martes, 26 de agosto de 2014

La escoba

          La estufa, que reinaba en el centro del refugio, dejó de ser el foco de adoración de perros y cabreros y su curiosidad se dirigió a la silueta parduzca que irrumpía en ese instante por la puerta.
Cuando logró cerrarla, pese al empuje del viento silbando su protesta por las rendijas, los candiles recuperaron su intensidad y, por fin, pudieron distinguir algo mejor la sombra del recién llegado, cuya verdadera naturaleza no quedaría desvelada hasta que se librara de las ropas. Acto que se demoró lo suficiente para mantener la intriga sobre quién, a esas horas de la noche y con la tempestad golpeando las contraventanas, había llegado envuelto en cristales de hielo.
Del ropaje destacaba su turbante llevado a chalina que dejaba un resquicio mínimo para la visión. Además de un abrigo de cien pieles, cosido a puntadas de esquimal, calzaba unas botas altas que, una vez sacudidas a coces contra el suelo, destrenzaron los nudos de barro y nieve y fueron las primeras prendas en ganar la esquina, donde se acumulaban las otras, ya secas, en el orden perfecto de una noche de reyes.
Los allí reunidos habían vaticinado el temporal para tres días y aquel reducto de vigas de madera, teja de pizarra, una teña para el ganado y una letrina a quince pasos de la entrada les obligaría a una convivencia tan estrecha durante ese tiempo que la intimidad sólo se garantizaba afuera, a veinte grados bajo cero, a la dicha de los lobos.
Cuando el extraño terminó de desnudarse, el silencio cubrió el refugio y ni siquiera el crepitar de la leña devorada por las llamas trascendió más allá de los gruñidos guturales de los expectantes, al descubrir, que era una mujer quien se unía a su círculo sin otro interés que acomodarse.
El más veterano de los trashumantes, un viejo trampero habitual en aquella remota cordillera, lejos de admirar la innegable belleza de la visita, ante el comportamiento esquivo de su perro y guiado por su instinto cazador no tardó en recoger sus mantas. Prefería las pulgas, los molestos cencerros y el berreo en el establo antes de tener que presenciar el episodio violento que barruntaba. Así, sin mediar palabra, con la precipitación como pijama, cegado por la ventisca, tropezando a cada paso, abandonó el refugio hacia el cobertizo, retiró una vieja escoba que trancaba la puerta y se extrañó al verse acompañado del resto de perros, ajenos a la desaprobación de sus amos.
Una diosa, esa es la apariencia que surgió debajo de las toscas prendas y la que ocupó asiento junto a la estufa con el fin de recobrar el color rosado habitual de la punta de sus dedos. Ajena al estupor reinante, giró sus manos hacia la lumbre como quien moldea una esfera y su mirada se perdió en el hipnótico reflejo de las llamas, ausente, sin reparar en la turbación que aumentaba a su alrededor.
Olía a manantial, a junco, al frescor picante de las cebollas tiernas que al tajo sudan el vaho de las lágrimas. Esos efluvios propios de las damas de la planicie, donde los tratantes esperan al rebaño y los pastores su recompensa. Premio que acostumbraban a dilapidar en las casas de citas y que jamás pensaron en ahorrárselo en aquel aislamiento, hasta que apareció la joven, la diosa.
Pero antes de que aquellos desesperados se organizaran para sujetarla, ésta se levantó hacia el camastro del rincón, se desnudó por completo y, mirando a los ojos de los acechantes, sonrió antes de señalar al más enclenque.
—Sólo tú —dijo, retirando el embozo.
Y los pastores se miraron unos a otros mientras los muelles de las navajas resonaban en su abanico.
 El resto de la noche la ventisca aulló entre los pinares y estos amanecieron con la mitad de su corteza congelada y sus copas blancas vencidas por el peso de cinco metros de nieve. El sol surgió lo suficiente a primera hora para que, desde el cobertizo, el veterano trashumante asumiera la desaparición de los caminos, su encierro.
No tardó el cielo en cubrirse de nuevo y durante dos días más la naturaleza quiso comprobar la resistencia de las bestias y de los hombres bajo aquellas condiciones imposibles para la vida.
Al tercer día, el sol lució como si la atmósfera se hubiera ulcerado de tanta descarga y los rayos ardieron sobre la cordillera convirtiendo cada vaguada en un formidable torrente. Los caminos se espesaron de barro, los terrenos cedieron bajo las raíces y convirtieron las laderas en un caos de astillas y rocas.
Una semana más tarde, el viejo trampero llegó a la planicie en compañía de los cinco perros que, como él, sobrevivieron a la congelación sumergidos bajo el goteo de cadáveres del medio millar de cabras que perecieron por la inclemencia. Cuando le preguntaron por sus compañeros de travesía tan solo refirió el lugar donde podían encontrar sus cuerpos: el refugio. Pero antes de que fueran en su búsqueda les advirtió:
—Si la tormenta les sorprende o la noche se les echa encima, no compartan techo si quien llega de la nada oculta la escoba en la que vino.

