de agua y el otro cayendo al vacío del lecho marino hacia un fondo que nunca antes peinó sus algas con el aire.
         Tres décadas transcurrieron desde aquel episodio y, durante una semana de galernas, otro hecho similar hubo de acontecer en el faro de Mouro. Cuando el temporal amainó y la barca de aprovisionamiento pudo tomar tierra en la isla, el barquero descubrió la figura del veterano vigilante al borde de la escollera y, a sus pies, el fardo de mantas que envolvía el cadáver de su malogrado colega.
Muerte natural, dictaminó el médico que examinó el cadáver. Certificado que no evitó el interrogatorio de la policía. El único testigo sólo confeso sus criticables intenciones de arrojar al mar el cadáver cuando éste comenzó a corromperse, pero el temor a ser barrido por el oleaje le impidieron ni siquiera acercarse a la puerta. Por otra parte, los remordimientos de haber presenciado una situación parecida, treinta años atrás, le inclinaron a esperar, pues si ya la sombra de la sospecha planeó sobre su figura durante los meses posteriores al primer suceso, con el presente, nadie le libraría del recelo de sus paisanos para el resto de sus días.
Al año siguiente, con la obras de mejora consolidadas, con un destellador nuevo tras una óptica de tambor, Demarcación de Costas decidió suprimir la residencia. La jubilación llamó a la puerta del farero y se encontró a sus cincuenta contemplando la que fuera su vivienda desde el ventanuco de una pensión de la bahía. Lugar donde, dos semanas después, fue encontrado ahorcado de la viga maestra de la buhardilla.
Las crónicas se apresuraron a dictaminar el síndrome del naufrago como la causa de la depresión que le llevó al suicidio. Principio que ningún galeno se atrevió a desmenuzar y, más bien, apuntaron hacia la escasez de trabajo para un hombre acostumbrado a la contemplación y a la vida sin prójimos que le dicten.
         La verdad nunca quedó desvelada salvo para un hombre. Un hombre que supo esperar a que el farero perdiera su oficio. Un hombre que fue niño cuando su padre perdió la vida en el temporal de 1865. Un niño que creció para ganarse el puesto de barquero, para no perder de vista a quien siempre consideró un asesino y a quien visitó la tarde de su ahorcamiento para confesarle la relación que le unía con el fallecido al tiempo que le entregaba un paquete que envolvía una soga.
«Hijo, el mar sólo sorprende a los incautos, siempre avisa, tiene su ritmo y es el cielo quien avanza su bravura. No lo olvides si pretendes vivir de él cuando tus manos sean capaces de sujetar el peso de tu cuerpo o la driza de tu vela».
           Esa y otras lecciones sobre la prudencia fueron el orgullo de un crío que presumía de un padre por quincenas. Al que consideró siempre un héroe por dedicarse a un oficio destinado a prevenir los desastres en la navegación.
Cada noche, con cada haz que entraba por la ventana y barría el techo de su cuarto, aquel niño dormía abrazado a la certeza de que su héroe seguía salvando vidas y le saludaba con los guiños de su lámpara. Por aquel entonces soñaba con trabajar junto a él y contemplar las constelaciones que le describía en cada permiso dibujándolas con el dedo por encima de su cabeza.
Con la noticia del fallecimiento y con la versión oficial del accidente, el resto de su vida creció cuestionándose la novelada muerte de su padre y, cuando consiguió el puesto de barquero, con los escasos nuevos datos que fue absorbiendo en cada visita a la isla, ocultada su relación de parentesco con la víctima, en el trance de provisiones y correo, en las breves charlas que mantuvo en la escollera con el superviviente, bajo el disfraz del interés casual, fático, morboso a veces, fue sonsacando matices y componiendo la historia hasta que ésta quedó deshilada, 
El barquero descubrió una enemistad que las estrecheces de un faro magnificaron hacia el odio a cuenta de las intenciones de Demarcación de Costas de sustituir a uno de ellos ante un compromiso con un tercero, aquel al que la muerte, unos años más tarde, sorprendió en su puesto sin que otra causa mediara y que terminó condicionando la existencia del servicio de fareros en la isla de Mouro y el de la barca que la unía a tierra.

lunes, 14 de julio de 2014

Libertad

Después de veinte años de encierro, aquella tarde fue la más larga en la vida del preso Martín de Arozamena.
A punto de cumplir los cincuenta, se había visto inmerso en otros motines pero, en éste último, el nuevo director, un joven inexperto, convencido de sus capacidades y por aquello de silenciar la contrariedad, se abstuvo de pedir refuerzos y la algarada se le fue de las manos sin que nadie en el exterior supiera de la contienda. Hasta tal punto perdió la iniciativa que escudos y porras resultaron insuficientes para detener la asonada. Fue entonces cuando las armas de fuego comenzaron a soltar plomo en cuanto los funcionarios se vieron acorralados sin otra alternativa que pegar la espalda a los sólidos muros y tratar de abatir a una jauría incontrolada. Decisión fatal pues cuando la munición se agotó la rabia se había acrecentado a los niveles del canibalismo. No hubo piedad y la ira llegó hasta los despachos.