viernes, 8 de agosto de 2014

Vuelo

            Cada noche enlazo mi sueño con el de la anterior. El inicio siempre es el mismo: abro la ventana de mi cuarto y me lanzo al vacío con la certeza de las aves. Vuelo por encima de los tejados y por las vidas que descansan bajo ellos, y asciendo hasta sentir el frío de las alturas. Mi pijama aletea en el ascenso, mis ojos se enjuagan en lágrimas por la velocidad mientras observo cómo la luna tiñe de plata azoteas, nubes y cumbres hasta que la lejanía las convierte en collares de luces, enredados, como los que descansan en los joyeros. Detengo mi vuelo con el primer escalofrío y busco la concentración de destellos de la noche previa, y me lanzo hacia ella mientras el abrazo caluroso de la tierra me acoge de nuevo.
            Mis oídos se pueblan de los sonidos propios de la ciudad dormida. Algo acorchado el camión de la basura allá en la esquina engullendo su cena, el cimbreo de las hojas de las más altas copas, persianas de negocios estirando el cierre, pero nunca escucho voces, sólo vislumbro sueños entre las penumbras que el alumbrado capitula. Y descifro los pensamientos de los durmientes que se filtran por las comisuras de las ventanas como hilos de humo. Es mi don y mi tarea interpretar el ascenso de miles de hebras hasta que se unen en el cielo formando una nube de ensoñaciones.
            Patrullo entre esas volutas y me agolpo a las ventanas donde el instinto me lleva. La respiración pausada de quienes descansan excita al zahorí que dirige mi vuelo. Hoy retomo la historia de un niño, mis predilectos, los que me llenan de esperanza. Dos años apenas cumple. Su felicidad extrema se percibe en el peluche que agarra contra su pecho. A un palmo de su boca, un chupete queda varado entre los pliegues de las sábanas. A sus pies, la manta primorosa se arruga y deja al aire la postura de su rechoncho cuerpo que anuncia las metas de su crecimiento. Hoyuelos en los nudillos, roscas en cuello y muñecas, y la piel. Tapiz sin costuras, sin poros, sin surcos, sin una sola señal de su breve encuentro con la vida. Alfombra de bienvenida que tatuará la buenaventura o se mellará de desencuentros.     
            De su minúscula nariz fluye el aliento de las recientes vivencias. Novedades, sorpresa, ilusión por lo nimio, por la felicitación, por el aplauso; pureza, inocencia, cariño, amor desbordante. ¿La última vez? Por una pinza de la ropa que preside esta noche la alacena de sus juguetes preferidos. Alejandro se llama mi reciente visita y solo sueña con ser querido.
            Vuelvo a ganar altura y observo mis pies desnudos flotar sobre las cornisas. Busco una nube con la forma adecuada y me estiro sobre su contorno. Una vez más llego a la misma pregunta que me planteo con cada incursión en el universo de los niños. ¿Por qué, surgidos y necesitados de tanto amor, es la maldad la que maneja el mundo?
Y me despierto a mis cuarenta y cinco, y mis oídos recuperan el estruendo que me rodea. Soy un invasor más de una tierra que apenas puede sujetar nuestra barbarie.

Al final de la jornada, antes de regresar a casa y excusarme por mi retraso, me pierdo en un rincón que a todo el mundo oculto. Si mi familia pudiera costearse un detective su siguiente desembolso acabaría destinado en la consulta obligada a un psiquiatra. Pero no tengo ninguna gana de explicar en un diván por qué mantengo el cuidado de un jardín secreto. A nadie podría convencer de que necesito de su oxígeno para sentir mi aportación en una batalla perdida con la autovía que lo bordea en la ciudad que lo encierra. Cuando la realidad es que desde su mimo y contemplación recibo el ánimo terrenal para volar cada noche en busca de la esperanza. 

viernes, 25 de julio de 2014

El faro de Mouro

         Muchos años después, la prensa había de relatar los sucesos luctuosos acaecidos en el faro de la isla de Mouro como una serie de desgracias con resultado de muerte.
         Todo comenzó cuando las tempestades acaecidas durante el invierno de 1865 se cobraron como víctima a uno de los dos fareros destinados en la torre. Las explicaciones del superviviente fueron dadas por buenas y nadie insistió en otras aclaraciones cuando el cuerpo de su compañero fue recuperado días después con las señales que el mar bravo firma contra las rocas.
En el informe remitido a la autoridad portuaria se consignó que la fatalidad sobrevino cuando la esclusa, la que comunica la residencia con el mirador de acceso a la lámpara, cedió con el embate de las olas y comenzó a filtrar agua. La inusual altura que alcanzaba cada golpe de mar, muy por encima de los cuarenta metros, preocupó a los vigilantes y decidieron comprobar que la linterna seguía emitiendo su cadencioso brillo y no había sucumbido a la tormenta. Con ese ánimo, ciegos al exterior, contaron los golpes que retumbaban en las paredes para calcular el ritmo de los siguientes y, de este modo, elegir el momento adecuado para salir.
Un segundo, ese fue el tiempo que el único superviviente tuvo para comprender que el infierno no siempre debería representarse en llamas. Acostumbrado a un paisaje privilegiado desde la atalaya que domina la bahía, a divisar panzas de burro cuando el mar se riza, a fumar en pipa frente a la bujía y ver descomponerse las volutas, y a puestas de sol que llevan al suspiro, la acuarela que ahora se dibujaba ante sus ojos mostraba descomunales y negras paredes de agua golpeándose unas a otras y elevando con su empuje toneladas de densa espuma hasta anular toda luz del cielo. Nunca antes habían visto nada igual. Parecía que la tierra se había hundido y que el mar se peleaba por engullir la insignificante roca que sustentaba el faro de Mouro. Un instante después, el nivel subió e igualó las paredes del mar que les rodeaba confiriendo a la torre el ridículo aspecto de un fósforo precipitándose hacia el abismo de un negro pozo.
No hubo embate, no hubo ola, fue simple inmersión. El fallecido flotó por encima de la barandilla y el superviviente quedó suspendido cerca de la esclusa. Cuando el nivel descendió con la misma rapidez que en su ascenso, uno se encontró rodando por las escaleras entre latigazos de agua y el otro cayendo al vacío del lecho marino hacia un fondo que nunca antes peinó sus algas con el aire.
         Tres décadas transcurrieron desde aquel episodio y, durante una semana de galernas, otro hecho similar hubo de acontecer en el faro de Mouro. Cuando el temporal amainó y la barca de aprovisionamiento pudo tomar tierra en la isla, el barquero descubrió la figura del veterano vigilante al borde de la escollera y, a sus pies, el fardo de mantas que envolvía el cadáver de su malogrado colega.
Muerte natural, dictaminó el médico que examinó el cadáver. Certificado que no evitó el interrogatorio de la policía. El único testigo sólo confeso sus criticables intenciones de arrojar al mar el cadáver cuando éste comenzó a corromperse, pero el temor a ser barrido por el oleaje le impidieron ni siquiera acercarse a la puerta. Por otra parte, los remordimientos de haber presenciado una situación parecida, treinta años atrás, le inclinaron a esperar, pues si ya la sombra de la sospecha planeó sobre su figura durante los meses posteriores al primer suceso, con el presente, nadie le libraría del recelo de sus paisanos para el resto de sus días.