Conviene señalar que el titulo de máxima seguridad en un recinto penitenciario confiere un aspecto que apenas tiene que ver con las rigurosas medidas establecidas para confinar a quienes alberga. Más bien se refiere a la elevada peligrosidad de sus reos. Éstos propician un ambiente de rivalidad y de terror que condiciona a que, entre ellos, las divergencias se resuelvan por códigos sectarios y evitan la intervención de sus vigilantes salvo para la retirada del cuerpo del acuchillado de turno.
La llegada de nuevos presos se tasa en el patio y aquellos que muestran músculo o pedigrí sangriento en su ficha, o ambas aptitudes, son seleccionados por cada bando para engrosar su pequeño ejército de esbirros en riguroso orden según el turno establecido. Ese era el único pacto entre la chusma y hasta la fecha nunca fue quebrantado, salvo aquella tarde tan larga en la vida de Martín de Arozamena.
La revuelta surgió con la última remesa integrada por Zeus Morante, un preso de una belleza andrógina fuera de lo común que despertó las apetencias dormidas de quienes hasta entonces siempre suspiraron por las mujeres de calendario que arrugaban sus somieres y renegaron de las relaciones homosexuales.
El desacuerdo por compartirlo llevó al enfrentamiento de los líderes allí reunidos y los pinchos relucieron para no tardar en ocultar su filo en cuellos, pechos y barrigas. Ninguno se libró de una herida mortal y cada uno, según la gravedad del órgano afectado, fue mezclando su agonía con la del charco del vecino hasta formar una hamburguesa de canallas en el rincón del patio donde acostumbraban a deliberar.
Descabezada la comunidad, los lugartenientes, lejos de continuar con el picadillo, al menos en un principio, decidieron unirse y cargar contra unos guardianes tan acostumbrados al espectáculo de sus gladiadores peleando en la arena, que, en cuanto éstos empujaron las puertas, descubrieron las consecuencias nefastas a tanta desidia con los cierres.
A la densidad de la pólvora se unió el sudor de la batalla y el hedor de los fluidos que los cuerpos inertes ya no sujetan. Y el silencio, remarcado por los intermitentes gemidos de los moribundos, se apoderó de pasillos, celdas, patios, galerías y despachos hasta convertir en un camposanto la bulliciosa cárcel que fue, hasta entonces, el hogar perpetuo de Martín de Arozamena, quien, como buen veterano, supo dónde ubicarse para evitar la pelotera y mantenerse oculto, pues en cuanto no quedaron uniformes que abatir, de inmediato comenzó la refriega de tatuajes rivales por rencores enquistados.
La calma fue interrumpida por los cuervos graznando sobre la alambrada su alegría ante la promesa de un aroma a festín infinito. Fue entonces cuando Martín de Arozamena salió de su escondrijo para descubrir el mismo caos que una torrentera muestra cuando el cauce retorna a los límites del riachuelo que siempre fue: así como las ramas más altas que el agua engulle terminan decoradas con restos de basuras a modo de sucios penachos; así como las ramas astilladas cual barbas de un erizo atraviesan las vallas de los puentes; así como el barro adoba orillas que nunca lo fueron, así como los vehículos se amontonan cual cesto de pinzas en cada meandro y muestran sus tripas y ruedas al cielo rindiéndose a su nuevo rol de chatarra. Ahora, las galerías, las celdas, hasta entonces relucientes, se embadurnan de girones, de chamusquina cesante, de posturas grotescas de cuerpos que ya buscan ser polvo. Pero si algo sorprendió a Martín de Arozamena en su paseo entre el desastre fue la leve brisa que corría por donde nunca antes sopló otro aire que la pegajosa respiración de los sicarios angostando pasillos.
La edad en Martín había sido respetuosa con su flequillo y aún peinaba un tupé que el novedoso viento trataba de desmoronar. Buscó la procedencia sorteando los obstáculos, el resultado de cinco horas de violencia extrema, la muestra y la razón de por qué la sociedad aislaba a sus hijos imposibles. Caminó hasta detenerse en el umbral donde la luz del día remarcaba con su intensidad los ángulos del estrecho corredor que un postigo entreabierto filtraba.