Al año siguiente, con la obras de mejora consolidadas, con un destellador nuevo tras una óptica de tambor, Demarcación de Costas decidió suprimir la residencia. La jubilación llamó a la puerta del farero y se encontró a sus cincuenta contemplando la que fuera su vivienda desde el ventanuco de una pensión de la bahía. Lugar donde, dos semanas después, fue encontrado ahorcado de la viga maestra de la buhardilla.
Las crónicas se apresuraron a dictaminar el síndrome del naufrago como la causa de la depresión que le llevó al suicidio. Principio que ningún galeno se atrevió a desmenuzar y, más bien, apuntaron hacia la escasez de trabajo para un hombre acostumbrado a la contemplación y a la vida sin prójimos que le dicten.
         La verdad nunca quedó desvelada salvo para un hombre. Un hombre que supo esperar a que el farero perdiera su oficio. Un hombre que fue niño cuando su padre perdió la vida en el temporal de 1865. Un niño que creció para ganarse el puesto de barquero, para no perder de vista a quien siempre consideró un asesino y a quien visitó la tarde de su ahorcamiento para confesarle la relación que le unía con el fallecido al tiempo que le entregaba un paquete que envolvía una soga.
«Hijo, el mar sólo sorprende a los incautos, siempre avisa, tiene su ritmo y es el cielo quien avanza su bravura. No lo olvides si pretendes vivir de él cuando tus manos sean capaces de sujetar el peso de tu cuerpo o la driza de tu vela».
           Esa y otras lecciones sobre la prudencia fueron el orgullo de un crío que presumía de un padre por quincenas. Al que consideró siempre un héroe por dedicarse a un oficio destinado a prevenir los desastres en la navegación.
Cada noche, con cada haz que entraba por la ventana y barría el techo de su cuarto, aquel niño dormía abrazado a la certeza de que su héroe seguía salvando vidas y le saludaba con los guiños de su lámpara. Por aquel entonces soñaba con trabajar junto a él y contemplar las constelaciones que le describía en cada permiso dibujándolas con el dedo por encima de su cabeza.
Con la noticia del fallecimiento y con la versión oficial del accidente, el resto de su vida creció cuestionándose la novelada muerte de su padre y, cuando consiguió el puesto de barquero, con los escasos nuevos datos que fue absorbiendo en cada visita a la isla, ocultada su relación de parentesco con la víctima, en el trance de provisiones y correo, en las breves charlas que mantuvo en la escollera con el superviviente, bajo el disfraz del interés casual, fático, morboso a veces, fue sonsacando matices y componiendo la historia hasta que ésta quedó deshilada, 
El barquero descubrió una enemistad que las estrecheces de un faro magnificaron hacia el odio a cuenta de las intenciones de Demarcación de Costas de sustituir a uno de ellos ante un compromiso con un tercero, aquel al que la muerte, unos años más tarde, sorprendió en su puesto sin que otra causa mediara y que terminó condicionando la existencia del servicio de fareros en la isla de Mouro y el de la barca que la unía a tierra.

lunes, 14 de julio de 2014

Libertad

Después de veinte años de encierro, aquella tarde fue la más larga en la vida del preso Martín de Arozamena.
A punto de cumplir los cincuenta, se había visto inmerso en otros motines pero, en éste último, el nuevo director, un joven inexperto, convencido de sus capacidades y por aquello de silenciar la contrariedad, se abstuvo de pedir refuerzos y la algarada se le fue de las manos sin que nadie en el exterior supiera de la contienda. Hasta tal punto perdió la iniciativa que escudos y porras resultaron insuficientes para detener la asonada. Fue entonces cuando las armas de fuego comenzaron a soltar plomo en cuanto los funcionarios se vieron acorralados sin otra alternativa que pegar la espalda a los sólidos muros y tratar de abatir a una jauría incontrolada. Decisión fatal pues cuando la munición se agotó la rabia se había acrecentado a los niveles del canibalismo. No hubo piedad y la ira llegó hasta los despachos.
Conviene señalar que el titulo de máxima seguridad en un recinto penitenciario confiere un aspecto que apenas tiene que ver con las rigurosas medidas establecidas para confinar a quienes alberga. Más bien se refiere a la elevada peligrosidad de sus reos. Éstos propician un ambiente de rivalidad y de terror que condiciona a que, entre ellos, las divergencias se resuelvan por códigos sectarios y evitan la intervención de sus vigilantes salvo para la retirada del cuerpo del acuchillado de turno.
La llegada de nuevos presos se tasa en el patio y aquellos que muestran músculo o pedigrí sangriento en su ficha, o ambas aptitudes, son seleccionados por cada bando para engrosar su pequeño ejército de esbirros en riguroso orden según el turno establecido. Ese era el único pacto entre la chusma y hasta la fecha nunca fue quebrantado, salvo aquella tarde tan larga en la vida de Martín de Arozamena.
La revuelta surgió con la última remesa integrada por Zeus Morante, un preso de una belleza andrógina fuera de lo común que despertó las apetencias dormidas de quienes hasta entonces siempre suspiraron por las mujeres de calendario que arrugaban sus somieres y renegaron de las relaciones homosexuales.
El desacuerdo por compartirlo llevó al enfrentamiento de los líderes allí reunidos y los pinchos relucieron para no tardar en ocultar su filo en cuellos, pechos y barrigas. Ninguno se libró de una herida mortal y cada uno, según la gravedad del órgano afectado, fue mezclando su agonía con la del charco del vecino hasta formar una hamburguesa de canallas en el rincón del patio donde acostumbraban a deliberar.
Descabezada la comunidad, los lugartenientes, lejos de continuar con el picadillo, al menos en un principio, decidieron unirse y cargar contra unos guardianes tan acostumbrados al espectáculo de sus gladiadores peleando en la arena, que, en cuanto éstos empujaron las puertas, descubrieron las consecuencias nefastas a tanta desidia con los cierres.
A la densidad de la pólvora se unió el sudor de la batalla y el hedor de los fluidos que los cuerpos inertes ya no sujetan. Y el silencio, remarcado por los intermitentes gemidos de los moribundos, se apoderó de pasillos, celdas, patios, galerías y despachos hasta convertir en un camposanto la bulliciosa cárcel que fue, hasta entonces, el hogar perpetuo de Martín de Arozamena, quien, como buen veterano, supo dónde ubicarse para evitar la pelotera y mantenerse oculto, pues en cuanto no quedaron uniformes que abatir, de inmediato comenzó la refriega de tatuajes rivales por rencores enquistados.
La calma fue interrumpida por los cuervos graznando sobre la alambrada su alegría ante la promesa de un aroma a festín infinito. Fue entonces cuando Martín de Arozamena salió de su escondrijo para descubrir el mismo caos que una torrentera muestra cuando el cauce retorna a los límites del riachuelo que siempre fue: así como las ramas más altas que el agua engulle terminan decoradas con restos de basuras a modo de sucios penachos; así como las ramas astilladas cual barbas de un erizo atraviesan las vallas de los puentes; así como el barro adoba orillas que nunca lo fueron, así como los vehículos se amontonan cual cesto de pinzas en cada meandro y muestran sus tripas y ruedas al cielo rindiéndose a su nuevo rol de chatarra. Ahora, las galerías, las celdas, hasta entonces relucientes, se embadurnan de girones, de chamusquina cesante, de posturas grotescas de cuerpos que ya buscan ser polvo. Pero si algo sorprendió a Martín de Arozamena en su paseo entre el desastre fue la leve brisa que corría por donde nunca antes sopló otro aire que la pegajosa respiración de los sicarios angostando pasillos.