Como un chiquillo que remilga en la cima de su primer tobogán, Martín de Arozamena sentó su cuerpo a un paso del quicio que abría su hoja a la inmensidad y contempló el paisaje tembloroso que el sol abrasador impregna a la tierra tostada. La libertad se atraganta si añorada se mantuvo por mucho tiempo, el vértigo del encierro se invierte y el mareo surge ante la ausencia de límites. «Cuando salga…», recuerda. Frase suya y la de sus colegas pronunciada, escuchada durante décadas, soñada; al final, olvidada por el anestésico efecto de la desesperación y la costumbre de toda una vida entre rejas. El primer tobogán, la primera vez, un adulto de la mano en cada escalón, luego el descenso y un fuerte abrazo al término, junto al suelo, como recompensa. Felicitaciones por la proeza de haber vencido a la indecisión, de haber ignorado las alarmas de la supervivencia, del titubeo quebrado por la confianza ciega hacia la progenie.
Nadie esperaba a Martín de Arozamena al otro lado. De aquella civilización que transgredió nada quedaba. Su madre, que abandonó su hogar para poder cumplir cada fin de semana con las visitas, diez años atrás interrumpió la frecuencia. Al mes supo de su fallecimiento por un acreedor que no tuvo reparos en visitarle para reclamarle los recibos del alquiler. Con aquella noticia perdió el ánimo por reducir la condena, a aspirar a una fuga, a mirar al cielo, a envidiar las aves que cruzaban el espacio abierto del patio. Se dejó llevar por la rutina carcelaria y se convirtió en un recluso fantasma, en el cabizbajo preso que languidece a la espera de que la naturaleza le reclame como fermento, pero sin los atajos que la violencia regala. Morir tranquilo, pues en alguna parte leyó que a uno le recuerdan por su forma de despedirse.
Difícil decisión: quedarse o mudar, cruzar el umbral y convertirse en un fugitivo sin otro destino que improvisar el siguiente cobijo o, por el contrario,  esperar al culatazo con que le saludaría el grupo de asalto.
A las seis treinta de la mañana del día siguiente el más madrugador de los funcionarios de prisiones aparcó sin problemas frente a la puerta de acceso al personal. De la guantera sacó su arma y en su mano se mantuvo mientras contemplaba a través del parabrisas el solar en que se había convertido el aparcamiento. Dudó antes de descender y con la primera pisada escuchó el cristal de azúcar crujir bajo sus botas. Rastro habitual de quien violenta la ventana de un vehículo. El sol crepuscular reveló una alfombra de montoncitos diamantinos a su alrededor, uno por cada coche robado.
Poco después, la llegada del autobús de línea y sus frenos chirriar precedieron al desembarco de familiares. Cargados de ofrendas, esperanzados con alegrar los rostros de sus allegados, miraron con la misma extrañeza al hombre de la pistola en una mano y un celular en la otra que sudaba en cada explicación proferida al aparato.
Cinco días necesitó instituciones penitenciarias para entregar un informe completo y sin fisuras donde se relacionaba el número de fugados y sus filiaciones. Durante ese tiempo, cuarenta y tres fugitivos circularon por el país a sus anchas. Algunos, más bien la mayoría, se dedicaron a lo que peor se les daba: evitar a la policía, pues a pesar de la bula temporal quien nace incorregible su estancia en prisión sólo sirve para reafirmarle en su naturaleza. Uno a uno, todos fueron detenidos en el margen de un mes salvo Martín de Arozamena.
Martín supo entender la oportunidad y luchó contra el reloj durante toda la madrugada. Anuló asientos, borro fichas, reconstruyó cuadernos, quemó sus pertenencias, abrió taquillas, buscó ropas, recolectó calderilla, billetes, documentación y preparó una maleta, y esperó. Esperó en la parada al primer autobús del día y confió en el asombro de los presentes para que su figura pasara desapercibida. Ni siquiera el chófer reparó en él. Su atención se perdía en la pistola esgrimida por el madrugador funcionario y en las pequeñas columnas de humo que surgían del recinto.

Martín pensó en todo menos en un detalle que le llevó a estirar una sonrisa mientras el amanecer se filtraba por los ventanales del autobús. Su vestimenta era de su talla y actual, el calzado, perfecto; el corte de pelo y el afeitado, adecuados, sin embargo, había olvidado un complemento: unas gafas de sol. La orientación del patio y el edificio central garantizaban sombra todo el año. Tragaluces, ladrillos de pavés y cortinajes permitían suponer su posición en otras zonas de la penitenciaría, pero la ausencia de sus rayos directos añadía para muchos de los condenados un castigo tan severo como una restricción de visitas. Martín de Arozamena había olvidado la sensación de su golpe directo en la cara y aunque le costó averiguar al forma de deslizar la parte superior del cristal, por fin pudo aunar la caricia del astro a esas tempranas horas y el vendaval que filtraba la abertura. En ese instante comprendió el significado de una palabra perdida que juró nunca jamás volvería a abandonar.