La edad en Martín había sido respetuosa con su flequillo y aún peinaba un tupé que el novedoso viento trataba de desmoronar. Buscó la procedencia sorteando los obstáculos, el resultado de cinco horas de violencia extrema, la muestra y la razón de por qué la sociedad aislaba a sus hijos imposibles. Caminó hasta detenerse en el umbral donde la luz del día remarcaba con su intensidad los ángulos del estrecho corredor que un postigo entreabierto filtraba.
Como un chiquillo que remilga en la cima de su primer tobogán, Martín de Arozamena sentó su cuerpo a un paso del quicio que abría su hoja a la inmensidad y contempló el paisaje tembloroso que el sol abrasador impregna a la tierra tostada. La libertad se atraganta si añorada se mantuvo por mucho tiempo, el vértigo del encierro se invierte y el mareo surge ante la ausencia de límites. «Cuando salga…», recuerda. Frase suya y la de sus colegas pronunciada, escuchada durante décadas, soñada; al final, olvidada por el anestésico efecto de la desesperación y la costumbre de toda una vida entre rejas. El primer tobogán, la primera vez, un adulto de la mano en cada escalón, luego el descenso y un fuerte abrazo al término, junto al suelo, como recompensa. Felicitaciones por la proeza de haber vencido a la indecisión, de haber ignorado las alarmas de la supervivencia, del titubeo quebrado por la confianza ciega hacia la progenie.
Nadie esperaba a Martín de Arozamena al otro lado. De aquella civilización que transgredió nada quedaba. Su madre, que abandonó su hogar para poder cumplir cada fin de semana con las visitas, diez años atrás interrumpió la frecuencia. Al mes supo de su fallecimiento por un acreedor que no tuvo reparos en visitarle para reclamarle los recibos del alquiler. Con aquella noticia perdió el ánimo por reducir la condena, a aspirar a una fuga, a mirar al cielo, a envidiar las aves que cruzaban el espacio abierto del patio. Se dejó llevar por la rutina carcelaria y se convirtió en un recluso fantasma, en el cabizbajo preso que languidece a la espera de que la naturaleza le reclame como fermento, pero sin los atajos que la violencia regala. Morir tranquilo, pues en alguna parte leyó que a uno le recuerdan por su forma de despedirse.
Difícil decisión: quedarse o mudar, cruzar el umbral y convertirse en un fugitivo sin otro destino que improvisar el siguiente cobijo o, por el contrario,  esperar al culatazo con que le saludaría el grupo de asalto.
A las seis treinta de la mañana del día siguiente el más madrugador de los funcionarios de prisiones aparcó sin problemas frente a la puerta de acceso al personal. De la guantera sacó su arma y en su mano se mantuvo mientras contemplaba a través del parabrisas el solar en que se había convertido el aparcamiento. Dudó antes de descender y con la primera pisada escuchó el cristal de azúcar crujir bajo sus botas. Rastro habitual de quien violenta la ventana de un vehículo. El sol crepuscular reveló una alfombra de montoncitos diamantinos a su alrededor, uno por cada coche robado.
Poco después, la llegada del autobús de línea y sus frenos chirriar precedieron al desembarco de familiares. Cargados de ofrendas, esperanzados con alegrar los rostros de sus allegados, miraron con la misma extrañeza al hombre de la pistola en una mano y un celular en la otra que sudaba en cada explicación proferida al aparato.
Cinco días necesitó instituciones penitenciarias para entregar un informe completo y sin fisuras donde se relacionaba el número de fugados y sus filiaciones. Durante ese tiempo, cuarenta y tres fugitivos circularon por el país a sus anchas. Algunos, más bien la mayoría, se dedicaron a lo que peor se les daba: evitar a la policía, pues a pesar de la bula temporal quien nace incorregible su estancia en prisión sólo sirve para reafirmarle en su naturaleza. Uno a uno, todos fueron detenidos en el margen de un mes salvo Martín de Arozamena.
Martín supo entender la oportunidad y luchó contra el reloj durante toda la madrugada. Anuló asientos, borro fichas, reconstruyó cuadernos, quemó sus pertenencias, abrió taquillas, buscó ropas, recolectó calderilla, billetes, documentación y preparó una maleta, y esperó. Esperó en la parada al primer autobús del día y confió en el asombro de los presentes para que su figura pasara desapercibida. Ni siquiera el chófer reparó en él. Su atención se perdía en la pistola esgrimida por el madrugador funcionario y en las pequeñas columnas de humo que surgían del recinto.

Martín pensó en todo menos en un detalle que le llevó a estirar una sonrisa mientras el amanecer se filtraba por los ventanales del autobús. Su vestimenta era de su talla y actual, el calzado, perfecto; el corte de pelo y el afeitado, adecuados, sin embargo, había olvidado un complemento: unas gafas de sol. La orientación del patio y el edificio central garantizaban sombra todo el año. Tragaluces, ladrillos de pavés y cortinajes permitían suponer su posición en otras zonas de la penitenciaría, pero la ausencia de sus rayos directos añadía para muchos de los condenados un castigo tan severo como una restricción de visitas. Martín de Arozamena había olvidado la sensación de su golpe directo en la cara y aunque le costó averiguar al forma de deslizar la parte superior del cristal, por fin pudo aunar la caricia del astro a esas tempranas horas y el vendaval que filtraba la abertura. En ese instante comprendió el significado de una palabra perdida que juró nunca jamás volvería a abandonar.

jueves, 26 de junio de 2014

El monte de las seis cruces

Aquella noche, en nada distinta a las anteriores, sentado en el catre, ante el montoncito de tabaco acumulado en la mesilla, Inocencio Carpanta decidió abandonar su miserable existencia sin sospechar que el golpe calculado, aquel que habría de enriquecerle, se acabaría torciendo del modo estúpido en que lo hizo.
         Su plan surgió de la tentación que representaba la baronesa de Olate y su relajada costumbre matutina de pasear en soledad camino del parque de los tulipanes. Gran dama de la alta sociedad, su preocupación por las varices la tenía esclava de una actividad de la que siempre se burló cuando sus tirabuzones caían sobre sus hombros y observaba a quienes, en su caminar, ceñían esos moños entreverados de canas que ahora ella lucía. En su recorrido de cada mañana se hacía acompañar de un sombrero anudado con una cinta, de visones o capa si la humedad espejaba las aceras, de una sombrilla de punta acerada y tela negra con bordados en relieve, de diversas joyas en cuello y muñecas para presumir de posibles, y de unos botines de piel cuyas hebillas se escuchaban nítidas aún al paso de los carruajes. Como toda ilustre de vida acomodada, ensimismada en su vanagloriada existencia, la baronesa despreciaba todo acecho siempre que no partiera de una rival presta a lucir joyería que rivalizara en esplendor con la suya. Altivez de la que, durante días, Inocencio Carpanta se aprovechó para poder vigilarla desde la atalaya de su invisible oficio como recolector de colillas.
En el diagrama del asalto dibujado a vistazos, una vez conseguido el botín, Inocencio Carpanta había imaginado recorrer los veinte metros que le separaban de la esquina más próxima y los otros tantos del siguiente callejón. Superadas esas estrecheces y abandonado su maltrecho abrigo, ya a la carrera, la calle colindante le llevaría a una amplia avenida y, cruzada ésta, al paso subterráneo. De ahí, hasta las vías, con paso tranquilo, se mezclaría con el tumulto habitual del mercado de abastos. Lugar harto concurrido y donde se concentraba toda la actividad de los buscavidas, atentos a una llamada del capataz que surgiera de las oficinas de contratación. Esperaría entre ellos, retendría su costumbre recolectora y cuando en el suelo no se descubriera nada más que el relieve de su adoquinado, tomaría dirección hacia el barrio judío para canjear el fruto de su saqueo.
La idea y la víctima surgieron de la casualidad, del hambre, cómo no, y de su habitual patrulla por las avenidas de la zona noble de la ciudad, donde el tabaco a medio consumir aumentaba en número y en excelencia. Atento siempre al paso de las carrozas, de la oscuridad de sus ventanas surgían las incandescencias cual meteoros, en muchas ocasiones viciadas al ser advertida su presencia merodeadora, lo que convertía a su abrigo en diana habitual del desprecio de los fumadores y lo ulceraba en cada impacto como la carcoma marca su visita. Separadas a pellizcos, rápidos y precisos, una vez extinguidas las puntas de los humeantes proyectiles, el tabaco restante representaba la moneda de cambio de su sustento, el cual vendía a céntimo la onza una vez libre de vitolas, papel y filtro. La baronesa no fumaba pero su palacete convocaba a tanto ilustre que las hostias por el derecho de zona bien merecieron un par de narices rotas para preservarlo y un escalón perpetuo en los nudillos de Inocencio.
La mañana señalada se inició del modo esperado, al menos hasta el momento en que la áspera mano de Inocencio Carpanta arrancó del cuello de la baronesa el collar que engalanaba su piel de iguana. Cegado por el brillo nacarado de la joya despreció  la consecuencia inmediata de su arrebato y las cuentas rodaron por su pies y con ellas su equilibrio. La visión de la primera esquina de su fuga perdió la verticalidad y el trompazo contra el suelo le llevó a admirar de cerca las perlas desparramadas libres del hilo que aún amarraba. Pronto, en esa somnolencia del aturdimiento, descubrió, junto al lustre de los botines de la baronesa y el chillido de un horror desacostumbrado, las botas y la vara del sereno que se anticiparon a la llegada de nuevos pares de recio calzado, entre ellos, los de una pareja de fusileros que no tardaron en prenderle.
En la mazmorra buscó el frío de las rejas donde apoyar su chichón. Un mendrugo de pan cubría la boca de una jarra de barro, un jergón la esquina y la desesperación su alma. El juicio se celebró una semana después. Sentenciado a muerte, la baronesa pidió presenciar la ejecución como desagravio y como muestra del alcance de su influencia. Petición que le fue concedida y por aquello de las balanzas de la justicia al reo se le permitió elegir la fecha dentro de la semana posterior.
Todos creyeron que elegiría el último día, sin embargo, Inocencio Carpanta les confundió al despreciar la oferta a cambió de poder elegir el lugar: la pared trasera del abandonado convento de las Claretianas que presidía la loma del monte de las seis cruces. Promontorio sito al norte de la provincia y donde jorobas de granito espaciaban el robledal que lo enfundaba dándole un aspecto de enraizado sarpullido y que coronaba la derruida edificación sobre el claro de su achatada cima. El condenado arguyó la relación del sitio con el fusilamiento de un lejano familiar en tiempos de la guerra y el tribunal selló el compromiso para la tarde siguiente sin más miramiento.
La comitiva de verdugos, testigos y autoridades comenzaron a arrepentirse cuando las primeras rampas acrecentaron el ritmo del resuello y el sudor comenzó a bruñir frentes y a oscurecer axilas. La baronesa pretendió los primeros metros disimular su fatiga. Acostumbrada a llanear, la pendiente se le atragantó y sus constantes paradas ralentizaron el ascenso. Unos y otros, en algún momento del tramo, miraron a Inocencio Carpanta por si en el brillo de sus ojos pudieran descifrar la verdadera intención de haber elegido aquel lugar para acabar sus días. Los más creyeron en la búsqueda del infarto en la noble dama, los menos, en un protagonismo de quien nunca fue nada y pretendía asentarse en la memoria de quienes certificaron su última hora.
Cuando el grupo franqueó la última línea de árboles, antes del claro, descubrió casi la misma sombra que bajo las hojas del robledal. El cielo, ennegrecido por las nubes, abovedaba las ruinas bajo un viento que agitaba las copas y erizaba el cabello. Una vez reunidos junto al paredón, conforme al protocolo, el secretario judicial se dispuso a leer en voz alta la sentencia y la primera gran gota venida de las alturas emborronó parte de la firma. El silenció se apoderó de su discurso mientras miraba hacia la procedencia por si el chaparrón diera muestras precisas del momento de su descarga. El resto miró a su alrededor a sabiendas de que no existía lugar alguno donde guarecerse salvo la escasa frondosidad del arbolado. El sargento, al mando de los fusileros, apremió con un gesto al secretario ante el bufido de la duquesa bajo su sombrilla de bordados. El delegado judicial plegó de inmediato el edicto bajo su abrigo y asintió con la cabeza.
Inocencio Carpanta se sacudió el agarre de uno de los fusileros, empeñado en conducirle a empellones, y se dirigió por su propio pie hacia el paredón que ya dibujaba en su sequedad los trazos de los goterones como las pinceladas gruesas de un van Gogh. Cuando creyó encontrarse en el lugar adecuado se giró, levantó la cabeza y esperó a que el sargento iniciara con marcial ademán las indicaciones que su sable pautaba.  
Siempre se acude a un paisano de la zona para preguntar por el origen de los nombres curiosos con que se cita a los lugares que han llevado al caminante hasta ellos. El monte de las seis cruces cambió de nombre después de la ejecución de Inocencio Carpanta. A decir verdad, varió al aumentar la cifra en ocho más, las mismas que el número de fallecidos encontrados al día siguiente por un pastor en busca de los brotes verdes que la lluvia propició la tarde anterior.
Entre ellos no se encontró al condenado de quien nunca se supo cómo adivinó que una tormenta eléctrica descargaría su energía sobre el sable del sargento, los fusiles de los uniformados, la sombrilla de la baronesa y, por fatal cercanía, en el funcionario de los juzgados. Quizá no hubiese sido necesario nada más que preguntar al pastor para encontrar la respuesta a tanta tragedia.
Existen vórtices en la naturaleza donde un fenómeno se reproduce constante, como el Maelström o el Caribdis  y, ante lo inexplicable de su frecuencia y la atrocidad de sus efectos, el ser humano sólo puede temerlo y alejarse. Pero cuando la ignorancia o el atrevimiento dirige los pasos la fatalidad sorprende y abate a quienes se cruzan en su trayectoria. El convento fue edificado y llegó a terminarse sin que nadie descubriera que la muerte acechaba cada tarde cuando el sol había calentado lo suficiente el día y las nubes se concentraban sobre la vertical de la montaña con la negrura de los lutos. Seis monjas murieron a cuenta de los relicarios que de sus cuellos prendían y ningún albañil supo de la amenaza, pues dedicaron las mañanas a la construcción del monasterio y dejaron las tardes al trabajo en la ciudad que sí les rendía salario, ya que en aquellos tiempos de fe la labor se canjeaba por bulas o bendiciones.
Nadie podría saber que sor Raimunda emparentaba con Inocencio pues el apellido se perdía una vez se ingresaba en la orden. Tampoco que fue una de las pioneras en adquirir los hábitos en la familia Carpanta y una de las malogradas en aquella cima. Ante la maldición por aquellas muertes sobrevenidas, el abandono y la intemperie se dedicaron a derruir lo elevado, y su escarpado acceso y apartada ubicación, propiciaron que, salvo para quienes sufrieron la pérdida de alguna de las monjas claretianas, nadie pudiera ser advertido de las razones por las que no medraban los brotes en lo alto del monte de las seis cruces.